viernes, 7 de mayo de 2021

¿BUENA GENTE SOLIDARIA? A VECES…

Toda sociedad necesita una ética, un sistema de valores que establece lo que se puede y lo que no se puede, lo que se considera "bueno" y lo que se considera "malo". Ser un ser humano hecho y derecho no se resume en un alumbramiento biológico; por el contrario, implica un largo y complejo proceso donde el punto de llegada, la llamada adultez normal, y el camino para alcanzarlo, nunca están exentos de dificultades.

 

La moral, dicho de otro modo: los valores, creencias y principios que rigen la vida en comunidad, se impone obligadamente. Hay mandamientos, hay prescripciones -todo eso nos hace devenir humanos adaptados-, pero las mismas no siempre se cumplen a cabalidad. La eficacia simbólica de las leyes, de todos modos, se da. Se da mayoritariamente, aunque no deje de haber transgresiones. Dijo Freud: "El costo de la civilización es la neurosis". Podríamos agregar: ese costo es el malestar, la angustia que siempre, en alguna medida, permanece.

 

Hay mandamientos que nos organizan la vida, pero a veces también se incumplen: "No matarás", y sin embargo matamos. "No codiciarás la mujer del prójimo" (¡máxima machista, por cierto!: ¿y qué se les dice a las mujeres?, o ¿se da por sentado que ellas no "codician" al varón de otras?), y las relaciones extramatrimoniales están a la orden del día. "Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, déjale que se lleve también tu camisa" (Lucas 6:29-42). En otros términos: ¡hay que ser buena gente!, corazón abierto, dar todo a cambio de nada. Hay allí un profundo desconocimiento de lo humano…, o demasiada hipocresía.

 

En nombre de los, supuestamente, más puros y nobles ideales, se puede cometer cualquier atrocidad. Así, la iglesia católica, en su patológica misoginia, mató medio millón de mujeres en el medioevo europeo por considerarlas "brujas". Y hablando de humildad -los sacerdotes hacen votos de pobreza- el Vaticano desborda de lujo despampanante, y sus finanzas, menguadas ahora, fueron dominantes por un milenio (dueño de la mitad de las tierras en Europa en la Edad Media). Los presidentes de las potencias capitalistas hablan de "paz", y son los principales fabricantes de armas del mundo, llevando adelante todas las guerras que en el Sur famélico sufrimos.

 

Vistas cómo son realmente las cosas, con criterios de veracidad y no con puras declaraciones insustanciales, sin lugar a dudas ya es hora de dejar de creernos que somos tan "buena gente", que nos amamos los unos a los otros incondicionalmente. Si así fuera, ¿para qué la profusión monumental de armas? Y no podría decirse, algo hipócritamente, que las usamos porque alguien "malvado" las fabrica; la realidad es que, en nombre de cualquier ideal, todo el mundo potencialmente puede empuñar alguna, y matar a otro. ¿Esto qué significa? Que la transgresión está siempre presente como posibilidad humana.

 

¿No somos tan "buenos" entonces? Quizá haya que terminar de una buena vez con esa visión simplista -y maniquea- de buenos y malos (con el agregado que los "malos" son siempre los otros).

 

O, al menos, empezar a ver a este ser humano que conocemos ahora, producto de una sociedad basada en la propiedad privada y la explotación de una clase social sobre otra, como siempre, irremediablemente, con una dosis de transgresión, individualista y falto de solidaridad.

 

Más allá de esas pomposas, pero vacías, declaraciones de amor al prójimo y búsqueda de la paz (u otras tonteras por el estilo que se dicen en los discursos públicos pero que nadie se cree verdaderamente), la realidad nos confronta con un sujeto con olor fétido, por decirlo algo dulcemente. La bondad sin límites (¿de verdad "bondad sin límites"?) de la caridad (¿la madre Teresa de Calcuta?) abre inquietantes preguntas. ¿Hay que ser de otro mundo, una santa, alguien que no tiene los pies sobre la tierra, para quitarse el pan de la boca y dárselo al hambriento? ¿Por qué no, mejor, preguntarse por qué hay hambrientos, y hacer algo para terminar con el hambre, no el del pobre diablo que mendiga, sino el de la mitad de la humanidad?

 

Queda la esperanza de un mundo nuevo, el comunismo, basado en otra matriz social, donde probablemente el sujeto que surja de allí no sea tan macabro como lo que conocemos ahora (no se equivocaba Freud cuando habló de una pulsión de muerte). Si tanto nos amamos, ¿por qué nos matamos con tanta facilidad? ¿Será que el diablo es tan poderoso y nos vive tentando?

 

¿Por qué decir todo esto? Porque la observación de la realidad actual con el tema de la vacunación anti COVID-19, nos lo evidencia en forma descarnada. El llamado Norte próspero (Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental, Japón) monopoliza el 90% de las vacunas existentes. El Sur empobrecido.... ¡se aguanta!

 

Pero peor aún: la vacuna desarrollada por el consorcio Oxford-AstraZeneca salió defectuosa: puede producir coágulos, que llevan a la muerte con trombosis. ¿Qué hace el "desarrollado" y "culto" Primer Mundo? No la utiliza con su gente, las prohíbe... ¡y las manda para el Sur!

 

Insistamos: anida la esperanza que en un mundo de iguales (¡eso es el comunismo!) no seamos tan…. (ponga el lector la palabra que más prefiera).



jueves, 6 de mayo de 2021

PANDEMIA DE CORONAVIRUS: ¿Y DESPUÉS?

Texto con Mención Especial en la XVIII edición del Premio “Pensar a Contracorriente”, Cuba 2021 (escrito y premiado en 2020, antes que comenzaran las vacunaciones)

 

 

I

 

La pandemia de COVID-19 que se desplegó por todo el mundo y que, de momento, no da miras de terminar en lo inmediato, nos ha abierto innumerables interrogantes. Este texto, escrito no desde referentes teórico-conceptuales biomédicos ni epidemiológicos sino a partir de las ciencias sociales, pretende comenzar a entender qué significa todo esto y, fundamentalmente, qué podemos esperar en lo que sigue.

 

La pandemia no ha terminado. La crisis sanitaria, así como el decrecimiento de la economía a nivel mundial (retracción de alrededor de un 5% del producto bruto global) son una realidad palpable. El millón y medio de muertos por la enfermedad, al igual que el quiebre de numerosas empresas y la pauperización de grandes masas, ahí están, sin miras de solución en lo inmediato. Las vacunas que comienzan a aparecer no son, al menos de momento, la gran panacea, y hacia fines del 2020 la situación arrecia, surgiendo cepas nuevas que, si bien no son más mortales, sí tienen mayores capacidades de transmisibilidad. Todo indica que lo vendrá en el futuro inmediato no va para mejor, al menos para el gran campo popular, para las grandes mayorías de la humanidad. Si alguien se beneficia de la situación presente, son pequeños grupos de poder.

