miércoles, 20 de octubre de 2021

¿MISILES BUENOS Y MISILES MALOS?

MISILES HIPERSÓNICOS CON CARGA NUCLEAR: ESTADOS UNIDOS ESTÁ SIENDO DERROTADO

 

https://www.youtube.com/watch?v=Kb9mlryehrM

 

 

Solo las actuales superpotencias mundiales: Estados Unidos, China y Rusia, están en condiciones de desarrollar estas armas monstruosamente poderosas como son los misiles hipersónicos con carga nuclear. En eso, quien lleva la total delantera es Rusia, con su misil Avangard, 20 veces más rápido que la velocidad del sonido, con capacidad de destruir de una vez todo Texas, o toda Francia. Armas indetectables que superan todo lo conocido hasta ahora. Le sigue China en esa carrera. Y ahora Norcorea, que acaba de entrar en el super exclusivo club de los países con misilística hipersónica.

 

Pero se da algo curioso: el Comando Estratégico de Estados Unidos -STRATCOM- ha dicho que la “búsqueda de China de armas nucleares e hipersónicas obliga a una urgente disuasión por parte de Estados Unidos”. E igualmente puso su grito en el cielo con la reciente noticia que llega de Corea del Norte.

 

Entonces: si Estados Unidos desarrolla misiles hipersónicos -lleva varios años de retraso con relación a Rusia y China, y está a la par de Norcorea- sus armas son “buenas”. Pero los misiles desarrollados por estos “malvados y satánicos” países ¿son malos?

 

¿ALGUIEN LO PUEDE EXPLICAR?




martes, 19 de octubre de 2021

SER DE IZQUIERDA…. ¿?

DANIEL ORTEGA, EN NICARAGUA: ¿ES DE IZQUIERDA?

 

MANUEL LÓPEZ OBRADOR, EN MÉXICO: ¿ES DE IZQUIERDA?

 

¿ES DE IZQUIERDA EL ZAPATISMO EN CHIAPAS?

 

¿Y PODEMOS EN ESPAÑA?

 

¿LO ES EL GOBIERNO DE COREA DEL NORTE?

 

¿Qué significa hoy ser de izquierda?

 

https://www.alainet.org/es/articulo/209421




lunes, 18 de octubre de 2021

LOS DISFRACES DEL FASCISMO

Hoy se suele considerar en Occidente que la aparición del nazismo fue algo coyuntural y que su amenaza se extinguió hace mucho. ¿Es realmente así? De hecho, varios episodios de la historia del colonialismo preludian su aparición, y como algunos historiadores apuntan, el desarrollo de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, las revoluciones de colores y las intervenciones armadas de Occidente en diversos puntos del planeta revelan la buena salud de un credo que está lejos de ser cosa del pasado:

 

https://www.youtube.com/watch?v=lMM7KFx0eF0




 

domingo, 17 de octubre de 2021

EL FANTASMA DEL MIEDO

El miedo paraliza. Eso no es nuevo, en absoluto. Todos lo sabemos desde tiempos inmemoriales, y quienes ejercen alguna cuota de poder, además de saberlo, lo utilizan. El miedo comporta algo de irracional, de primario; la lógica «bienpensante» pierde ahí la supremacía. Por ser un sentimiento primario, casi del orden del reflejo incondicionado (instintivo), nos acerca más al mundo biológico.

 

Alguien asustado, no digamos ya aterrorizado, es presa de las reacciones más viscerales, más impensadas, dejando totalmente a un lado las decisiones razonadas, frías y llevadas por la lógica. Hacer uso de esas circunstancias, en función de un proyecto hegemónico, es algo por demás conocido en la historia: quien manda se aprovecha del miedo del otro para ejercer su poder. Eso es, a todas luces, un mecanismo maquiavélico, perverso. Pero ¿quién dijo que la perversión no es parte consustancial de lo humano?

