miércoles, 31 de mayo de 2023

CARTA DE UNA INDÍGENA LATINOAMERICANA (DOCUFICCIÓN)

Ustedes perdonen si mi español es muy malo. Tengo claro lo que quiero decir, pero me faltan las herramientas para expresarme. Yo, a duras penas pude aprender la castilla ya de grande, a los doce años. Apenas si lo puedo hablar, mucho menos escribir con corrección. Como autodidacta, leyendo lo poco que podía, fui entendiendo algunas cosas.

 

La cuestión es que me armé de valor y me atreví a garabatear esta carta. Pensaba hacerla llegar a algún medio de comunicación para el 12 de octubre, llamado el día “de la raza”, para algunos, o de “la Hispanidad”. Yo, como todos mis hermanos y hermanas de estas tierras, diría más bien: el día del oprobio, el día que comenzó nuestra caída como pueblos libres. Llamarlo el “Día de la Dignidad”, como muchas personas dicen ahora, a mí no muy me parece, porque tendría que ser el “Día del perdón obligado”, el perdón que nos siguen debiendo los que nos masacraron hace más de cinco siglos. O que nos siguen masacrando hoy, de otra manera, ya no con espadas o arcabuces, sino con su prepotencia y su explotación. Siempre blanquitos y rubios, pasándonos por encima, siempre, siempre. ¿Hasta cuándo?

 

Como decía: pensaba llevar esta carta a algún programa radial o televisivo, para que la difundieran por allí, pero después deseché la idea. ¿Quién le va a prestar atención a una mujer indígena, empleada doméstica u obrera de maquila, pobre, que viene del campo, heredera de una ancestral humillación? ¡Nadie! Felizmente me ayudaron a hacerla llegar a este medio electrónico, y buena gente solidaria se comprometió a difundirla. Yo, la verdad, no le atino mucho a esto del internet y todas estas cosas -“tecnología de hombre blanco”, como dicen en mi aldea-. Más bien, me dan miedo, porque ni sé cómo se usan. Pero no importa: si alguien la puede leer e informarse de lo que quiero decirles, me alegraría mucho. Y si la pudieran circular por allí a más gente, tanto mejor aún.

 

Aclaro desde un principio que no quiero hacer una queja personal. Se podría decir, quizá con malicia, que yo, dolida por lo que me pasó, me descargo y lloro un poco escribiendo estas líneas, criticando a diestra y siniestra. No, en modo alguno. Hablo en nombre de mi pueblo, de las mujeres de mi pueblo, de la gente pobre, de todos los explotados que existimos. O, más aún, de todes, como se dice ahora, por aquello del lenguaje inclusivo. Si guardo cólera…, tiene causas muy pero muy justificadas. Además… ¿por qué no debería tener cólera, una profunda cólera, un malestar que me viene de adentro, después de todo lo sufrido? No sufro solo por mi gente de hace cinco siglos: hablo del sufrimiento provocado hoy día, el que yo siento en mi persona, en mi cuerpo, del que me producen todas las cosas de las que ahora quiero hablarles. Acaso ¿me debería sentir feliz con lo padecido? ¿No se vale tener rabia por los ultrajes sufridos?

 

Pertenezco a un grupo indígena, o raza, o etnia -no sé bien cómo es que hay que decir- que habitó estas tierras que ahora llamamos América Latina desde tiempos inmemoriales. Mi gente, según dicen los que saben de estas cosas, los antropólogos, vive aquí desde hace varios miles de años. Con la llegada de los invasores españoles, nuestra vida cambió. Quiero aclarar rápidamente que no soy de la idea, como sí lo es más de alguien entre mis hermanos y hermanas indígenas, que antes de la llegada de esta invasión nuestras sociedades eran un paraíso. No, eso no es así, porque en ningún lado, nunca ha habido paraísos. Y la verdad, viendo cómo son las cosas, dudo que lo pueda haber. Pero, en fin… eso es otro cantar.

 

No quiero extraviarme en mi charlatanería. Lo que quería dejar expresado en estas líneas es que ni con todo el oro del mundo podrán pagar la indemnización de lo que nos hicieron los conquistadores a nosotras y nosotros, a quienes hoy nos llamamos latinoamericanos. Nos hicieron, y lo peor de todo: ¡nos siguen haciendo día a día!