 

Si en un primer momento, en diciembre del 2019 y a comienzos del 2020, era incierto el origen del virus, cuando aparecieron los primeros casos en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en la China central, esa duda salió de la agenda mediática. Las teorías que veían en la aparición del nuevo agente patógeno un arma bacteriológica de alguna de las dos grandes potencias que hoy se disputan la hegemonía global (Estados Unidos y la República Popular China), quedaron atrás. Todo indica -o al menos, así quedaron “explicadas” las cosas- que se trató de una mutación natural de un virus, que luego desarrolló un alto potencial patogénico, y que posteriormente, dada la creciente globalización e interconexión en que vivimos, se esparció por todo el orbe. Por supuesto, como ha pasado con todo lo dicho -que continúa y, seguramente, se continuará diciendo- sobre este inusual fenómeno del coronavirus, se tejieron las más intrincadas teorías sobre esta confusa situación. Lo cierto es que, repitiendo y enfatizando lo expresado más arriba, van quedando más preguntas que respuestas.

 

La pandemia existe, los muertos ahí están y ya se cuentan por un millón y medio a nivel global en el momento de escribirse estas líneas, pero algunas cosas no terminas de estar claras. O, al menos, para los mortales de a pie que manejamos solo retazos de información, sigue habiendo bastante interrogantes, de momento no muy transparentemente abordados. En los primeros meses de la pandemia, cuando comenzaban los confinamientos y las distintas medidas restrictivas, se desató una alarma monumental a escala planetaria, una psicosis colectiva que ha orillado a buena parte de la población mundial a un estado verdaderamente de pánico irracional, de terror.

 

Primero fueron las compras enloquecidas (el papel higiénico, por ejemplo), luego las mascarillas, que en algunos casos hasta decuplicaron sus precios (y en algunas circunstancias, se vendieron recicladas). Tampoco faltaron agresiones contra portadores del virus en distintas partes del mundo, o contra sospechosos de serlo. Incluso se llegó a la aberración de atacar a personal de salud (médicos/enfermeros) o, en Latinoamérica, a personas retornadas de los Estados Unidos, por ser posibles agentes transmisores. A partir de la declaración del presidente de ese país, Donald Trump, de “virus chino”, no faltaron tampoco agresiones y discriminaciones contra población con rasgos asiáticos en cualquier parte del orbe. Posteriormente, hacia fines del año, tuvimos la interminable sucesión de “versiones” sobre las vacunas. En nuestro sector del mundo (capitalismo occidental y cristiano, como suele decírsele) las informaciones sobre las vacunas no dejan de ser sugestivas: de la Sputnik V fabricada por Rusia, o de la china, elaborada por la empresa Sinovac (con el más alto nivel de efectividad: 97%), casi no se habla, mientras de las otras -de los grandes oligopolios que manejan buena parte de la salud mundial- llegan informaciones no siempre claras.

 

En otros términos: en casi todo el año 2020 se vivió un clima absolutamente enrarecido, inusual, enfermizo. La prácticamente totalidad de la humanidad se enfrentó a una prisión forzada, en algunos casos con toque de queda, y un muy alto porcentaje de la población planetaria comenzó a estar virtualmente encerrada, encarcelada, ya sin saber qué hacer durante ese confinamiento. Haciendo evidente lo que ya es más que sabido, pero en general silenciado (el 80% de las violaciones sexuales suceden en los hogares y las perpetran varones conocidos por las víctimas), la violencia contra las mujeres se disparó en forma exponencial durante la cuarentena. Las consecuencias de este clima enrarecido, inusual, son evidentes: arreciaron las situaciones de crisis de ansiedad y de violencia intrafamiliar.

 

En medio de ese cúmulo infinito de interrogantes y decires varios surge de todo un poco: desde intentos serios y profundos de escudriñar la situación a repeticiones mecánicas de lo dicho desde el discurso oficial dominante, desde visiones apocalípticas a lecturas en clave de conspiración, desde memes y chistes para descomprimir la angustia a lúgubres percepciones agoreras, desde “leones hambrientos” puestos a circular por las ciudades rusas por el presidente Vladimir Putin para impedir que la población se movilizara a “explicaciones” religiosas donde la pandemia es un castigo divino por la suma de pecados cometidos. En algunos lugares, por ejemplo, eso disparó violentas conductas homofóbicas contra población de la diversidad sexual, en el entendido que esa “degeneración” pecaminosa se pagaba con esta nueva “plaga” enviada por el Sumo Hacedor. En verdad, nadie tiene “la” explicación, simplemente porque no la hay. Estamos ante un sinnúmero de factores complejos que muestran lo tremendamente intrincado del mundo actual.

 

Sin dudas, la economía mundial quedó maltrecha. Pero, como anticipábamos más arriba, no todos los agentes económicos salieron mal parados de esta detención fenomenal de las actividades. La gran masa trabajadora, los asalariados (urbanos, rurales, sub-ocupados) sintieron tremendamente el golpe. Otros actores (los grandes actores de siempre), no. Esto lleva a pensar que la pandemia, o bien estuvo pergeñada o, lo más probable, que sirva para un rediseño post-pandemia que augura más capitalismo, quizá renovado, pero siempre capitalismo. Por tanto: explotador, basado en la explotación de la masa trabajadora, prescindiendo del bienestar general, basado solo en el lucro personal-empresarial. Con una visión pesimista, Helga Zepp-LaRouche pudo decir al respecto:

 

Con el pretexto de reconstruir la economía mundial después de la pandemia de COVID-19, los principales banqueros privados y multimillonarios pretenden llevar a cabo un “cambio de régimen”, por el cual la política monetaria y fiscal ya no será decidida por los gobiernos elegidos, sino por los bancos centrales privados y los principales actores financieros directamente. En esta fase final de la política neomaltusiana de décadas a favor de los especuladores, consolidarían el control final sobre todas las inversiones y las canalizarían por completo hacia las “tecnologías verdes”, cortando así toda inversión en los sectores productivos de la energía de alta tecnología, la industria, la agricultura y la infraestructura. (…) Si este plan, promovido por el Foro Económico Mundial con una serie de conferencias sobre el “Gran Reseteo”, tiene éxito, significará el fin de las naciones industrializadas del llamado sector avanzado, y la muerte de literalmente millones, y luego miles de millones, de personas en los países en desarrollo.

 

Con un mínimo de seriedad y aplomo científico, es imposible afirmar categóricamente que todo esto estuvo organizado por alguien, el cual se beneficiará a mediano plazo. Lo que sí es cierto, es que habrá quien sí saque más provecho de la situación, y quien se verá más perjudicado. Como van las cosas de momento, en consonancia con lo que ha quedado como la versión oficial de los acontecimientos, la cual terminó asumiendo que esto es un fenómeno natural que tocó a toda la humanidad y que no hay mano criminal en el asunto, ciertos grupos de poder (digamos: muchos de los de siempre) saldrán ampliamente beneficiados. En términos generales, desde una lectura clasista del proceso en juego, está más que claro que pequeños grupos de poder harán su negocio, mientras que las grandes mayorías populares de todo el planeta retrocederán en su situación, incluso se empeorarán. Eso, de hecho, ya está sucediendo, y la tendencia pareciera ir hacia su profundización.

 

II

 

La actual pandemia de coronavirus definitivamente está marcando un parteaguas en la historia. Sin dudas, por la magnitud que ha cobrado el fenómeno, tendrá repercusiones grandes y duraderas. ¿Fin del neoliberalismo? ¿Final del capitalismo? ¿O nuevo capitalismo reforzado? ¿Qué será eso de la tan cacareada “nueva normalidad” post pandemia?

