miércoles, 22 de marzo de 2023

LIBRO SOBRE COVID

Acaba de aparecer el libro “El Antropoceno en Crisis y otras tantas Pandemias y Misceláneas”, dedicado al estudio del Covid-19. Participan allí numerosos autores de varios países: Atilio Borón, Irma Alicia Velásquez, Alicia Castellanos, Baljit Banga, Isabel Hernández, Sabatino Palma, etc.

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COMO MUESTRA, PRESENTAMOS UNO DE SUS CAPÍTULOS, DE MARCELO COLUSSI:

 

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lunes, 6 de marzo de 2023

LUZ, CÁMARA… ¡ACCIÓN!

Edson era un acaudalado empresario de San Pablo. Muy católico –de día– también se permitía sus “escapaditas” –en la oscuridad de la noche–. Su esposa lo tenía por un santo, y Edson no hacía nada que diera lugar a pensar lo contrario. Todos los domingos, puntualmente, asistían a misa. Solían tener bastantes reuniones sociales, y con mucha frecuencia recibían invitados en su casona de tres niveles, piscina y cancha de tenis en las afueras de la ciudad. La vida de ambos, al menos en apariencia, era envidiable.

 

Luego del nacimiento de Thiago, el único hijo que tenían –ahora de veintitrés años– la madre presentó complicaciones que le obligaron a una histerectomía. No pudiendo tener más descendencia, ambos padres pusieron todo el empeño de sus vidas en la crianza del único vástago.

 

Pero Edson, además de la adoración que sentía por Thiago, tenía otra cosa que lo movía, tan importante como su hijo, o quizá más. Años atrás –tendencia que con el paso del tiempo había decrecido un poco, pero sin desaparecer del todo– sus salidas “en las sombras” lo habían llevado a concebir otro ser. Una hija para el caso: Isabelinha. Ambos hermanastros tenían casi la misma edad; apenas un mes de diferencia. Con sus amantes, que se contaban por decenas, siempre fue muy precavido, no trayendo más hijos extramatrimoniales.

 

Para Edson lo de su hija “pecaminosa” constituía el secreto mejor guardado. Salvo la propia muchacha y su madre, nadie más sabía de su paternidad oculta. Eso funcionaba para él como una bomba de tiempo, algo que le quitaba el sueño cada día. En el transcurso de los años había considerado varias veces decirlo, fundamentalmente a su esposa y a su hijo. Pero un remordimiento hondo se lo impedía. Un buen católico no podía mostrar eso.

 

La madre de Isabelinha, una hermosa mujer mulata de extracción muy humilde, admiraba tanto como temía al empresario. El paso de los años no borraba su belleza, y aún mantenía un complicado, y al mismo tiempo fogoso amorío con Edson. Durante años, costumbre que había ido mermando con el tiempo, pero no desaparecido, una vez por semana o por quincena tenían un encuentro erótico, siempre en hoteles distintos. La obsesión del furtivo amante era no ser descubierto por nada del mundo. Cuidaba cada detalle a fin de no dejar ninguna pista, evitar toda posible sospecha.

 

A lo largo del tiempo había tenido innumerables encuentros clandestinos con numerosas mujeres; pero con ninguna se había establecido un vínculo tan fuerte como con la madre de Isabelinha. Ello debido, muy probablemente, a la existencia de un ser de por medio que les unía. Con las otras no pasaba de alguna temporada, que jamás iba más allá de unos meses. Luego se aburría y venía la siguiente.

 

Abrumado como se sentía por la carga de una hija extramatrimonial, buena parte de la energía de su vida, de cada día, de sus proyectos a futuro, tenía que ver con cómo guardar ese secreto. Isabelinha tenía que ser ocultada.

 

Desde el nacimiento de la niña había pensado distintas opciones para ocultarla: darle una buena cantidad de efectivo a la madre y hacer que ambas, progenitora y bebé, salieran de Brasil con el compromiso de no volver. Portugal en Europa, o Guinea-Bissau en África, ambos países de lengua portuguesa, fueron los propuestos. Pero la idea no prosperó.

 

Propuso entonces que, siempre dentro de Brasil, marcharan lejos de San Pablo; Manaos fue el destino pensado por Edson, en el corazón del Amazonas. Igualmente, la propuesta fue desechada. En su desesperación, el empresario pensó algo terrible, monstruoso: eliminar físicamente a madre e hija. Contratar un asesino a sueldo resultaba muy fácil; con sus conexiones, ni siquiera él en persona tendría que encargarse del “trabajo sucio” de buscarlo y hacerle el encargo. Pero eso podría dejar rastros, pensó, y un matón no se le antojaba una persona confiable. Por tanto, esa posibilidad también fue excluida. Optó por algo más sencillo: Isabelinha sería una muerta en vida. En otras palabras: debería llevar una existencia opaca, silenciosa, y por nada del mundo, nunca jamás, debería saber nada, y mucho menos, hablar de su padre.

 

Así fue en los primeros años. Luego, el mismo Edson se arrepintió y quiso tener contacto con su hija. De ese modo, a partir de los 7 años de la niña, el padre hizo entrada en su vida.

 

Sin embargo, resultó una entrada con características muy especiales. Desde el día del nacimiento de Isabelinha, su progenitor se hizo cargo de todos los gastos de madre e hija. Al aparecer personalmente, las atenciones y regalos se multiplicaron, pero con una condición: la niña no debía saber que “ese señor que la visitaba periódicamente” era su padre. La madre debió presentarlo como un amigo “que te ama mucho”.

