jueves, 7 de junio de 2018

BUENOS EJEMPLOS





En alguna ciudad de Latinoamérica que no viene al caso mencionar ahora, Miguel y Aníbal habían nacido en la misma familia, criados por los mismos padres en la misma casa y con iguales estrecheces, sufriendo similares penurias…. Pero eran muy distintos.

Miguel, el mayor de los ocho hermanos, le llevaba 21 años al último de la serie: Aníbal. Habiendo fallecido el padre cuando Aníbal era un bebé, su hermano mayor había ocupado el lugar de “hombre de la casa”. A decir verdad, a Miguel le quedaba muy bien ese papel; desde temprana edad dio muestras de tomarse muy en serio eso de ser “prudente y responsable”. O, al menos, se tomaba muy en serio el papel. Porque era justamente eso: un papel a protagonizar. Más allá de su cara eternamente sonriente y su actitud de disponibilidad y ayuda “para cualquier cosa cuando sea necesario” –tal como solía decir–, nadie, ni él mismo, podía creerse su actuación una vez se le conocía un poco más profundamente.

Transpiraba desfachatez por todos lados. “Futuro politiquero”, había vaticinado premonitorio su padrino cuando Miguel apenas era un adolescente. Aunque la imagen “oficial” –ante quien aún no le conocía– era de transparencia, de joven abnegado y dedicado a su familia, cuando se veían los detalles se descubría su verdadera cara: un farsante total, un cínico descarado. Es decir, como había entrevisto el padrino: ¡un verdadero político de profesión!

Miguel nunca tuvo un trabajo conocido, pero jamás le faltaba el dinero. En realidad, luego del fallecimiento del padre, había sido quien conseguía buena parte del ingreso familiar. Nadie sabía exactamente cómo ganaba el sustento, pero en la casa se vivía con relativa abundancia. Por allí se había comentado que tenía ocupaciones no muy santas: rufián con varias jovencitas a su cargo, traficante al menudeo de drogas ilegales, que era mantenido por un millonario homosexual, que era encargado de “reducir” objetos de dudosa procedencia en el mercado La Vanguardia. Sus gustos lujosos (cigarros importados, buena ropa de marca, zapatos italianos siempre impecables, alguna botella de champagne francés y otras exquisiteces por el estilo) no eran baratos. Eso había que pagarlo, y Miguel jamás se quejaba por el dinero.

Aníbal lo tenía como su héroe. Había crecido con la imagen de un hermano mayor responsable, dedicado, siempre servicial. Quizá porque la vida los puso en esta relación de casi padre-hijo, Aníbal veía a Miguel como un ejemplo a seguir, como un verdadero padre ejemplar. Siendo un púber, tenía a su hermano mayor –ya un adulto con profuso bigotón– como el más envidiable modelo, siempre exitoso con las mujeres, bien vestido, elegante, nunca falto de dinero y respetado por todo el vecindario. Lo que más le admiraba era su prodigiosa facilidad de palabra.

Aníbal estaba fascinado con lo que quería ver: el hijo de un modesto albañil y una sufrida obrera de maquila, sin siquiera haber terminado la universidad –apenas había cursado dos años de Derecho y Jurisprudencia– había ayudado en la crianza de sus hermanos menores, tenía vehículo último modelo, era buscado y admirado por innumerables personas del vecindario, y le daba lecciones de moral.

Efectivamente, esa era una de las cosas que más encantaba a Aníbal: pasaba horas escuchando los consejos de su hermano mayor. Miguel, al saberse con un público cautivo e hipnotizado –público unipersonal, pero suficiente para despertarle sus ínfulas más vanidosas– se pavoneaba con su mejor oratoria. Imposible saber si el hermano mayor creería una sola de las palabras que profería admonitorio; el menor, definitivamente, las creía todas.

Cuando Aníbal llegó a la mayoría de edad, siguiendo los que entendía buenos consejos de su hermano-padre, decidió entrar en la Academia de Policía.

Un buen agente”, repetía con el pecho henchido y voz inflamada, “es el más honesto y respetable servidor público, porque arriesga su propia vida por la de los demás”. Cuando Miguel le escuchaba decir esas cosas, lo aplaudía. Pero al mismo tiempo, secretamente, reía: “¡pobre niño! ¿Cuándo va a abrir los ojos?