 

Hay crisis sanitaria, pero mucho más, hay una sistemática, histórica y estructural injusticia en el sistema, que la actual pandemia de COVID-19 permite apreciar en toda su dimensión, de hecho, potenciándola. Jean Ziegler, consultor de organismos internacionales, lo expresa con precisión:

 

El hambre continúa expandiéndose año a año, cada día mueren 24,000 personas de hambre, y por causas relacionadas con la desnutrición son 100,000, lo que da un total de 35 millones de muertes al año. Cuando según datos de la FAO (Fondo para la Agricultura y la Alimentación de la ONU) en el mundo se producen alimentos para alimentar a 12,000 millones de personas [actualmente somos casi 8,000 millones] (…), cada niño que muere de hambre es un asesinato”.

 

El COVID-19, con una letalidad de alrededor del 4%, está matando, en promedio, alrededor de 2,700 personas diarias (con una curva epidemiológica que está en su máxima expresión y hoy, lentamente, con la aparición de las vacunas, deberá tender a aplanarse), junto a muertes provocadas por otras afecciones que bien podrían evitarse con los cuidados respectivos (enfermedades cuya curva no se aplana; por favor, no olvidar nunca eso en los análisis: ¡¡curva epidemiológica que hoy no tiende a aplanarse!!): los 3,014 que mata cada día la tuberculosis (y, como van las cosas, seguirá matando), o los 2,430 de la hepatitis B, los 2,216 de la neumonía, los 2,110 del VIH-SIDA o los 2,002 de la malaria, de acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud. Dolencias que, en muchos casos, son “enfermedades de la pobreza”, enfermedades que denotan la falta de atención para las poblaciones. La diferencia de clases, con una clase que lo posee todo (porque explota) y otra que vive en la indigencia (porque es explotada), sigue siendo el núcleo de nuestra organización social. Eso no lo cambió la pandemia. Ni parece que lo pudiera cambiar; al contrario: lo está profundizando.

 

¿Podría contribuir a cambiar esa estructura este germen patógeno que ha matado una considerable cantidad de personas hacia fines del año 2020? ¿Por qué lo cambiaría? Para el fin del año 2020, habrá muerto más de un millón y medio de seres humanos; en el mismo período de tiempo, por hambre o por causas ligadas al hambre: no menos de 30 millones. ¿Desde cuándo los gobiernos de derecha, conservadores y neoliberales, que inundan hoy el planeta, incluso con posiciones neofascistas, se preocupan tanto y tan insistentemente de la salud de sus poblaciones? Algo huele raro ahí. ¿Se sacarán ejércitos a las calles, como se ha hecho en tantos puntos del planeta con la actual pandemia, para detener el hambre, imponiendo medidas de corte militar, confinamientos y toques de queda? Obviamente no.

 

El virus es peligroso, de eso no caben dudas, pero la pandemia ha tenido una repercusión mediática llamativa, que obliga a reflexionar sobre el manejo que se le ha dado. Es cierto que, por sus características, el SARS-CoV-2 es altamente contagioso, más que otros agentes patógenos (cada portador puede transmitirlo a tres o cinco personas, y no termina de estar claro si los portadores asintomáticos pueden contagiar o no. Y las nuevas cepas recientemente aparecidas presentan mayor potencial contagioso). Al difundirse con tanta velocidad, la infección puede extenderse a una muy amplia capa de población, y si bien la letalidad no es alta, de no contenerse debidamente, sería muchísima la gente que necesitaría asistencia médica. Dado que los sistemas de salud pública de prácticamente todo el mundo se han venido debilitando en forma creciente con las políticas neoliberales de estas últimas décadas, un aluvión de enfermos los colapsaría en forma catastrófica. Y el sector privado no está en condiciones de afrontarlo. Esa es una explicación del porqué de las medidas restrictivas, tantas y tan contundentes.

 

Sin dudas el sistema capitalista ha hecho del campo de la salud un gran negocio, tremendamente redituable, por cierto. La privatización de los servicios sanitarios, así como el auge impresionante de la medicina asistencial alopática con toda la cohorte de tecnología que impone, y la gran industria de los medicamentos como fondo, resultan hoy una de las grandes actividades comerciales a escala planetaria. Lo cierto es que ese planteamiento, que, por supuesto no repara en lo preventivo, se ha demostrado ineficiente para contener la crisis sanitaria. Por el contrario, los enfoques que han desarrollado países con esquemas socialistas, con Estados que realmente sí velan por la salud de sus poblaciones, han respondido mucho más eficazmente. Al respecto del manejo de la epidemia como tema de salud pública, aunque la corporación mediática internacional (capitalista) lo ignora, no debe dejarse de considerar cómo Cuba, una pequeña isla socialista atacada vilmente por el imperialismo estadounidense, bloqueada sistemáticamente, ha manejado la crisis sanitaria. Son reveladoras en tal sentido las palabras de Sergio Ferrari:

 

Cuba contabiliza 50 veces menos de muertes que Suiza y casi 120 veces menos que Bélgica”, enfatiza el prestigioso oncólogo Franco Cavalli, doctor y catedrático suizo, que entre 2006 y 2008 fue presidente de la Unión Internacional Contra el Cáncer (UICC). En estos últimos 10 meses, la nación caribeña registra 8.233 infecciones y solo 134 decesos para una población de cerca de 12 millones de personas. Lo que representa un impacto de 1.18 muertes por 100 mil habitantes. En tanto su vecina República Dominicana oscila en los 21.92; Alemania -ejemplo europeo por el control de la pandemia-, tiene 19.68; Suiza llega ya a 55.53 y Bélgica a 144.73, siempre por cada 100 mil habitantes.

 

También el gobierno comunista de China optó clara y decididamente por este modelo preventivo con una voluntad rotunda para conseguir y llevar adelante la estrategia de “erradicación” o “supresión” (COVID cero) del virus con excelentes resultados (una estrategia de supresión con actuaciones similares a China con algunas diferencias fue adoptada por países como Corea del Sur, Singapur, Nueva Zelanda o Vietnam). La estrategia sanitaria de China, que dio como resultado contar con solo 4,634 fallecidos para una población de casi 1,500 millones, se basó en elementos como: el control de la movilidad junto con los confinamientos estrictos a escala de distrito o provincia, “gestión cerrada” que ha permitido a las autoridades limitar las entradas, salidas y horarios de las zonas afectadas con precisión a escala de edificio o manzana, la temprana trazabilidad de los contagios mediante dispositivos móviles con la utilización de medios humanos para conseguir los controles de temperatura en los espacios públicos (tecnologías 5G), las medidas de prevención individual y las pruebas gratuitas a gran escala con obtención muy rápida de resultados.

 

El mundo capitalista reaccionó estruendosamente ante la aparición del virus; pero reaccionó de un modo llamativo. Para evitar el colapso total de sus sistemas sanitarios, desarrolló un control epidemiológico estricto pensando desde el inicio en la posterior vacuna. Se preocupó por un elemento que detenía la economía; o, al menos, la detenía en parte. Pero no puede dejar de mencionarse que hay aquí una hipocresía en juego: otras enfermedades que no llegaron a los países capitalistas centrales (Estados Unidos, Europa Occidental) no despertaron similares alarmas. El ébola, la malaria, el zika, son afecciones tan preocupantes como el COVID-19, pero no aparecen en las “zonas de confort” del capitalismo más desarrollado. ¿Quién se interesa, por ejemplo, por el noma? Según la Organización Panamericana de la Salud -OPS/OMS-

 

El noma, o cancrum oris, es una infección de gangrena de acción rápida que destruye las membranas de moco de los tejidos orales y faciales. Se desconoce la etiología exacta de ello, pero con mayor frecuencia ocurre en los niños “malnutridos” que viven en las áreas con el saneamiento deficiente. El noma no se ha notificado ampliamente en la América Latina y el Caribe, pero aproximadamente 140,000 nuevos casos se diagnostican anualmente. La tasa de mortalidad es cerca de 8.5%. Es sumamente prevalente en África subsahariana.

