lunes, 7 de junio de 2021

ENIGMA RESUELTO

Alrededor de media mañana llegó a la plaza y se sentó en la primera banca que vio desocupada. Ahí permaneció largas horas sin moverse.

 

Cuando el sol fue cambiando de posición, en un momento le bañó el rostro. Eso no le incomodó. Ahí siguió inamovible.

 

Por la tarde, cuando la plaza se llenó de niños con sus madres divirtiéndose en los juegos infantiles, seguía sentado en el mismo sitio. Eso llamó la atención de más de alguna señora. Lo hicieron notar a los cuidadores del lugar, quienes discretamente se le acercaron para ver qué estaba pasando. Su cara impasible, con aspecto casi sepulcral, era una máscara impenetrable.

 

Anocheció. La plaza se fue vaciando; los guardianes se retiraron, pero él seguía ahí. A la mañana siguiente, en la misma banca, casi en la misma posición del día anterior, ahí continuaba sentado. Los cuidadores municipales comenzaron a alarmarse. Eso era demasiado raro. Conjeturaron las más diversas explicaciones, pero ante la duda, optaron por llamar a la policía.

 

Aunque no había motivo alguno para detenerlo, esa prolongada presencia despertaba sospechas. Quizá le pasaba algo, estaba enfermo, necesitaba ayuda. ¿Podría ser un loco escapado del manicomio?

 

Interrogado por la pareja de agentes que se le acercó muy gentilmente, se limitó a decir que estaba viendo si se ganaba el millón de dólares ofrecido por el Instituto Clay de Matemáticas, de Cambridge, Massachusetts. Los dos policías, un hombre y una mujer, no sabían si era una broma o un delirio. Se miraron atónitos, desconcertados. Al insistir en su interrogatorio, tuvieron como toda respuesta un pedido de silencio -expresado con su mano derecha en alto- y la concisa frase de “Ya estoy por resolver la hipótesis de Riemann. Déjenme solo”.

 

Sin saber cómo actuar, los guardianes del orden tuvieron que hacer un esfuerzo para no reír. Dándose indicaciones con señas, la mujer terció nuevamente, preguntando qué era esa “hipótesis”.

 

¿No saben? La conjetura que formuló Riemann en 1859 sobre la distribución de los números primos, de los ceros en la función zeta, más exactamente”.

 

El agente masculino pensó que lo mejor sería pedir refuerzos. Su seña fue clara: el sujeto en cuestión estaba loco.

 

De pronto, el interrogado saltó eufórico de su asiento, profiriendo un grito ensordecedor.

 

¡Eureka! ¡¡Gané el millón!!

 

La pareja de policías, más unos cuantos curiosos que se habían ido acercando, quedaron perplejos.

 

En la estación de policía, el barbado joven, con ojos inyectados sangre y señas evidentes de llevar varios días sin dormir, pidió papel y lápiz. Quería escribir la forma en que había resuelto la conjetura matemática. Nadie lo entendió, y no sabían si era un chiste, un delirio, o una coartada para escapar de algún crimen recién cometido.

 

El psiquiatra forense necesitó una larga entrevista de dos horas para comenzar a entender de qué se trataba. El profesor de Matemáticas consultado por vía telefónica pidió hablar con el sospechoso. Luego de otra larga conversación de casi una hora, dijo que parecía cierto: la conjetura estaba resuelta.

 

Desde el suceso traumático sufrido en su infancia, J. solo se había dedicado a pensar y repensar en silencio. Su formación académica lo había llevado a esas intrincadas elaboraciones numéricas. Así, de ese modo, no recordaba lo sucedido 18 años atrás.

 

18 años, 7 meses, 3 días y dos horas con veintidós minutos, para ser exactos”, expresó con una voz que parecía robótica, sin sentimiento, lejano.

 

Solo ahí, cuando se le preguntó qué había pasado, pareció emocionarse, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

 

Con mi hermanito entramos a robar en casa de un tío. Era una apuesta que habíamos hecho. Queríamos hacerle una broma y llevarnos su reloj de oro, solo eso. Pero la jugada salió mal. Mi tío, veterano de guerra, siempre andaba armado. Sin saber que era su sobrino, lo liquidó de tres balazos. Yo, ni sé cómo, pude escapar. Jamás, jamás, jamás en mi vida quise hablar de eso. Con el millón de dólares pienso comprarle el mejor reloj del mundo a mi tío, que es un viejito, y ahora está en un geriátrico”.




domingo, 6 de junio de 2021

¿POR QUÉ ES TAN DIFÍCIL HACER LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA?

