domingo, 8 de marzo de 2020

FUEGO





(Cualquier parecido con hechos reales es pura y absoluta coincidencia fortuita…Bueno, pero no tanto)

En Guatemala (Centroamérica), el 8 de marzo de 2017, mientras se celebraba el Día Internacional de la Mujer, en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, a unos pocos kilómetros de la ciudad capital, se produjo un confuso episodio con resultados fatales. Un grupo de jovencitas allí albergadas (un centro para mujeres menores de edad en situación de vulnerabilidad psicológico-social, no es un centro de detención para infractoras en conflicto con la ley penal) se escapó –protestando por las malas condiciones de vida que allí soportaban–, siendo interceptadas casi inmediatamente por la policía. Devueltas al albergue, se produjeron hechos no muy claros a partir de los que se desató fuego en el salón donde habían sido ubicadas, no encontrándose la llave de la puerta que les permitiera salir. Nadie pudo explicar qué pasó. Producto de ello, 41 adolescentes murieron quemadas en el incendio. Un año después de la tragedia, si bien hay algunas autoridades detenidas, no se ha esclarecido fehacientemente lo ocurrido, y todo indica que un manto de olvido podrá terminar cubriendo el trágico “Día de la Mujer” del 2017.
A partir de esos acontecimientos, se escribió el presente relato, que si bien no narra exactamente lo acontecido como crónica histórico-periodística, elucubra (ficciona, o docu-ficciona) lo que se sabe es una realidad en este tipo de instituciones, sin que nadie se atreva a decirlo en voz alta.

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Los vecinos de la zona lo sabían, pero nadie se atrevía a mover un dedo. “Para qué denunciar, si nunca hacen nada”, era la opinión generalizada. Sin embargo, no era solo la sensación de inservibilidad del Sistema de Justicia lo que paralizaba. Eso era secundario, en realidad, lo que paraliza ¡es el miedo!

Todo el mundo cercano al Centro sabía que era mejor callarse. Algunas mujeres que vivían en las aldeas vecinas y trabajaban allí como personal de cocina contaban cosas horrendas. O, mejor dicho, preferían no contarlas. Lo sabían, y solo en la intimidad de sus casas, a veces –muy raras veces– se atrevían a mencionar algo.

Según pudo saberse, una de ellas –Raquel, 42 años– había visto ocasionalmente algo tan macabro que renunció a su puesto de un día para otro, y ni el ruego de su esposo pudo sacarla del silencio sepulcral que se prometió guardar sobre el asunto. Sin quererlo (y preferiría no haberlo oído nunca), había escuchado fragmentos de una conversación de Mamá Chaparra –la coordinadora-jefe de las monitoras– cuando hablaba de desaparecer a una jovencita que había osado abrir la boca con un familiar, contando algo del negocio de prostitución que se manejaba en el Centro.

Los vehículos de lujo, de los que solo descendían varones –cuando parqueaban fuera del Centro, porque otras veces entraban por la puerta principal en la oscuridad de la noche– no eran cosa rara; al menos, dos o tres veces por semana. Los que entraban, contaban los vecinos, eran los que tenían placa oficial…, o del cuerpo diplomático. En varias oportunidades, según relató una vecina que no quiso dar su nombre, se vio llegar al Obispo metropolitano; ella lo conocía bien, porque había trabajado largo tiempo en la Casa Arzobispal, y no le eran infrecuentes los rumores que a Monseñor le gustaba “la carne fresca” (de jovencitas…¡y jovencitos!). Su vehículo, por otro lado, era inconfundible. Al menos, para ella (había coqueteado con el chofer del Obispo, y el par de veces que se permitieron hacer el amor en ese carro, le había dejado un recuerdo imborrable de cómo era ese automóvil. Lo habría reconocido a cualquier distancia).

En no pocas ocasiones algunas muchachas se habían escapado del Centro. Más allá de exageraciones, habladurías y mitos populares que circulaban profusamente, todo indicaba que lo que llegaba como rumores era cierto. Las jóvenes se quejaban de varias cosas. Las condiciones era deplorables: hacinamiento (tres veces más internas de lo que podía albergar la institución), muy mala comida (pese a un abultado presupuesto para alimentación, que todo indicaba era desviado por las autoridades del Centro), baños en pésimas condiciones y falta de agua (se bañaban a guacalazos, muchas veces hacían sus necesidades en las afueras de las habitaciones porque los sanitarios estaban tapados), falta total de privacidad (nadie tenía lugares propios asignados, se perdían las pocas pertenencias personales), malos tratos por parte de las monitoras (no en todos los casos, pero sí las había que eran realmente temibles). Se daban insultos, golpes, castigos inhumanos. Todos lo sabían, pero nadie hablaba.