 

De eso modo fueron pasando los años. Isabelinha llegó a tener mucha confianza con ese “señor” que con frecuencia visitaba a su madre. Las insistentes preguntas de la niña a su madre respecto a la presencia del padre fueron transmitidas a Edson; después de interminables cabildeos consigo mismo, de atreverse a consultarlo con su cura confesor y de largas horas de angustia vividas en soledad, Edson decidió presentarse ante su hija como lo que en realidad era.

 

La sorpresa de Isabelinha fue mayúscula, con una confusa mezcla de alegría y desconcierto. ¿Por qué recién a sus diez años de edad iba a conocer a su padre? ¿Por qué era tan distinta en eso a sus amiguitas? No faltó tampoco una dosis de tristeza en la niña, incluso la sensación de sentirse engañada: si todas las compañeras de juego, en la escuela, en el barrio hablaban siempre de papá y mamá, interactuaban con ellos, los hacían públicos, ¿por qué a ella no le sucedía eso?

 

Ahora la condición impuesta por el empresario trocó a algo aún mucho más perverso: la niña, pese a conocer sobre su historia familiar, a partir de ese momento no podría –no debería, ¡jamás de los jamases!– decir quién era su progenitor. La madre vio eso como descabellado, pero ante la posibilidad de perder todo el apoyo económico, apretando los dientes aceptó la propuesta. Isabelinha no terminaba de entender, pero un viaje a Disneylandia ayudó a “convencerla”.

 

Para la niña todo esto resultó un cataclismo de emociones: en un mismo acto conocer a su padre, y sin terminar de entender el porqué de esa súbita aparición, no poder tratarlo como tal. ¡Era demasiado! Entre las condiciones impuestas figuraba que nunca le podría decir, ni en público ni en privado: “papá”. El trato, como siempre, debería seguir siendo muy cordial, pero solo mencionando el nombre “Edson”. Como las atenciones materiales se redoblaron, la sensación de desconsuelo fue extinguiéndose con el tiempo. Entrada la adolescencia, la costumbre se había incorporado de tal modo que Isabelinha prefería ni pensar en eso. Muy en secreto, a veces, bastante raramente, reflexionaba sobre esa “cosa incomprensible”. Al no encontrarle ninguna explicación lógica, abandonaba la congoja con celeridad. El amor de la madre le resultaba suficiente.

 

Con sus quince años comenzaron a llegar otros amores. La belleza heredada de su progenitora atraía largas filas de pretendientes. Si le preguntaban por su padre, tenía bien estudiada la respuesta: “nos abandonó cuando yo era una bebé”.

 

Para Edson todo esto tenía un valor confuso: adoraba a sus dos hijos, el legal y la clandestina. Pero con esta última había siempre un temor latente. Debía mantener como secreto total esa paternidad. Thiago, por su parte, con la misma edad de su desconocida hermanastra, fue creciendo con todas las atenciones de hijo de millonario, más de las que recibía Isabelinha. La diferencia básica estribaba en el lugar en el mundo que ambos ocupaban: saberse hijo de tal padre, aprovechar ese nombre para el caso, ese apellido abría puertas–, tener el respaldo oficial de una encumbrada familia con vínculos políticos, daba una sensación de comodidad que la joven no podía tener.

 

El muchacho no sabía nada de la joven, mientras que ella sí sabía de la existencia de Thiago. Aunque nunca lo vio –el padre se cuidaba muchísimo de enseñarle alguna foto, así fuera por distracción– el secreto se mantenía con el mayor hermetismo. Isabelinha solo sabía que había un joven de su misma edad, “muy guapo”, según manifestaba su padre (que, para ella, era solo “Edson”), excelente alumno –igual que ella– y que llegado el momento de escoger carrera universitaria había optado por la cinematografía, mientras ella prefirió el Derecho.

 

Ya peinando canas, el empresario paulista decidió mantener económicamente a su hija secreta hasta que ella se graduara como abogada. Luego debería buscar por sí misma su vida; ya era “más que suficiente” el apoyo brindado, consideraba. Por el contrario, para con su hijo tenía otra perspectiva: él sería el encargado de mantener el apellido familiar y, muy probablemente, podría continuar sus negocios, aunque el hecho de optar por dedicarse al cine en modo profesional lo alejaba del ámbito inmobiliario y financiero en que Edson se movía. “Pero por último”, razonaba, “si deseaba utilizar la fortuna para invertirla en la producción de películas, ¡adelante!” Sin decirlo nunca en voz alta ante la muchacha ni ante su madre, Thiago era su “verdadero descendiente”. Isabelinha, claramente, no.

 

La estudiante de Derecho se había convertido en una bellísima mujer con largas filas de interesados que se babeaban al verla. Igual que su madre, su porte era provocador: alta, de largos cabellos negros y exuberante cuerpo muy bien formado, con unos enormes y cautivantes ojazos verdes, resultaba la sensación de la universidad. Tanto le insistían para que participara, que finalmente aceptó: fue reina de belleza de su Facultad, lo cual tomaba con displicencia, sonriendo. No avanzaba mucho en los estudios, pero sí en su vida amorosa: no tenía un novio formal, fijo, pero sí interminables amoríos, lo que le valió una fama especialísima en la carrera de Derecho. Según el mito que se fue construyendo, Isabelinha podía tener sexo con distintas personas hasta tres veces al día. En su larga lista de encuentros había de todo un poco, desde profesores hasta jovencitos ingresantes, no faltando también alguna muchacha.

