miércoles, 21 de junio de 2023

MARACAS

Petronio era un virtuoso del violín. Con sus ocho años apenas cumplidos, tenía un dominio del instrumento único, inigualable. Son raros los niños-prodigio. Y, por pura coincidencia o por razones históricas bien concretas, más raros aún lo son en los países pobres del Sur, allí donde se pasa hambre y penurias varias, donde la inteligencia superior y las más grandes potencialidades pueden quedar extraviadas en la más descarnada sobrevivencia.

 

Lo cierto es que Petronio, incluso sin haber tenido los mejores maestros -era casi un autodidacta- llegó a un manejo extraordinario del instrumento. Tanto, que varias personas que lo escucharon en algunas de las presentaciones que hacía en el club barrial, lo estimularon a continuar su carrera. Virtuosos de esa talla son muy contados.

 

Nunca faltan almas bondadosas por allí, algún mecenas con ínfulas de salvador, gente solidaria. Lo cierto es que a sus nueve años, Petronio, junto con su madre -era madre soltera- disfrutaba de una beca en un país del Norte donde, además de enseñárseles a ambos el idioma en un curso ultra acelerado, asistía a clases de su instrumento con algunos de los más encumbrados maestros del mundo.

 

A los diez ya había ganado varios premios en concursos juveniles, y le era de lo más habitual presentarse en renombradas salas de concierto. Pero a los once algo raro comenzó a sucederle. Su impresionante destreza comenzó a decrecer. Petronio no podía explicarse qué le estaba sucediendo. Lo único que sentía es que sus dedos ya no le respondían como antes.

 

Nadie entendía el porqué de este descenso; el jovencito seguía estudiando asiduamente, con la misma intensidad de siempre. Nada en su vida, al menos en lo sustancial, había cambiado: asistía a la escuela por las mañanas, y las tardes casi por completo las dedicaba a practicar violín. Jugar le era algo casi desconocido.

 

Su madre, transplantada de un modo casi brutal a ese nuevo país, pese a todo se sentía muy a gusto. Como Petronio era hijo único y ella no tenía pareja, no había nadie más en quien pensar. Su estadía en este frío lugar no le era tan gravoso, porque su sacrificio -al menos así lo sentía- valía la pena, al ver los progresos de Petronio. Para una madre soltera muy humilde como ella, que se arreglaba lavando ropa ajena para sobrevivir con precariedad, ver salas de concierto donde al que aplaudían de pie era su vástago, constituía la gloria más absoluta que podía concebir.

 

Al igual que Petronio, su desconcierto fue total cuando la calidad interpretativa de su hijo comenzó a descender. El jovencito lloraba su descenso con amargura, con tremendo sentimiento de culpa. A instancias de sus propios maestros que veían esta disminución, junto con su madre consultó a médicos. Fueron varias consultas, hasta que alguno -un traumatólogo, muy reconocido en la ciudad- acertó el diagnóstico o, al menos, propuso uno con fundamento. Por cierto, era un raro diagnóstico, que provocó sorpresa entre sus colegas. Tan raro, que Petronio fue motivo de estudio por varios catedráticos en la materia. Cursaba un proceso de gigantismo, pero dadas sus tan peculiares características -únicas, dignas de debate en congresos médicos- fue considerado como acromegalia juvenil.

 

La acromegalia, producto de una disfunción de la hipófisis, se manifiesta en adultos con síntomas específicos ya bien conocidos por la ciencia médica. Si esos síntomas aparecen en un púber, que no es ni un niño ni un adulto, la situación se torna confusa. En los niños esa disfunción glandular se denomina gigantismo, lo cual ocasiona un inusual y desmedido crecimiento de los huesos largos de las extremidades. Pero no dolores articulares en las manos, como sucede en los adultos. Petronio, en una rara, inusual combinación de problemas, crecía en forma desproporcionada y presentaba horribles padecimientos en sus manos. Fue por eso que no pudo continuar con el violín.

 

Por un corto período, entró en depresión. La psicóloga que lo apoyó, pudo hacerlo porque hablaba muy buen español. Petronio chapuceaba su nueva lengua, pero no estaba especialmente entusiasmado en profundizarla. Se le planteó entonces una disyuntiva: radicaba en ese país, junto con su madre, solo para continuar sus estudios de violín. Si eso ya no sucedería, no tenía mayor sentido seguir allí. Fue su progenitora la que le dio la idea.

 

A sus doce y sus trece años, la situación patológica se fue agravando. Las manos se transformaron, deformándose monstruosamente. Ya le resulta imposible siquiera sostener el instrumento. Por ello, lo abandonó para siempre. La idea de su madre, que en principio tomó como descabellada, luego fue adquiriendo forma. En definitiva, no parecía tan loca.

 

Evaluando muy al detalle la situación, decidieron continuar en ese gélido país del Norte, viendo que allí Petronio sí podía hacer carrera. En su patria natal, con esa deformidad a cuestas, con un sistema sanitario siempre en ruinas, ineficiente y corrompido por políticas antipopulares, no podría esperar la mejor suerte. Por tanto, bien arropados, pudieron resolver su situación migratoria en forma legal y continuar viviendo allí. Los calores tropicales quedaron atrás.

 

Aunque no tanto. Petronio, aprovechando su nueva anatomía, empezó a sacar provecho de su anormalidad. Bongó, conga, tambores, cajón, redoblante, raspador, maracas, güira, es decir: toda la parafernalia de instrumentos de percusión que hace parte de los ritmos latinos, también llamados tropicales, pasaron a ser de su uso cotidiano. La fuerza de sus manos le permitía ahora ya no la sutileza del violín sino la energía para percutir estruendosamente cualquiera de esos instrumentos. Su repertorio pasó de Paganini, van Beethoven y Brahms al merengue, la cumbia, la bachata, la bossa nova, el chachachá, la guaracha y la salsa. Mutó el saco y corbata por la guayabera multicolor.

 

Su madre, con el correr del tiempo y los nuevos contactos que fue estableciendo, cambió enormemente. Empezó a noviar. Su aspecto también cambió; jamás se había permitido antes una minifalda, o un escote pronunciado. Ahora sí, y de manera muy provocativa. Sus treinta y tantos años dejaban ver una sensual mulata con una energía que, hasta el momento, había estado demasiado oculta.

