sábado, 2 de mayo de 2020

EXIGIMOS COMPENSACIÓN AL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL



CARTA DEJADA EN UN BAÑO DE LA EMBAJADA DE ESTADOS UNIDOS EN LIMA, PERÚ (está firmada, pero no se pudo determinar quién es ese tal Javier Quispe. Probablemente es nombre ficticio).

Sres. Fondo Monetario Internacional:

Es para mí una obligación moral hacerles llegar esta carta. Se preguntarán ustedes quién soy. Pues nada más y nada menos que un ciudadano común, un mortal de a pie, uno más de los tantos que nos vemos perjudicados por su accionar. Si quieren que me identifique: Javier Quispe, de una comunidad de Ayacucho, Perú, y mi lengua materna es el quechua. Por avatares del destino pude tener educación universitaria, y ahora les escribo en español. Hagan el esfuerzo de leerlo en esta lengua, aunque la suya sea el inglés.

El motivo de la presente es un pedido; me atrevería a decir que más que un pedido: si ustedes quieren, también una súplica, pero fundamentalmente una exigencia. Señores funcionarios: ¡dejen ya de presionarnos con sus requerimientos! ¡No les pagaremos ni un centavo!

No sólo levanto la voz para hacerles saber de este reclamo; les presento también los motivos que me llevan a ello, que no son en modo alguno caprichosos ni desubicados.

Cada latinoamericano nace con una deuda de dos mil trescientos setenta y siete dólares. ¿Cómo es eso? ¿Quién contrajo esa deuda? Es absolutamente inmoral, indigno, injustificable, que una persona nazca y ya tenga hipotecado su porvenir. ¿En nombre de qué esa deuda, señores? ¿Qué beneficio recibimos cada uno de nosotros, los deudores, por esta deuda? ¡Ninguno! Pero ustedes sí que se benefician. ¿De dónde viejo el lujo en que se mueven? ¡De nuestra explotación, de nuestro sudor y nuestra sangre!

Siendo así, entonces, ¿pueden explicarme por qué esa prepotencia, esa arrogancia de parte de ustedes para con nosotros? Quiero aclararles que esto no es nada personal, por supuesto; yo no los conozco siquiera (ni quiero conocerlos, me apresuro a aclarar). Para mí son sólo un nombre, una etiqueta de un impreciso ente que tiene su oficina muy lejos de mi tierra, en un lugar donde seguramente nunca llegaré, y en el cual me detendrían en la puerta si intento acceder. Pero fuera de saber que ustedes están por allá, sé –porque lo experimento en carne propia– que por su intervención nosotros estamos en la ruina, y sus créditos, más que ayudarnos, contribuyen a seguir hundiéndonos.

Díganme con toda honestidad: ¿nosotros le pedimos acaso un centavo de su dinero? Yo jamás les solicité algo; ni siquiera los conozco. Jamás de los jamases los llamé para pedirle dinero. ¿Por qué ahora les debo dos mil trescientos setenta y siete dólares? (Bueno, ese debía al nacer…, quizá ahora se engrosó la deuda). Y ustedes quieren cobrar esa suma. Ese es su trabajo, sin dudas, pero ¿qué es su trabajo: explotar inmisericordes a los pobres del mundo? Como dijo un escritor que seguramente deben conocer, llamado Bertolt Brecht. “Es delito robar un banco, pero más delito es fundarlo”. ¿Entienden entonces lo que quiero transmitirles? Todo esto es un engaño, señores, un vil y nauseabundo engaño. Mi país, Perú, recibió millones y millones de dólares en estos últimos años, pero yo, un pobre “cholo”, como despectivamente nos llaman a los indios de la Sierra, no vi un centavo de todo eso. Y donde sigue viviendo parte de mi familia, en la provincia de Huamanga –yo ahora estoy en la capital, Lima– las cosas no cambiaron. Es decir: seguimos sin acceso a los servicios básicos, semianalfabetos, desnutridos, marginados, olvidados. Antes los españoles, con la espada y la cruz. Ahora ustedes: el Fondo Monetario Internacional, con sus benditos créditos impagables. La historia no ha cambiado.

Esperando que la explicación haya sido lo suficientemente clara como para no dejar ningún lugar a malentendidos, les ruego recapaciten sobre lo que les acabo de decir.

No tengo nada que agregar sino repetir una vez más que no me siento deudor de nada, por lo que les solicito encarecidamente dejen de reclamar algo que no corresponde. En nombre de mi pueblo –del que me siento en la obligación de representar– y del mío propio les solicitamos dejen de chantajearnos. Si así no lo hicieren, me veo precisado a decirles que deberemos pasar entonces a medidas de fuerza, lo cual –imagino– no habrá de ser de su agrado. Evitemos el uso de la violencia. Por favor absténganse de seguir reclamando. ¡No les debemos nada de nada! En todo caso, ustedes nos deben a nosotros.

Esperando que a partir de esta misiva se clarifiquen –y faciliten– los términos de la relación entre nosotros establecida, no diré que tengo el gusto de saludarles, sino que ¡basta ya, por favor!

Javier Quispe


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