En la Academia Aníbal fue un alumno excelente, el mejor. El día de su graduación, con veinte años recién cumplidos, recibió la medalla al mejor alumno de toda la promoción. Miguel avisó a último momento que “por motivos impostergables” lamentablemente (¿lo lamentaría?) no podía llegar al acto. Alguien dijo verlo salir de un motel de lujo a esa hora, con la esposa de su mejor amigo. Pero “fueron solo habladurías malintencionadas”, se apuró a aclarar posteriormente.

Mientras Aníbal comenzaba una ejemplar carrera como policía en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, Miguel entraba a trabajar como asesor de un diputado en el Congreso. En poco tiempo, la valentía y honorabilidad ganada por uno de ellos era tan proverbial como las triquiñuelas y artimañas del otro. El hermano menor era ya famoso y admirado entre sus compañeros policías porque, en poco tiempo, había podido detener a varios de los vendedores callejeros de drogas más conocidos del sector, en un par de oportunidades él solo, y en un caso, liándose a puñetazo limpio con el malhechor, reduciéndolo con las tomas de yudo que le habían enseñado en la Academia. Se hizo bastante famoso en la televisión cuando salió denunciando al jefe de su comisaría, quien exigía sobornos a sus subordinados. Como en persona el propio Aníbal, en una maniobra sumamente osada, que le podría haber costado tanto la vida como un ascenso, se encargó de llevar a tres medios de comunicación para hacer público el ilícito –haciendo imposible no proceder al Comisario General de la institución para destituir al corrupto jefe de estación– su aureola de “policía ejemplar” comenzó a ganar espacio.

Igualmente famoso se hizo Miguel por un pequeño asunto que trascendió en el Congreso, aunque de signo contrario al de su hermano. Por apañar al diputado de quien era asesor en un cobro ilegal de viáticos sobrevaluados, tuvo que optar por salvarse él de la cárcel, o el legislador, al hacerse público la sobrefacturación de una importante suma. No quedándole otra alternativa para salvar su pellejo que denunciar al Padre de la Patria (designación que siempre le pareció hilarante, descabellada), su nombre salió bien parado del incidente. La prensa, siempre ávida de noticias sensacionalistas, cubrió la nota de tal manera que Miguel quedó como un paladín de honestidad. Nunca se supo –salvo la secretaria del diputado, que era amante de ambos: legislador y asesor– que la mayor parte del viático ficticio fue a parar al bolsillo de Miguel. Por supuesto, jamás fue a visitar al legislador cuando éste estuvo entre rejas, borrándolo de todas sus redes sociales. 

Aníbal, al conocer la noticia que se difundió rápidamente por la prensa y distintos medios comunicacionales, se sintió orgulloso de tener un hermano tan probo, que predicaba con el ejemplo las cosas que a él, años atrás, le había transmitido haciendo de padre postizo. Miguel le agradeció con una sonrisa fingida, pensando para sus adentros que “el hermanito menor no tiene cura… ¡Pobrecito! Se creyó todas esas tonteras que alguna vez le conté. ¡Pero si eran cuentos para que se durmiera, como Blancanieves, o Caperucita Roja!... ¡¡Por dios!!

Esas acciones tuvieron consecuencias: a Aníbal le significaron un ascenso. Y también el odio visceral de buena parte del cuerpo policial, que empezó a valorar aterrorizado el peligro que “un loco así algún día llegue a Comisario General”. A Miguel, sin que entendiera bien por qué –aunque secretamente había movido todos los hilos necesarios para que eso pudiera suceder– lo nombraron Vice-ministro de Gobernación. Sabía que allí había alguna “jugada sucia”, pero no terminaba de entender de qué se trataba. “En política nadie te regala nada porque sí…Seguramente ya vendrá el cobro de factura”.

Ambos se sentían muy satisfechos de sus carreras: el uno, por su honestidad, por saber que era un ejemplo de rectitud y que sus hijos podrían sentirse orgullosos de él. El otro, porque en algunos pocos años había amasado una interesante suma, que ahora prometía poder acrecentarse mucho más desde el Vice-ministerio. Dos vehículos blindados, una lujosa casa con helipuerto –faltaba el helicóptero aún– y cancha de tenis y la inmunidad que le confería el cargo, no eran poca cosa para sus 44 años. Lo que podía venir ahora, se mostraba mucho más prometedor.

