sábado, 21 de septiembre de 2019

¡MONSTRUOSO! LOS CASTIGAN POR NO CONVERTIRSE AL ISLAM





Presentado de forma sensacionalista, el mensaje queda claro: ¡los musulmanes son unos bárbaros fundamentalistas! ¿Lo aceptamos sin más?

Pueden ser tan bárbaros y criminales como cualquiera que ejerce el poder de un modo autoritario. ¿Son menos monstruosos los Estados Unidos, que invaden cuando quieren creando muerte y dolor, sólo para mantener sus privilegios? ¿O que el Estado judío, que masacra impunemente a los palestinos? ¿O que la Iglesia católica, que quemó a medio millón de personas considerándolas poseídas por el demonio? ¿O que las potencias europeas, que se dividieron el continente africano a su gusto para explotarlo inmisericordes? ¿O que cualquier católica dictadura latinoamericana, que mató, torturó y desapareció sin piedad a cualquier intento de protesta? ¿O que la hipocresía con que se defiende la "sagrada" familia, mientras se tienen amantes? ¿O que cualquier gran empresa capitalista que contamina impunemente el medio ambiente para seguir lucrando? ¿O que los grandes laboratorios que "inventan" enfermedades psiquiátricas (bipolaridad, por ejemplo), asustando en un tema tan sensible como la salud mental, sólo para vender psicofármacos?

¡POR FAVOR! ¡¡DEJEN DE JODER!!




viernes, 20 de septiembre de 2019

CULTURA DE LA SUMISIÓN





La ideología dominante es efectiva: logra que los explotados (los pobres, la mayoría abrumadora de la humanidad) se resignen a su condición de tales, sean sumisos, no vean la necesidad de cambiar.

Para muestra, este mensaje que me llegó, haciendo un comentario a alguna publicación: 

Yo lo que pienso es que queremos vivir en un nivel de vida que no nos corresponde. Compramos un gran plasma porque queremos igualar al vecino. Igual nos endeudamos para parecer de otro nivel pero yo no creo que la clase social alta, los que sí pueden darse ese nivel de vida, sean la causa de mi desgracia. Soy yo el causante por igualado.




jueves, 19 de septiembre de 2019

miércoles, 18 de septiembre de 2019

LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS: ÚNICO CAMINO PARA DETENER SU USO MASIVO




El uso de sustancias que nos permiten alejarnos temporalmente de la realidad (alcohol etílico, plantas con propiedades narcóticas o alucinógenas, sustancias químicas artificiales) no es nuevo en la historia; desde siempre se utilizan para evadir la dureza de la vida. No hay cultura que no las tenga. Hoy, sin embargo, el consumo de esos productos, de eso que comúnmente denominamos “drogas”, tomó características que lo transforman en un problema de salud pública a escala planetaria.

En términos generales, excluidas todas las bebidas que contienen alcohol etílico, en prácticamente todos los países del mundo esos productos son ilegales. Entra allí un abanico interminable de sustancias, desde la marihuana o los psicofármacos legales consumidos en grandes dosis hasta las drogas de última generación terriblemente letales como las “sales de baño”, la whoonga o el krokodil, pasando por las de “buena” calidad (cocaína de 100 dólares el gramo) hasta las “drogas para pobres”, elaboradas con materia prima de segunda (crack), o lo que se puede usar como psicoactivos, siendo de terribles efectos: thinner, gasolina. Todo se comercializa, y todo mueve dinero, muchísimo dinero. Y salvo excepciones, todo ese mundo de los evasivos (no otra cosa son) se mueve en la ilegalidad.


La cantidad de muertos y discapacitados que produce esta faceta de lo humano, la criminalidad conexa, el fomento de una cultura marginal, hacen del consumo de drogas un problema en el que todos estamos implicados. El uso de narcóticos se expandió mundialmente como problema por todos los estratos sociales, golpeando a niños de la calle y multimillonarios, en países pobres y ricos.