I

 

Hacer una revolución político-social, económica e ideológico-cultural que cambie de raíz una sociedad -para el caso: el capitalismo- no es fácil. En absoluto. Es una tarea titánica, monumental. ¿Por qué? Porque un verdadero cambio en el curso de la historia humana choca contra una fabulosa inercia que se resiste a cambiar. Si hablamos de inercia -concepto que viene de la Física- sabemos que estamos ante una fuerza enorme, una “resistencia” -concepto medular- que oponen los cuerpos al cambio, ya sea en su estado de reposo o de movimiento.

 

Eso es un principio general que aplica para todo el universo. En lo social, en lo humano, no puede ser distinto: un estado dado se resiste ferozmente a cambiar. Cualquier cambio cuesta. Cambiar el curso de la historia, cambiar las relaciones de poder en lo humano, cuesta infinita, colosal, gigantescamente.

 

Al hablar de estos “cambios” nos referimos a una transformación radical, básica, una modificación medular. Cambios cosméticos hay muchos, siempre. De hecho, las situaciones dadas, lo que se llama el statu quo (el orden imperante, lo considerado normal) sabe reconfigurarse y cambiar algo superficial para que no cambie nada en lo estructural. Gatopardismo: socialdemocracia, capitalismo con rostro humano, por ejemplo. En definitiva: pequeñas válvulas de escape que descompriman un poco la tensión. Un cambio revolucionario, una transformación de base es otra cosa. Eso sí se resiste. Se resiste de un modo gigantesco. ¿Por qué? Porque quien detenta una cuota de poder, con todos los beneficios que ello trae aparejado, no está dispuesto en lo más mínimo a renunciar a sus prebendas.

 

En términos histórico-sociales, las cosas, para cambiar, necesitan un empujoncito. Solas no cambian. Ese “empujoncito” está dado por la necesaria combinación de grandes movilizaciones humanas, de explosiones populares masivas más ideas transformadoras que vertebren la acción transformadora. Un cambio genuino no lo puede hacer una persona en solitario. “Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, decía Ernesto Guevara. Si se esperan cambios de mesías, no pasamos del más rancio culto a la personalidad. Por otro lado, las masas solas, en su explosión espontánea, no consiguen doblar el curso de la historia (es lo que vemos con los movimientos de protesta del 2019, los que ahora reaparecen en Colombia y Chile, las reacciones antirracistas de Estados Unidos, los chalecos amarillos en Francia). Sin dudas hoy, en un mundo de pesimismo donde el discurso de derecha dominante parece haber ido borrando toda posibilidad de cambio, donde hablar de socialismo parece un acto sacrílego de adoración de extintos dinosaurios, esas movilizaciones son una bocanada de aire fresco. Marcan un camino. Pero eso solo no alcanza.

 

Llegar a una revolución socialista implica un complejo escenario. En la historia del siglo XX solo en muy pocos lugares tuvo lugar, escenarios donde se conjugaron distintos elementos que posibilitaron el proceso. Luego de interminables luchas populares -que, sin dudas, fueron abriendo camino: abolición de la esclavitud, las ocho horas de trabajo, conquistas sindicales, voto femenino, autonomía universitaria, etc.- solo tuvieron éxito unas pocas revoluciones: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Corea, Nicaragua. Otras muchas, o procesos que parecían desembocar en proyectos socialistas: Alemania, España, México, Chile, Grenada, Venezuela, Afganistán, socialismos árabes, socialismos africanos post liberación nacional, fueron derrotadas antes que se consolidaran, trastocadas en su ideario, debilitadas/aguadadas.

 

La pregunta es entonces: ¿por qué cuesta tanto llegar a una revolución socialista triunfante y hacer que luego se mantenga? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja, y este breve escrito solo presenta una introducción a la discusión, invitando a su profundización. Pero no se puede menos de indicar dos causas: 1) la respuesta conservadora del statu quo ante cualquier intento de cambio, y 2) las dificultades intrínsecas de la izquierda.