 

Sabrán ustedes que toda Latinoamérica, desde México hasta Tierra del Fuego, incluyendo el Mar Caribe, es una de las regiones más ricas en recursos naturales de toda la Tierra. Aquí hay de todo: tierras fértiles, agua dulce en cantidades industriales, petróleo, interminables praderas para criar todo tipo de ganado, todo tipo de minerales, selvas tropicales. Y si eso no alcanza, ahí están los lugares turísticos más hermosos, desde cataratas impresionantes a cordilleras nevadas, desde desiertos sobrecogedores a los lagos más lindos del mundo, playas paradisíacas y parajes increíbles. Hay todos los climas: tropical, templado, frío con un metro de nieve. Todo lo que usted busque. Como dijo alguien por ahí: Latinoamérica, además de tener una gran reserva de recursos naturales, tiene una gran reserva de hijos de puta. ¿Por qué digo esto? Porque junto a esa riqueza inigualable, tenemos también una pobreza inigualable, y eso no es natural. Me parece que para explicar todos nuestros sufrimientos, hay que pensar que en todo esto hay algo de hijos de puta. Hay que ser maloso para venir a masacrarnos hace años atrás, y robarnos, y violarnos, o para seguir masacrándonos hoy de otro modo. Y hoy también nos roban, nos matan, nos violan. Eso no cambia. ¿Por qué sufriríamos tanto si no fuera por la maldad de quienes nos dominan, no importa si son gringos o lo ricachones de aquí, que por supuesto también los hay? No creo que ningún dios, que se supone que es puro amor, quiso que estuviéramos tan mal. Latinoamérica es la zona del mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son más irritantes. Aquí hay lugares en las grandes ciudades con tanto o más lujo despampanante que en los centros imperiales que nos conquistaron y nos siguen dominando. Y junto a eso, se ven los barrios más pobres, más tremendos, donde la gente come de los basureros, los niños de la calle mueren inhalando sus solventes y la violencia callejera es cosa de todos los días, donde te pueden robar, o matar, para quitarte un anillo o un teléfono celular.

 

Yo, como humilde mujer indígena, llegué a una de esas megápolis cuando era una niñita de doce años. Vine medio engañada a trabajar en casa de unos ricachones; me pintaron un paraíso, pero me encontré con que no era así. Doce o catorce horas por día me hacían trabajar. No tenía horario, pues muchas veces me agarraba la madrugada haciendo oficio, planchando, dándole de comer a las mascotas. Que, por cierto, comían más y mejor que yo. Cuando me enteré por allí que las empleadas domésticas podíamos -o debíamos, mejor dicho- exigir todas nuestras prestaciones de ley, vacaciones, seguro de salud, aguinaldo, los patrones se rieron. Me trataron de india comunista, y me echaron.

 

Me costó volver a encontrar trabajo. Mientras lo conseguía, me tocó dormir en la calle varias noches. ¡Qué experiencia horrible! En mi aldea, aunque pasábamos pobreza -muchas veces nos íbamos a dormir con la panza vacía, no teníamos agua potable, lavábamos la ropa en el río y hacíamos popó en una letrina apestosa- antes nunca había sufrido esos atropellos. Quería llorar por todas esas desgracias, por las actuales, quiero decir, por las que empezaba a sufrir en la gran ciudad, pero no me salían las lágrimas. La vida, en corto tiempo, ya me había sacado callo.

 

En la nueva casa -otra casona de ricachones, donde yo era la segunda empleada, y donde había un chofer fijo para la familia- yo ya era señorita. Quiero decir, tenía ya “mis días”, ustedes entienden. O sea: podía salir embarazada. La verdad que eso me empezó a asustar. Miren, con toda sinceridad: no era el chofer, don Pedro, un tipo excelente a quien veía como un padre, sino el patrón -creo que era militar retirado- y su hijo mayor, los que más molestaban. Esos dos eran unas hienas. Nunca faltaba oportunidad para que me tocaran las asentaderas. El señorón una vez me metió a su cuarto y a la fuerza me estaba queriendo desnudar. Digan que justo llegó la esposa, que había salido a hacer compras. Eso me salvó. No me atreví a decir nada por la experiencia anterior. Si una protesta, la echan. Y encima la tratan de lo peor. Varias amigas que fui conociendo, todas empleadas domésticas igual que yo, sufrieron lo mismo: toqueteos, abusos, en algún caso violación. A una buena amiga con la que trabé una genuina amistad le pasó algo horrible: quedó panzona luego que un hombre de la casa donde trabajaba la agarró a la fuerza. Y ¿saben cuál fue la respuesta de la patrona? La echó, porque eso arruinaba el buen nombre de la familia, según le dijo, y la trató de puta, de haber provocado al “pobre” marido, que se vio forzado a tener relaciones carnales por sus insinuaciones.

 

Así como les digo: el mundo para nosotras, mujeres pobres -si somos indígenas: mucho peor- es un calvario. Los días que tenía libre, algún que otro domingo, paseaba un poco por la ciudad, y veía cosas que me hacían vomitar. Miren que yo, de pequeña, me acostumbré a cosas duras. Con diez años trabajaba a la par de mi tata y rajaba leña con total tranquilidad, o faenaba cerdos, le retorcía el cuello a una gallina cuando nos la íbamos a comer, o ayudé en algún parto a mi madre, que era comadrona empírica. Pero las cosas que veía en la ciudad, me daban escalofríos. De verdad, me daban miedo.