 

Hoy día, en nuestra hiper-tecnocrática sociedad, el manejo de las emociones, entre ellas el miedo, es un elemento de importancia capital para el mantenimiento del sistema. Obviamente, si alguien maneja y manipula ese miedo, no es el ciudadano de a pie, el hombre-masa, como se le ha dado en llamar. Es él quien lo sufre, el objeto de la manipulación; pero los hilos del títere no los mueve precisamente él. Para ello está lo que la academia estadounidense llama «ingeniería humana». «¡No queremos otra Venezuela en nuestro país!», repiten constantemente los candidatos de derecha en cualquier nación latinoamericana. Y, por supuesto, ganan las elecciones. El miedo a los extranjeros «que vienen a robarnos puestos de trabajo y traen la delincuencia» permitió a Trump en Estados Unidos y a muchos líderes europeos ganar sus respectivas elecciones, montándose en esos fantasmas.

 

En esa lógica, el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, miembro de importantes tanques de pensamiento de Estados Unidos y catedrático en la Universidad Johns Hopkins, uno de los más conspicuos representantes de esta derecha imperial que se siente dueña del mundo, pudo decir sin ambages: «En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón».

 

Esas técnicas –cada vez más refinadas y eficaces, por cierto– responden, por su parte, a un proyecto de dominación global. Representan lo que antes pueden haber hecho el chamán, el brujo de la tribu o la santa iglesia católica apostólica romana. La religión existe desde que «el primer hipócrita encontró al primer imbécil», afirmaba Voltaire, asustándolo, habría que agregar: el que se porta mal arderá eternamente en el infierno. La gente, sin dudas, lo creyó por siglos. Pero «El infierno no existe; lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras», aclaró el actual pontífice Francisco. Atemorizar con lo desconocido –el coco o el hombre de la bolsa que va a venir, con lo que se asusta a los niños– son mecanismos tan viejos como el mundo. Sin dudas, dan resultados. «Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes», comentó por su parte el teólogo Giordano Bruno. Manipular el miedo de la población da buenos resultados… para quien manipula, claro está. Hoy se encarga de ello la industria mediática, nuestra «religión» moderna, con técnicas hiper sofisticadas.

 

Mantener poblaciones aterrorizadas es un buen negocio para quienes detentan el poder, una gran invención preparada desde un proyecto hegemónico de dominación. El agente aterrorizante puede variar (el diablo, el comunismo, los espíritus maléficos, el fundamentalismo islámico, el hombre de la bolsa, las maras), aunque el efecto conseguido es siempre similar: alguien con miedo, alguien aterrorizado es muy fácilmente manipulable, se paraliza, se convierte en domesticable. Pero hoy –y es lo que queremos resaltar– el manejo de ese miedo ha cobrado dimensiones tremendas. Los seres humanos no solo vivimos asustados por los avatares naturales que no manejamos –tal como siempre ha sido: la muerte, catástrofes de la naturaleza, la incertidumbre ante el destino– sino que hoy lo padecemos, en forma creciente, ante las «catástrofes humanas». Pero más aún, lo cual torna más patética la situación, ese miedo está racionalmente inducido desde un determinado proyecto de dominación. «Nuestra ignorancia está planificada por una gran sabiduría», dijo Scalabrini Ortiz.

 

¿Por qué las poblaciones latinoamericanas, en forma creciente, pareciera que viven secuestradas en sus propias casas, defendidas con rejas y alambres de púas, con terror de andar por la calle, pensando paranoicamente en el próximo asalto? Dato interesante: las agencias privadas de seguridad, junto al negocio de las drogas ilegales y la venta de teléfonos celulares, son los tres rubros que más han crecido en la región en estas últimas décadas. «No hay que ser sociólogo ni politólogo para darse cuenta la relación que existe entre el muchacho marero al que se le manda a extorsionar un barrio y la agencia de seguridad privada, de un diputado o un militar, que al día siguiente viene a ofrecer sus servicios», decía con claridad meridiana un joven de una pandilla centroamericana. El miedo actual que se vive en el mundo –ya sea en el Norte próspero o en el Sur famélico–  en muy buena medida está inducido.

 

En la actualidad ya no nos atemorizan los espíritus ni los demonios que andan sueltos (las religiones, que lidian con todos ellos, están en retirada en un mundo cada vez más tecnocrático). Hoy día no le tememos a los fantasmas. Le tememos (o nos hacen temer) al terrorismo (en los países del Norte) o a la delincuencia (en el Sur empobrecido).