 

De la primera causa, no hay mucho en particular que agregar. Se decía más arriba: los verdaderos cambios profundos en la historia social de los pueblos son complicadísimos, porque lo viejo se resiste a cambiar. Y se resiste a muerte. Solo a través de una poderosa fuerza que, literalmente, destruye lo establecido, se puede establecer lo nuevo. La actual sociedad capitalista, la sociedad burguesa, gestada económicamente desde el Renacimiento, pero instalada políticamente en Europa tomando su mayoría de edad recién en el siglo XVIII -luego esparcida por todo el orbe- accedió al poder con un acto violento, sangriento, no dejando ningún lugar a dudas que ahora mandaba sobre la aristocracia medieval. Necesitó cortarle la cabeza a la nobleza francesa para constituirse en dominadora. Luego, esa nueva clase se hizo conservadora.

 

El poder es siempre, forzosamente, conservador. Se resiste mortalmente a cambiar. El poder no se comparte: se ejerce brutal, despiadadamente. (Eso abre un interrogante sobre la construcción de nuevas formas de poder popular, democrático, horizontal -¿dictadura del proletariado?-, temática que excede los límites de este pobre articulito de difusión). El poder, en cualquiera de sus formas (el económico, el patriarcado, el racismo, el adultocentrismo) no se cede gentilmente. Para que se dé un cambio en las correlaciones de fuerza, hay que arrebatarlo. Las clases dominantes (la burguesía dueña de los medios de producción: industriales, terratenientes, banqueros), tanto a nivel nacional como en términos de oligarquía global, cierra filas ante el “peligro comunista” y responde monolíticamente. Por tanto, el poder no se cede; se arrebata. Eso es la revolución.

 

II

 

Se dice que la izquierda está siempre dividida. Es cierto. Sucede lo mismo que pasa en ese campo amplio de lo que podría llamarse la derecha. Ahí también hay diferencias, fragmentaciones, luchas. Tan así, que se llega a guerras mundiales devastadoras: ¿qué son las guerras entre Estados sino luchas en torno al poder?, luchas inter-capitalistas, con el agregado que es el pobrerío quien pone el cuerpo, mientras las clases dominantes se disputan el botín. Y el amo ganador usufructúa esa posición. ¿Por qué, entonces, habría de cederla amablemente? En esa lógica, ¿por qué un macho dominante se equipararía con una mujer a la que considera “inferior”? O ¿por qué un blanco supremacista cedería sus beneficios ante un negro a quien esclaviza y desprecia?

 

Los dominadores están dispuestos a todo para no perder sus privilegios: matar, torturar, desaparecer, mentir, tergiversar. La historia la escriben los ganadores, por lo que la verdadera historia nunca es la oficial. Se cuenta lo que el relato de la clase dominante, el amo ganador, quiere/permite contar; esa es la narrativa ingenua para los actos escolares, para los discursos oficiales, para los medios de comunicación del sistema. No se dice nada de las montañas de cadáveres y ríos de sangre con que la clase dominante impide el cambio y se mantiene gozando las mieles de su poderío.

 

De esa forma puede concluirse que cuesta tanto, pero tanto, increíblemente tanto llegar a una revolución triunfante porque las fuerzas conservadoras (la derecha) intentan impedirlo por todos los medios. Solo, por evolución espontánea, el sistema capitalista no puede extinguirse. El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, dijo certeramente el conductor de la Revolución Rusa, Vladimir Lenin. Reafirmando eso, Ernesto Guevara años después agregó: “La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”. Insistamos con la idea: se deben combinar masas envalentonadas que anhelan el cambio y están dispuestas a todo, y una fuerza política en condiciones de dirigir esa energía (llamémosle “izquierda”). Si no se da eso, no puede haber cambio genuino. Ya vemos donde anida la dificultad: cárceles clandestinas, cámaras de tortura, infiltración en los movimientos sociales, cooptación de los sindicatos, desarticulación de toda protesta social, lucha ideológico-cultural por todos los medios, destrucción y ataque sistemático a cualquier intento alternativo, hiper controles con las nuevas tecnologías cibernéticas, armas de destrucción masiva si es necesario. El camino de la transformación es sumamente complejo.