 

Acompañando las lecturas de su hijo, que seguía siempre muy ligado a la música, obsesivamente ligado se diría -se devanaba pensando en si Jean-Baptiste Lully, nacido Giovanni Battista Lulli, pertenecía al barroco francés, por haber actuado en la corte parisina, o al italiano, por su lugar de nacimiento, al igual que le pasaba con George Frideric Handel, de quien dudaba si pertenecía al barroco inglés, por haber compuesto para la realeza británica, o al barroco alemán, por ser originalmente Georg Friedrich Haendel, nacido en Halle, Sajonia teutona- ella también fue eligiendo este ámbito artístico como el campo donde moverse. No solo porque bailaba en numerosas presentaciones al son de los tambores que su hijo percutía, sino por las fabulosas ocurrencias que empezó a tramar.

 

Quizá la más disparatada -pero, sin dudas, la que más diversas y enloquecidas repercusiones tuvo- fue el mito que empezó a tejer en torno a Petronio. Éste, movido por la sed de venganza que guardaba al no haber podido desarrollarse en el violín donde prometía ser eximio, pasó a ser un percusionista de primera, increíblemente virtuoso. Incluso, ligado a la música llamada clásica o académica europea, tocaba los timbales, pero sin baquetas. En cuanto a la música pop o rock, realizaba la proeza -no se le puede decir de otro modo- de tocar la batería directamente con las manos. Incluso, dada la tremenda destreza que había logrado, hacía redobles en los tambores solo con los dedos.

 

La desfiguración teratológica de Petronio servía para dotarlo de un talento único, inigualable. Su madre, casualmente también llamada Teresa, al igual que la de Paganini a la cual, según la leyenda, se le apareció el demonio en sueños asegurándole que su vástago sería un excelso concertista, hizo rondar la idea que, como con el violinista italiano, existía un pacto con Lucifer.

 

Entrado el siglo XXI, parecía increíble que un mito de ese calibre pudiera ser aceptado por el público. Quizá, exagerando mucho las cosas, podría darse en cierta gente en el Sur del mundo, de donde provenían Petronio y su madre. Tal vez los segmentos menos desarrollados, donde la prédica de las iglesias era muy fuerte, y de ahí el programado embrutecimiento; pero parecía inconcebible en los presuntos desarrollados países prósperos del Norte. Lo cierto es que la anécdota se echó a rodar por buena parte del mundo, y Petronio fue considerado un nuevo Paganini, ahora de las tumbadoras y las panderetas, en alianza con Satán.

 

Por lo pronto, casi burlándose de sus primeros pasos en la música, ahora utiliza un violín como instrumento de percusión, golpeando su caja de resonancia. Por la potencia de sus dedos, ya quebró varios.



lunes, 19 de junio de 2023

¿POR QUÉ ESTUDIAR PSICOANÁLISIS?

Colegas: en nuestra formación vemos muy poco, casi nada, de psicoanálisis. Y en Guatemala, lo sabemos, el psicoanálisis está bastante mal considerado en el gremio Psi (psicólogos y psiquiatras). ¿Por qué se lo aborrece, repitiéndose de él prejuicios nada fundamentados? Por ejemplo: que ya pasó de moda, que fue superado por otras técnicas, que es una visión europea inaplicable en nuestras tierras, que es muy largo y muy costoso, que solo con diván puede hacerse, que no es para cualquier público, que es solo sexualidad y nada más… ¿Por qué decimos todo eso? PORQUE NO SABEMOS CASI NADA -O NADA- DE LO QUE REALMENTE ES EL PSICOANÁLISIS.

Por eso deberíamos estudiarlo con mayor seriedad.

Hay una diferencia básica entre toda la psicología que nos enseñan, básicamente cognitivo-conductual, entre las hoy tan a la moda neurociencias, entre la psiquiatría clásica (con cuyo manual, el DSM, estudiamos toda la carrera), entre todas las prácticas que se ofrecen como “psicoterapia” (florales de Bach, coaching, técnicas de autoayuda, mindfulness, psicotaichí, psicoreiki, hipnoterapia, etc., etc.) y el psicoanálisis. Todo lo anterior se centra en la consciencia, en la razón, en la voluntad, en el yo autónomo. El psicoanálisis es, justamente, el rompimiento total con esa concepción. Como decía Freud: “Nadie es dueño en su propia casa”.

Los síntomas que padecemos (todo el mundo, incluidas/os nosotras/os), los rasgos de carácter, las angustias, penas, inhibiciones, mañas y taras varias que presentamos, al igual que los delirios o alucinaciones, o las conductas “incomprensibles” que a veces tenemos (matar a otro, fumar aún sabiendo que es dañino, el suicidio, permitirnos linchar a alguien, seguir la moda sin saber por qué, transgredir lo prohibido, etc.), todo eso no se puede comprender, y mucho menos trabajarlo psicoterapéuticamente con éxito, si no tenemos la idea de INCONSCIENTE. ¡Y eso es justamente lo que inaugura el psicoanálisis!

Todo el mundo, borrando la diferencia tajante entre “sanos” y “enfermos”, entre cuerdos (que somos siempre nosotras/os) y locos (siempre los otros), todos somos SUJETOS DEL INCONSCIENTE.

Si nos ponemos a estudiar en serio todo esto, vamos a tener mejores herramientas para nuestro trabajo cotidiano como psicoterapeutas. Recordemos que lo nuestro no debería ser dar consejos, ni regañar, ni sermonear. Y mucho menos referir al psiquiatra si nos viene “un caso difícil”. Lo nuestro es poder saber escuchar el deseo inconsciente de quien consulta, ayudándole a que él se pueda escuchar, y procesando ese material oculto (haciendo consciente lo inconsciente), se pueda hacer cargo de su propia historia, con lo que desaparecerán sus malestares.

 SI TE INTERESA: lcastillo@psicousac.edu.gt

 



martes, 6 de junio de 2023

YO NO ESTOY LOCA…

Quizá no me puedan creer lo que les voy a contar, pero es absolutamente cierto. En mis 64 años de vida he visto muchas, muchísimas cosas. Mi profesión de enfermera me llevó a conocer los más recónditos rincones de lo humano, en general aquellos que se mantienen en penumbras, de los que nos avergüenza hablar. Pero que son parte de la vida, tan absolutamente presentes como lo que sí se muestra: la gloria, el triunfo, el éxito. Bueno, en la vida hay de todo, aunque me inclino a pensar que son más las sombras que las luces.

 

¿A dónde quiero llegar con este aburrido soliloquio tan desesperanzador? No lo sé con exactitud. Quizá a ningún lado en particular: solo mostrar que en la vida sobran las espinas y no abundan las rosas. El drama humano no conoce límites.