Lo anterior era de temer, por cierto; pero lo que más atemorizaba a las internas –y también tenía aterrorizadas a las pocas personas del lugar que habían conocido de las interioridades de la institución– era lo que se sabía (lo poco que se sabía) de las redes de prostitución que tenían lugar.

En el Centro había de todo un poco: desde bebés abandonados (varones y mujeres), hasta adolescentes ya cercanos a su mayoría de edad. Era mixto, pero estaban rígidamente separados los grupos masculino y femenino, sin posibilidad de interactuar. Lo paradójico era que se mantenía esa división tajante, exagerada a veces, pero en secreto reinaba la promiscuidad (impuesta por personeros de la misma institución).

Ningún interno o interna llegaba ahí por transgresiones. Eso no era una cárcel para menores de edad. Por el contrario: oficialmente el Centro estaba a disposición de niñas, niños y jóvenes con problemas sociales para su apoyo y feliz reinserción en el tejido de la comunidad. Allí arribaban por problemas diversos, pero aproximadamente con un denominador común: eran menores que estaban siendo víctimas de violencia y/o exclusiones. Su permanencia en el Hogar debía ayudarles (al menos en teoría), pues se les sacaba de una situación de vulnerabilidad, facilitándoles nuevas perspectivas de vida. Por tanto, ahí había infantes y adolescentes que provenían de hogares en extrema pobreza y/o desintegrados, huérfanos sin ninguna referencia familiar, víctimas de violaciones sexuales, en peligro por falta de recursos o por convivir en escenarios complejos: padres alcohólicos o adictos, por ejemplo, u hogares muy violentos, niños con capacidades especiales sin recursos con qué asistirse. En algunos casos, jovencitas prostituidas víctimas de trata rescatadas de algún burdel. En todos los casos, llegaban por orden de un juzgado. Se suponía que la existencia de un lugar así debería ayudar a sus residentes. Pero, en verdad, no siempre era así. La gran mayoría de ellos odiaba el lugar, y en muchos casos pedía a gritos se les sacara de ahí.

Las redes de prostitución –así lo indicaba la evidencia, de la que nadie quería saber nada, de la que nadie se permitía hablar– estaban a la orden del día. Pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. No todas, solo algunas de las jovencitas –aquellas que, para su desgracia, estaban mejor dotadas físicamente– eran las que hacían parte del mecanismo. Muchas, la gran mayoría de las adolescentes del Centro ni siquiera sabían del negocio que tenía lugar delante de sus narices.

Pero algo tan bien guardado como esas supuestas redes de trata de mujeres era un secreto en relación a Mamá Chaparra. Según corrían los rumores, ¡ella era un varón! O, más exactamente, un engendro raro, con dos sexos. Por eso mantenía relaciones sexuales con hombres y mujeres.

Josselyn había llegado al Centro hacía tres años, cuando tenía 14. Hija de un padre que la abandonó cuando ella llegaba a los 3 años, viajando a Estados Unidos y no teniendo más contacto con la familia, se crió con la madre y dos hermanos menores más. El señor con que la madre volvió a hacer vida, alcohólico de fin de semana, la manoseaba cuando ella tenía 14 años. Se crió siempre en la pobreza; a partir del abandono paterno, la madre trabajó toda su vida como empleada doméstica por horas en distintas casas de la capital. Josselyn trabajó un corto tiempo en algunas casas, pero eso nunca le gustó. Quería progresar. Su sueño era llegar a la televisión (estaba embobada por los programas que veía, nacionales y extranjeros, donde aparecían rutilantes presentadoras. Ella quería ser así).

Dado que la situación económica nunca favoreció a la familia (el padrastro era albañil, pero no siempre tenía trabajo), la madre decidió ponerla en el Centro antes que cumpliera sus 15 años.

Josselyn siempre tuvo características de líder. Su consigna era que “no importa el precio a pagar, pero si uno quiera algo, lo consigue”. El mundo irreal de la televisión que la tenía embobada desde pequeña, le fue haciendo mella. Aquella falacia de “si uno quiere, puede”, se lo tomó muy en serio. Fue así que trabó una amistad muy estrecha con Mamá Chaparra, sabiendo que ahí estaba el verdadero poder en el Centro. Tan estrecha, que era la única interna que se permitía no tenerle miedo. Las habladurías decían que Josselyn era la única persona a la que la aterrorizante mujerona quería. Si tenía sexo con alguna de las jovencitas, eso no establecía ningún vínculo afectivo con la temible celadora. Con Josselyn era distinto.