 

Aunque los motivos de nuestros terrores, si los analizamos con exhaustividad, no son precisamente esos difusos nuevos espantos, sino la percepción que tenemos de ellos. Ahora bien: la percepción que tenemos de ellos es la que nos construyen los medios masivos de comunicación. La casi totalidad de las percepciones del mundo que vamos incorporando, nos las dan nos las imponen, más correctamente dicho esos medios.

 

Pregúntese el lector cómo es por dentro, por ejemplo, un submarino. En general todo el mundo dará aproximadamente la misma respuesta: un panel de control, palancas, tableros con luces, marineros que reciben órdenes, un capitán al mando de un periscopio, etc. ¿De dónde sale ese «conocimiento»? De los cientos o miles de veces que hemos sido bombardeados con esas imágenes.

 

¿De dónde provienen nuestros paralizantes miedos ante el terrorismo o ante la delincuencia desbocada? De las matrices mediáticas que ya se nos han impuesto. ¿Acaso todos los musulmanes son sanguinarios terroristas listos a sacar una bomba de entre sus ropas? ¿Acaso todos los jóvenes de barriadas pobres son unos delincuentes listos a amenazarnos con un cuchillo? Obviamente no. Pero eso son los imaginarios que se nos han impuesto. «Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad», dijo Goebbels durante el nazismo. Efectivamente, es así: las modernas técnicas de manipulación, cada vez más sutiles y refinadas, lo permiten.

 

El pánico que se desató con la aparición del coronavirus al inicio del 2020, sin negar que ese agente patógeno es dañino, tuvo mucho que ver con el manejo mediático global que lo impulsó. El hambre o la siniestralidad laboral causan más muertes que el COVID-19, pero las técnicas de manipulación de nuestros miedos presentaron esta enfermedad como la peor plaga bíblica de la historia, dejando fuera de foco los anteriores problemas. En síntesis: el miedo se puede inducir. El manejo de las emociones, entre estas el miedo, es un elemento de importancia capital para el mantenimiento del sistema. Al servicio de ello está lo que la academia estadounidense llama «ingeniería humana». La citada declaración de Brzezinsky lo permite ver con palmaria evidencia.

 

Sin dudas el mundo no es un lecho de rosas: hay muertos por doquier debido a acciones violentas. Por supuesto que explotan bombas y hay asaltos a mano armada; por supuesto que existen actos suicidas, en general llamados «terroristas», y por supuesto también que hay delincuencia callejera, robos con violencia y «áreas rojas» donde ni la policía entra. ¡Vaya novedad! Por minuto mueren dos personas en el planeta por la detonación de un arma de fuego. Obviamente no vivimos en un paraíso. Pero, según estudios consistentes, diariamente fallecen en el mundo no menos de diez mil personas por falta de alimentos, y más de dos mil por carencia de agua potable, en tanto que el siempre mal definido e impreciso «terrorismo» suma en promedio… 11 muertes diarias.

 

Tenemos miedo a lo que se nos dice que debemos tenerle miedo. Y curiosamente, esos temores parecen manipulados: en el Norte del mundo la gente vive paranoica con el próximo acto terrorista, que seguramente será adjudicado a algún denominado «grupo fundamentalista islámico». La muerte de una persona a manos, por ejemplo, de un marido celoso o de un paranoico delirante, es ya presentada como ataque terrorista, dando pie a una hiper-militarización de la vida cotidiana… y a las guerras preventivas (que, curiosamente, se hacen siempre contra países que tienen petróleo en su subsuelo. Qué casualidad, ¿verdad?).

 

En el Sur, en los países empobrecidos y donde la vida es violada a diario por las balas, el hambre o la falta de agua potable, se vive en estado paranoico ante la presunción de una delincuencia que puede aparecer en cada esquina. Pero como afirmó un dirigente comunitario de una barriada pobre de Guatemala: «Todo el tema de la mara [pandillas juveniles] se ha inflado mucho por los medios de comunicación; ellos tienen mucho que ver en este asunto, porque lo sobredimensionan. En realidad, la situación no es tan absolutamente caótica como se dice. Se puede caminar por la calle, pero el mensaje es que si caminás, fijo te asaltan. Por tanto: mejor quedarse quietecito en la casa».