 

Por ejemplo, cómo trataban a las empleadas en las casas. O lo que me pasaba cuando entraba en algún restaurante, las pocas veces que entraba. Más bien: no me dejaban entrar, por “india”. La pobreza que veía por ahí me conmovía. Varias veces acompañé a la Dorotea, que se había hecho muy amiga mía, a su casa, en uno de esos lugares que llamaban barrios marginales. ¡Uy, qué terrible! Las cosas que había allí no tenían nombre. Su casa estaba a dos cuadras del basurero municipal, y créanme que me dio asco lo que vi: en la calle vendían comida recuperada de la basura. Había numerosos puestecitos donde ofrecían pizza, la que sobraba en algunas casas y echaban con los desperdicios. Las porciones que estaban buenas, las recogían y las vendían. Y mucha gente las compraba. Mi amiga me quiso ofrecer una, pero no me atreví. Me dio un poco de asco.

 

Como toda joven, tuve mi noviecito. Tuve varios, lo confieso, y a los dieciséis ya empecé a tener relaciones. No me da vergüenza decirlo, porque eso es natural ¿verdad? Lo feo es que muchos muchachos solo se acercan para eso, y después te dejan plantada. Pero yo me conseguí uno que era fabuloso. Fue él quien me hizo entrar en la maquila. Ahí empezó otra vida para mí.

 

El sueldo era mejor que como sirvienta, por supuesto. Pero ¡a qué costo! Los dueños eran unos gringos, unos rubios enormes, de cabello amarillo que parecía pintado, y grandotes, como de dos metros. Yo nunca había visto gente así. Hablaban en inglés. Bueno, eran los verdaderos patrones, que venían muy poco a la fábrica, pero los que nos mandaban a nosotras y nosotros -había hombres y mujeres trabajando- eran unos capataces nacionales. Eran unos tipos igual que nosotras, bajitos y morenitos, de pelo tan negro como el mío, o como el del Tobías, mi novio. Pero se sentían rubios de alma. Nos trataban mal, a los gritos, a veces insultándonos. Nos hacían trabajar a toda velocidad, y si no cumplíamos con la metas que nos imponían, hasta nos descontaban del sueldo.

 

Solo teníamos derecho a ir dos veces por día al baño, aunque una se estuviera haciendo encima. Nos controlaban al milímetro. Yo era muy pilas con la máquina de costurar; creo que era la más productiva de toda la maquila, por eso un capataz, don Alfonso se llamaba, se me paraba al lado y me decía que yo era muy buena, y si quería, me podía conseguir un mejor sueldo, pero le tenía que pagar el “favor”. Por supuesto, lo mandé a la mierda, y le dije al Tobías. Y luego vino la tragedia.

 

Como nos explotaban sin piedad, varios de los y las operarias decidimos formar un sindicato para protestar. Yo no muy sabía lo que era eso, pero gente con más experiencia que yo me lo explicó. Teníamos derecho a ocho horas de trabajo, y si trabajábamos más, debían pagarnos horas extras. Pero eso no pasaba. Incluso varias veces cerraban el portón de entrada con cadenas y candados. Eso nos preocupaba mucho, nos asustaba, porque si había un accidente, un incendio o un terremoto, estábamos encerrados. La cuestión es que eso me indignó, y me empecé a mover con todo el personal para protestar. Conclusión: a mí me echaron, y al Tobías le dieron una paliza que lo llevó al hospital. Además de echarlo, por supuesto. La paliza se la dio un grupo, seguramente contratado por la empresa. El día que le pegaron, a la mañana yo había visto a uno de esos gringos que llegó en su autazo de lujo, siempre con su risita burlona. Seguramente algo habrá tenido que ver. Siempre, en nuestras desgracias, hay algún gringo con risita burlona. O, como dije, algún morenito como nosotras, con alma de gringo, con el amarillo del pelo pintado en su alma. Siempre esa risita burlona, pareciera que mofándose de nuestras desgracias.

 

Bueno, no quiere aburrirles con todo esto. Solo hacerles saber cómo es la vida por aquí. Una mi amiga que viajó al Norte, a los Iunáitid, se comunicó vez pasada y me dijo que allá las cosas son diferentes. Todo está bien organizado, no te roban por la calle ni se ve tanta gente pidiendo limosna. Que la hay, la hay, pero no tanta como aquí. Y los rascacielos son impresionantes, no se ven cables colgando por todas partes como en nuestras ciudades, y las calles están más limpias. Pero ¡cuidado! Tampoco allá es un paraíso: a la gente de Latinoamérica, como nosotras, las discriminan, las persigue todo el tiempo la Migra, las tratan como basura. Como me enseñó mi novio: si aquellos están tan bien es porque nos roban a nosotros aquí.

 

Yo siempre me pregunto: ¿tiene arreglo esto? No creo que sea nuestro destino, que estemos condenadas a sufrir de esta manera. ¿Por qué sería eso así? No sé bien cómo cambiar estas cosas, pero seguro que tiene que haber forma.