 

Soy amiga de Zoritza desde hace más de 40 años, cuando llegué a Bratislava para trabajar en el Hospital San Miguel, yo recién graduada. Ella fue durante toda mi vida mi gran amiga, mi confesora, mi apoyo. Nunca pude tener hijos en ninguno de mis dos matrimonios –creo que por eso los dos se fueron, me abandonaron–. Pero ella sí. Sus dos muchachitos: Ondrej y Miroslav, eran la luz de sus ojos. Los conocí desde que nacieron, y de alguna manera, fui su tía, su segunda madre. De verdad que los quise mucho. Creo, como dicen los psicólogos, que los tomé como si fueran mis propios hijos, proyectando –así me parece que se dice– mi maternidad fallida sobre estas dos criaturas.

 

Lo confieso: llegué a quererlos mucho. A veces me daba la impresión que más que la misma Zoritza. No estoy diciendo que ella fuera mala madre. No, en absoluto. Ella fue muy abnegada con sus hijos. Sucede que, cuando enviudó, siguió trabajando duro –la ginecología era su pasión– y no se daba todo el tiempo del mundo para brindarles una atención de veinticuatro horas; Stefan, como buen padre, también se ocupaba bastante de los hijos. Cuando ellos no podían, ahí estaba yo. Recuerdo que más de una vez me quedaba en su casa cuidándolos, mientras ella hacía sus turnos. Ella era doctora, como dije, ginecóloga más exactamente, y su esposo había llegado a ser director del hospital. Muy buen médico, por cierto. Dinero no les faltaba. El doctor había heredado unas cuantas propiedades de su familia, las que pasaron luego a Zoritza cuando Stefan falleció.

 

La familia nunca pasó penurias económicas. El paso por las drogas de Miroslav fue muy efímero. Por suerte –tal como hace la mayoría de adolescentes– lo suyo fue solo una prueba: quiso saber qué era ese mundo supuestamente atractivo que se le ofrecía, y probó unas cuentas veces. Pero no pasó a mayores. Con mi amiga, que ya había enviudado, lo ayudamos a salir muy rápido del consumo. En general diría que ambos muchachitos, Ondrej y Miroslav, fueron muy buenos chicos.

 

Cuando ellos se casaron, yo estuve tan contenta como Zoritza. En verdad me sentía que había ayudado a su crianza, quizá no tanto como la madre, pero sí dando un generoso granito de arena. Sus respectivas esposas no me parecieron tan encantadoras como las veía mi amiga. Aunque ¿qué podía hacer yo al respecto? La mujer de Ondrej siempre me pareció “complicada”, por decirlo con suavidad. Una jovencita que contaba a los gritos, ufanándose, que falsificaba la firma de su padre en la adolescencia para que no se enterara de sus amonestaciones en la escuela. Ella no me simpatizaba para nada. No tenía ninguna prueba evidente para decirle ni a la madre ni al hijo mayor que esa mujer no me parecía que le conviniera. Pero ¿qué iba a poder expresar yo de eso, con qué derecho? Dicen que las intuiciones femeninas en general no fallan. Bueno, creo que es cierto: la vida, en este caso, vino a demostrármelo. La esposa de Miroslav no se quedaba atrás: como estudiaba medicina y vino a hacer sus prácticas en el hospital, conocí algo de su vida. Realmente no me caía bien: era una oportunista de primera, que iba a la cama con cualquiera, con tal de conseguir sus beneficios.

 

Los dos hermanos fueron siempre muy unidos. Ya casados –ninguno terminó la universidad, y creo que sus esposas influyeron en eso– la amistad entre ambos matrimonios se fortaleció. Las malas lenguas, que nunca faltan, llegaron a decir que hacían intercambio de parejas. No me consta. La vez que, con mucha timidez, se lo sugerí a Zoritza repitiendo lo que escuchaba por allí, reaccionó airada. No se enojó conmigo precisamente, sino con el rumor. Pero, claro… ese encendido enojo me hizo pensar que sí, en realidad, podía ser cierto.

 

Por supuesto, eso a mí no debía importarme. Era la vida privada de esas cuatro personas, y yo no tenía nada que decir al respecto. Desde luego que en la privacidad de la gente no hay que meterse; eso lo tengo claro, y creo que siempre fui muy discreta al respecto. De todos modos, ciertas conductas que empecé a ver, me hicieron pensar que los dos niñitos que yo conocí, y a los que hasta les cambié pañales, ya no eran esas tiernas criaturitas de años atrás. Empezaron a comportarse de un modo…, digamos “llamativo”.

 

Ninguno de los cuatro se graduó en la universidad. Luego de sus casamientos, siempre los veía muy elegantemente vestidos, a las mujeres con joyas, utilizando unos autazos de lujo. Yo me pregunta –sin atreverme a decírselo a Zoritza– de dónde venía ese dineral. Dejé de conocer los detalles del día a día desde que se casaron, pero igual veía que ninguno de los muchachos, ni sus dos esposas, trabajaran en algo fijo. Decían que hacían negocios. Nunca me quedó claro qué negocios. Por allí –nunca faltan los rumores– escuché que se dedicaban al tráfico de personas, que ubicaban gente de Medio Oriente, o africanos también, que querían llegar a Italia, a Francia o a Alemania. Ellos, según esas habladurías, se encargaban de ese tráfico. De ser cierto, se trataría de un grave delito; me suena casi a la venta de esclavos de la antigüedad. De todos modos, lo repito, no me consta. Y, por cierto, creo que esto del tráfico de esclavos, aunque sea un delito, se sigue haciendo. Terrible, ¿verdad?

 

La cuestión es que si el río suena… agua trae. No parecían trigo limpio, ¿me entienden ustedes? No tenía pruebas evidentes; ni las buscaba tampoco, por supuesto. Sin embargo, algo raro estaba pasando, algo turbio, oscuro. Los muchachos, cada vez que nos cruzábamos, trataban de no verme, miraban para otro lado. Cuando les era imposible negarse, apenas si me saludaban con un murmullo inaudible. Era obvio que algo había cambiado en sus vidas.