 

Cuando ambos, Isabelinha y Thiago, tenían doce años, fue la única ocasión en que se vieron. Un encuentro muy rápido, con Edson presentándolos –obviamente no como familiares– dejó un recuerdo vago del otro en cada uno de los hermanastros. Pasando los años, ahora con veintitrés, con los cambios que naturalmente se habían dado, era imposible reconocerse. La joven sabía algo sobre su medio hermano, fundamentalmente por las historias que le relataba su madre; a veces su padre, en alguna ocasional visita, le había hablado de Thiago, pero sin dar mayores detalles, sin siquiera mencionar su nombre. Por el contrario, el muchacho prefería no saber que había una hija extra matrimonial. Tan distante de eso estaba que ni sabía el nombre. Su padre alguna vez, entre líneas, le había hablado de su existencia, pero sin poner mayores detalles. Ese comentario ocasional, sin ningún peso, había desaparecido ya por completo de la memoria del muchacho.

 

Thiago comenzaba su carrera como cineasta. Como travesura, pero también como una posible fuente de ingresos, empezó a considerar el cine porno como una opción. Asesorado debidamente, se lanzó a producir un primer video. El éxito obtenido no fue poco. Escenas muy “picantes”, con mucha originalidad, dejaron ver que el joven tenía madera para el oficio de la video-realización. “El cine porno tiene que ser artístico y no una grosería machista”, expresaba con aire doctoral. Efectivamente, su objetivo era crear una visión novedosa del tema, “creativa e ingeniosa” decía. “¿Por qué no mostrar artísticamente, con calidad, algo que es tan bello como el sexo y que la pornografía barata convirtió en algo vulgar?”

 

Edson conoció esta producción de su hijo. Moralista como era –al menos en su discurso oficial, en lo que debía presentarse en público como correcto– no estaba muy de acuerdo con ese tipo de películas. Sin embargo, dado que todo lo que hacía Thiago lo veía como “fuera de serie”, aplaudió el primer video que produjo el muchacho. El joven, envalentonado por sus primeros pasos bastante exitosos, decidió largarse a hacer una gran producción. Quería emplear como actores a gente de la calle, no profesionales.

 

Eso llegó a oídos de Isabelinha quien, después de pensarlo un poco, decidió presentarse al llamado. Se pautó una entrevista para conocerse, así como se hacía con todos los candidatos, hombres y mujeres. En el encuentro entre director y posible actriz ambos quedaron fascinados con el otro. Thiago sintió estar eligiendo a la actriz principal; la muchacha, por su parte, quedó encantada con la posible nueva profesión que se le abría. El Derecho podía esperar un poco más; el hechizo de las luminarias y el ambiente cinematográfico la cautivó, así como también el realizador audiovisual que la entrevistó. Sin reconocerse como hermanastros –¿por qué habrían de hacerlo?, si no se conocían– el encanto fue mutuo. La joven tenía un algo que capturaba; incluso muchas mujeres heterosexuales quedaban sorprendidas con su belleza, admirándola, pero más aún, con su desenvoltura, con su femineidad tan avasalladora, tan segura de sí. Concitaba admiración. Eso fue lo que movió a Thiago. Tanto y a tal punto, que modificó el guion original. Él mismo participaría ahora como actor para tener contacto con la joven. Isabelinha se entusiasmó mucho con esta nueva perspectiva que se le ofrecía.

 

Su madre, siempre interesada en lo material, no vio con malos ojos esta nueva actividad. “Si te gusta y eso te satisface, ¡adelante! Además, supongo que eso se paga bien, ¿verdad?”, fueron sus palabras. Con esa venia otorgada, Isabelinha se sintió totalmente lista para acometer el nuevo trabajo.

 

Thiago funcionó bien como director y también como actor. La escena filmada con su hermanastra fue la más atrevida de toda la producción. Algo los unía con fuerza volcánica, los atrapaba. Lo que hicieron ante las cámaras ya no era mera actuación: era verdadera pasión. Se atrajeron profundamente. El joven, más allá de la filmación, buscó estrechar el contacto. La muchacha lo aceptó, y así comenzó un romance que, con total sentido, podría decirse “de película”.

 

La película –“La pecadora” llevaría por título– estuvo terminada en dos meses. Entró a los circuitos comerciales obteniendo un éxito rotundo, más de lo esperado por quienes la produjeron. Thiago no lo podía creer. Edson tampoco. Cuando la vio, casi cae de espaldas. No solo porque allí actuara su hija, sino porque se la veía en atrevidas escenas sexuales ¡con su hermano!

 

Pensó que era hora de decirle a su hijo lo de su media hermana, contarle claramente cómo era esa historia. Aunque, luego de un primer momento de arrebato, pensándolo bien se dijo que mejor no. Si habían pasado ya más de veinte años sin saber nada de ella, ¿qué le podría reportar saberlo ahora?, pensaba el atribulado padre. De todos modos, apelando a lo que le quedaba de moral, estimaba que era tremendo que dos hermanos, o hermanastros para el caso, cometieran tamaña aberración como un incesto. Y peor aún: haciéndolo público a través de una película.

 

No le preocupaba que su hijo fuera el director de un audiovisual machista, tal como éste lo era en grado sumo, poniendo a las mujeres en un descalificador lugar de meros objetos sexuales pasivos. La intención del joven director de hacer algo alternativo no prosperó mucho; quienes pagaban la producción exigieron más de lo mismo. Tampoco le preocupaba que Thiago apareciera desnudo haciendo de sultán con un harem de ocho mujeres a su cargo –así era el bastante disparatado argumento de la película–. Sabía que el cine porno estaba en auge creciente y daba mucho dinero. “Negocios son negocios”, se justificaba. Pero sí lo consternaba la relación incestuosa. “¿Y si trascendía que ambos actores eran hijos suyos, una de ellas ilegítima?” Su tormento fue en aumento.