 

Coronavirus: ¿virus de la hipocresía entonces? El manejo que ha recibido la infección de coronavirus no deja de abrir interrogantes. Sin negar que es una enfermedad de cuidado, la comparación de su letalidad con otras afecciones plantea dudas. Considerada en términos biomédicos, no es tan grave, pues según el grado de letalidad hay afecciones mucho más dañinas: Peste (Yersinia pestis): 100%, peste pulmonar: 100%, VIH-SIDA: 100%, leishmaniasis visceral: 100%, rabia: 100%, viruela hemorrágica: 95%, carbunco: 93%, ébola: 80%, viruela en embarazadas: 65%, MERS (Síndrome respiratorio de Oriente Medio): 45%, fiebre amarilla: 35%, dengue hemorrágico: 26%, malaria: 20%, fiebre tifoidea: 18%, tuberculosis: 15%.

 

Definitivamente ha habido en todo lo que se tejió en torno a la pandemia una exacerbación del miedo. Por como se han dado las cosas, todo indica que existe allí una intencionalidad no declarada que excede con creces la preocupación sanitaria. Curiosamente, buena parte de la economía mundial se detuvo; pero no solo por la pandemia, y no todos sufrieron por igual.

 

III

 

El sistema capitalista está haciendo agua; la crisis bursátil empezó en diciembre del año pasado, estallando monumentalmente en los primeros meses del 2020. Los movimientos financieros, que dieron lugar a fortunas fabulosas en detrimento de la producción, estallaron, y aunque ello no se publicitó mucho -al contrario: se trató de ocultar- el sistema global entró en una crisis fenomenal. La crisis sanitaria (real, pero definitivamente amplificada en grado sumo) encontró en la crisis económica una justificación perfecta. Al final de la pandemia se tendrá una buena cantidad de muertes; sin embargo, el sistema, con su injusticia estructural, habrá matado muchísima más gente. Como dice el economista belga Erick Toussaint:

 

Aunque haya una relación innegable entre los dos fenómenos (la crisis bursátil y la pandemia del coronavirus), eso no significa que no es necesario denunciar las explicaciones simplistas y manipuladoras que declaran que la causa es el coronavirus. (…) No solo la crisis financiera estaba latente desde hacía varios años y la prosecución del aumento de precio de los activos financieros constituían un indicador muy claro, sino que, además, una crisis del sector de la producción había comenzado mucho antes de la difusión del COVID, en diciembre de 2019. Antes del cierre de fábricas en China, en enero de 2020 y antes de la crisis bursátil de fines de febrero de 2020. Vimos durante el año 2019 el comienzo de una crisis de superproducción de mercaderías, sobre todo en el sector del automóvil con una caída masiva de ventas de automóviles en China, India, Alemania, Reino Unido y muchos otros países”.

 

Buscar esas relaciones, esas articulaciones entre crisis económico-social y crisis sanitaria no es antojadizo. Esto no presupone, en modo alguno, negar la existencia de la enfermedad, ni mucho menos su peligrosidad. Como cualquier dolencia biomédica, debe ser tratada con todo el rigor científico del caso; la morbi-mortalidad del virus no está en discusión. Pero sí vale preguntarse cómo los factores de poder global han venido manejando la cuestión.

 

Dado que estamos ante un fenómeno sumamente complejo, con infinidad de elementos y variables en juego, no puede haber una explicación única que contemple todas las facetas. Por otro lado, es sabido que procesos de carácter sociopolítico como el presente, que exceden totalmente lo sanitario, conllevan una carga de secretividad de la que los mortales de a pie no sabemos nada. Sin apelar a estas teorías conspirativas con algún talante paranoico que suelen aparecer en momentos como el presente (grupos en las sombras o sectas esotéricas manejando el mundo: los judíos, los masones, los Illuminati, los Rosacruces, etc.), debe reconocerse que hay fuerzas minúsculas que deciden las líneas generales de las políticas globales. La historia de la humanidad se explica en términos de luchas de clases; eso, aunque intentó declarárselo muerto con la caída del Muro de Berlín, sigue presente, y tan al rojo vivo como siempre, y hay pequeños, muy pequeños grupos super poderosos que conducen esa dinámica. “Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”, dijo el acaudalado multimillonario estadounidense Warren Buffet (con alrededor de 90,000 millones de dólares de patrimonio). La población, sufragando cada algunos años, no elige nada, más allá de un administrador de turno. Son los miembros más encumbrados de las clases dominantes quienes fijan las políticas generales; los políticos de profesión solo las implementan.

 

Esos pequeños grupos de poder (cada vez con más poder: económico, político y militar) deciden a puertas cerradas mucho de lo que sucede en nuestro planeta. Eso no significa que todo lo que actualmente vivimos con la pandemia sea una obra arreglada por mentes satánicas, con un guión preestablecido que estamos cumpliendo a cabalidad. Pero sí debe considerarse que el sistema en su conjunto tiene una dirección. La crisis económica actual, que no es solo producto del coronavirus, tiene causas de las que da cuenta, sin apelación a ningún “talante paranoico”, el materialismo histórico.

 

Ahora bien: esa clase beneficiada, que asienta su riqueza y poderío en el trabajo de enormes mayorías a las que sojuzga, hace lo imposible para mantener sus privilegios. Para ello apela a los mecanismos más sórdidos, más perversos, más sanguinarios llegado el caso. Como sin miramientos lo dijo uno de los más connotados intelectuales orgánicos de esa clase dominante, el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, miembro de importantes tanques de pensamiento de Estados Unidos y catedrático en la Universidad Johns Hopkins:

 

La sociedad será dominada por una elite de personas libres de valores tradicionales que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán con todo detalle a la sociedad, hasta el punto que llegará a ser posible ejercer una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del planeta. (…) Esta elite buscará todos los medios para lograr sus fines políticos tales como las nuevas técnicas para influenciar el comportamiento de las masas, así como para lograr el control y la sumisión de la sociedad”.

 

La marcha del mundo tiene una lógica. Lo que hacemos cada día, responde en muy buena medida a planes trazados. Y esos planes no los traza la mayoría en decisiones populares, en asambleas abiertas. ¡En absoluto! Eso que se nos presenta como democracia es la más artera mentira, manipulada muy eficientemente. Por supuesto que sí, hay formas auténticas de democracia de base, de poder popular donde se deciden las líneas por donde transitará una comunidad. Pero, a todas luces, esas son de momento expresiones muy embrionarias. Solo las experiencias socialistas las han permitido en parte, de ahí que el socialismo siga siendo la única esperanza real de un mundo más justo. Este mito de la democracia parlamentaria actual no es sino eso: mito, ficción, fantasía, burda manipulación.