 

Pero hay un segundo motivo. Asumiendo que la movilización de las masas necesita siempre una conducción, ese grupo que dirige (lo que llamamos “izquierda”, en su más amplio espectro) está constituido por seres humanos que no nacieron con una carga genética izquierdosa. Nadie nace “revolucionario”. La actitud crítica se adquiere (se adquiere a veces: todo está preparado para que no sea lo más común, para que se continúe acríticamente con lo ya establecido). Ahí, en esa forma de ser constitutiva, radica el segundo gran problema: la gente de izquierda es, ante todo, gente. Y por tanto sus “vicios” son los mismos de cualquiera. Es decir: un militante que adscribe a posiciones revolucionarias (lo cual hará recién en la adolescencia, no antes) tiene tras de sí una historia que lo hace ser un sujeto similar a sus congéneres, por tanto: racista, individualista, machista, adultocéntrico. Todos esos “vicios” (¿habrá que seguir usando esa infame terminología?, realmente ¿son vicios?) no desaparecen por un simple acto voluntario, por un decreto. Es más: no desaparecen ni pueden desaparecer. De ahí que se precisa siempre una actitud autocrítica para “mantenerlos a raya”. Tengámoslo claro: “mantenerlos a raya”, pero no desaparecerlos.

 

Ahí estriba el límite: es sumamente difícil -o imposible- despojarse de lo que se es. La sustancia de la que estamos hechos los seres actuales no puede ser de otro modo, porque no hay ninguna voluntad posible que nos despoje de nuestra historia. Nuestra matriz constitutiva es la misma para todo el mundo: izquierda y derecha. Posteriormente existe la posibilidad de desarrollar una actitud crítica. Pero no se puede obviar que, para hacer la revolución, se cuenta con ese material: con revolucionarios que llevan en su ADN social todo eso que se intenta cuestionar. Las masas que se movilizan y buscan superar el actual e injusto estado de cosas, también son partícipes de esa misma sustancia. La noción de propiedad privada, de sujeto individual dueño de su historia, de completud gozosa que transmite la sensación de poder (de cualquier poder: el varón sobre la mujer, el viejo sabelotodo sobre el joven inexperto, el citadino sobre el campesino, el blanco sobre el negro, etc.), todo eso ahí está, en nuestra humana construcción. Si podremos construir otro sujeto distinto alguna vez, está por verse. Es el desafío del socialismo.

 

III

 

Pero esto no implica que todo esos mal llamados “vicios” no se puedan cuestionar. En la izquierda, con una terminología que habría que revisar, se habla de “desviaciones”. Ello presupondría una “camino recto” (¿ortodoxo?) y eventuales “descarríos” que deberían corregirse. El examen autocrítico sería la clave, pero no debe dejarse de considerar que una dificultad agregada al conservadurismo de la derecha, de lo que se resiste a cambiar, es también esta carga “conservadora” que nos constituye a todas y todos por igual. Los discursos moralizantes -¡lo que se debe ser!- no funcionan. Eso es religión, el sermón de la iglesia.

 

Se dice, a veces con malicia pero sin con ello faltar a la verdad, que en el difuso y complejo campo de las izquierdas, la gente se la pasa discutiendo banalidades bizantinas, que muchas veces esas discusiones alejan la posibilidad real de un proceso revolucionario, o incluso lo traban, o lo impiden (existen numerosos ejemplos al respecto). “La izquierda vive desuniéndose y fragmentándose”, se repite. No más que la derecha (sus peleas y fragmentaciones, por ejemplo, terminaron en la Segunda Guerra Mundial, con 60 millones de muertos). Aunque para seres nacidos y criados en esta subjetividad actual, hoy día absolutamente globalizada (salvo unos pocos grupos humanos pre-agrarios que sobreviven en la profundidad de algunas selvas tropicales), la idea de propiedad privada, autoridad vertical y ejercicio del poder -más todo lo que se deriva de ello: los mal llamados “vicios”- marca a fuego las vidas de la población planetaria. Esos contenidos no son, como algunas veces se dice en el campo de las izquierdas, “formas de pensar del enemigo de clase”; son, por el contrario, las formas en que todo el mundo se ha criado. La cuestión -enorme problema sin dudas- es cómo desembarazarse de esa carga.

 

Las relaciones entre los seres humanos no siempre son precisamente armónicas; la concordia y la solidaridad son una posibilidad, tanto como la lucha, el conflicto, la competencia. La dieciochesca pretensión iluminista de igualdad y fraternidad no es sino eso: aspiración. La realidad humana está marcada, ante todo, por el conflicto. Nos amamos y somos solidarios… a veces; pero también nos odiamos y chocamos. ¿Por qué la guerra, si no fuera así? ¿Por qué cuando hubo excedente social, diez mil años atrás con la aparición de la agricultura, las sociedades tomaron el rumbo que tomaron? ¿Por qué cada dos minutos muere en el mundo una persona por un disparo de arma de fuego? Por supuesto hoy, con el ideario comunista, existe la esperanza de construir una nueva matriz social que dé como resultado un nuevo sujeto, quizá no tan lleno de “vicios”.