 

Ganado por la angustia que no lo dejaba vivir, consultó a un sacerdote de su confianza. Por supuesto, a este pastor de almas jamás le había contado –ni lo haría– de sus correrías amorosas, de una hija extramatrimonial, ni que había mandado a matar a dos sindicalistas que lo denunciaban por sus manejos financieros nada transparentes con los que había defraudado a más de cien inversionistas. El sacerdote le recomendó no decir nada a Thiago de su hermanastra, pero al mismo tiempo sugerirle al joven que se le aleje de esa mujer, porque eso “era pecado”. Además, como para entender bien la situación, pidió copia de la película.

 

Como todas las actrices porno, Isabelinha fue instruida de tomar todos los recaudos necesarios para evitar un embarazo, así como cualquier enfermedad de transmisión sexual. Algo pasó, sin embargo, que eso no funcionó como tenía que funcionar: la próxima menstruación de la joven no llegaba.

 

Y no llegó.

 

Thiago, fascinado como había quedado con la actriz –“excelente, muy abierta y desembozada” se repetía–, buscó mantener la relación. Esa desenvoltura, además de su particular belleza física, lo cautivaba. Si bien casi no la conocía, el corto tiempo que pasaron juntos durante el rodaje del film le bastó para sentirse enamorado. Isabelinha tenía algo que producía ese encanto, exhalaba siempre un hechizo que hipnotizaba. La muchacha igualmente se sintió atraída por el director-actor. Llegó a decir que nunca había tenido un sexo tan placentero como con él. El final de la carrera de Derecho podía demorarse un poco: ahora su nueva profesión y el incipiente noviazgo –más el embarazo en puerta– le abrían un nuevo escenario, una nueva vida. “No necesito de padre que me apoye. Ojalá se enterara de todo esto ese viejo de mierda que me abandonó”, mascullaba con todo el odio del mundo, muy en secreto.

 

Sin poder dar razones –en realidad, ni siquiera las necesitaban, ¿para qué?– ambos se sintieron profundamente unidos casi de inmediato, como si se hubieran conocido desde largo tiempo atrás. Ninguno de los dos esperaba un niño en ese momento; sin embargo, ambos al unísono sintieron una unión especial para con el otro. El niño en camino, en vez de haber sido tomado como un drama que les alteraba sus vidas, fue algo que los comenzó a estrechar más. Ninguno de los dos, como cosa curiosa, reaccionó espantado ante la novedad. Algo debían hacer con eso: no estaba claro si dejarlo proseguir o rechazarlo, pero como fuere, el embarazo tenía la misión de unir, y no de promover la salida huyendo.

 

Isabelinha lo consultó con su madre quien, interesada como siempre, preguntó sobre la identidad del progenitor. O, siendo más específica –y pérfida–, quiso saber si esa persona estaría en condiciones de hacerse cargo de la criatura. Incluso, si no sería posible proponerle interrumpir el embarazo, pero a cambio de una buena suma de dinero. Rápidamente calculó qué cosa sería más conveniente en términos económicos. La muchacha, no pensando igual que su madre, en absoluto buscaba dinero. La idea de un niño la enterneció. Además, la aparición de Thiago la había dejado profundamente tocada. Ser actriz porno presentándose como mujer embarazada, pensaba, daba un toque de fascinación. Se le ocurrían increíbles escenas que llamarían la atención. “La gente quiere morbo”, sonreía maliciosa. “Pues… ¡démoselo!”

 

Su madre no conocía mucho acerca de Thiago. Solo sabía que existía otro ser, contemporáneo de su hija, del mismo padre que Isabelinha. Edson, por precaución, con una meticulosidad rayana en lo paranoico, casi nunca hablaba con su amante de su hijo varón. Había llegado al extremo de no nombrarlo nunca con su verdadero nombre: Jair lo había bautizado idealmente para estas circunstancias. La madre de Isabelinha nunca lo había visto personalmente; solo una vez, en forma ocasional, una foto muchos años atrás. Su hija, al referirse escuetamente al causante de su embarazo, lo nombraba como “el director”. Con el correr de los días pasó a ser “mi novio”.

 

Por su parte Thiago, dada la cercanía que lo unía a su padre, con mucha vergüenza y preocupación decidió contarle la situación. Edson quiso morir. Lo primero que pensó fue no decirle una palabra a su hijo de la historia secreta, no revelarle la verdadera identidad de la mujer que había dejado encinta, que era su hermana, y hablar con Isabelinha para obligarla a abortar, diciéndole que sabía de su embarazo “porque un pajarito se lo había contado”. Con Thiago, tragando saliva, prefirió no reaccionar mal; por el contrario, mostrándose comprensivo, lo apoyó, brindándole toda la solidaridad que necesitara. Eso fue sorprendente para el joven, quien se derritió en expresiones de admiración para con la muchacha. Ésta no le había mencionado nunca su verdadero nombre, sino que prefirió seguir utilizando el pseudónimo artístico que había escogido para la película: Adriana. Para ella era ya costumbre inveterada ocultar su identidad; toda su vida la había pasado haciéndolo. El tiempo, calculaba, decidiría si le relataba toda su historia, de la que cada vez prefería hablar menos, el abandono de su padre, su ambiente tan singular de orfandad con un progenitor al que debía tratarlo por su nombre de pila y no como “papá”. En caso que se sintiera animada y Thiago abriera convenientemente la puerta, revelaría que se llamaba Isabelinha. De todos modos, para el muchacho eso no significaba nada, pues desconocía la trama oculta.

