Un ejemplo concreto: la situación de niñez y adolescencia en Guatemala
Latinoamérica constituye la reserva “natural” de la
geopolítica imperial de la clase dirigente de Estados Unidos. Desde la
tristemente célebre Doctrina Monroe, de 1823 (“América para los americanos” …, del Norte),
la voracidad del capitalismo estadounidense hizo de esta región su obligado patio
trasero. En absoluto
está dispuesto a perder su hegemonía hemisférica; es por eso que los
latinoamericanos -nuestra fuerza de trabajo y el consumo de sus productos- y
los recursos naturales aquí existentes, constituyen su reaseguro, su resguardo.
La dinámica global muestra que Estados Unidos está comenzando a perder su papel
dominante global. Lo que no pudo lograr la Unión Soviética, que finalmente
perdió la Guerra Fría y terminó desintegrándose, lo está logrando la República
Popular China con su singular “socialismo de mercado”. En tal sentido, la
potencia norteamericana tiene en Latinoamérica su virtual retaguardia, y por
nada del mundo dejará que potencias extraterritoriales asienten sus reales por
aquí. Aunque, de todos modos, eso está sucediendo. Conclusión obligada: cuando
termine la actual pandemia de COVID-19, la región seguirá siendo tan pobre como
siempre, y sin dudas más dependiente de los capitales estadounidenses que
nunca.
Desde fines del siglo XIX, y
acrecentándose totalmente en el XX, la injerencia de Washington en la región ha
sido total, robando recursos, imponiendo condiciones, fomentando golpes de
Estado y sangrientas dictaduras, interviniendo directamente en muchos casos.
Además de la descarada intromisión en las decisiones políticas de la zona, la
dependencia se asegura con las armas y la amenaza constante. Es decir: sus
bases militares que hoy atenazan todo el subcontinente, en un número
desconocido con exactitud, pero no inferior a 70, y la Cuarta Flota Naval
merodeando por las Antillas y el Atlántico.
Latinoamérica
entra en la lógica de dominación global del imperio, ante todo, como proveedora
de materias y primas y fuentes energéticas. El 25% de todos los recursos que
consume Estados Unidos proviene de América Latina. De aquí obtiene alimentos,
petróleo, carbón, hierro, minerales estratégicos como bauxita, coltán, niobio,
torio, litio, fundamentales para las tecnologías de punta (incluida la
militar). Esa búsqueda insaciable de minerales, imprescindibles para los nuevos
procesos productivos, ha traído como consecuencia una masiva entrada de
explotaciones extractivas en toda la región latinoamericana, siempre en la
lógica de acumulación por desposesión (aniquilando biosfera, pueblos
originarios y culturas ancestrales). Ahí están a la orden del día la megaminería,
los agronegocios, las centrales hidroeléctricas, siempre implantadas por sobre
la voluntad de las poblaciones del lugar.
Pero algo está
pasando en la dinámica política a nivel mundial. Hoy día Estados Unidos ya no es
la potencia absolutamente hegemónica: no detenta el monopolio del arma nuclear,
su producción aporta solo un 20% del Producto Bruto Global (cuando antes fue de
más del 50%), su moneda, el dólar, está puesta en entredicho -de hecho, varios
países ya no negocian el petróleo en esa divisa,- mientras las tecnologías de
punta le son disputadas crecientemente por China (en muchos casos, superando ya
a la potencia americana).
El sistema
capitalista mundial está en crisis; la actual pandemia de COVID-19 ha
contribuido grandemente a profundizar la misma. Pero hay que destacar algo, tal
como dice el economista Erick Toussaint: “La
pandemia del coronavirus no constituye la causa real y profunda de la crisis
bursátil que se desencadenó en la última semana de febrero de 2020 y que sigue.
Esta pandemia constituye el detonador, la chispa. (…) Aunque haya una
relación innegable entre los dos fenómenos (la crisis bursátil y la pandemia
del coronavirus), eso no significa que no es necesario denunciar las
explicaciones simplistas y manipuladoras que declaran que la causa es el
coronavirus. Esa explicación mistificadora es una trampa destinada a desviar la
atención de la opinión pública, del 99%, del rol que tuvieron las políticas
llevadas a cabo a favor del Gran Capital a escala planetaria y de la
complicidad de los gobiernos actuales”. Sin dudas, la economía de muchas
empresas, y por consiguiente de enormes cantidades de asalariados de todo tipo,
está en ruinas. Junto a ello, sin embargo, ciertas actividades han disparado
sus ganancias en modo fabuloso: cibernética e inteligencia artificial,
farmacéuticas, banca. La pandemia no afecta por igual a todos.
En
Latinoamérica, región con mediano desarrollo industrial, muy ligada a los
productos primarios de exportación (materias primas, petróleo y diversos
recursos naturales), con Estados raquíticos donde se privatizó todo en estas
últimas décadas en el marco de las políticas neoliberales, con sistemas
públicos de salud y educación colapsados, lo que la post pandemia augura es más
miseria. Lisa y llanamente así: más miseria a futuro. La caída del PBI
para toda el área en el año 2020 fue de alrededor del 10%. El 2021, donde la
crisis sanitaria no ceja, no alienta mejores resultados. Si en Estados Unidos
hay crisis -y por cierto que la hay-, tal como pasa siempre, su patio trasero
es quien paga fundamentalmente los platos rotos.