 

Poner el amor como insignia máxima de las relaciones humanas no deja de tener algo de quimérico (¿inocente quizá?): ¿acaso estamos obligados, o más aún, acaso es posible amarnos todos por igual, poner la otra mejilla luego de abofeteada la primera? Nadie está “obligado” a amar al prójimo; pero sí, en todo caso -eso es la obra civilizatoria- a respetarlo. Se ve entonces que la idea de “mejorar” moralmente cuesta mucho. ¡Cuesta horrores! Pero sí se puede construir una sociedad nueva. El tiempo dirá si eso nos libera de las ataduras actuales.

 

Con esa sustancia humana, con eso que somos en cada caso concreto (Lenin, Guevara, la persona que lee esto ahora, mi vecino, etc., todo el mundo), con ese espécimen -sin dudas también con contenidos machistas, racistas, llenos de mentiras, conservador en su fuero íntimo- fue posible llegar a cambios en la historia. ¡Fue posible!, no olvidarlo. Pese a todas esas cargas, a esos impresentables “vicios”, se pudo empezar a construir una sociedad nueva. Acaso las izquierdas, en alguno de los lugares donde condujo esas transformaciones, la gente que con ideas de izquierda pudo viabilizar esos cambios, ¿no era también machista, racista, autoritaria, vertical, homofóbica a veces, etc., etc.? La esperanza es que en esa sociedad nueva que se empieza a construir, esas “desviaciones” (¿o formas de ser, mejor llamadas?) se comenzarán a deconstruir. Ahí está el desafío: una “sociedad de productores libres asociados”, como dijera Marx, donde “De cada quien según sus capacidades, y a cada quien según sus necesidades”.

 

Se dice también a veces, desde el mismo campo de la izquierda, o a partir de militantes de izquierda decepcionados de los manejos políticos conducentes (¡o inconducentes!) hacia revoluciones, que “la izquierda está perdida”, “no tiene proyecto”, “no sabe qué hacer”. Anida allí, igualmente, uno de esos “vicios” que deben ser puestos en cuestión: un velado ejercicio de poder, de autoritarismo. Quien lo dice, no sin falto de una dosis e soberbia y altanería, ¿sabrá entonces cuáles son los caminos? Si los sabe, ¿por qué no los revela? Como se ve, esta matriz constitutiva, este ADN social -como se dijo más arriba- no deja de estar presente en cada militante de la izquierda. Con esa “viciosa” y “desviada” carga que nos hace ser lo que somos, es que hay que acometer esa monumental obra de hacer parir una nueva sociedad. ¡Tarea dificilísima!

 

Pero… ¡buena noticia!: no es imposible llegar a la revolución socialista (ya existen varios ejemplos a lo largo del planeta, con evidentes resultados positivos). Si vemos que cuesta horrores, es porque 1) básicamente la derecha no lo permite haciendo lo imposible por evitarlo, y además, porque 2) en la izquierda es más fácil terminar discutiendo “quién es más revolucionario” que dedicarse a actuar revolucionariamente. Pero la historia nos sigue enseñando que, pese a esas dificultades, el socialismo es necesario. Si no, como dijera Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.



sábado, 5 de junio de 2021

¿VUELVE LA CICIG A GUATEMALA?

DIÁLOGO DE DOS ENCUMBRADOS EMPRESARIOS EN REUNIÓN PRIVADA (NO ES POSIBLE REVELAR LA FUENTE POR RAZONES DE SEGURIDAD):

 

Empresario 1: Vos, parece que de nuevo los gringos quieren empezar a chingar con lo de la corrupción.

 

Empresario 2: ¡¿Otra CICIG?!

 

Empresario 1: No exactamente así, pero algo parecido.

 

Empresario 2: ¿Será para eso que esta negra comunista viene a hablar en estos días?

 

Empresario 1: Cabal. Van a empezar de nuevo a contarnos las costillas.

 

Empresario 2: ¡Puta vos! ¿Y qué pisados vamos a hacer?

 

Empresario 1: No hay que quedarse de brazos cruzados, por supuesto. Ya le dijimos a nuestra gente en el Congreso que se mueva.