 

Al día siguiente de recibir la noticia, Edson se comunicó por teléfono con Isabelinha. Con voz enérgica la conminó a que interrumpiera el embarazo; la joven, con voz más enérgica aún, dejó salir una lista de insultos de tan alto calibre que hicieron palidecer al padre al otro lado de la línea. Tratándolo de descarado y con una andanada de improperios increíblemente ofensivos y descalificadores, muy furiosa cortó la comunicación, advirtiéndole que no volviera a llamarla nunca más en su vida, pues si no, contaría en forma pública esa paternidad ocultada durante años. 

 

Las visitas de Edson se habían hecho mucho menos frecuente a su amante; eran ocasionales, muy esporádicas. Para con su hija eran infinitamente menos, si bien seguía cumpliendo a cabalidad con su compromiso de financiarle los estudios universitarios hasta su graduación, tal como había prometido. Jamás había faltado un solo mes al depósito bancario; ahora, sin embargo, luego de saber lo del embarazo, pensó en que podría ser la ocasión para suspenderlos. De todos modos, se veía en una encrucijada: si actuaba contra Isabelinha, podía encontrarse con la infausta sorpresa de ser descubierto. Eso significaba inmediato divorcio, como mínimo, más todo el escarnio de su círculo de amistades, de la gente de la iglesia. Eso no podía permitirse.

 

Los años no le habían quitado el encanto a su querida, pero para un picaflor como el empresario, eran preferibles jovencitas más tiernas. No obstante, en alguna de sus visitas, Edson, para darle un tono crecidamente erótico al encuentro, llevó una película a fin de verla juntos. Eligió una al azar en algún cine-club. “Son todas iguales”, se dijo. “Para el caso, llevó una que le sugirieron, un clásico de la pornografía”. Quiso el destino que, al preparase para su cita, confundió los VHS, y llevó la producción de su hijo en lugar de la que había alquilado. Dijo no ser amante de ese tipo de cine, lo cual era cierto –nunca las usaba en sus citas amorosas “pecaminosas”, y mucho menos con su esposa–. De todos modos, para esta ocasión le pareció interesante probar con una.

 

Cuando se pudo apreciar el film, llegados a una de las escenas donde estaban juntos los hermanastros, ambos padres quedaron mudos, estupefactos. Luego de algunos instantes de silencio sepulcral, en donde lo que menos podía suceder era el despertar de un voluptuoso deseo sensual movido por la pornografía, cada quien reaccionó como pudo. “¡Esa es Isabelinha!”, vociferó Edson. “¡No puede ser!”

 

“Sí, ¿no lo sabías?”, respondió con desparpajo la madre. Edson quedó galvanizado. Con voz trémula, entrecortada, pudo agregar: “Pero…, ¿no sabías que Isabelinha está embarazada de ese tipo, el actor y director?”

 

“Sí, me lo dijo. Yo no lo podía creer, pero si ella lo quiere y desea tener el niño, ¿cuál es el problema?”

 

“Es que ese muchacho… ese no se llama Jair. Jair no existe. ¡Es Thiago, mi hijo!”, dijo con lágrimas en los ojos.

 

“Entonces… mi hija y tu hijo…, esos que actúan en la película, ¿son hermanos?”, pronunció asombrada la amante.

 

“¡Terrible!, ¡monstruoso! ¿¡No te das cuenta!?”, espetó Edson con furia.

 

“¡Fabuloso!”, murmuró ella con risa triunfal.

 

Pasado un corto tiempo, el empresario comenzó a concebir su maquiavélico plan. Si transcendía que tenía una hija extramatrimonial a la que prácticamente había mantenido invisibilizada toda la vida, su reputación podía verse manchada. Eso lo tenía desesperado. Aunque también lo desesperaba que su hijo mantuviera una relación incestuosa con su medio hermana. Además de arruinar su imagen el saberse de amoríos ocultos, esta relación “enfermiza” se le hacía insoportable. Calculaba que, de saberse eso, quedaría en muy mala situación.

 

Pero el peor elemento lo constituía el dilema que se le había abierto: si se deshacía de Isabelinha, su hijo Thiago lo sentiría mucho. Y si se enteraba que su mismo padre había mandado a matar a su compañera, la madre de su futuro hijo, eso no se lo podría perdonar. Convencerlo a Thiago de dejar a la muchacha y abandonar la responsabilidad paterna se le antojaba casi imposible, tan enamorado como veía a su Tiaghinho. La opción extrema de matar también a su hijo para terminar así con todas las evidencias, le era absolutamente monstruosa. Aunque lo pensó.

 

La presión fue tanta que no pudo aguantar. Apenas transcurrido un mes del momento de descubrir la relación “pecaminosa”, Edson desapareció de Brasil. Nunca quedó claro qué fue de su vida. Su esposa oficial quedó atónita sin poder reponerse del golpe. Unos meses después de la desaparición sufrió un accidente cerebro-vascular que la dejó postrada en silla de ruedas. Según algunas versiones, el empresario se hizo hermano marista y ahora vive en Timor Oriental, donde se habla portugués, entregado a una vida de santidad. Otras voces dicen que se suicidó en el más absoluto silencio, por eso su cadáver nunca fue encontrado. Aunque según pudo saberse de buena fuente, quizá la más confiable, Thiago quedó al frente de los negocios, y de acuerdo a filtraciones le pasa una pensión mensual a su padre, quien vive de incógnito en Portugal con nombre falso. Ahora, siempre según esas filtraciones, pese a su edad parece que está intentando hacerse actor porno.



lunes, 27 de febrero de 2023

ACCIDENTES DOMÉSTICOS

Roxana era tremendamente celosa. Siempre lo había sido, desde el noviazgo; ahora, con casi veinte años de casada, su desconfianza hacia la conducta de su marido había crecido en forma exponencial.