 

En un punto u otro del planeta la consigna es esa: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Los espantos malos que andan por ahí (musulmanes terroristas o delincuentes) nos acechan, nos hacen la vida imposible, nos van a devorar. Lamentablemente, la ingeniería humana sabe lo que hace… ¡y consigue tenernos quietecitos!

 

Mantener poblaciones aterrorizadas es buen negocio (para quienes detentan el poder, claro). Nunca tan oportunas como ahora las palabras de la lideresa boliviana Domitila Barrios con respecto a todo esto: «Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro». Alguien especuló al inicio de la pandemia de COVID-19 que luego de las numerosas manifestaciones de protesta que recorrían el mundo en el 2019, aparecen los confinamientos, toques de queda y militarización de los espacios públicos con el pánico fabuloso que se desató. No puede dejarse de considerar la observación: el miedo que nos invadió –miedo que se indujo, podría decirse– nos mantuvo encerrados. El «Quédese en su casa» se impuso…, y las manifestaciones callejeras cesaron.

 

El miedo es una reacción psicológicamente normal en determinadas situaciones; puede ser patológico en ciertos casos (neurosis fóbicas, por ejemplo: agorafobia, claustrofobia, zoofobia, etc.). Pero el miedo del que aquí hablamos (contra el «musulmán malo» o el «delincuente que nos acecha detrás de cada árbol») es una pura invención de la ingeniería humana, preparado desde un proyecto de dominación. ¿Será hora de abrir los ojos?



sábado, 16 de octubre de 2021

MUJER INDÍGENA

En Guatemala, ser mujer es difícil: se sufre el patriarcado (violencia, discriminación, abusos de todo tipo). Ser mujer pobre, mucho más. Pero ser mujer indígena, pobre, de áreas rurales, es un verdadero suplicio.



 

viernes, 15 de octubre de 2021

INFORME SOBRE LA ESPECIE HUMANA

(Hallado en una nave espacial extraterrestre caída en el desierto de Gobi, China. Traducida a lenguas humanas por un grupo de 32 expertos de Naciones Unidas)

 

 

Continuando con nuestro viaje exploratorio nos dirigimos hacia esa super nova en los confines de la Vía Láctea a la que llaman Sol. De los ocho planetas que giran en torno a él sólo uno presenta agua en estado líquido en su superficie. Y he ahí una clave importantísima para todo lo que diremos en adelante: gracias a este elemento (combinación de dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno) es posible la materia en estado viviente. Pero es este elemento, al mismo tiempo, el que podrá llevar a la desaparición de toda forma de vida dada la particularidad singularísima de una de las especies que encontramos y la extraña relación que mantiene con la misma. Aunque no nos anticipemos; seguiremos un orden estricto en este pequeño informe de bitácora. Luego, ya regresados a nuestra galaxia, y con todo el tiempo necesario, procesaremos adecuadamente todos los datos obtenidos y podremos presentar un informe pormenorizado mucho más extenso.

 

La Tierra es el tercer planeta en proximidad al Sol. Gira en torno a él en períodos regulares; esos desplazamientos fueron medidos por esta especie a la que hacíamos alusión más arriba –autodenominada “hombre”, o más correctamente “ser humano”–, para lo cual usaron diversos sistemas de referencia. Lo curioso es que en la actualidad emplean un código –al que llaman “calendario gregoriano”– que no es ni por cerca el más exacto, habiendo desechado otras mediciones mucho más precisas, hoy caídas en el olvido, como por ejemplo la desarrollada por unos individuos que alcanzaron su punto máximo de progreso hace unos 1.000 años, llamados mayas, ahora devenidos un pueblo derrotado y que subsiste en la indigencia.

 

Este planeta es muy nuevo en su formación: 5.000 millones de años utilizando los códigos terrícolas. A partir de la combinación de aminoácidos y el agregado de fuertes cargas eléctricas, hace unos 2.500 millones de años surgieron las primeras formas de vida, en forma unicelular, en el medio acuoso. La vida, como pudimos comprobar, siempre estuvo ligada al agua. Esas formas evolucionaron con bastante rapidez por la vía de la adaptación al medio y la selección natural, y en el momento de redactar el presente informe pudimos constatar 16.758 especies distintas. Básicamente se dividen en dos reinos: el vegetal –sin movimiento de desplazamiento, fijados en forma perenne al suelo, con 10.146 especies– y el animal –con la capacidad de desplazamiento y 6.612 especies–. En este último gran reino existen dos grandes divisiones: los animales invertebrados y los vertebrados. De estos últimos hay cinco familias: reptiles, aves, peces, batracios y mamíferos. Son estos últimos los más recientes y los más evolucionados en la escala zoológica. Presentan todos algún tipo de inteligencia. Entre ellos sobresalen los primates como los más inteligentes, y en especial esta especie con una buena capacidad de aprendizaje que se autodenomina “ser humano”. Es, con las salvedades que luego haremos, la especie más inteligente (y al mismo tiempo la más incomprensible, quizá a causa de esa misma inteligencia).