 

El orden del mundo no lo decide el “ciudadano” votando cada cierto tiempo. Eso es patéticamente absurdo. Los presidentes -todos, de todos los países- son, en definitiva, empleados de los verdaderos tomadores de decisiones. ¿Quién establece el precio del petróleo, lo que un país debe producir, el inicio de las guerras, el entretenimiento para mantener “felices a los esclavos”? La gente, el ciudadano de a pie, la persona que está leyendo este texto: ¡no! Eso se decide a puertas cerradas entre muy pocas personas en el mundo. En las sociedades de clase, siempre fue así: el rey y su séquito, el faraón, el sumo sacerdote, los mandarines, la gente que maneja el Fondo Monetario Internacional o los que se sientan en un lujoso pent house climatizado con enormes jacuzzis, esos a los que “la plebe” no puede acceder jamás, esos de quienes ni siquiera conocemos sus nombres, esos son los que deciden (¿quiénes son los dueños de la Exxon-Mobil, o de la Coca-Cola Company, del JPMorgan Chase & Company, de la Pfizer?). ¿Cuándo cambiará eso? …, no lo sabemos ni lo estamos previendo. Lo que sí está por demás de claro, como dijo el francés Honoré de Balzac, que todo poder es una conspiración permanente.” Las leyes, lo sabemos, no son justas ni equitativas, y no las deciden las mayorías: La ley es lo que conviene al más fuerte”, expresó Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era. “Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados”, dijo Sigmund Freud en 1932.

 

¿Por qué ahora los Estados, a partir de las políticas neoliberales vigentes en estas últimas décadas, se adelgazaron terriblemente siendo reemplazados por la “beneficencia” de eso que se llama “cooperación internacional”, o sustituidos por grandes mecenas? He ahí una forma de precarizar cada vez más la vida de la clase trabajadora global, para someterla más y más. Los servicios básicos los debe brindar el Estado y no bienhechores magnánimos. Daniel Espinosa nos informa que

 

Los “Silicon Six”, como se conoce a Microsoft, Google, Apple, Facebook, Netflix y Amazon, son expertos en elusión tributaria, una realidad que han sabido ocultar tras su imagen de modernidad, de empresas “cool” (y muchos millones en donaciones “caritativas” a medios de comunicación). De acuerdo con una investigación reciente de Fair Tax Mark, esas seis compañías lograron ahorrarse cerca de 100 mil millones de dólares en impuestos entre 2010 y 2019”.

 

¿Qué mortal de a pie decidió acabar con los Estados nacionales y precarizar sus servicios básicos: salud, educación, infraestructura, seguridad? ¿Es una elucubración delirante pensar que esa desaparición del estado de bienestar se hizo para explotar más aún a los explotados de siempre?

 

De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional, que se ha practicado durante siglos en el pasado, por la soberanía de una elite de técnicos y de financieros mundiales”, pudo decir el recientemente fallecido David Rockefeller, nieto del legendario John Davison Rockefeller, en su momento la persona más acaudalada del mundo, fundador de la mítica dinastía de banqueros e industriales petroleros de Estados Unidos. “Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”, agregó en su momento, él, que fuera uno de los más grandes conspiradores, arquitecto de la política mundial, factótum de importantes grupos “selectos” que deciden la marcha de la sociedad planetaria, donde no puede llegar “la chusma”, instancias como el Grupo Bilderberg, o la Comisión Trilateral (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón), según su propio decir, “altas personalidades” que deciden lo que ha de suceder en la humanidad: “el conjunto de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca”. ¿Es ver fantasmas pensar que todo eso existe? El 1% de la población mundial detenta el 50% de la riqueza mundial; y de ese mínimo porcentaje, solo el 0.01% es el que da las órdenes a los presidentes. Decir eso, ¿es ser paranoico?

 

No es ninguna novedad (no es un delirio paranoico, una voz alucinada) constatar que infinidad de hechos políticos que suceden están dispuestos en oficinas de la más alta secretividad, sin que las poblaciones tengan la más remota idea: Pearl Harbor, el asesinato de Kennedy para continuar con la guerra de Vietnam a la que él se oponía, la caída de las Torres Gemelas, las supuestas armas de destrucción masiva en Irak, el ataque a Nicaragua antes de que el sandinismo “invadiera Texas”, el financiamiento de la Ford Motors Company al nazismo alemán en sus inicios -para que invadiera y terminara con la Unión Soviética-, los experimentos sobre la sífilis hechas, sin conocimiento de nadie, con población guatemalteca en la década de 1950, armas bacteriológicas desconocidas por el público, los secretos revelados por la crisis de conciencia del ex espía estadounidense Edward Snowden, y la lista puede continuar interminable. El medicamento cubano Interferón alfa 2B recombinante sirvió para contener la epidemia en China, ¿por qué no se dijo una palabra de eso en el “mundo libre”? ¿Es ser un desubicado psicótico preguntarse el porqué de ese silencio? No son elucubraciones paranoicas, afiebradas visiones conspirativas del mundo, delirios insanos para mandar al manicomio a quien exprese preguntas sobre todo esto.

 

El sistema capitalista está en un momento especial; por eso decíamos que lo vivido actualmente puede considerarse un parteaguas en la historia: ¿fin del capitalismo o capitalismo renovado y fortalecido?

 

Seguramente ahora cambiarán cosas, porque terminada la pandemia habrá más muertos y más pobreza. O, al menos, más pobreza para las clases subalternas, eterna e históricamente olvidadas. Tengamos cuidado con las informaciones que circulan y muestran el caos económico generado. Sin dudas, para la clase trabajadora mundial todo esto es una pésima noticia, y para muchas pequeñas y medianas empresas también. Ahora bien, de las megaempresas que manejaban el mundo hasta antes de la explosión de la crisis sanitaria, no todas saldrán golpeadas. Las petroleras, por ejemplo, probablemente sí (curiosamente la familia Rockefeller, ícono de la riqueza estadounidense, salió del negocio del oro negro en el 2017. ¿Vamos hacia las energías renovables?). Las de alta tecnología, los “Silicon Six” recién mencionadas, no. Al contrario: en este momento, con el encierro forzado de prácticamente toda la población planetaria, el consumo de estos productos se disparó sideralmente. Nunca habían ganado tanto dinero como ahora con la pandemia.

 

Las fortunas más grandes se van acumulando en estos últimos años en las empresas ligadas a la cibernética, la inteligencia artificial, la informática, la robótica (de las que China, pareciera, ha tomado la delantera sobre el resto del mundo. Evidentemente, su imagen de fabricante de “juguetitos de mala calidad” quedó totalmente atrás). Como ejemplo representativo, el cambio que se ha venido dando en la dinámica económica de la principal potencia capitalista, Estados Unidos: para 1979, una de sus grandes empresas icónicas, la General Motors Company, fabricante de ocho marcas de vehículos, empleaba a un millón de trabajadores -daba trabajo a la mitad de la ciudad de Detroit, de tres millones de habitantes-, con ganancias anuales de 11,000 millones de dólares. Hoy día Microsoft, en Silicon Valley, mientras Detroit languidece como ciudad fantasma con apenas 300 mil pobladores, ocupa 35 mil trabajadores, con ganancias anuales de 14,000 millones de dólares. El capitalismo está cambiando: no se hizo menos explotador, sino que ahora explota de otra manera, con mayor sutileza (el llamado teletrabajo, ¿no es una forma de explotación también?).