 

Alejandro alimentaba esa paranoia. Mujeriego incorregible, continuamente andaba a la caza de alguna presa. Así había sido desde el noviazgo también. Con el tiempo, su capacidad para ocultar pistas se había perfeccionado. Nunca, en todo el tiempo de casados, su esposa pudo descubrir algo, más allá de las razonables sospechas.

 

Desde dos meses atrás tenía nueva secretaria: Ingrid, una simpática veinteañera que no disimulaba su coquetería. Sus atrevidas minifaldas tenían loco a su jefe. Las insinuaciones no faltaban, pero la joven sabía esquivarlas muy bien. Ella era monogámica, sintiéndose profundamente enamorada de su novio.

 

Como una forma de ir ganándose la confianza de la muchacha para poder acceder a algo más -así fantaseaba él, al menos-, Alejandro le había dicho que podía utilizar su baño privado cuando lo deseara. Ingrid, por pura comodidad para no ir hasta el baño común de la oficina que quedaba bastante más retirado de su escritorio y solía estar ocupado, aceptó. Fue así que se le hizo común entrar un par de veces al día a ese sagrado recinto.

 

Ingrid tenía una obsesión culinaria: le gustaba la comida con excesivo picante. Eso, y la falta de fibra, hacía que sus heces fueran especialmente duras. El taponamiento del baño, por tanto, le era frecuente. Un par de veces le había sucedido en la oficina del jefe, lo que la llenó de una culpa indecible, aunque siempre pudo lograr destapar el inodoro después de echar agua innúmeras veces. Se había prometido comer mucha avena para evitar esto, pero nunca recordaba hacerlo.

 

Aquel miércoles por la tarde, sucedió una vez más. El día anterior había sido el cumpleaños de su hermana, y el festín de pizza con muchísimo chile picante fue casi orgiástico, desenfrenado. Alrededor de las tres de la tarde, nuevamente el baño se tapó. En los intentos de destaparlo estaba cuando, inesperadamente, llegó Roxana. Su jefe se dio cuenta que algo estaba pasando, porque Ingrid se demoraba demasiado, y ya había hecho correr el agua del depósito no menos de diez veces.

 

Alejandro temblaba por dentro por esta inoportuna visita, pero no quería hacerlo evidente ante su esposa. Que la secretaria utilizara su baño privado podía ser motivo para una escena tormentosa, y si las cosas no se detenían a tiempo, Roxana podría pedir el divorcio por infidelidad a partir de ese nimio detalle. No había ninguna prueba pero, como diría Goya: “el sueño de la razón produce monstruos”. Ingrid, al escuchar la voz de la esposa, de quien conocía sus celos exorbitantes por boca de su jefe, comenzó a temblar más que Alejandro.

 

Roxana dijo que iba al baño. Jefe y secretaria perdieron el aliento. No había en absoluto algo de malo en que se le pudiera decir a la señora que había habido un percance, y que el baño ahora estaba ocupado. Pero en la situación presente, dadas las circunstancias, eso podía terminar en tragedia.

 

Y así terminó. La secretaria quiso escapar por una pequeña ventana, pero quedó atascada, porque el tamaño no permitía el paso del cuerpo de un adulto. Los bomberos, que llegaron en un momento, demoraron más de una hora en poder destrabarla. Alejandro sufrió un paro cardíaco que lo llevó al hospital -tuvo que llegar otra ambulancia para asistirlo-. Y Roxana pidió el divorcio -que ningún juez quiso otorgar, pues no había ninguna evidencia sólida que pudiera sustentarlo-.

 

Cosa curiosa, o si se quiere, tragicómica: nadie se acordó del inodoro tapado, y así quedó por espacio de más de una semana. Los fétidos olores que inundaban toda la oficina hicieron que uno de los quince empleados que allí laboraban, buscara solucionar el problema. Ingrid se sintió tan avergonzada que al día siguiente presentó su renuncia con carácter de indeclinable. El vicepresidente de la compañía, que sustituía temporalmente al convaleciente Alejandro, no tuvo mejor idea que colocar varios cartelitos en la oficina con la inscripción: “Hay que comer mucha fibra y aguacate”.

 

Ah, me olvidaba: el baño siguió tapado casi un mes, pese a los intentos que realizaron con soda cáustica, detergente, bicarbonato de sodio, vinagre, gaseosas y sopapas. Fue necesario llamar una vez más a los bomberos, quienes encontraron el feto que obstruía el paso. Como la situación no dejaba de ser confusa, el juez interviniente se apuró a dar lugar al juicio de divorcio, con lo que el hecho pasó a ser la comidilla nacional por más de una semana -los medios hacen fanfarria, y negocio, de cualquier cosa- hasta que se declaró la guerra con el país vecino. Fue ahí que se comenzaron a tapar muchos más inodoros.