 

Dada las características tan especiales de estas criaturas, de aquí en más pondremos especial énfasis en su descripción. Pero nos adelantamos a informar que todas sus particularidades nos dejaron perplejos: de todas las especies estudiadas es la única que presenta esa relación con su medio ambiente circundante –con el agua fundamentalmente– y con otros congéneres de su especie. Es, para decirlo para decirlo de modo rápido, profundamente autodestructiva.

 

El ser humano es el más reciente de todos los animales que pisan la superficie terrestre. Descendiendo de los primates, su primos hermanos más cercanos en la cadena biológica, puede considerársela especie independiente desde el momento mismo en que comenzó su largo, y por cierto no terminado, proceso de enfrentamiento con el medio circundante. Es decir: cuando empezó a trabajar. De este hecho inaugural como especie transcurrieron ya tres millones de años. Dato curioso: el primer chispazo de inteligencia, la primera forma cultural de esta especie, fue nada más y nada menos que un arma. Según pudimos reconstruir históricamente, algunos individuos frotaron dos piedras hasta conseguir afilar una de ellas, con lo que tuvieron un instrumento que aumentó su poder de ataque. Y ahí comenzó a escribirse la historia humana: todo ha girado, y sigue girando, en torno a ese “poder de ataque” que utilizó no sólo contra el medio natural sino –eso es lo más curioso– contra sí mismo.

 

La especie humana es la única que pudo desarrollar una forma cultural no biológica. Su identidad como especie viene dada por ese barniz cultural no genético, que tiene que ver con su particular inteligencia. Es por ella que en el curso de esos tres millones de años fue dando lugar a formas culturales de lo más disímiles. De hecho es el único animal que pudo moverse por toda la faz del planeta, adecuándose exitosamente a todas y cada una de las circunstancias ecológicas que fue encontrando. Ningún otro ser viviente ha tenido tanta adaptabilidad. Su genoma es igual para todos sus especimenes; sus diferencias externas (color de la piel, color de sus cabellos, color de sus ojos) es producto de la adaptación al medio. Pero he ahí una de estas incongruencias a que nos referíamos: dado sus sistemas culturales, esas diferencias accidentales deciden su suerte como seres sociales. Pudimos constatar (entre risa y consternación) que hacen de esas menudas diferencias circunstanciales –el color de la piel, por ejemplo– asuntos de la más grande importancia. Los sistemas culturales que han construido a través del tiempo los lleva a opinar que hay “superiores” e “inferiores” en función de esos detalles. Incluso han desarrollado teorías que avalan y justifican esas diferencias.

 

Si bien es básicamente terrestre, pudo moverse en los otros medios que presenta el planeta, adecuándose al agua y al aire. Es el único animal que, merced a su cultura y no a condiciones físicas naturales, se mueve en el agua –navegando por su superficie o bajo de ella– y en el aire, al mismo tiempo que sobre tierra firme.

 

Esa capacidad de adaptación es notoria. Merced a su cultura se comenzó a sentir la especie más importante de entre todas, y en consecuencia, actuó como tal. Atacó a todas las demás, las venció, las exterminó en algunos casos, las domesticó para su provecho en otros. Dada su condición de omnívoro, es el único animal que se come a todas las otras especies, animales y vegetales. Por otro lado, no tiene un depredador natural que se lo coma a él.

 

Pero con estas consideraciones entramos de lleno en lo medular de lo que queremos adelantar con este breve primer informe: la cultura y el poder de ataque del que arriba anticipáramos algo.