Así fue. El acceso a altos niveles decisorios del país lo puso en contacto con uno de los más connotados jefes del narcotráfico. Allí los vehículos blindados y las propinas que se contaban por miles en cabarets de lujo, eran cosa casi obligada. El poder se demostraba con derroche de recursos, con ostentación. El oro, en todas sus expresiones, era muy valorado. Era esa cultura de “nuevo rico” donde se trataba de demostrar que, sin venir de cuna dorada, también se puede ascender socialmente. La pompa aparatosa era imprescindible. “Así uno puede sentir que casi, casi se iguala con los aristócratas”, reflexionaba no sin amargura, él, hijo de albañil y obrera de maquila.

Los dos hermanos se veían muy ocasionalmente. Alguna fiesta familiar –cada vez más espaciadas, pues las apretadas agendas no lo permitían– o una ocasional llamada telefónica en un cumpleaños, constituía toda la comunicación entre ellos. De todos modos, aunque los contactos iban siendo cada vez más espaciados, cada vez que Aníbal tenía la oportunidad le agradecía a Miguel “todo lo que había hecho” por su honorabilidad. Miguel, benevolente, sonreía. Le parecía muy cruel desarmarle la ilusión. Por otro lado, a él le resultaba reconfortante encontrar que alguna persona en el mundo lo creyera honrado. Nunca se atrevió a mostrarle su verdadera cara.

Porque su verdadera cara… ¡era terrible! Como muchos de sus colegas en altos puestos gubernamentales, la ostentación era elemento infaltable. Sin que fuera necesario, siempre había que mostrar más de lo que realmente se podía hacer: el saltarse los límites le resultaba indispensable. Compró títulos de maestría y de doctorado en Ciencias Jurídicas y Criminología, aunque ni siquiera había terminado sus estudios de grado. En la universidad pública, también corrompida hasta los tuétanos, no le fue difícil conseguir esas preseas. Pero lo peor fueron sus nuevos negocios.

Aunque parezca mentira, Miguel había disparado armas de fuego infinitamente más veces que su hermano. Sucedía que los policías, por falta de presupuesto, debían pagar de su propio bolsillo los tiros que hacían, por lo que se cuidaban mucho de no desperdiciar municiones. Solo en contadas, contadísimas ocasiones Aníbal abría fuego. Por el contrario, Miguel era un asiduo tirador. Tenía varias armas de alto calibre, compradas nuevas –eludir los controles reglamentarios era lo de menos–, y su consumo de municiones era altísimo. “Eso se paga con dinero del Congreso”, explicaba sin la menor vergüenza. “Mi sueldo me queda casi íntegro”.

Un día de tantos, en alguna ceremonia oficial, sin habérselo propuesto previamente, se encontraron. Rompiendo todo protocolo de seguridad, ambos decidieron prolongar el encuentro y sentarse por allí a tomar un café. Hacía años que no conversaban. Ninguno de los dos disponía de mucho tiempo, por lo que la charla fue veloz.

Luego de las primeras palabras rompe-hielo, Miguel fue al grano. “Hermanito: no hay otra forma de hacer dinero que metiéndose en cosas. ¿No te diste cuenta todavía? Trabajando… ¡imposible!

Aníbal quedó estupefacto. Los ojos se le desorbitaron, no le salían palabras. “¡Vamos!, ¡vamos muchacho!”, trató de recomponerlo Miguel. “No me digas que todavía estás con eso de la cigüeña y los Reyes Magos… ¡Es hora de desengañarse!, ¿no?

Pero… ¿y todo lo que me habías enseñado sobre la honorabilidad y la rectitud?”, acertó a decir, tartamudeando, sin terminar de recomponerse de la sorpresa.

Taradeces, muchacho. ¡Taradeces!”, espetó Miguel, cortante.

Se despidieron con bastante pompa el uno, con tristeza el otro, un poco histriónicamente el hermano mayor, cabizbajo y aún sin salir de su asombro el menor.