domingo, 5 de febrero de 2023

PAGANINI

https://www.youtube.com/watch?v=CjDz-r65xUU



Los aplausos inundaban la sala de conciertos. El marqués von Reutemann estaba rebosante de alegría, orgulloso. Era el primer concierto que Paganini ofrecía en Leipzig, y lo hacía justamente en su palacio.
La velada había sido exquisita, y el broche de oro de la presentación del italiano daba un toque de fascinación a esa noche de ensueño. Sin embargo, entre los oyentes –más aún entre las mujeres– se reforzaba la idea presentada por el marqués días atrás, cuando anunciara que Paganini iba a acompañarlos en breve.
–Es cierto, sin dudas–, comentó tras su descomunal abanico con aplicaciones de nácar la condesa von Stück, bella, elegante como sólo ella sabía serlo. Por cierto que el abanico era absolutamente innecesario: era noviembre y nevaba copiosamente.
–Se lo ve en todo, no hay dudas. No sólo en la forma de tocar. También en la mira-da. Yo sentía que me iba a hipnotizar–, reflexionaba el mariscal von Zimermann, con el pecho galardonado como pocas veces se lo había visto.
Como sucedía en estas distinguidas galas, no todos los asistentes eran miembros de la aristocracia. En este caso acompañaba a los nobles el ya famoso profesor Petrouskas. De origen griego, mundano e incansable viajero, dominador a la perfección de no menos de seis lenguas, desde hacía varios años había tomado a Paganini como su objeto de estu-dio. Sus ligazones con el Vaticano no quedaban del todo claras.
–¿Y qué le pareció, profesor?–, preguntó cortés la condesa von Stück.
–Era lo que me esperaba. Fascinante, por supuesto, tremendamente fascinante–, respondió Petrouskas.
El final espectacular había sido la Danza de las Brujas, ejecutada con una maestría técnica y una fuerza expresiva tan desbordantes que había arrancado lágrimas de emoción a más de un presente. Costaba creer que un humano lograse esas proezas con un violín. Los bravo se prolongaron por espacio de varios minutos, con calidez siempre creciente.
Von Reutemann fue el primero en estrecharle la mano. La mirada de Niccolò se-guía imperturbable como siempre, serena y al mismo tiempo aterrorizante. El esfuerzo de la ejecución, pese al frío que se sentía, lo había bañado en sudor. Su enigmática sonrisa no podía ser descifrada: ¿satisfacción?, ¿sorna?, ¿una suficiencia por encima de los simples mortales, aún ante la más rancia nobleza alemana?
El profesor Petrouskas se acercó luego de los primeros saludos. Ya se conocían. Hacía al menos dos años que se daba esta elegante persecución, sutil y bien disfrazada.
–¡Otra vez este pesado! ¿Qué querrá?–, pensó Niccolò. Obviamente aceptó la feli-citación, estrechando su mano tras la impostada sonrisa.
–Bravissimo, maestro, bravissimo. Una volta ancora:
complimenti
!–, dijo Petrous-kas en perfecto italiano. Paganini agradeció casi maquinalmente.
No hubo asistente al palacio que no saludara al virtuoso. Todos, igualmente, cam-biaban alguna palabra de felicitación con él, en general en francés.
El marqués Ludwig von Reutemann sabía de la empresa de Petrouskas; en parte por decisión propia, porque le interesaba la investigación, en parte respondiendo a las pre-siones del Obispo Stollen, había aceptado su presencia en la velada: también a él le llama-ba poderosamente la atención lo que se venía comentando insistentemente sobre Paganini. Organizar un concierto en su palacio podía contribuir a despejar la duda. El mismo mar-qués había comentado previamente, con sus más allegados, la habladuría en boga.
–¿Pacto con el demonio? No sé, no lo termino de creer. ¿Y no puede ser que ejecu-te así por propio mérito?–, razonaba el conde von Sauber.
–¡Imposible! Absolutamente imposible. Yo he estudiado el violín varios años– se apresuró a intervenir el duque de Legrand, elegantísimo parisino que manejaba un perfec-to alemán, propietario de tierras en la Baviera –y puedo aseguraros con total certeza que un ser humano no está en condiciones de llegar jamás a ese grado de dominio de un ins-trumento. Se necesita de una fuerza superior para lograr eso que hemos visto hace un ra-to–. La convicción con que presentaba sus argumentos no dejaba lugar a dudas: había pac-to con el demonio.
Niccolò, por lo pronto, conversaba con varios admiradores, mujeres fundamental-mente. Las preguntas que algunos osaban dirigirle respecto a cómo era posible ese domi-nio, las rehusaba gentilmente. Sólo manifestaba que había un gran esfuerzo tras todo esto. Una persona más atrevida, – la condesa von Stück – impresionada por lo que había conta-do en días recientes el ahora anfitrión, directa y espontánea como era, le preguntó:
–Maestro: ¿usted qué dice del demonio? ¿Será cierto que inspira a algunos auto-res?–
Paganini sonrió. –¿Y por qué lo dice, mi querida madame? ¿Le parece que podría ser cierto?–
–No lo sé. Se dicen tantas cosas ..... ¿usted no lo cree?–
–En realidad no tengo tiempo de pensarlo. Paso todo el santo día ensayando. Es de lo único que puedo hablarle con seguridad, mi querida–. La expresión de Niccolò era una mezcla extraña de burla y embarazo.
La condesa lo notó. Tiempo después, cuando escribía su diario, hizo alusión a este diálogo, y manifestó que eso tuvo un valor incalculable en su vida. A partir de ahí –"esa mirada glacial que todavía hoy me persigue" escribiría luego– pasó a ser una persona re-traída, silenciosa, totalmente distinta a cómo había sido hasta ese entonces. Incluso dejó de atender su aspecto físico.