Esa forma de ser de la muchachita le permitió ir ganando la confianza de Mamá Chaparra; y no solo de ella, sino también de los funcionarios del Ministerio de Asistencia Social del que dependía el Centro. El ministro en persona buscó en reiteradas ocasiones sus favores sexuales. Jovencita como era, Josselyn tenía una aquilatada experiencia en los oficios amatorios; a nada decía que no, y su irrefrenable deseo de ascenso social le permitía –o la constreñía a– aceptar cualquier cosa, si eso le abría puertas para lo que ella deseaba.

De hecho, era la única joven que quedaba con algún pago por los servicios sexuales que ofrecía. Con eso ahorraba para “su futuro”, según se había mentalizado. Todas las otras adolescentes, en muchos casos atontadas con alguna droga, o amedrentadas por posibles castigos si abrían la boca, se limitaban a cumplir maquinalmente lo que se les ordenaba. En muchos casos “trabajaban” en el Centro –en la Enfermería, más exactamente, adecuada para la ocasión–. En otros casos, que no eran pocos, las llevaban donde los clientes pedían. Varios monitores varones y uno de los choferes de la institución eran los encargados.

La red funcionaba acompasadamente. Las amenazas que recibían las jovencitas –tremendas, terroríficas– servían para mantenerlas calladas. En la estructura había un pacto de silencio total. Las pocas, poquísimas veces que alguna muchachita había querido hablar, “mágicamente” había desaparecido. Cuando sus familias quisieron averiguar lo sucedido, el simple hecho de avisar que se habían fugado daba por cerrado el caso. Por cierto, nunca más se hablaba de eso (según algún comentario de alguien que no se atrevió a dar el nombre, parece que con esas “desaparecidas” puede haber habido tráfico de órganos hacia Estados Unidos).

Como dijimos, Josselyn era una líder nata. Buena parte de las internas la admiraban, la envidiaban incluso. Era la única que usaba perfumes, cosa que, para muchas, era un lujo impensable. Tenía algo que subyugaba. Mamá Chaparra, con toda su maldad a cuesta, también caía, al menos en parte, bajo ese encanto hipnótico de la joven.

Para otras, por el contrario, representaba al demonio, lo peor de lo peor. Todo el mundo dentro del Centro, por estar a favor o estar en contra de ella, no podía dejar de considerarla. Era ella, en sí misma, una estrella con luz propia.

Pero había otra estrella: Matilde. Ella también tenía 17 años, y era tan fulgurante como Josselyn, por lo bonita y por lo inteligente. Era la otra líder con que contaba el Centro, pero era distinta: una líder silenciosa, que prefería hablar bajito y hacerse de amigas que la querían, no de corderitas que la temían.

Matilde era la más pequeña de una familia de 9 hijos. Su padre había fallecido hacía tres años, momento en el que su madre decidió hacerla entrar al Centro. Fue abusada por un hermanastro (hijo de un matrimonio anterior de su madre) cuando tenía 12 años. A partir de esa experiencia traumática, tomó odio a los varones. No es homosexual, pero lleva dentro de sí un tremendo resentimiento contra el género masculino. Lo único que quiso hacer desde ese entonces fue dedicarse a estudiar. Solo su madre supo de la violación; a las psicólogas del Centro nunca les contó nada de su trauma, porque nunca llegó a desarrollar confianza con ninguna de ellas.

De hecho, era muy buena alumna, siempre destacada, el mejor promedio de su clase. Ya desde jovencita tenía pensado llegar a ser médica. Ante la situación económica de la familia, la madre decidió meterla en el Centro, pensando que allí podría tener ese impulso para llegar algún día a la universidad, cosa que ella, como obrera de maquila, seguramente no le iba a poder brindar.

Matilde no quería ingresar al Centro, pero las circunstancias la obligaron. Finalmente, con resignación, aceptó, pensando en la posibilidad de poder seguir así estudios universitarios en un futuro. En general, no era de discutir las decisiones de la madre, pero sí las de cualquier otra autoridad, mucho más aún si algo lo consideraba injusto. Con sus cortos 17 años, y siempre con características de líder espontánea, su actitud crítica llamaba la atención. Era inteligente, muy aguda en sus apreciaciones. Por eso mismo, casi como reacción natural, odia profundamente a Josselyn porque la ve una arribista, una acomodaticia. Siempre desconfió de ella, pensando que podría hacerle cualquier mala jugada.