En realidad, el problema básico no es el consumidor sino el hecho que exista la oferta, cada vez más desarrollada, más atractiva. Hoy día, en casi cualquier lugar del globo, es posible encontrar un vendedor callejero de drogas al por menor. Las mismas dejaron de ser hace mucho tiempo un producto exótico, reservado a grupos minoritarios, excentricidades de las estrellas de Hollywood o cosa por el estilo. Hoy hacen parte del consumo diario de muchísima gente, joven fundamentalmente (el mercadeo ha funcionado a la perfección, sin dudas). El problema, entonces, no es el consumo (flaquezas humanas ha habido siempre, y seguirá habiéndolas), sino la producción y su distribución.

Todo esto se sabe, hay acciones para enfrentarlo, pero el problema sigue creciendo. Si se dispone de tanto conocimiento al respecto, ¿por qué no vemos una tendencia a la baja? ¿Hay grandes poderes planetarios que no desean que esto termine?

Observada la magnitud global del negocio se comienza a tener una dimensión distinta del problema. Todo el circuito mueve unos 350 mil millones de dólares anuales -tercer gran negocio detrás de las armas y del petróleo-. Eso es más que un problema sanitario: esa monumental cifra de dinero se traduce en poder, y por tanto en influencia política. De hecho, en Guatemala ese negocio supera el 5% del Producto Bruto Interno, lo cual permite entender el auge monumental de construcciones de lujo, centros comerciales y edificios de oficina (todas vacías). ¿Narcolavado?

¿Qué pasa si se despenaliza el consumo de estas sustancias? Recordemos que, mundialmente, provocan más daños el alcohol y el tabaco -negocios enormes, pero que no alcanzan el volumen de los tóxicos prohibidos-. Vetar el acceso legal a las drogas, en vez de promover su rechazo, lo alienta (lo prohibido atrae).

Se hace mucho contra las drogas ilegales, pero el consumo no baja, lo que puede llevar a pensar que hay intereses ocultos que así se benefician. Si preocupa tanto este flagelo, ¿por qué no se despenaliza el consumo? Eso acabaría con innumerables penurias: bajaría la criminalidad, la violencia que acompaña a cualquier actividad prohibida, embarazos no deseados, propagación de enfermedades de transmisión sexual incluido el VIH-Sida. Incluso bajaría el nivel de consumo al dejar de presentar el atractivo de lo vedado. Países que han optado por la despenalización (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Holanda, Uruguay, Portugal, algunos estados de Estados Unidos), contrariamente al mito en juego que ve un crecimiento desenfrenado, no registraron un aumento del consumo sino, por el contrario, los beneficios sociales arriba indicados.

Sin embargo estamos lejos de la despenalización. Crece el perfil de lo punitivo: el combate al narcotráfico pasó a ser prioridad de los Estados en cuestión de seguridad. Se movilizan ejércitos monumentales, se hacen gastos multimillonarios en equipos de guerra (el Plan Colombia gastó 20,000 millones de dólares, ganados -obviamente- por los fabricantes de armas), se militarizan las sociedades… pero el consumo no baja. Esto abre dudas: ¿será que la pasada Guerra Fría se trocó ahora en persecución a este nuevo demonio? El interés de los poderes hegemónicos, liderados por Washington, encuentra en este campo un buen motivo para prolongar/readecuar su estrategia de control universal, igual a como sucede con el “combate al terrorismo” (que, curiosamente, provoca un promedio diario de 11 muertos en el mundo, contra 1,400 que provocan las drogas ilegales).

Si se le quiere entrar realmente al problema hay que luchar por la legalización. Quemar sembradíos en el Sur del mundo movilizando ejércitos, o meter preso al consumidor, evidentemente no soluciona nada. Pero da muchísimo dinero a ciertos grupos, y permite el control planetario en nombre de una causa justa.


martes, 17 de septiembre de 2019

lunes, 16 de septiembre de 2019

HERENCIA





John fue destacado combatiente en la Guerra de Korea. De ahí le había quedado su afición por las armas de fuego, de las que ahora era un reputado coleccionista. En el momento en que John Jr. entró a su despacho, se encontraba terminando de limpiar un viejo trabuco valorado en más de 20.000 dólares. La ostentación, obviamente, era parte vital de sus actuales atributos: de sargento del ejército había llegado a ser –mejor ni enterarse cómo– uno de los grandes millonarios del país, con avión privado y dos limusinas blindadas, entre otras cosas. 