 

En su corta historia como especie, una vez erguido y transformado en ser bípedo habiendo abandonado para siempre la vida arborícola de sus antepasados inmediatos, la “cultura” pasó a ser su nueva naturaleza. Si algo define a estas criaturas es que muy poco tienen definido en términos biológicos. Todo en ellos es producto de su historia cultural. Por cierto, la variedad en las formas culturales que ha venido desarrollando en su corta pero intensísima historia, es sumamente amplia. Su cultura se basa en la oralidad. En estos momentos existen alrededor de 6.000 lenguas distintas. Todas y cada una de las actividades que realiza vienen determinadas por sus sistemas culturales. Su carga biológica se ha ido perdiendo al anudarse en forma definitiva con lo cultural, con lo social. Así como lo graficábamos con sus creencias con respecto al color de su piel y la supuesta superioridad de una raza sobre otra (¡llegan al autoexterminio en nombre de estas cosas!), todo lo que hace lo inscribe siempre en esta nueva naturaleza creada que es la cultura. Funciones básicas como la alimentación y la reproducción quedan subsumidas por esta esfera social. Distintamente a todas las otras especies animales, sus instintos naturales están enredados con ese componente social, el cual va cambiando con el curso del tiempo.

 

De todos los animales estudiados (aclaramos que pusimos especial énfasis en la especie humana dejando algo de lado a las otras) es el único donde pudimos encontrar conductas que pervierten lo instintivo tornándose autodestructivas. Come, pero ahí encuentra una serie de fenómenos que no son biológicos: hay individuos que comen muchísimo más de lo necesario, mientras otros deciden no comer. Constatamos que muchas personas (en general se da más entre las hembras) prefieren no comer, haciendo penosos esfuerzos para mantenerse vivas con muy poca comida. Y lo que más nos llamó la atención es que, como especie, no aseguran la sobrevivencia del conjunto. Por razones puramente sociales, culturales, muchísimos individuos no disponen de los recursos mínimos e indispensables para mantenerse con vida. Aclaramos: el planeta Tierra produce esos recursos en cantidad suficiente para mantener con vida a toda la materia viva que se encuentra en su superficie y en los espejos de agua (dulce o salada). En cuanto al ser humano pudimos contar 6.300 millones en el momento de redactar el presente informe, con una alta tasa de natalidad –tres nacimientos de un nuevo ser cada segundo terrícola–, superando con creces la cantidad de muertes. Y todos sus individuos podrían disponer con comodidad las 2.500 calorías diarias necesarias para vivir. Pero son esas intrincadas relaciones culturales, producto de su bastante incomprensible búsqueda de “poder de dominación” de algunos sobre otros, las que impiden que todos coman aceptablemente.

 

La principal causa de muerte de esta especie es el hambre. Cada 7 segundos muere un ser a causa de la falta de alimentos. Ahí está lo curioso de todo: sobran alimentos, no sólo los que la naturaleza pone a su alcance en estado natural (pese a la enorme masa de individuos que desde hace unos 100 años crece a un ritmo aceleradísimo), sino también los que la especie elabora en forma artificial, con su industria, única entre todas las especies animales existentes. Sobran alimentos, decíamos, pero la incorrecta distribución de los mismos, merced a ese incontrolable afán de poderío, hace que el hambre abunde y golpee sin clemencia a la mayor parte de la especie.

 

Algo que no pudimos terminar de entender, y que estudiado más a fondo esperamos poder resolver en un breve tiempo, es cómo a partir del aumento de comida disponible (de ello hace unos 12.000 años, con el paso a la vida sedentaria a partir del descubrimiento de la agricultura) las sociedades humanas, en vez de mejorar, se estratificaron en clases sociales dividiéndose en los que disponen de más recursos y comen mejor, y en los menos beneficiados (siendo entre éstos –por cierto las grandes mayorías de seres– donde se da más la muerte por inanición). Cuanto más crece la capacidad productiva de la especie, más se alejan los beneficiados de los desposeídos en el acceso a lo producido. Esto, repetimos, no lo vimos en ninguna otra especie animal. Otras sociedades menos inteligentes que pudimos constatar (hormigas, abejas, cardúmenes de peces, rebaños de mamíferos) distribuyen en forma armónica y equilibrada los recursos. Es por eso que no terminamos de entender aún cómo esa inteligencia humana no puede resolver esta cuestión. Y por lo que vimos, las sociedades viven en guerras monstruosas por esa injusticia distributiva.