Matilde era espontáneamente una líder. Siempre acuciosa, analítica para todo, no se le escapaba ningún detalle. Habitualmente invitaba a las compañeras a analizar lo que sucedía en el Hogar. Y siempre, invariablemente, veía cosas que las otras adolescentes no veían. Esa capacidad fue confiriéndole una aureola de autoridad que hizo que buena parte de las jovencitas la admiraran. Muchas –lo decían abiertamente– querían ser como ella. Si algo alentaba Matilde, si algo recomendaba a todo el mundo, era en relación al estudio. Siempre había en ella una velada crítica, y a veces no tan velada, hacia la superficialidad banal de Josselyn.

Como cualquier muchachita adolescente, Matilde tenía ese encanto de la juventud. Ella, en particular, era muy bonita, tenía un cuerpo muy bien formado. Pero después de la violación, el sexo pasó a ser un tabú en su vida. Jamás hablaba de “esas cosas” con nadie. Cada mes, con la llegada del período, era un espanto: eso le recordaba que era mujer y que tenía vagina. Cuando las otras muchachas hablaban de la masturbación, ella enrojecía. Las veces que algunas compañeras le insinuaron relaciones lesbianas, se espantó. Por supuesto, no aceptó, y luego lloró amargamente a solas.

El día que Mamá Chaparra la mandó llamar y le platicó a solas en su oficina, Matilde intuyó que allí había algo malo. ¿Para qué tener una pistola sobre el escritorio? En la conversación, la monitora la esgrimió un par de veces. La voz cortante no dejaba lugar a respuestas: iba a tener que tener sexo con “personajes muy importantes”, según dijo la coordinadora. Era imposible negarse, porque “gente de grueso calibre” la había visto y les había gustado mucho. Y “no se les puede hacer un desaire a esa gente”, había dicho enérgica Mamá Chaparra.

Cerró la conversación indicándole a Matilde que no debía decir ni una palabra de lo hablado. Que en eso “le iba la vida”. Y que se prepara, que mañana a la tarde la iban a venir a buscar, pues la cita era fuera del Centro.

Matilde salió aturdida. Sentía una mezcla confusa de temor, indignación, estupor. No sabía qué hacer. Todo indicaba que no podía negarse. Las intimidaciones, pistola en mano, eran absolutamente creíbles. Por experiencia propia sabía que Mamá Chaparra era capaz de cualquier cosa, y si prometía que iba a castigar, seguro que había castigo. ¡Y de grueso calibre!

Aunque no le tenía la más mínima confianza, pensó en Josselyn; el saberla líder para una buena parte de las internas la decidió a hablarle. Le contó la orden que había recibido de la monitora, esperando encontrar algún buen consejo. Lo que encontró fue un encogerse de hombros.

Ya sabés cómo son las cosas aquí”, se limitó a decir la interpelada. “O hacés caso, o te caen vergazos”. La indignación de Matilde fue en aumento. Pensando recibir, como mínimo, la solidaridad de género, la complicidad de una igual que ella, el abrazo solidario de alguien que compartía similares penas, lo dicho por Josselyn la encolerizó más aún.

Al día siguiente, aunque quiso escapar de alguna manera –esconderse bajo la cama, en el baño, en el bosque que había tras los módulos–, el destino ya estaba trazado. El cliente fue un diputado, que la esperaba en un apartamento a media luz en zona 10. Lo que más le desagradó a Matilde era que el “Padre de la Patria” –le hizo reír muchísimo, interminablemente, ese apelativo– fuera tartamudo. Finalmente, hasta se divirtió, cuando hizo el balance de lo acontecido. Tuvo que fingir varios orgasmos y hacer “cochinadas” que no se imaginaba (usar un vibromasajeador para penetrarlo, por ejemplo, cosa con la que el “viejo gordo y maloliente” parecía muy satisfecho), pero el hecho de la tartamudez y que tuviera que asistirlo en todas las ocasiones para que tuviera erección, la divirtió a lo grande. Cuando luego, en la soledad de su cama ya en el Centro, Matilde pensaba si serían iguales todos los diputados, se horrorizaba. “¿Cómo es posible que payasos así sean los que hacen las leyes que nosotros tenemos que cumplir?