 

Luego de estos confinamientos forzados, de estas estrategias de control poblacional ayudado por las tecnologías digitales más avanzadas -de las que China parece haber tomado la delantera- vale preguntarse ¿qué sigue?

 

IV

 

Las opiniones se dividen. Insistamos en esto: nadie de los “comunes mortales” sabe con seguridad qué pasará, pero sí se pueden ver tendencias, y en muchos casos, esas tendencias ya son realidades concretas que han tomado forma y no parecen poder desactivarse.

 

Fuera de toda la interminable parafernalia que acompaña la presente pandemia de coronavirus (miles y miles de memes, recetas caseras, pronósticos agoreros, predicciones varias, chistes, oraciones, pedidos de perdón, fake news), la misma pasará. Aún no está claro cómo evolucionará, cuántos muertos dejará y qué seguirá después. Sin dudas, habrá cambios -ya se están viendo muchos- en el panorama geopolítico y en la cotidianeidad de la vida en cada rincón del planeta. Como van las cosas, nadie puede asegurar que esto estuvo planificado: enfermedad natural derivada de los actuales modelos de producción, según se nos dice. De igual modo, nadie puede vaticinar qué seguirá. Se habló de un Nuevo Orden Mundial post pandemia; una nueva configuración ya no basada en la globalización neoliberal sino en un mayor proteccionismo nacionalista. Es probable. La fortaleza de China, en este momento, en buena medida se debe justamente a esa globalización.

 

Difícil, cuando no imposible, predecir lo que vendrá. ¿Una población más disciplinada, controlada, maniatada? ¿Es esta encerrona universal, toque de queda incluido, un ensayo de cómo se mantendrá a la población de aquí en más? ¿Teletrabajo para todos? ¿Hiper-control a través de medios digitales que saben en detalle cada cosa de nuestras vidas? Hay voces que, viendo el desastre del neoliberalismo (es decir: la entronización absoluta del libre mercado sobre la intervención estatal) piden -esperan, anhelan- un nuevo orden más solidario, no centrado tanto en los negocios sino en lo humano (¿Estado de bienestar keynesiano?, ¿socialdemocracia?) Sin dudas, la fuerza con que golpea la epidemia muestra que solo los Estados fuertes, incluso con planteos socialistas, como China, Cuba, Norcorea, pueden afrontar exitosamente desastres sanitarios como el presente.

 

Si de inmunización se trata, para la gran mayoría de países del mundo: empobrecidos, víctimas del orden capitalista imperial, la suerte no se ve muy favorable. Los países prósperos del Norte ya acapararon la mayor parte de las dosis de las vacunas producidas por los gigantes farmacéuticos comerciales. Las vacunas china y rusa -probablemente la cubana también- podrán tener otro destino quizá, más humanitario. Pero, como siempre, la cadena se corta por el eslabón más débil, y son las poblaciones más carenciadas las que más sufren con la crisis sanitaria. No se sabe cuándo ellas podrán vacunarse.

 

El mundo seguirá, por supuesto, porque esta pandemia no terminará con la especie humana. ¿O será, como dice esa visión “conspiranoica” presentada más arriba, que ya hay poderes que están preparando la vacuna con la que podrán meternos cualquier cosa eventualmente, y se va hacia una eutanasia programada?

 

¿Terminará el capitalismo con todo esto? ¿Terminan las luchas de clases? ¡¡Ni remotamente!! En todo caso, se reconfigura el mundo. Probablemente China se alce como la potencia dominante, con una economía más sólida no basada en la especulación financiera sino en la producción de bienes reales, con una sólida y efectiva reserva monetaria fijada en toneladas de oro y no en papeles bursátiles, y el dólar vaya perdiendo su hegemonía. Por lo pronto, su economía ya comenzó a reactivarse, superando una vez más a Estados Unidos y a la Unión Europea. ¿El mundo mirará con cariño las posturas socialistas, la solidaridad que mostraron China y Cuba en la oportunidad, quienes apoyaron a diversos países con equipos médicos, medicinas, brigadas sanitarias? Es probable, pero ello no pasará de una cuota de cariño/admiración que no logrará cambiar ideológicamente aquello para lo que está preparada la población mundial: trabajar sin protestar, consumir lo que el mercado impone, no organizarse, no pensar en cambios radicales, no sentirse dueña del poder. La ideología sigue siendo la misma. Eso no lo cambia un virus. Como bien dice Michele Nobile: “el resultado final más probable es el regreso a la normalidad, no sin haber integrado la experiencia del estado de emergencia en el arsenal de políticas públicas”.

 

¿Servirá todo esto para denunciar a la oprobiosa serpiente viperina que es el capitalismo, o hay en juego una maniobra maquiavélica que traerá más capitalismo todavía, quizá menos gente en el mundo (se habló de planes neomaltusianos de reducción de la población global), y poderes hiper-dominantes que digitarán nuestras vidas haciendo pensar con sus maquinaciones actuales en películas de ciencia ficción? (el “Gran Hermano” orwelliano pareciera ya un hecho). Por supuesto que la actual es una ocasión maravillosa para hacer aquella denuncia y profundizarla. La privatización inmisericorde de todo, el negocio antepuesto a lo humano (business is business), el lucro individual como baluarte fundamental de la vida, ahora más que nunca -viendo las consecuencias espantosas que pueden acarrear- pueden ser cuestionados. ¿Puede servir la pandemia quizá para acercar a un cambio revolucionario de paradigmas? De nosotros depende, pero siendo absolutamente realistas, vemos que en la actualidad no hay organización ni fuerza suficiente como para forzar una transformación radical.

 

Algunos grandes conglomerados económicos capitalistas (aquellos ligados a las tecnologías digitales, la gran banca internacional, las farmacéuticas, también la narcoactividad -que no se vio afectada por la pandemia-) siguen intocables sus negocios. En este nuevo capitalismo renovado que estamos viviendo, cada vez más centrado en lo que ahora se llama “cuarta revolución industrial” (primera revolución: máquina a vapor, luego la electricidad, posteriormente computación, ahora la digitalización), no todos pierden. Al contrario: la pandemia está sirviendo para expandir ciertas actividades comerciales al máximo, de un modo superlativo. No todos se perjudican con el cierre de la economía. Por ejemplo: mientras las empresas petroleras están trabajando a pérdida, las empresas ligadas al mundo digital están más robustas que nunca. Para la clase trabajadora mundial, para los pueblos de a pie que no tienen cómo responder a la crisis socio-económica, sí es pura pérdida.

 

¿Qué sigue entonces? ¿Será un mundo mejor? La pregunta puede ser ingenua, o mal formulada. ¿Por qué sería “mejor”? No falta quien, desde un optimismo desbordante, como por ejemplo Adalid Contreras, así lo cree:

 

Otro mundo emergerá de los escombros que deja la pandemia. Tenemos que trabajar para que sea un mundo no solamente otro, sino un mundo donde quepamos todos, sin exclusiones, con dignidad, sin injusticias, con igualdad, sin opresores, con libertad, sin egoísmos, con convivencia en comunidad, sin una voz única, con coros plurilingües de esperanzadora utopía. Está en nuestros corazones concebirlo y en nuestras manos diseñarlo, construirlo y habitarlo. (…) Los siglos contados del capitalismo parecen estar abriendo las compuertas de otro modo de producción y de vida, en la conclusión inexcusable de su fase neoliberal”.