 

Este punto refuerza lo dicho más arriba: las tendencias agresivas, el afán de poderío, el poder de ataque, signa toda la historia de la especie. Desde la primer arma –la primera piedra afilada– su historia es una sucesión de armas para atacarse y dominarse recíprocamente; y desde que pudimos constatar sociedades complejas hace unos cuantos milenios, ese hambre de dominación ha servido para aumentar las diferencias entre clases sociales y para ampliar su capacidad ofensiva. Hoy, producto de una muy desarrollada industria que ningún otro animal dispone, tiene una capacidad destructiva bastante importante, pudiendo hacer desparecer toda forma viviente del planeta con las armas que llegó a crear. Pero justamente eso es lo que nos dejó perplejos: conocen la fisión nuclear pero no pueden resolver el problema del hambre.

 

Es más: los intereses de las clases dominantes (que han ido variando en este tiempo de vida sedentaria) van absolutamente en contra de equiparar el acceso a los recursos para todos. Y eso nos lleva a una segunda constatación igualmente incomprensible: esta especie es la única que vive autoagrediéndose en forma permanente.

 

De todas sus industrias –que no son pocas por cierto– la más desarrollada, la que pone en movimiento lo más avanzado de la inteligencia y la que genera mayores recursos simbólicos en forma de lo que llaman dinero (mercancía universal que sintetiza la cantidad de trabajo acumulado de que alguien puede disponer), es la producción de instrumentos para la dominación, para matar a otros. La tarea principal de la especie es la preparación para las guerras. La violencia marca totalmente la historia de la especie.

 

Luego del hambre, la segunda causa de muerte de los individuos que forman toda la humanidad, es la violencia. Enfermedades naturales sigue habiendo muchas, pero en general, merced a esa industria inteligente a la que hacíamos referencia, están muy controladas. Mueren más personas por hambre y por causas violentas que por trastornos bio-físico-químicos.

 

La violencia marca todas sus relaciones. Como anticipábamos, las interacciones entre los miembros de la especie están marcadas/determinadas por distintas formas de violencia. Lo veíamos con esas creencias de superioridad de una cultura sobre otra. Para ejemplificarlo muy rápidamente: aún hoy, pese al dominio industrioso de tantos aspectos de la realidad material, siguen adorando íconos (“dioses” los llaman). En muchos casos se matan en su nombre, o se desprecian unos a otros en nombre de su adoración. Hay dioses “mejores” y “peores”; hay dioses “civilizados” y dioses “primitivos”. Y lo curioso (tenemos infinidad de pruebas audiovisuales que lo demuestran) es que pese a su inteligencia constructiva (grandes máquinas, viajan fuera del planeta, bombardean el átomo, etc.) siguen adorando esos íconos, y en muchos casos hacen la guerra invocándolos.

 

La violencia cultural los persigue; todas sus relaciones como individuos o como colectivos tienen que ver con ese especial modo de relacionamiento. Incluso la reproducción, como ya anticipáramos. Con escasas excepciones, casi todas las especies vivientes (vegetales y animales) se reproducen en forma sexuada. El caso del ser humano no escapa a esta generalidad. Pero las diferencias entre sexos tampoco escapan a esa cubierta cultural marcada por la violencia. Los machos se consideran “mejores”, “más importantes” que las hembras (las mujeres). Los diferentes sistemas culturales que han erigido se cimentan sobre esas construcciones no-biológicas. Su sexualidad, si bien asienta en mecanismos físico-químicos, está totalmente envuelta por lo cultural. Y es este el otro gran campo donde vemos las incongruencias que presentan como especie. Se dividen en géneros, es decir: construcciones culturales por las que los machos tienen atributos y derechos específicos sobre las hembras, que siempre juegan un papel más sumiso y pasivo. Todas las culturas han repetido esos moldes. La sexualidad no está sólo al servicio de la reproducción; de hecho, los contactos sexuales no están reglados por ciclos biológicos periódicos sino que permanece abierta todo el tiempo. Pero justamente sobre ella recae todo el peso de las prohibiciones culturales. En general hay un doble discurso bastante cómico sobre la misma: se dice una cosa y se hace otra. Se condena la homosexualidad, pero la bisexualidad no es infrecuente; se habla de monogamia, pero se mantienen relaciones exogámicas en forma oculta; los machos (que, en realidad, son “hombres” en función de estas pautas culturales que signan la edificación de las sociedades) controlan a las hembras (llamadas “mujeres”). Tal es el grado de control y sometimiento de los hombres sobre las mujeres que la especie toda es designada, por medio de un perverso mecanismo metonímico, como “el hombre”, sinónimo sin más de humanidad. Hay culturas que hacen de esta diferencia una cuestión de fe confiriéndole así un estatuto divino.