 

No quiero extraviarme en el relato, y voy directo al grano. Zoritza había trabajado toda su vida en la profesión con mucho ahínco, con muchísima dedicación. Era una doctora muy responsable, muy acuciosa. De hecho, fue mi ginecóloga todos estos años. Veo que fue una gran profesional; todas sus pacientes –yo incluía– la adoraban. Después de los sesenta lo único que quería era jubilarse. Desde la muerte de Stefan no volvió a tener un hombre fijo. Solo algún que otro encuentro ocasional por allí. Era muy reservada con eso, y apenas si me comentaba, casi entre dientes, alguna salidita que se permitía. Por años se dedicó solo a sus hijos y a la profesión. De las propiedades que le dejó su marido apenas si se ocupaba. Había un administrador, un cuñado. Este fulano, persona muy recta, muy trabajadora, cumplía en pasarle puntualmente cada mes la renta de las casas –creo que eran cinco o seis– y de un pequeño viñedo en Pezinok, en las cercanías de Bratislava, con lo que mi amiga tenía de sobra para sus gastos.

 

Vivían bien, pero Zoritza nunca fue materialista. Si bien tenía un muy buen ingreso como médica, más todo lo que le entraba por esos alquileres y el viñedo, tenía una vida sencilla, sin ninguna ostentación. Rara vez la veía con joyas, y prefería caminar –vivía cerca del hospital– que utilizar su Volvo. De verdad que no era de alardear, para nada. Sus hijos fueron criados en esa escuela. Es ahí, entonces, donde viene lo que les quería contar.

 

Ondrej y Miroslav, pese a no haberse criado con estreches económicas, heredaron de su madre ese espíritu de humildad: nada de pompa, de vanagloria ni oropeles. Así los conocí yo de pequeños, de jovencitos. Luego, ya casados, las cosas cambiaron. Por ejemplo, de jóvenes jamás vi que usaran perfume; años después, olían a las mejores fragancias todo el tiempo, y los escuché hablar de comprar de las mejores marcas, por supuesto carísimas, con total naturalidad. Cosas como esas me hicieron encender las alarmas. ¿Qué les está pasando a estas criaturas?

 

Me lo preguntaba pero, por supuesto, no le podía compartir estas dudas a mi amiga. Hubiera sido de muy mal gusto decirle algo así. De todos modos, algo raro yo veía. Y algo raro sucedió.

 

Un día 31 de diciembre llegué a casa de Zoritza para saludarla por el fin de año –ella vivía sola en ese entonces– y llamé a la puerta, como tantas veces lo había hecho. Yo tenía llave de su casa para algún caso de emergencia. Me llamó la atención que no contestara, dado que el día anterior convenimos en que pasaría. Ante la falta de respuesta, decidí entrar. Llamativamente, no estaba. La llamé a su teléfono móvil, pero no contestó. Me empecé a preocupar. Después de pensarlo un rato, llamé a sus hijos. Ninguno de los dos contestó. No sabría decir por qué, pero me invadió una horrible sensación de que algo malo estaba pasando. No solo malo: algo trágico.

 

Ese fin de año la pasé muy mal, angustiada. Traté de informarme sobre Zoritza, pero nadie me pudo dar información, ni en el hospital ni otras doctoras o enfermeras a quienes contacté. La falta de respuesta de sus dos hijos me llamó poderosamente la atención. Yo los llamaba muy poco, solo en contadas ocasiones. De todos modos, era raro que después de tantos intentos ninguno de los dos se comunicara. El día 4 de enero debíamos retomar nuestras labores en el hospital. Yo, por supuesto, ahí estuve –falté creo que dos o tres veces en toda mi vida por alguna enfermedad. Zoritza era igual: jamás faltaba–. A todo el mundo nos sorprendió que no apareciera. Nadie podía comunicarse con ella. Ese silencio nos alarmó.

 

Con otra compañera de trabajo fuimos a la policía. Buscamos en todos los lugares que podíamos buscar: hospitales privados, la morgue, preguntamos a cuanto colega se nos ocurrió. Pero nada. Ni un rastro de Zoritza. Tuvimos que declararla desaparecida.

 

No les puedo transmitir la congoja que sentía, la desesperación. No terminaba de entender qué podía haberle sucedido. Era como que la tierra se la había tragado. Mi amiga jamás haría una cosa así. Pensé en todas las posibilidades: llegué a concebir que se había suicidado. De todos modos –aunque eso me parecía imposible– ¿dónde estaba el cuerpo? No le encontraba explicación alguna.

 

Quince días después de desaparecida, ya ni me acuerdo cómo, alguien me pasó el dato que creían haberla visto en un hospital psiquiátrico privado. De hecho, ya había preguntado en todos los centros de internación de la ciudad, y en ningún lado aparecía. Cuando fui al mentado lugar, me atendieron muy mal, no me permitieron pasar, y prácticamente me sacaron a patadas. Lo que más me llamaba la atención era que ninguno de los dos hijos, mis queridos muchachitos Ondrej y Miroslav, daban señales de vida. Cuando fui a casa de ellos, preguntando por aquí y por allá sobre sus direcciones, nunca los pude encontrar. Lo más que me dijeron unos vecinos de Miroslav es que creían que estaba de viaje fuera de la ciudad, o del país.

 

Por fin, casi dos meses después de desaparecida Zoritza, Ondrej atendió una de mis numerosísimas llamadas. Con voz cortante me dijo que su madre estaba internada porque “se había vuelto loca”. Quedé atónita. Eso no podía ser; mi amiga era la más normal del mundo, una persona muy equilibrada. Pensé en algún arranque psicótico, pero eso era imposible: no dan brotes de locura a los 60 años. Pensé igualmente en algún proceso de demencia senil; tampoco eso era posible, porque esos son deterioros progresivos, más bien lentos, y de ninguna manera alguien que hasta el día anterior estaba totalmente lúcida, de pronto se deteriora como por arte de magia y necesitaba una internación.

 

Cuando me dijo el lugar de la hospitalización, quedé helada. Al llegar allí vez pasada cuando estábamos buscando desesperadas, lo repito, no me dieron ninguna información. Yo sabía que ese lugar era bastante –o muy– siniestro. Había rumores sobre lo tétrico de ese lugar de internamiento: se hablaba de tráfico de personas, de tráfico de órganos. Son esas cosas que se dicen por lo bajo, pero que son muy difíciles de comprobar. Lo cierto es que la mala reputación no se logra por casualidad. Una sola vez en mi vida había entrado previamente en ese hospital, cuando tuvimos que trasladar a un paciente, y cuando lo hice aquella vez, sentí un escalofrío que no puedo describir ahora.