Hasta los cuarenta años, junto a su esposa Liza, no habían podido concebir descendencia. De ahí que adoptaron a Pedro, hijo no deseado de una mexicana inmigrante ilegal. Esa adopción disparó la maternidad, por lo que la pareja pudo tener un hijo biológico al año siguiente, al que llamaron John Jr.

Ambos hijos –adoptivo y biológico– fueron criados en absoluta igualdad: mismas atenciones, mismo afecto, mismos valores. Pedro resultó un amor, una suma de virtudes. Sabiendo de su oscuro pasado, siempre estuvo agradecido a la vida por ese regalo. John Jr., por el contrario, era una colección de problemas: violento, abusivo, cocainómano, dilapidador de la fortuna paterna, continuamente endeudado. Los negocios, de más está decir, los fue comenzando a llevar Pedro, con un doctorado en Administración de Empresas de Harvard. 

Fallecida la madre, John preparó el testamento dejando –aunque dudando al momento de redactarlo– igual cantidad a cada hijo. La herencia era especialmente cuantiosa.

La muerte de Pedro siempre fue un misterio: los yates no explotan de la nada. Curioso también fue que la policía no profundizara las investigaciones. 

En el momento que John Jr. entró al despacho, botella de vino en mano, John padre tuvo la intuición, por lo que terminó de armar rápidamente el trabuco. 

“Quería que probaras este vino griego que me acaban de regalar. ¡Dicen que es el mejor tinto del mundo!”, sentenció el hijo. “Tiene un gusto algo amargo”, alcanzó a decir el viejo antes del primer vómito. “Pero… ¿qué me diste?”, alcanzó a proferir con los ojos desencajados. “¡Veneno!”, fue la sarcástica respuesta del hijo. 

El balazo certero impactó en la frente de John Jr. 

Buena parte de la herencia sirvió para financiar obras con niños desamparados en los barrios latinos de Nueva York y de Los Ángeles. El resto se usó en campañas de sensibilización para terminar con las armas de fuego personales.


domingo, 15 de septiembre de 2019

TRABAJO SEXUAL





“Nosotras, las mujeres, todas, también las trabajadoras sexuales, estamos haciendo un cambio en los modelos sociales, culturales. El feminismo también nos ha llegado, la teoría de género y una nueva conciencia nos llegaron, y a partir de eso hemos hecho grandes cambios. Por eso ahora es distinto el perfil de la trabajadora sexual típica. Eso ya casi no existe. Era común identificarla tradicionalmente con una mujer proveniente de un hogar desintegrado, golpeada, abusada, falta de proyecto en la vida. Todo eso ha ido cambiando. Hoy, hablar de trabajo sexual, es hablar de un foro permanente, en discusión, en debate. Ya no es lo denigrante que era en un tiempo. Hoy día lo enfocamos desde distintas miradas, donde cuenta lo gremial, lo laboral, lo familiar. No tiene por qué tener el peso de un estigma, hay que terminar de discriminar a la mujer que ejerce ese trabajo, que en definitiva es una ocupación más. Por eso mismo hay que tratar a la mujer que se dedica al trabajo sexual como a cualquier otro ser humano, sin distinción. Es una trabajadora, y punto. Entre nosotras ya jamás nos tratamos de “prostituta”, ni siquiera de “trabajadora sexual”. Simplemente: “compañera”.”

DECLARACIONES DE MUJERES INTEGRANTES DEL SINDICATO DE TRABAJADORAS SEXUALES AUTÓNOMAS DE GUATEMALA (segundo sindicato de esa categoría en Latinoamérica, luego de Colombia)