Al principio con timidez, luego, al comprobar que varias de sus compañeras se atrevían, al menos un poco, a relatar cosas similares y que la red de prostitución era algo bien montado y muy expandido, su asombro se tornó en odio feroz. Y más grande aún fue la cólera cuando supo que, según el relato de sus compañeras, Josselyn no era ajena a todo eso y jugaba un papel a favor de “estos cerotes delincuentes”.

Días después Matilde ya había conseguido movilizar a no menos de treinta muchachas; eran todas adolescentes de entre 15 y 18 años, las más bonitas, las más llamativas de las internas. Todas, según los relatos que habían ido saliendo entre sollozos y voces entrecortadas, daban cuenta más o menos de lo mismo: todas habían sido violadas por esa cosa rara de Mamá Chaparra, ese hombre-mujer con eterno aliento a ajo y a guaro barato, y todas eran parte de una red de prostitución que las obligaba a mantener relaciones sexuales con hombres (y a veces con mujeres, eso siempre fuera del Centro), por lo que no cobraban ni un centavo y solo recibían amenazas de muerte. Fue sabiéndose, igualmente, de embarazos que terminaban en abortos. Todo ello, por supuesto, sepulcralmente silenciado.

También entre sollozos y voces entrecortadas, había ido saliendo la denuncia con relación a Josselyn. Según todas, o buena parte al menos, de las jovencitas que se habían atrevido a hablar con Matilde, Josselyn era la que inducía/convencía/amenazaba para prestar los servicios sexuales. Cuando algunas de ellas se quejaban de la amarga suerte que les tocaba, por pobres, por violentadas en sus hogares, por maltratadas por Mamá Chaparra u otras monitoras, y encima por prostituidas a la fuerza, era Josselyn quien se encargaba de “corregirlas”, mostrándoles que “hasta agradecidas deberían estar, porque así podían conocer gente que, con suerte, las sacaba de esa letrina donde estaban”.

Todo el grupo, con el liderazgo de Matilde, decidió encarar a Josselyn. Cuando dos días después lo hicieron en el área de duchas, la jovencita conmovió a todas. También ella se mostró como una víctima más de esa “abominable red de trata”, según dijo sollozando. Ella estaba asqueada de esas cosas de Mamá Chaparra, dijo mostrando indignación. De ninguna manera ella aconsejaba resignación, insistió. Con tanto fervor lo dijo, con tanta convicción, que logró arrancar lágrimas de todo el grupo. Por el contrario, más que ser parte de esa red de “delincuentes degenerados”, en los que metió desde el chofer del Centro hasta el mismísimo ministro de Asistencia Social, pasando por Mamá Chaparra, varias monitoras y monitores y el Director de la institución, se dijo una víctima más, igual que todas las jóvenes allí reunidas.

El poder de convicción de Josselyn fue tan grande, que la tortilla se dio vuelta. De haberla ido a buscar para, eventualmente, lincharla (había varias muchachas que así lo exigían), todo el grupo, Matilde y Josselyn incluidas, terminaron hermanadas para protestar y hacer saber al mundo las tropelías cometidas en el Centro. Decidieron hacer pública la denuncia por todos los atropellos sufridos. Entre todas –y fue Josselyn la más activa al proponerlo– surgió la idea de llamar la atención de los medios de comunicación. ¿Qué mejor manera de hacerla que provocando un incendio?

Con toda la secretividad del caso, prepararon las condiciones para llevarlo a cabo el miércoles de la semana siguiente. Sería con las colchonetas. Consiguieron bastantes fósforos, y Josselyn quedó comprometida para procurarse el aceite de cocina, muy inflamable y que no deja huellas si posteriormente se investiga.

Llegó el día. Había mucho nerviosismo en el ambiente. Matilde tuvo un mal pálpito, pero no se atrevió a decirlo. Josselyn había estado llamativamente amistosa esos días. Incluso le regaló una cadenita que siempre solía llevar puesta, “símbolo de nuestra amistad”, dijo con dulzura. Matilde la aceptó, pero le quedó un mal sabor. “¿Por qué tanto bondad ahora?...

El miércoles por la mañana se ultimaron los detalles finales. Era una veintena de muchachas las que iban a tomar la iniciativa y comenzar el incendio. Pero según se había podido ir sabiendo, no menos de 80 jóvenes habían sido –o, más bien, eran regularmente– víctimas de este comercio sexual. Mamá Chaparra, en realidad, muy pocas veces mantenía relaciones con ellas; eran, casi siempre, visitantes que llegaban en esos lujosos carros al Centro o, cosa nada frecuente, las muchachas eran transportadas a algún lugar externo para brindar el servicio.