 

Pero para no aburrirlos con detalles, para ir directamente a lo que quiero transmitirles ahora, he de decir que después de recibir la noticia de boca de su hijo, quise saber más de lo ocurrido. Pregunté a Ondrej qué había sucedido. Con expresiones más bien tajantes el muchacho solo me dijo que su madre había enloquecido, que se había puesto muy violenta, y por eso fue necesario internarla. Aduciendo que no tenía tiempo para seguir hablando, cortó la comunicación en forma áspera. Sin pensarlo mucho, asocié la pequeña fortuna que había en juego: varias propiedades bien cotizadas y un viñedo, no eran poca cosa. Quedé estupefacta, pero la vida me enseñó que no hay límites para estas cosas retorcidas. Si uno ve serenamente el mundo –los campos de concentración, las armas mortíferas que hoy día existen, las torturas, los engaños cotidianos que presenciamos, la codicia, la manipulación– no me sorprende que alguien pueda llegar a este colmo de internar a la madre haciéndola pasar por enferma mental. La verdad es que, como especie, no somos angelitos precisamente. Los animales no son tan maléficos como nuestra raza humana.

 

Luego del impacto de la noticia, ya reaccionando, decidí que algo había que hacer. Con otra doctora, gran amiga también de Zoritza y mía, decidimos ir al sanatorio de marras dispuestas a averiguar todo. Déjenme decirles que en la recepción, en forma nada cordial, nos dijeron que no había ninguna persona ingresada con ese nombre. Por más que discutimos un buen rato con el médico de guardia, nada logramos. Nos  dijeron que no había ninguna autoridad en ese momento, no estaban ni el director ni el subdirector, y que no podían darnos ninguna otra información. De ningún modo nos permitieron entrar, ir más allá de la recepción. Eso nos indignó.

 

Seguramente tan grande fue el escándalo que armamos que varios pacientes se fueron acercando al lugar. Entre ellos, Zoritza. Cuando la vimos, en bata y con la típica cara demacrada de los pacientes psiquiátricos hospitalizados, adormilados por los antipsicóticos, las tres reaccionamos a los gritos.

 

Mi compañera, la Dra. K., con voz recia, o mejor dicho, con atronadores gritos, amenazó a quienes nos atendían que ahí se estaba cometiendo un crimen, y que si no nos daban inmediatamente a la paciente Zoritza Kovačič, doctora ginecóloga, conocida por nosotras, quien hasta hacía dos meses estaba perfectamente sana y que no necesitaba estar recluida en un asilo psiquiátrico, en ese mismo momento iríamos a la policía.

 

Se ve que se asustaron, porque contrariando todos, absolutamente todos los protocolos médicos institucionales, en un momento Zoritza estaba con nosotras, vestida con ropa civil. Bastante atontada por los medicamentos, con marcha dificultosa, pero radiante de alegría al vernos. Por supuesto, nos reconoció al instante, y con lágrimas en los ojos nos abrazó largos minutos. Lo primero que dijo fue: “Vámonos urgente de aquí. Estos hijos de puta me quieren matar”.

 

Ya en su casa nos contó la tragedia vivida este tiempo, desde aquel infausto diciembre, dos meses atrás. Dijo que recordaba haber recibido la visita de uno de sus hijos con su esposa, y que de pronto se sintió adormilada. Después, todo lo que recordaba es que se encontró en una sala de hospital, sola, con la puerta cerrada con llave. Al intentar llamar a alguien para preguntar qué pasaba, la única respuesta fue una inyección que la terminó de dormir. Vagamente recuerda haber recibido electrochoques; nos dijo que no recordaba tanto de lo sucedido, solo que la tenían dopada día y noche. Perdió la noción del tiempo, porque los neurolépticos –es decir: los medicamentos que le suministraban– la mantenían semidormida, embobada. En los momentos de mayor lucidez protestaba ante alguien, algún médico o enfermero. Pero nunca le hicieron caso. A los gritos reclamaba que la dejaran salir, pero ante cada reclamo venía una nueva dosis de tranquilizantes.

 

Más que obvio que estuvo secuestrada. No se puede hacer una internación psiquiátrica contra la voluntad del paciente. Sin dudas aquí hubo algún manejo sucio: Zoritza es una persona totalmente normal, equilibrada, en ejercicio pleno de sus capacidades mentales. Si la mantuvieron secuestrada todo este tiempo, sin dudas haciéndola pasar por loca, allí se cometió un grave delito. Desde ya, la institución y los hijos tienen que estar tras todo esto: el hospital, porque permitió una tremenda irregularidad contrariando toda la ética médica, el buen nombre de la práctica en salud mental, aumentando la estigmatización que existe en este campo. Y los hijos…, bueno: ni se diga. Una internación psiquiátrica es terrible: hablar de locura nos espanta. Son más tolerables las enfermedades del cuerpo que las psíquicas. Acusar a alguien de loco es marcarle su vida para siempre. Eso intentaron hacer con mi amiga.

 

No puedo decir que jamás hubiera pensado que los muchachos podrían hacer una cosa así. Viendo cómo se comportaban últimamente, cualquier cosa puedo pensar de ellos. Es horrible, tremendamente horrible, terrorífico imaginar que dos hijos te pueden hacer algo así. Pero no hay otro modo de entender lo sucedido. Como dije antes: el drama humano no conoce límites.

 

La familia Kovačič tiene algunos recursos, como ya les había comentado. Hasta donde sé, todo está a nombre de mi amiga. Sumadas todas esas propiedades, sin dudas hacen una muy bonita cantidad de euros. La codicia, lo sabemos, es un cáncer que nos puede matar. “La codicia rompe el saco”, se suele decir. Así es. Es uno de los más viles pecados. Estos muchachos… no sé, no los entiendo. Yo veía que vivían muy bien, y sin trabajar. Eso me empezó a llamar la atención desde hacía algún tiempo. ¿Para qué querían más y más? ¿Tiene sentido hacer eso con una madre?

 

Pasado el primer momento del shock, hablamos mucho con Zoritza. Ella no salía de su asombro. A decir verdad, yo tampoco. Permítanme decirles que ahora estaba más normal que nunca, bien ubicada. Si por algún momento llegué a pensar que, quizá, podría haber habido algún proceso de deterioro psíquico –bueno, a cualquiera nos puede pasar eso ¿no?– la situación actual indicaba con total evidencia que aquí no había ningún caso clínico. Había, eso sí, una enorme, infame manipulación, falsificación de las cosas. Por lo que se veía, Ondrej y Miroslav y la gente del psiquiátrico, habían implementado un fraude fenomenal. Nuestra amiga nunca estuvo mal de la cabeza; la quisieron hacer pasar por enferma mental para quedarse con sus propiedades, pero no les salió bien la jugada. Me imagino que debe haber corrido mucho dinero tras todo esto. Claras de que estábamos ante un mayúsculo ilícito, un crimen horrible, yo pensaba que había que actuar. Sabemos que la justicia nunca es totalmente imparcial, y que gente como la que maneja esa clínica es de lo peor y dispuesta a hacer cualquier cosa, pero no obstante todo ello me pareció imperativo hacer algo, denunciar, ir contra los agresores.