 

Lo importante a destacar es que no hay ninguna cultura superior (aunque algunos miembros de algunas de ellas así lo crean). Hay, sin dudas, diferencias en el desarrollo técnico que cada una ha obtenido, y desde hace aproximadamente 200 años la moderna tecnología que desarrolló el así llamado Occidente ha tomado la delantera; pero lejos está de poder decirse que esa cultura sea “mejor” que otras.

 

Hay siempre una cultura dominante. Eso es incontrastable. Por milenios los seres humanos así han construido su historia: una cultura se impone sobre otras y marca el rumbo. Lo hace, antes que nada, en términos militares. Luego se justifica esa dominación con los más absurdos argumentos.  Todo lo cual nos deja la pregunta –que trataremos de ir develando en el futuro– respecto al por qué de esta manera de ser. ¿Por qué los seres humanos son tan autodestructivos?

 

Esa es su característica distintiva. Viven matándose entre sí y a sí mismos: de hambre, con guerras, utilizando sustancias que saben que son altamente nocivas (estupefacientes varios, alcohol etílico, tabaco), despreciándose en nombre de diferencias culturales (los amos sojuzgan a los esclavos, los hombres a las mujeres). Pero lo más curioso es que atacan su propio medio ambiente, y en especial el agua, el elemento que les es indispensable para la vida. El afán de poderío rige todos sus actos, aunque todavía no terminamos de entender con exactitud por qué. Es esa tendencia la que está llevándolos a un desastre ecológico de proporciones catastróficas. En vez de buscar soluciones de consenso general a esos problemas planetarios, se enfrascan en salidas pequeñas, mezquinas, basadas sólo en intereses de pequeños grupos.

 

En los últimos años de su existencia surgieron voces que entendieron esta tragicómica situación, intentado construir otras alternativas. “Socialistas” se llaman a sí mismos. Cuando comenzaron a implementar sus novedosas concepciones, a partir del año 1917 según su sistema de medición del tiempo, si bien solucionaron algunos de los problemas ancestrales de las sociedades (el hambre por ejemplo) no dejaron de evidenciar que la lucha por el poder seguía estando presente e influyendo en cada paso. Pero, sin dudas, abrieron la puerta a la esperanza por una sociedad más equilibrada. Aún no la han conseguido, pero comenzaron a buscarla. Aunque, por supuesto, el peso de la tradición es una carga excesivamente pesada, y la transformación se hace por tanto algo muy difícil, muy lento. Luchar contra el peso cultural (la idea de clase social, de superioridad del amo sobre el esclavo, el machismo, el racismo, los nacionalismos) les cuesta infinitamente más que transformar la naturaleza material. Pero parece que, aunque con grandes dificultades, en ese cambio de rumbo cultural están.



jueves, 14 de octubre de 2021

AMAS DE CASA DEL MUNDO: ¡UNÍOS!

¿TU MAMÁ TRABAJA?

NO, ES AMA DE CASA.

 

¿Qué idea tenemos del trabajo? Con una visión absolutamente capitalista, mercantilista, el trabajo es la capacidad productiva que se vende, como una mercadería más, por la que se recibe una paga. El trabajo hogareño, habitualmente hecho por mujeres –absolutamente básico, sin el cual no se podría hacer ningún otro trabajo fuera de la casa devengando salario: ¿quién prepara la comida, lava y plancha la ropa, ordena el hogar, cría los niños, cambia los pañales y le da de comer al perrito?– no se considera TRABAJO.

 

¿MACHISMO Y PATRIARCADO? ¿HASTA CUÁNDO?