jueves, 29 de octubre de 2020

SER “PUTO” (MUJERIEGO) HAY QUIEN LO APLAUDE. SER “PUTA” ES EL PEOR INSULTO QUE EXISTE

¿HASTA CUÁNDO EL PATRIARCADO?

Ser varón, ser un macho, es sinónimo de “hombría”. Esta condición, a su vez, se define por características consideradas positivas inherentes a la masculinidad (energía, fortaleza, coraje, honorabilidad, honradez), es decir, aquellas propias de un “caballero”, con lo que el círculo vicioso se cierra en sí mismo: ser varón es ser fuerte y honrado, ser valeroso. ¿Puede una mujer participar de las propiedades de la hombría? ¿Y un varón homosexual? Seguramente no. Nadie dirá que las mujeres son naturalmente no-honradas, pero no hay dudas que en Occidente el peso de la misoginia sigue aún presente (los herejes eran habitualmente brujas, mujeres); y en culturas no occidentales incluso es legal la violencia masculina sobre el colectivo femenino. En cuanto a la homosexualidad, mientras en muchas partes del mundo ello es considerado delito aún hoy día, en el mundo occidental hasta no hace muchos años hacía parte del listado de psicopatologías oficiales.

Los modelos culturales con los que se han construido todas las sociedades hasta la fecha se centran en la hegemonía varonil. El poder, la propiedad, el saber, en definitiva: las “cosas importantes”, son masculinas, son varoniles. “El mundo de la mujer es la casa; la casa del hombre es el mundo”, reza el refrán. Las sociedades machistas han considerado siempre la fuerza como un valor en sí mismo: entre esas “cosas importantes” que hacen al desarrollo humano y que definen a la hombría, está la fuerza. O si se quiere decir de otro modo: la violencia. Virilidad es sinónimo de fuerza.

“La violencia es la partera de la historia”; al menos hasta ahora, eso es innegable, y todas nuestras matrices culturales siguen haciendo de ella el destino mismo de lo humano. La guerra ha sido y continúa siendo una de las actividades más importantes en la dinámica social. Por cierto: cosa de varones, de machos (aunque recientemente quien dirigía las torturas en Irak fuera una mujer, una generala, que sin dudas “los tenía bien puestos”). Es evidente, entonces, que la virilidad, aunque la ejerza una mujer, es cosa de hombres.

Nada es eterno, felizmente (todos los dioses inmortales… al final desaparecieron), y esos patrones patriarcales comienzan a ser cuestionados. Pero solos no han de caer, por lo que necesitan un importante esfuerzo para seguir siendo puestos en dudas y modificados. Buena parte de ese esfuerzo, además, debe venir desde los varones. El machismo es un problema social, de todas y todos, por lo que no son solo las mujeres las que tienen ante sí un desafío. Son las sociedades en su conjunto las que deben cambiar. Buenísimo que las mujeres hayan tomado la iniciativa en este cambio, pero para transformar y superar el machismo somos los varones quienes también debemos cambiar, quizá los que más que nadie debemos cambiar.



 

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