 

Con otras pocas amigas a las que les conté el caso, decidimos que había que tomar cartas en el asunto y acompañar a Zoritza, tanto en el incondicional apoyo anímico que ahora estaba necesitando, como en lo jurídico. Contactamos abogados –dos, una abogada, gran amiga mía de hacía años, y un prestigioso penalista, muy caro, por cierto, de los más reputados– que, sin cobrar nada, nos asesoraron. Preparamos todo lo necesario para presentar la correspondiente denuncia. Cuando tuvimos el paquete armado, se lo presentamos a mi amiga.

 

Primer final

 

Para nuestra sorpresa, la reacción de Zoritza fue inesperada, hasta diría que casi incomprensible en principio. Insisto: en principio; luego, analizándola en detalle, veo que tiene coherencia. Nos dijo, con amabilidad, pero en forma contundente, tajante, que no quería iniciar ningún proceso legal contra sus hijos. Si lo iniciaba contra el hospital, de todos modos sus hijos iban a aparecer en la denuncia, porque habían sido ellos los que promovieron la internación. Por tanto, era mejor dejar todo allí. Con expresión de ruego y lágrimas en los ojos me pidió que diéramos vuelta la página.

 

Nos pidió explícitamente que no siguiéramos adelante, que prefería comerse su dolor, sola y en silencio. No nos quedó más alternativa que aceptar su deseo. La entiendo en su posición de madre, pero al mismo tiempo, no termino de procesar la situación. ¿Cómo es posible eso? De verdad, créanme que sigo buscando explicaciones. Como dije: el drama humano es infinito.

 

Segundo final

 

Mi intuición de que estos jóvenes eran de temer, que eran peligrosos, se vio confirmada. Con la denuncia presentada, la respuesta fue casi inmediata. Ondrej y Miroslav, no sé cómo se enteraron, pero muy rápidamente actuaron. Esto que cuento ahora, por supuesto con temor, lo hago desde Polonia, en Varsovia. Tuve que salir del país porque la situación se puso complicada, al rojo vivo. Peor aún diría: se puso infernal.

 

La Dra. K., la otra amiga que estaba colaborando en todo esto, un día de tantos fue baleada. Nunca se supo cómo fue exactamente: un par de tipos pasaron en una moto a toda velocidad y dispararon contra su automóvil cuando ella se dirigía al hospital. K. no murió, pero quedó gravemente herida. Creo que un balazo se lo dieron en la cabeza. Ante eso, yo preferí salir rápido del país. Me vine aquí para Varsovia, donde tengo amigos que me pueden acoger. Hasta donde supe, Zoritza volvió a ser internada en ese sanatorio repugnante. Ahora no sé cómo ayudar, y la verdad, me temo lo peor para mi entrañable amiga. Me siento un poco culpable por haber salido del país, pero preferí no hacer de mártir. Tengo miedo, lo reconozco. Veremos próximamente cómo puedo seguir esta lucha. Admito que está muy difícil. El drama humano, no me caben dudas, no tiene límites.

 

Tercer final

 

Para mi sorpresa, la justicia fue –tal como siempre se preconiza, pero raras veces se cumple– pronta y eficiente, objetiva, imparcial. Parece que en todo esto intervino la Interpol. Hacía tiempo que estaban tras una red de trata de personas y venta de bebés. El hospital psiquiátrico del asunto era uno de los puntos principales de ese affaire. Zoritza quiso mantenerse al margen de todo el proceso. Cuando se detuvo a varios médicos del nosocomio –que era, en realidad, un centro de operaciones de esa mafia– y a sus dos hijos, para mi sorpresa ella no dijo una palabra. Traté de hablar sobre el asunto, con mucha cautela, por supuesto. No se le movía un músculo, no le salía una lágrima. Seguramente esa coraza era un mecanismo protector para evitar sentir dolor, el dolor insoportable que puede tener una madre al ver la desgracia de sus hijos.

 

El caso fue bastante relevante en la opinión pública; como pasa con estas cuestiones, provoca innumerables reacciones en la gente en un principio. Al corto tiempo, todo el mundo se olvida y se sigue con otras noticias del continuo e inacabable show periodístico. Lo cierto es que Ondrej y Miroslav terminaron tras las rejas, al igual que sus esposas. Creo que en total fueron alrededor de diez personas las detenidas, incluidos médicos del psiquiátrico. Zoritza pidió ya su jubilación, y ahora se dedica solo a su jardín.




miércoles, 31 de mayo de 2023

CARTA DE UNA INDÍGENA LATINOAMERICANA (DOCUFICCIÓN)

Ustedes perdonen si mi español es muy malo. Tengo claro lo que quiero decir, pero me faltan las herramientas para expresarme. Yo, a duras penas pude aprender la castilla ya de grande, a los doce años. Apenas si lo puedo hablar, mucho menos escribir con corrección. Como autodidacta, leyendo lo poco que podía, fui entendiendo algunas cosas.

 

La cuestión es que me armé de valor y me atreví a garabatear esta carta. Pensaba hacerla llegar a algún medio de comunicación para el 12 de octubre, llamado el día “de la raza”, para algunos, o de “la Hispanidad”. Yo, como todos mis hermanos y hermanas de estas tierras, diría más bien: el día del oprobio, el día que comenzó nuestra caída como pueblos libres. Llamarlo el “Día de la Dignidad”, como muchas personas dicen ahora, a mí no muy me parece, porque tendría que ser el “Día del perdón obligado”, el perdón que nos siguen debiendo los que nos masacraron hace más de cinco siglos. O que nos siguen masacrando hoy, de otra manera, ya no con espadas o arcabuces, sino con su prepotencia y su explotación. Siempre blanquitos y rubios, pasándonos por encima, siempre, siempre. ¿Hasta cuándo?