El clima se calentó. Empezaron insultos, gritos, no faltaron piedras u objetos que volaban de un lado a otro. Varios vidrios se quebraron. La situación comenzó a salirse de control. Junto a la cocina, aparecieron los tambos de aceite de los que había hablado Josselyn. “¿Quién los puso allí?”, se preguntó sorprendida Matilde. El torbellino de la situación no le dio tiempo para pensarlo, mucho menos para averiguarlo. De pronto, en la escuela aparecieron las primeras llamas. Una vez iniciado eso, los hechos se tornaron incontrolables. Matilde corrió hacia allí, llevando a buena parte de las compañeras. “¡Aquí nos vamos a quedar hasta que lleguen los medios, la televisión más que nada!”, gritó a sus compañeras.

Su sorpresa fue mayúscula cuando no encontró a Josselyn. No aparecía por ningún lado, y el fuego ya había comenzado. Pero más grande aún fue su sorpresa, al igual que el de todas las jóvenes concentradas en ese espacio, cuando comprobaron que la puerta del salón en que se encontraban, que funcionaba como escuela, había sido trabada desde afuera. Esa era la única salida.

Lo que sucedió después fue un pandemonio. Los gritos conmovedores de las adolescentes pidiendo auxilio, rogando desesperadas que se les abriera la puerta, fueron desoídos. Era incomprensible, patético, conmovedor: más de 50 muchachitas calcinándose en un pequeño espacio, a plena luz del día, y nadie abrió la puerta.

Josselyn, algunos días después –según dijeron fuentes bien informadas– apareció en un Centro similar en Huehuetenango, cerca de la frontera con México. Los cadáveres de las 41 jóvenes carbonizadas fueron devueltos a sus familias. Llamó la atención lo deformado que estaban el de Matilde y el de diez de sus amigas más cercanas: parecía como que habían sido quemadas con especial cuidado, porque no quedaba prácticamente nada de donde identificarlas. Alguien dijo que allí no fueron solo las llamas las que las mataron, sino que hubo mano criminal. De momento, las investigaciones no han reportado nada.

El Director del Centro, Mamá Chaparra y el ministro de Asistencia Social salieron rápidamente a dar declaraciones, indicando que las mismas jóvenes no permitieron que se abriera la puerta, trabándola desde adentro, y que cuando el personal institucional quiso abrir desde fuera, no fue posible. Cuando se logró hacerlo, el fuego ya había consumado su obra.

¿Pero fue solo el fuego el que silenció la protesta?

Algunos días después, en una de tantas declaraciones y comentarios que se hicieron posteriores al incendio, una de las personas que más me pareció acertar en lo expresado fue un psicólogo al que escuché por televisión (y de quien grabé lo dicho): “Pasó la tragedia, ya se va muriendo la marea mediática, ya nos indignamos y un grupo –pequeño, muy pequeño– fue a la plaza a expresar su bronca, pero las cosas siguen igual. Algún funcionario está preso. ¿Alcanzará con eso? Quedan más preguntas que respuestas. La cuestión no es tanto quién es el “malo de la película” (¿el monitor que no abrió la puerta?, ¿una cadena de errores?, ¿lo “mal portado” de las muchachas?) sino la estructura que permite todo esto. El Estado –al menos eso dice la Constitución– garantiza la vida de todos sus habitantes. Pero parece que cuando se protesta, no defiende tanto. Al contrario: reacciona y mata. Unas jóvenes intentaron denunciar, por enésima vez, malos tratos, abusos, explotación sexual. El Estado, en vez de averiguar y deducir responsabilidades, las encerró bajo llave y dejó que se quemaran vivas (así, nadie abriría la boca y se terminarían las quejas). ¿Por qué hay niñas y adolescentes que tienen que terminar excluidas en un centro como este? Más aún: ¿por qué hay centros como este? Dicen los vecinos que muchas veces se ven carros lujosos que llegan por la noche, de los que descienden solamente varones. ¿Prostíbulo con “carne fresca”? Años atrás, en la Embajada de España, pasó algo parecido: campesinos que protestaban, fueron encerrados y quemados. En todo esto quedan más preguntas que respuestas. Lo que está por demás de claro es que la única manera de evitar la violencia, es previniéndola. Y no se previene con palos, con más violencia, quemando al que protesta. Se previene creando condiciones de vida dignas para todos”.


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