 

Empresario 2: Ya vi que están actuando contra la FECI, que la quieren sacar de en medio. ¿Será posible, vos?

 

Empresario 1: Mirá: si pudimos cerrarle el paso a la CICIG, ¿cómo no vamos a poder parar a estos comunistoides ahora?

 

Empresario 2: Dios te oiga, amigo…. ¡Dios te oiga!




 

 

viernes, 4 de junio de 2021

¿POR QUÉ LA USAC FUE TRANSFORMADA, EN MUY BUENA MEDIDA, EN UNA CLOACA PESTILENTE?

¿Para beneficiar a las universidades privadas? No puedo creerlo… No creo que haya mentes tan perversas como para pergeñar una cosa así. En todo caso, debe ser porque Satán no descansa en su obra maléfica y se mete en el cuerpo de algunas personas, obligándolas a actuar mal…





jueves, 3 de junio de 2021

CHAFA Y CURA: COMIDA SEGURA

¿Por qué te metiste de soldado?, pregunta un investigador social a un soldado, muchacho pobre, maya-quiché, procedente de una aldea de Uspantán.

 

Porque aquí hay comida, ¡y dan las botas!

 

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Dato interesante: en la policía, antes que se fundara la Policía Nacional Civil -PNC- se exigía que los candidatos que llegaran a la Academia fueran alfabetizados ¡y vinieran calzados!

 

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¿Por qué te metiste a monja?, pregunta una investigadora social a una novicia, aspirante a monja, muchacha pobre, maya-queqchí, procedente de una aldea de Alta Verapaz.

 

Porque aquí hay comida y voy a terminar de aprender bien la castilla.

 

Pero, sos jovencita, vas a tener que hacer voto de castidad. ¿No te interesa el sexo?

 

Eso no es problema. Con los padrecitos, a escondidas, siempre algo se hace.

 






miércoles, 2 de junio de 2021

COVID-19: ¿POR QUÉ NO HAY VACUNAS PARA TODOS?

Hay muchas paradojas en esta pandemia, la mayoría sobre cómo los más ricos y poderosos se benefician del desastre y lo empeoran. El mecanismo COVAX es una de ellas. Se presenta como forma de acceso más equitativo a las vacunas para Covid-19, pero en realidad es una forma de facilitar los negocios de las grandes farmacéuticas y proteger sus patentes, lo cual impide que los países del Sur global puedan disponer de suficientes vacunas. (…) Que se produzcan y distribuyan equitativamente vacunas seguras en una pandemia global, es un rol de la Organización Mundial de la Salud de Naciones Unidas (OMS), no de una institución privada como COVAX. Ésta se ha apropiado de tal función para prevenir que se tomen medidas imprescindibles y necesarias, como la cancelación de patentes y el apoyo internacional al fortalecimiento de capacidades nacionales para prevenir próximas pandemias. Como asociación público-privada, COVAX es una institución de “partes interesadas” (stakeholders), sin transparencia ni rendición de cuentas, donde los grandes actores privados como la gran farmacéutica, que actúa por interés de lucro, deciden tanto o más que gobiernos e instancias públicas de la comunidad internacional. Fue fundada por la Alianza Mundial para las Vacunas e Inmunización y la Coalición para las Innovaciones en la Preparación para Epidemias (GAVI y CEPI por sus siglas en inglés), esta última fundada en el Foro Económico Mundial de Davos. Y, ambas, diseñadas y financiadas por la Fundación Bill y Melinda Gates.”

Silvia Ribeiro




martes, 1 de junio de 2021

TERRORISMO DE ESTADO

¿Qué es eso? Es la utilización del Estado -que se supone es un mecanismo que protege por igual a TODOS sus ciudadanos- a favor de ciertos grupos de poder. Eso pasó en numerosos países de Latinoamérica en estas últimas décadas, como parte del combate despiadado al comunismo. En otros términos: con los impuestos que paga toda la población -en forma directa: el IVA, o indirecta- fuerzas del Estado (ejército, policía, escuadrones de la muerte) actuaron clandestinamente con métodos ilegales para lograr detener avances populares e imponer obediencia ciudadana, no dudando en matar, desaparecer personas, torturar, cometer violaciones sexuales, robar niños. En definitiva, creando terror para favorecer los intereses de determinados sectores poderosos que, por supuesto, no sufrieron nada de lo anterior.