 

Por supuesto que sería deseable un mundo más equitativo, más balanceado y solidario, libre de tantas injusticias y asimetrías indefendibles (24,000 muertos de hambre diarios en un mundo donde sobran alimentos), pero sabemos que las cosas no son simplemente como las deseamos. Los paraísos son siempre “paraísos perdidos” (a no ser los paraísos fiscales, donde los humanos de a pie no cabemos, donde solo caben dineros de dudosa procedencia, y para algunos “elegidos” no están perdidos). ¿No es un tanto quimérico pensar que terminada una enfermedad la realidad social mundial va a cambiar como por arte de magia? Las luchas de clases, la extracción de plusvalor, la guerra como negocio de algunos… ¿terminarán porque se extinga ese agente etiopatogénico surgido -aparentemente- en la ciudad de Wuhan, China?

 

Otros, por el contrario, con un análisis más exhaustivo del panorama, con un criterio más crítico, pueden entrever otra realidad post pandemia como, por ejemplo, el economista William Robinson:

 

Estimulado por la pandemia de coronavirus, el capitalismo global está al borde de una nueva ronda de reestructuración a nivel mundial basándose en una digitalización mucho mayor de toda la economía y sociedad global. Esta reestructuración empezó tras la Gran Recesión de 2008 pero las condiciones sociales y económicas cambiantes propiciadas por la pandemia acelerarán enormemente el proceso. Probablemente aumentará la concentración del capital a nivel mundial y empeorará la desigualdad social. Habilitados por las aplicaciones digitales, los grupos dominantes -a menos que sean obligados a cambiar de rumbo por la presión de masas desde abajo- recurrirán al aumento del Estado policial global para contener los próximos levantamientos sociales”.

 

Queda en pie la pregunta si era realmente necesaria la militarización de la vida cotidiana, o se juegan allí otras perspectivas, otros proyectos a mediano y largo plazo. ¿Un ensayo de lo que vendrá? Como manifiestan Jorge Riechmann, Adrián Almazán y otros en el “Manifiesto la necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’”:

 

La crisis sanitaria ha sido la oportunidad perfecta para reforzar nuestra dependencia de las herramientas informáticas y desarrollar muchos proyectos económicos y políticos previamente existentes: docencia virtual, teletrabajo masivo, salud digital, Internet de las Cosas, robotización, supresión del dinero en metálico y sustitución por el dinero virtual, promoción del 5G, smart city… A esa lista se puede añadir los nuevos proyectos de seguimiento de los individuos haciendo uso de sus smartphones, que vendrían a sumarse a los ya existentes en ámbitos como la vigilancia policial, el marketing o las aplicaciones para ligar en internet. En conclusión, el peligro mayor al que nos enfrentamos no es que las cosas «se queden como estaban», sino que vayan a bastante peor”.

 

Hoy día, hablando de lo que vendrá luego de la pandemia de coronavirus, se ha popularizado el término “la nueva normalidad”. ¿Qué significa eso exactamente? Entra a tallar aquí, de un modo decisorio, la nueva modalidad productiva y de relacionamiento social dada por la tecnología dominante: la revolución digital, la que dio un salto impresionante en estos últimos años, pero que con la pandemia se profundizó en forma espectacular. Definitivamente, estamos ante un hecho civilizatorio de proporciones gigantescas, quizá aún no considerado en toda su dimensión. ¿Qué mundo sigue entonces, teniendo en cuenta que la vida de todo el planeta se va “digitalizando”? ¿Qué es esa “nueva normalidad” de la que tanto se habla? ¿Es una promesa de cambio o, por el contrario, es más de lo mismo, o peor aún: lo mismo con más? Agudamente dijo Camilo Jiménez refiriéndose a la pandemia en términos de análisis histórico: “Disolvieron todas las protestas del mundo sin un solo policía. ¡Brillante!” ¿Qué mundo nos espera entonces?

 

Lo anterior no deja de plantear preguntas. Sin necesidad de encontrar paranoicamente conspiraciones a diestra y siniestra, puede verse que nos adentramos en un mundo siempre capitalista, pero con nuevas modalidades. Con los confinamientos, el obligado distanciamiento social y medidas de estricto control sobre cada ciudadano que se van imponiendo, pareciera que la protesta social es la primera en resentirse con la pandemia. No parece paranoico decir esto. ¿Hay un plan maestro trazado? Es razonable planteárselo. Para el sistema en su conjunto, la tarea básica de cada día, de cada minuto, es mantenerse inalterable. Es decir: ¡que nada cambie! Puede haber cambios superficiales, cosméticos; en otros términos: gatopardismo. O sea: que algo cambie por arriba para que, de fondo, no cambie nada. El control ejercido por el gran capital sobre la gran masa explotada (la absoluta mayoría de la humanidad) es cada vez más sutil, y al mismo tiempo, más efectivo, más profundo. Las modernas tecnologías de control poblacional (técnicas de psicología militar, mecanismos ideológico-culturales cada vez más refinados, ámbito digital), se enmarcan definitivamente en lo apuntado por Brzezinsky: “sociedad dominada mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y la controlarán con todo detalle”. De allí que lo expresado por Jiménez tiene absoluto sentido: para la segunda mitad del año 2019 el mundo hervía en protestas ante las inhumanas políticas neoliberales (capitalismo salvaje, sin anestesia). En Latinoamérica (Chile, Colombia, Haití, Honduras), Europa (“chalecos amarillos” en Francia, movilizaciones en Alemania, en Italia), en Medio Oriente (Líbano, Egipto, Irak), las poblaciones salían a protestar masivamente; de pronto, un virus mortal detuvo todo. Podemos quedarnos con la lectura de la casualidad. O, del mismo modo, abrirnos preguntas.

 

V

 

Las cosas no surgen simplemente porque las deseemos, por un acto de buena voluntad, por apelación a un “abracadabra” fantástico y todopoderoso. Tal como va el mundo, todo indica que la normalidad a la que volveremos luego de la pandemia podrá ser distinta en determinados puntos: habrá que usar mascarillas, lavarse continuamente las manos con gel antibacterial, distanciarse del prójimo, no darse un beso en la mejilla, desinfectar la suela de los zapatos. Pero en cuanto a lo que decide nuestras vidas (que tiene que ver más que nada con los paraísos fiscales, que no con nuestras muy honestas y apreciables apetencias): ¿más de lo mismo o lo mismo con más?

 

Es probable que en este nuevo escenario que se pueda abrir se modifiquen relaciones de poder entre las grandes potencias. En este momento todo indica que Estados Unidos está perdiendo -bastante aceleradamente- su papel de centro hegemónico global. Con un producto bruto de más del 50% de la economía planetaria después de la Segunda Guerra Mundial, ahora aporta solo un 18%. El hiperconsumo desenfrenado y su voraz avidez le han pasado factura: su moneda, anteriormente sostenida a punto de invasiones militares, hoy día va perdiendo valor. La República Popular China lo está destronando como potencia económica y científico-tecnológica. En el plano puramente militar, Rusia lo ha dejado atrás, tomándole varios años de delantera en el desarrollo de armas estratégicas (misilística hipersónica). Todo eso, de todos modos, no necesariamente es una buena noticia para el campo popular. Está abierto el debate sobre el actual modelo de “socialismo de mercado” impulsado por China; en principio, sin embargo, ese no es el espejo donde puede mirarse la clase trabajadora internacional y los empobrecidos pueblos del mundo. ¿Post pandemia con una China hegemónica y dominante en tecnología 5G? (y 6G ya en camino).