Más
allá de ilusas expectativas que pueden haberse tenido el año pasado, cuando
hubo quien llegó a pensar -¿ingenuamente?- que luego de la pandemia “renacería”
un mundo de mayor solidaridad -al descubrir con modestia nuestro lugar de
finitud en el cosmos en tanto especie humana-, la realidad nos confronta con
otra cosa: sigue el capitalismo, más reforzado, con nuevos bríos, más explotador que nunca. El teletrabajo, por
ejemplo, no es sino una de las expresiones de eso.
Los
procesos de vacunación permiten ver que la dinámica del mundo no cambia en lo
sustancial en relación al tiempo pre-pandémico, con el agregado que China sí
está ocupando un lugar cada vez más destacado, evidenciando transformaciones
importantes. Mientras las muertes a causa del coronavirus no paran en los
distintos países, China comunista detuvo la pandemia hace largos meses, con una
cantidad de fallecimientos que no supera los 5,000 (y 1,500 millones de
habitantes. Guatemala -valga el ejemplo- en la antípoda, con 15 millones de
población, tiene 9,000 decesos). Las vacunas, compradas y acaparadas por las
potencias capitalistas, apenas si llegan al Sur, donde la vacunación va
sumamente lenta. Todo esto permite ver que el sistema capitalista no ha variado:
el pez grande se sigue comiendo al pez chico ¿Se podría decir que la codicia
humana no ha cambiado? El socialismo, más allá de las dificultades que puede
haber mostrado en sus primeros pasos, sigue siendo una esperanza. Del
capitalismo ya nada se puede esperar para las grandes mayorías populares.
Para
graficar todo lo anterior, tomando solo un ejemplo de un país empobrecido del
Sur: Guatemala, en Centroamérica, puede
verse lo que sigue. Partimos de la base de un Informe de evaluación sobre la
política pública oficial sobre niñez y adolescencia del país, formulada
antes de la pandemia. ¿Por qué esto cambiaría? En todo caso, el empobrecimiento
general que trajo la enfermedad está pauperizando más aún a la población, y las
dinámicas político-sociales siguen sin modificación. ¿Qué factores cambiarían
el curso de acción en juego? Veamos (este informe está escrito en 2016,
analizando la situación general de menores de edad a nivel nacional):
·
La
inversión en niñez y adolescencia es sumamente insuficiente: 3% del PBI contra
el 4.4% como promedio latinoamericano: menos de un dólar diario. Según un
estudio de la Red Niña-Niño, lo necesario serían no menos de alrededor de tres
dólares diarios. Ello conspira contra la implementación de la política,
haciendo que los documentos técnicos queden, básicamente, como buenas
intenciones, no pudiendo pasar de allí.
·
Existe
una amplia normativa jurídica en el campo de niñez y adolescencia, de la que se
desprende la política pública vigente. Pero la realidad concreta de niñas,
niños y adolescentes no muestra cambios positivos significativos en la
protección de sus derechos en estos últimos años (salud, educación, trabajo
infantil, patrones de crianza con violencia).
·
Hay
divorcio entre las instituciones de Estado y las de sociedad civil que se
ocupan del tema. Existe improvisación, superposición o desarticulación.
·
Tanto
en instituciones del Estado, como en las de sociedad civil, vinculadas a este
trabajo, en muchos casos existe una muy alta rotación del personal, lo que
impide la profundización y compromiso con la temática.
·
Algunas
de las acciones que tienen que ver con lo indicado en la política pública vigente
son realizadas con fondos de cooperación internacional, tanto por parte de las
organizaciones de Estado como por parte de las no gubernamentales; en algunos
casos, incluso, se depende enteramente de ellos. Ello no asegura la continuidad
y profundización de las iniciativas con carácter de política pública sostenible
a largo plazo.
·
Se
asiste a un distanciamiento entre lo declarado oficialmente y lo actuado
efectivamente, lo que fuerza a encontrar las causas que motivan esa
contradicción, para buscar alternativas en función de las futuras políticas a
formularse, intentando no repetir errores sino enmendarlos.
·
Si
bien se declara el “interés superior del niño”, no se asiste a avances
significativos en la promoción de los derechos específicos de niñez y
adolescencia, pues existen dos agendas: una oficial, representada por los
documentos oficiales existentes -tal como la política en papeles, más una
extensa normativa jurídica vinculada a estos grupos poblacionales- y otra
oculta, no expresada en esos instrumentos legales.
·
Si
hay desinterés por parte del Estado en atender a niñez y adolescencia, ello
obedece al modelo de país en juego y su proyecto de inserción en el mercado
global (proveedor de productos de agroexportación hacia afuera y de mano de
obra barata y poco calificada para la industria de la maquila hacia adentro),
sumado al desdén de las clases dominantes locales que perpetúan esquemas
arrastrados desde la colonia, manteniendo la exclusión de las mayorías,
alimentando el racismo sobre los pueblos mayas, el machismo patriarcal, la
supremacía de lo urbano sobre lo rural y una visión adultocéntrica que condena
a niñas, niños y jóvenes a la categoría de “menores”.
Si con
situaciones que podríamos llamar, quizá forzando los términos, “normales”,
antes de la crisis sanitaria, la cosa era así, ¿por qué eso cambiaría con un
empobrecimiento general de todo el mundo, Norte y Sur? Como va el mundo, en los
marcos del sistema capitalista global vigente, no se ven soluciones reales para
las grandes mayorías planetarias. Todo augura que: más de lo mismo. O, lo que
es peor: ¡lo mismo con más!
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