Ese mismo día, y mucho más en los días posteriores, Aníbal se dedicó a repasar mentalmente todos los bienes que conocía de su hermano. Empezó a llamarle la atención la cantidad de cosas que le había visto –lo cual, hasta ese momento, no lo sorprendía–, pero al hacer el recuento, vio que no eran pocas. Entre otras cosas, lo sorprendía la forma tremendamente exuberante en que se vestía, sus anillos de oro, su reloj despampanante con incrustaciones de diamantes. La promesa de comprarse un helicóptero que le había confesado en la charla de días atrás ahora cobraba sentido.

De los ricachones de cuna, uno se espera eso. ¡Pero no del hijo de dos humildes trabajadores!”, reflexionaba el policía. Las palabras de su hermano, el Vice-ministro, le daban vuelta por la cabeza: “No hay otra forma de hacer dinero que metiéndose en cosas”. “¿Cuáles serían esas formas?”, se repetía insistente Aníbal. No quería ni pensarlo. Solo intuir que podría haber algo reñido con la ley, lo espantaba. Él era un convencido absoluto de la justeza de la ley. La vez que Miguel, alardeando de su “alta formación intelectual”, como gustaba decir con aire de fanfarronería, le lanzó aquella frase filosófica del sofista Trasímaco de Calcedonia, el griego que dialogaba con Platón: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, no entendió. Ahora, tras muchos cabildeos luego de esa corta pero importantísima plática, comenzaba a entenderlo. “La ley es lo que conviene al más fuerte…. ¡Claro! ¡¡Por supuesto que sí!! ¿Recién ahora me vengo a dar cuenta?

Trabajando no se hace plata”; esa frase se le repetía ahora infinitamente a Aníbal, con enfermiza insistencia machacona. Trataba de encontrarle explicaciones, ejemplos que dieran cuenta de la formulación, historias de vida que lo demostraran. El recuerdo del jefe de comisaría al que mandó preso no ofrecía discusiones: “trabajando no se hace plata, ¡es obvio!

Por primera vez en su vida, Aníbal dudó sobre sus principios. “Puras deudas, puros problemas, siempre angustias por la plata…” Todo lo llevó a tomar la decisión: pediría un soborno. “Solo uno, para ver cómo resulta”, reflexionaba con vergüenza, en secreto. A nadie le compartió la decisión tomada. Lo haría solo; sus acompañantes policías no deberían enterarse.

Rápidamente encontró el momento. En una de tantas patrullas que realizaba por allí –él estaba a cargo de la unidad, siendo acompañado por dos agentes– se topó con una moto donde viajaban tres pasajeros: el conductor con su esposa y un hijo de 10 años. El reglamento indicaba que en motocicletas solo pueden viajar dos personas. Tres, como en este caso, es una infracción. Además, solamente el conductor portaba casco; las otras dos personas no, y eso iba contra las normas.

Al momento de detenerlos fue cortante, deliberadamente brusco. “¡¿Ustedes no saben que está prohibido viajar más de dos personas en una moto?! Y además, ustedes dos van sin casco”. Sin que hubiera necesidad, y contrariando las normativas policiales, exhibió amenazante su arma reglamentaria. El susto de los detenidos fue mayúsculo.

¡Tranquilo, agente! No pasa nada… Aquí tiene algo para el cafecito”, dijo el padre de la familia que se conducía en la moto, alargándole un billete escondido en la mano.

La sensación de Aníbal fue rara: entre gozo y repugnancia. Sabía que contrariaba sus más elementales principios, pero al mismo tiempo le pareció muy fácil, ¡demasiado fácil!, cómo empezar a hacer un sueldo extra. Eso lo fascinó.

Bueno… los voy a dejar ir. ¡Pero que sea la última vez! Y se me ponen casco para la próxima”. Si bien aceptó el soborno –unos míseros pesos que apenas alcanzaban para un litro de bebida gaseosa–, no quedó tan insatisfecho, porque el consejo dado a los pasajeros le pareció correcto. Incluso se quedó con la idea que estaba haciendo un buen servicio, informándoles de algo que, quizá, desconocían del reglamento de tránsito.

La mala suerte lo acompañó, porque dos calles más adelante la moto fue arrollada por un camión. En la caída, falleció el niño. Los reproches que comenzó a hacerse Aníbal no tuvieron fin.