 

Como decía: pensaba llevar esta carta a algún programa radial o televisivo, para que la difundieran por allí, pero después deseché la idea. ¿Quién le va a prestar atención a una mujer indígena, empleada doméstica u obrera de maquila, pobre, que viene del campo, heredera de una ancestral humillación? ¡Nadie! Felizmente me ayudaron a hacerla llegar a este medio electrónico, y buena gente solidaria se comprometió a difundirla. Yo, la verdad, no le atino mucho a esto del internet y todas estas cosas -“tecnología de hombre blanco”, como dicen en mi aldea-. Más bien, me dan miedo, porque ni sé cómo se usan. Pero no importa: si alguien la puede leer e informarse de lo que quiero decirles, me alegraría mucho. Y si la pudieran circular por allí a más gente, tanto mejor aún.

 

Aclaro desde un principio que no quiero hacer una queja personal. Se podría decir, quizá con malicia, que yo, dolida por lo que me pasó, me descargo y lloro un poco escribiendo estas líneas, criticando a diestra y siniestra. No, en modo alguno. Hablo en nombre de mi pueblo, de las mujeres de mi pueblo, de la gente pobre, de todos los explotados que existimos. O, más aún, de todes, como se dice ahora, por aquello del lenguaje inclusivo. Si guardo cólera…, tiene causas muy pero muy justificadas. Además… ¿por qué no debería tener cólera, una profunda cólera, un malestar que me viene de adentro, después de todo lo sufrido? No sufro solo por mi gente de hace cinco siglos: hablo del sufrimiento provocado hoy día, el que yo siento en mi persona, en mi cuerpo, del que me producen todas las cosas de las que ahora quiero hablarles. Acaso ¿me debería sentir feliz con lo padecido? ¿No se vale tener rabia por los ultrajes sufridos?

 

Pertenezco a un grupo indígena, o raza, o etnia -no sé bien cómo es que hay que decir- que habitó estas tierras que ahora llamamos América Latina desde tiempos inmemoriales. Mi gente, según dicen los que saben de estas cosas, los antropólogos, vive aquí desde hace varios miles de años. Con la llegada de los invasores españoles, nuestra vida cambió. Quiero aclarar rápidamente que no soy de la idea, como sí lo es más de alguien entre mis hermanos y hermanas indígenas, que antes de la llegada de esta invasión nuestras sociedades eran un paraíso. No, eso no es así, porque en ningún lado, nunca ha habido paraísos. Y la verdad, viendo cómo son las cosas, dudo que lo pueda haber. Pero, en fin… eso es otro cantar.

 

No quiero extraviarme en mi charlatanería. Lo que quería dejar expresado en estas líneas es que ni con todo el oro del mundo podrán pagar la indemnización de lo que nos hicieron los conquistadores a nosotras y nosotros, a quienes hoy nos llamamos latinoamericanos. Nos hicieron, y lo peor de todo: ¡nos siguen haciendo día a día!

 

Sabrán ustedes que toda Latinoamérica, desde México hasta Tierra del Fuego, incluyendo el Mar Caribe, es una de las regiones más ricas en recursos naturales de toda la Tierra. Aquí hay de todo: tierras fértiles, agua dulce en cantidades industriales, petróleo, interminables praderas para criar todo tipo de ganado, todo tipo de minerales, selvas tropicales. Y si eso no alcanza, ahí están los lugares turísticos más hermosos, desde cataratas impresionantes a cordilleras nevadas, desde desiertos sobrecogedores a los lagos más lindos del mundo, playas paradisíacas y parajes increíbles. Hay todos los climas: tropical, templado, frío con un metro de nieve. Todo lo que usted busque. Como dijo alguien por ahí: Latinoamérica, además de tener una gran reserva de recursos naturales, tiene una gran reserva de hijos de puta. ¿Por qué digo esto? Porque junto a esa riqueza inigualable, tenemos también una pobreza inigualable, y eso no es natural. Me parece que para explicar todos nuestros sufrimientos, hay que pensar que en todo esto hay algo de hijos de puta. Hay que ser maloso para venir a masacrarnos hace años atrás, y robarnos, y violarnos, o para seguir masacrándonos hoy de otro modo. Y hoy también nos roban, nos matan, nos violan. Eso no cambia. ¿Por qué sufriríamos tanto si no fuera por la maldad de quienes nos dominan, no importa si son gringos o lo ricachones de aquí, que por supuesto también los hay? No creo que ningún dios, que se supone que es puro amor, quiso que estuviéramos tan mal. Latinoamérica es la zona del mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son más irritantes. Aquí hay lugares en las grandes ciudades con tanto o más lujo despampanante que en los centros imperiales que nos conquistaron y nos siguen dominando. Y junto a eso, se ven los barrios más pobres, más tremendos, donde la gente come de los basureros, los niños de la calle mueren inhalando sus solventes y la violencia callejera es cosa de todos los días, donde te pueden robar, o matar, para quitarte un anillo o un teléfono celular.

 

Yo, como humilde mujer indígena, llegué a una de esas megápolis cuando era una niñita de doce años. Vine medio engañada a trabajar en casa de unos ricachones; me pintaron un paraíso, pero me encontré con que no era así. Doce o catorce horas por día me hacían trabajar. No tenía horario, pues muchas veces me agarraba la madrugada haciendo oficio, planchando, dándole de comer a las mascotas. Que, por cierto, comían más y mejor que yo. Cuando me enteré por allí que las empleadas domésticas podíamos -o debíamos, mejor dicho- exigir todas nuestras prestaciones de ley, vacaciones, seguro de salud, aguinaldo, los patrones se rieron. Me trataron de india comunista, y me echaron.

 

Me costó volver a encontrar trabajo. Mientras lo conseguía, me tocó dormir en la calle varias noches. ¡Qué experiencia horrible! En mi aldea, aunque pasábamos pobreza -muchas veces nos íbamos a dormir con la panza vacía, no teníamos agua potable, lavábamos la ropa en el río y hacíamos popó en una letrina apestosa- antes nunca había sufrido esos atropellos. Quería llorar por todas esas desgracias, por las actuales, quiero decir, por las que empezaba a sufrir en la gran ciudad, pero no me salían las lágrimas. La vida, en corto tiempo, ya me había sacado callo.