 

Trabajar por un mundo donde quepamos todos, tal como lo pide el arriba citado Adalid Contreras, y tantos otros también, es algo que va más allá de la pandemia. ¿Solo una enfermedad esparcida globalmente nos puede movilizar en tal sentido? Suena raro. Quizá ante el trauma de un evento con algo de catastrófico por lo ahora vivido (en muy buena medida, exagerado convenientemente por los medios comerciales de comunicación), puedan surgir estas aspiraciones “bondadosas”, de llamados a un nuevo modo de relacionamiento. Pero siendo crudamente realistas, todo indica que quienes marcan el rumbo no son los “trabajadores asalariados” sino sus jefes: Hay mucha gente que ya le encontró el gusto por trabajar desde la casa, y las empresas ya se encontraron el gusto de que la totalidad de la gente no vaya a las oficinas”, como dijo Franco Uccelli, alto directivo del JPMorgan Chase & Co, uno de los bancos más grandes del mundo (estadounidense), de esos que sí, efectivamente, marcan lo que es “normal”.

 

De ningún modo podemos aceptar la actual normalidad donde mueren diariamente 24,000 personas por hambre o por causas ligadas a la desnutrición mientras sobra comida en el mundo. La supuesta “nueva normalidad” no augura nada nuevo en verdad. Pero más allá de buenas intenciones, queda por verse cómo lograr efectivamente ese cambio. ¿Es un acto de corazón? ¿Se “abuenarán” los “malos” que nos matan de hambre? Obviamente no se trata de bondades o maldades en juego: son luchas de clases, relaciones sociales trans-individuales. Todo indica que lo dicho por este funcionario de uno de los bancos más poderosos del mundo marca la “nueva normalidad”. El mundo digital que ya se abrió, de momento no parece favorecer a las grandes mayorías. Trabajar desde casa ¿es un triunfo popular? ¿Cómo se formarán los sindicatos entonces? ¿O en la “nueva normalidad” eso ya no cabe? Las tecnologías digitales, fabulosas sin dudas, pueden servir para dar saltos en la historia; o también, como pareciera perfilarse de momento, para controlarnos más y mejor.

 

Según la UNESCO, el órgano especializado del Sistema de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura -organización que promociona la campaña “La nueva normalidad”-, lo que vendrá cuando se haya aplanado completamente la curva epidemiológica del COVID-19 (la de los muertos por inanición no se aplana nunca, ¡no olvidarlo!), invita a reflexionar sobre lo que es normal, sugiriendo que hemos aceptado lo inaceptable durante demasiado tiempo. Nuestra realidad anterior ya no puede ser aceptada como normal. Ahora es el momento de cambiar.

 

Pero, ¿la “hemos aceptado”, o se nos ha impuesto? Los desastres y las emergencias no solo arrojan luz sobre el mundo tal como es. También abren el tejido de la normalidad. A través del agujero que se abre, vislumbramos las posibilidades de otros mundos”, agrega Peter Baker en el marco de la referida campaña. Las cosas no surgen simplemente porque las deseemos, no olvidarlo.

 

Luego de la pandemia de coronavirus viene la vacunación masiva. Bill Gates, uno de los mayores magnates actuales del planeta -propietario de una de esas empresas antes citadas, campeonas de la evasión fiscal- es uno de los más grandes filántropos en el mundo y promotor de esa vacunación. “Las próximas guerras serán con microbios, no misiles”, dijo repetidamente. De hecho, él y su cónyuge Belinda constituyen uno de los principales sostenes financieros de la Organización Mundial de la Salud -OMS-, mecenas preocupado por la salud de la humanidad. ¿Seremos paranoicos si nos abrimos preguntas al respecto, si desconfiamos de tanta bondad? (porque alguien que evade impuestos da que pensar, ¿no?).

 

La sociedad global cada vez más se encamina hacia tecnologías de vanguardia, revolucionarias (en las que China ya le está tomando la delantera a Estados Unidos). Las fortunas más grandes se van acumulando ahora en las empresas ligadas a esas tecnologías. Llama la atención que un mecenas como Gates (que no parece tan “trigo limpio”, si es tamaño evasor fiscal y destructor de los Estados nacionales -la beneficencia no puede suplir al Estado-) se preocupe tanto de las vacunaciones. Quizá deba incluirse también en los negocios de futuro, de esos que no decrecen con la pandemia (como parece estar sucediendo con el petróleo) a la gran corporación farmacéutica, la Big Pharma (que hoy produce y vende mascarillas, respiradores, gel antibacteriano, pruebas de detección de COVID-19, fármacos como Remdesivir -del fármaco cubano Interferón: ni una palabra- o las vacunas, todo lo cual está generando ganancias astronómicas). Según datos que llegan dispersos, representantes de la GAVI, la Global Alliance for Vaccines and Immunization, y su fundador y principal financista, Bill Gates con su benemérita Fundación, insisten cada vez más en la necesidad de una inmunización universal.

 

Como todo esto de la pandemia está aún muy confuso, nadie puede asegurar categóricamente nada. ¿Por qué este mecenas tan preocupado por la salud mundial? ¿Seguirá a toda esta parafernalia una vacunación obligatoria con insumos que habrá que pagar y que, tal como están las cosas, no garantizan el fin de la crisis? Según se nos dice, podrán venir nuevas pandemias, a partir de nuevos agentes patógenos. “Microbios y no misiles” se apuntaba; ¿habrá un guión escrito? El director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, expresó a fines del 2020 la posibilidad, por no decir la seguridad, de la ocurrencia de nuevas pandemias en un futuro inmediato:

 

“La historia nos muestra que no será la última pandemia. (…) La pandemia reveló los estrechos vínculos entre la salud de las personas, los animales y el planeta (…) Todos los esfuerzos para mejorar los sistemas sanitarios resultarán insuficientes si no van acompañados de una crítica de la relación entre los seres humanos y los animales, así como de la amenaza existencial que representa el cambio climático, que está convirtiendo la Tierra en un lugar más difícil para vivir.

 

Parece que el modelo de producción y consumo que trajo el capitalismo no es viable a largo plazo: las pandemias serían una de sus ingratas consecuencias. Hay que pensar en alternativas. Como dijera Rosa Luxemburgo entonces: “socialismo o barbarie”. Por tanto, como gran tarea pendiente, estamos llamados a construir algo distinto, una alternativa a este modo de producción basado solo en el lucro, que prescinde tanto del ser humano -a quien transforma en esclavo asalariado, o lo desecha producto de la robotización- o se lleva por delante la naturaleza, olvidando que hay un solo planeta, que nuestra casa común no es una infinita cantera para explotar.

 

Con esperanza, pero también con realismo -y cabe aquí el llamado de Antonio Gramsci a “actuar con el pesimismo de la razón y el optimismo del corazón”- recordemos que “El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, como dijo certeramente Vladimir Lenin. Reafirmando el Che Guevara años después: La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”.

 

 

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