Se consideró la peor persona del mundo, un inmundo pecador, bochornoso, impuro. Por su culpa había fallecido ese niño inocente. Pero más aún: la culpa la empezó a transferir a su hermano.

Si yo jamás había cometido estas barbaridades… ¡Yo no soy corrupto! Todo por culpa de este hijo de puta de mi hermano…” El odio le creció con fuerza meteórica. La admiración mantenida por años, rápidamente se trocó en visceral resentimiento, y la sed de venganza no tardó en aparecer.

Ahora me doy cuenta: trabajando honestamente es cierto que no se sale de pobre. ¡Tenía razón este cabrón!”.

En un accidente aéreo –cayó el helicóptero en que se transportaba, confuso incidente que nunca quedó claro– falleció el Ministro, por lo que Aníbal, apadrinado por el presidente, quedó a cargo del ministerio. Los negocios le iban viento en popa.

Todos habían advertido, desde su esposa a sus subordinados, desde sus familiares a sus superiores, que la conducta del sargento Aníbal P. había cambiado. Ahora estaba mucho más impenetrable, serio, distante. Era evidente que algo le atormentaba. Nadie sabía qué, nadie se atrevía a preguntarlo, pero para todos era más que notorio ese nuevo hermetismo, desconocido anteriormente en él. Su actuación policial no había decaído, no ofrecía errores en términos técnicos, pero ahora presentaba una cierta brutalidad implacable, exagerada, desmedida en la aplicación de las normas. Su rigidez, en pocos meses, se había hecho proverbial. La sonrisa, nunca muy abundante, desapareció por completo de su rostro. Como nunca le había sucedido anteriormente, en diversos operativos mató a varios delincuentes que se habían resistido a ser detenidos. Nadie podía objetarle nada –su accionar se apegaba rigurosísimamente a la ley–, pero todos veían que allí había algo raro. No era necesaria tanta rudeza, tanto aspereza en el trato; parecía un robot deshumanizado.

Como cosa algo curiosa, inusual en sus hábitos, desde inicios de noviembre de ese año comenzó a preparar la fiesta navideña familiar. Su esposa e hija quedaron un tanto sorprendidos –era primera vez que ofrecerían la cena de Navidad en su casa para tantos invitados–, pero no se opusieron. Eran buenas católicas, y esa celebración les atraía. Además, la idea de mantener firmes los lazos familiares era parte de sus ideales. “Y al padre, al hombre de la casa nunca se le contradice”, opinaban. Por supuesto, Miguel también fue invitado. Aníbal insistió interminables veces para que su hermano estuviera en la celebración. Sabía que la agenda de un ministro es muy compleja, y no siempre se puede disponer de la vida personal a su antojo. De todos modos, los ruegos fueron numerosos. Finalmente, consiguió lo esperado: el 24 de diciembre por la noche, Miguel, junto con su esposa y sus dos hijos y pródigos regalos para todos, entraba en casa de su hermano. Como cosa inusual, solo llevó dos escoltas, que lo esperarían fuera de la vivienda.

En un momento de la fiesta, Miguel comentó que no sería malo hacer pasar a los dos guardaespaldas a tomar un trago y hacer el correspondiente brindis navideño. Pero la reacción de Aníbal fue terminante: “¡Imposible! Están en horario de trabajo. ¡¡Eso sería una falta muy grave!!” Todos quedaron algo sorprendidos por esa rudeza, pero nadie se atrevió a contradecirlo. Solo Miguel agregó: “Hermanito: no hay que tomarse las cosas tan a la tremenda. Más relajadito, papaíto…”.

Fue en ese momento que Aníbal sacó la pistola de entre sus ropas descerrajándole seis balazos a su hermano. Todos fueron certeros; ni uno solo erró la humanidad del ministro, quien cayó aparatosamente sobre la mesa servida.

Cuando entraron los guardaespaldas, pistolas en mano, Aníbal ya se había pegado un tiro en la sien. La carta que luego su esposa encontró en la mesa de noche, con muchas faltas de ortografía, hablaba de esa “lacra inmunda y deleznable” de la corrupción. Nunca nadie supo del incidente con los motoristas.

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