 

En la nueva casa -otra casona de ricachones, donde yo era la segunda empleada, y donde había un chofer fijo para la familia- yo ya era señorita. Quiero decir, tenía ya “mis días”, ustedes entienden. O sea: podía salir embarazada. La verdad que eso me empezó a asustar. Miren, con toda sinceridad: no era el chofer, don Pedro, un tipo excelente a quien veía como un padre, sino el patrón -creo que era militar retirado- y su hijo mayor, los que más molestaban. Esos dos eran unas hienas. Nunca faltaba oportunidad para que me tocaran las asentaderas. El señorón una vez me metió a su cuarto y a la fuerza me estaba queriendo desnudar. Digan que justo llegó la esposa, que había salido a hacer compras. Eso me salvó. No me atreví a decir nada por la experiencia anterior. Si una protesta, la echan. Y encima la tratan de lo peor. Varias amigas que fui conociendo, todas empleadas domésticas igual que yo, sufrieron lo mismo: toqueteos, abusos, en algún caso violación. A una buena amiga con la que trabé una genuina amistad le pasó algo horrible: quedó panzona luego que un hombre de la casa donde trabajaba la agarró a la fuerza. Y ¿saben cuál fue la respuesta de la patrona? La echó, porque eso arruinaba el buen nombre de la familia, según le dijo, y la trató de puta, de haber provocado al “pobre” marido, que se vio forzado a tener relaciones carnales por sus insinuaciones.

 

Así como les digo: el mundo para nosotras, mujeres pobres -si somos indígenas: mucho peor- es un calvario. Los días que tenía libre, algún que otro domingo, paseaba un poco por la ciudad, y veía cosas que me hacían vomitar. Miren que yo, de pequeña, me acostumbré a cosas duras. Con diez años trabajaba a la par de mi tata y rajaba leña con total tranquilidad, o faenaba cerdos, le retorcía el cuello a una gallina cuando nos la íbamos a comer, o ayudé en algún parto a mi madre, que era comadrona empírica. Pero las cosas que veía en la ciudad, me daban escalofríos. De verdad, me daban miedo.

 

Por ejemplo, cómo trataban a las empleadas en las casas. O lo que me pasaba cuando entraba en algún restaurante, las pocas veces que entraba. Más bien: no me dejaban entrar, por “india”. La pobreza que veía por ahí me conmovía. Varias veces acompañé a la Dorotea, que se había hecho muy amiga mía, a su casa, en uno de esos lugares que llamaban barrios marginales. ¡Uy, qué terrible! Las cosas que había allí no tenían nombre. Su casa estaba a dos cuadras del basurero municipal, y créanme que me dio asco lo que vi: en la calle vendían comida recuperada de la basura. Había numerosos puestecitos donde ofrecían pizza, la que sobraba en algunas casas y echaban con los desperdicios. Las porciones que estaban buenas, las recogían y las vendían. Y mucha gente las compraba. Mi amiga me quiso ofrecer una, pero no me atreví. Me dio un poco de asco.

 

Como toda joven, tuve mi noviecito. Tuve varios, lo confieso, y a los dieciséis ya empecé a tener relaciones. No me da vergüenza decirlo, porque eso es natural ¿verdad? Lo feo es que muchos muchachos solo se acercan para eso, y después te dejan plantada. Pero yo me conseguí uno que era fabuloso. Fue él quien me hizo entrar en la maquila. Ahí empezó otra vida para mí.

 

El sueldo era mejor que como sirvienta, por supuesto. Pero ¡a qué costo! Los dueños eran unos gringos, unos rubios enormes, de cabello amarillo que parecía pintado, y grandotes, como de dos metros. Yo nunca había visto gente así. Hablaban en inglés. Bueno, eran los verdaderos patrones, que venían muy poco a la fábrica, pero los que nos mandaban a nosotras y nosotros -había hombres y mujeres trabajando- eran unos capataces nacionales. Eran unos tipos igual que nosotras, bajitos y morenitos, de pelo tan negro como el mío, o como el del Tobías, mi novio. Pero se sentían rubios de alma. Nos trataban mal, a los gritos, a veces insultándonos. Nos hacían trabajar a toda velocidad, y si no cumplíamos con la metas que nos imponían, hasta nos descontaban del sueldo.

 

Solo teníamos derecho a ir dos veces por día al baño, aunque una se estuviera haciendo encima. Nos controlaban al milímetro. Yo era muy pilas con la máquina de costurar; creo que era la más productiva de toda la maquila, por eso un capataz, don Alfonso se llamaba, se me paraba al lado y me decía que yo era muy buena, y si quería, me podía conseguir un mejor sueldo, pero le tenía que pagar el “favor”. Por supuesto, lo mandé a la mierda, y le dije al Tobías. Y luego vino la tragedia.

 

Como nos explotaban sin piedad, varios de los y las operarias decidimos formar un sindicato para protestar. Yo no muy sabía lo que era eso, pero gente con más experiencia que yo me lo explicó. Teníamos derecho a ocho horas de trabajo, y si trabajábamos más, debían pagarnos horas extras. Pero eso no pasaba. Incluso varias veces cerraban el portón de entrada con cadenas y candados. Eso nos preocupaba mucho, nos asustaba, porque si había un accidente, un incendio o un terremoto, estábamos encerrados. La cuestión es que eso me indignó, y me empecé a mover con todo el personal para protestar. Conclusión: a mí me echaron, y al Tobías le dieron una paliza que lo llevó al hospital. Además de echarlo, por supuesto. La paliza se la dio un grupo, seguramente contratado por la empresa. El día que le pegaron, a la mañana yo había visto a uno de esos gringos que llegó en su autazo de lujo, siempre con su risita burlona. Seguramente algo habrá tenido que ver. Siempre, en nuestras desgracias, hay algún gringo con risita burlona. O, como dije, algún morenito como nosotras, con alma de gringo, con el amarillo del pelo pintado en su alma. Siempre esa risita burlona, pareciera que mofándose de nuestras desgracias.

 

Bueno, no quiere aburrirles con todo esto. Solo hacerles saber cómo es la vida por aquí. Una mi amiga que viajó al Norte, a los Iunáitid, se comunicó vez pasada y me dijo que allá las cosas son diferentes. Todo está bien organizado, no te roban por la calle ni se ve tanta gente pidiendo limosna. Que la hay, la hay, pero no tanta como aquí. Y los rascacielos son impresionantes, no se ven cables colgando por todas partes como en nuestras ciudades, y las calles están más limpias. Pero ¡cuidado! Tampoco allá es un paraíso: a la gente de Latinoamérica, como nosotras, las discriminan, las persigue todo el tiempo la Migra, las tratan como basura. Como me enseñó mi novio: si aquellos están tan bien es porque nos roban a nosotros aquí.

 

Yo siempre me pregunto: ¿tiene arreglo esto? No creo que sea nuestro destino, que estemos condenadas a sufrir de esta manera. ¿Por qué sería eso así? No sé bien cómo cambiar estas cosas, pero seguro que tiene que haber forma.