Otro tanto diría también el marqués von Reutemann. No podía explicar de qué ma-nera se había dado el cambio, pero era palmario que se dio. Si bien era un comprometido y militante católico, lejos estaba de sentirse un devoto penitente que se infligiera castigos e impusiera ayunos. Era, como todos los aristócratas de su tiempo, un sibarita que, sin des-cuidar el ámbito espiritual, sabía gozar de los placeres mundanos. A partir de aquella no-che se transformó en un fervoroso ciervo que casi no asistía a eventos de la alta sociedad. Pasaba sus días en penitencia, desatendía su aspecto personal y apenas si comía. También hacía alusión, igual que la condesa von Stück, a "esa mirada insondable, impenetrable, que lo había petrificado".
De todo esto tuvo conocimiento el profesor Petrouskas. En realidad, coleccionar todas estas pruebas era su trabajo. Si bien no se presentaba nunca públicamente con su verdadera identidad, era un investigador laico del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisi-ción, con relaciones directas tanto con España como con Roma. Su misión consistía en poder demostrar fehacientemente los vínculos de Paganini con Lucifer. Era imposible que un mortal encantase de esa manera a la gente con la música; debía haber algo diabólico en juego. Demostrarlo era su tarea.
Cada tanto se veían a la cara. Petrouskas no lo evitaba; quería, sutilmente, hacerle saber a su perseguido que había quien desconfiaba de él, quien sabía algo de su vida pri-vada, de sus andanzas secretas. Prácticamente no había presentación pública de Paganini que se perdiese. Siempre –era parte de la estrategia– se hacía ver ante Niccolò. Por cierto él ya lo tenía más que identificado.
Nunca pasaban de un intercambio de saludos, de felicitaciones. Más de una vez Paganini estuvo tentado de ir más allá, de preguntarle el por qué de esa persecución. Pero nunca se decidía a hacerlo. De alguna manera también, toda la escena se le antojaba diver-tida, y le gustaba el juego.
La próxima cita fue en la Opera de Viena. La agenda de Paganini era más que apre-tada; viajaba continuamente, teniendo ya arregladas presentaciones para seis meses por delante como mínimo. En este caso era una velada teatral, con todo el lujo que la situación exigía. Viena imperial, espléndida, majestuosa, era el centro musical de Europa. Triunfar en ese medio aparecía como la presea máxima para cualquier músico. Por supuesto, una vez más Paganini dejó atónitos a todos sus oyentes. También a Petrouskas. Terminado el Concierto N° 1 para violín y orquesta con que se cerró la función, por no menos de cinco minutos el público no dejó de aplaudir ininterrumpidamente. Debió ejecutar tres obras más fuera de programa. La fascinación de sus ejecuciones no se podía creer.
En la sala de gala, donde los artistas recibían las
felicitaciones
del público luego de las presentaciones, volvieron a encontrarse frente a frente.
–¿Sabe que nunca he tenido un admirador tan fiel como usted?–, dijo con cierta sorna Niccolò cuando se estrechaban la mano.
–¿Por qué lo dice?–, preguntó notoriamente turbado Petrouskas.
–Pareciera como que me quisiera declarar algo, y no se atreviera. Lo veo en todos mis conciertos, y siempre pienso que alguna vez se va atrever a decírmelo. Pero parece que espero en vano–.
Visiblemente aturdido por la reacción de Paganini, el pobre Petrouskas no sabía qué decir. Tartamudeó, cambió de color. El impacto fue grande.
–No se ponga así, hombre. Lo invito a cenar luego de los saludos. Y le ruego que acepte–, agregó cortésmente Niccolò.
La alteración siguió en aumento. No se esperaba en ningún modo esas palabras, pe-ro infinitamente menos aún una invitación. Pensó que podría aceptar, pero si la jerarquía eclesiástica lo sabía hubiese sido catastrófico.
–Vade retro!–, murmuró Petrouskas tragándose la saliva. No encontraba qué excu-sa poner, cómo reaccionar. Visiblemente ofuscado balbuceó algo ininteligible.
–¡Por dios, ni que hubiera visto al demonio!–, agregó Paganini, no sin cierta picar-día y expresión malévola. –Todo tiene su costo mi querido amigo. Recuérdelo–.
Atendiendo los numerosos saludos que se le ofrecían, se fueron separando paulati-namente. Cuando Niccolò lo buscó nuevamente con la mirada, Petrouskas ya había desa-parecido. Finalmente no cenaron juntos.
La fama legendaria de Paganini iba en aumento. Para cada concierto se agotaban las entradas con mucha antelación cuando era en una sala de teatro; y si la velada tenía lugar en algún palacio nobiliario, asistía una cantidad inusual de gente, como no ocurría si no era él el centro de atención. Sus interpretaciones dejaban asombrados a todos. –No es de humanos tocar así. Eso es magia–.
Por un tiempo el profesor Petrouskas dudó de poder continuar con su empresa. Lo consultó con sus superiores; incluso el mismo Papa tomó cartas en el asunto. La decisión fue apuntalarlo en su trabajo, que por cierto fue bien considerado en la curia. Este apoyo lo reconfortó. Unos meses después retomó la faena, con más ahínco todavía.
El próximo encuentro –que según estimaba el Petrouskas debía ser definitivo, dado que se había tramado un ambicioso plan que tendría que conducir al desenmascaramiento público de este satánico poseso– tuvo lugar en tierra italiana. En la Scala de Milán, más precisamente.
Ya llevaba escritas más de mil páginas, donde documentaba detalladamente los ha-llazgos encontrados, las pruebas con que se contaba hasta ese momento, los posibles car-gos que se podrían presentar. En un elegante latín comenzaba por presentar pormenoriza-damente cómo se entreveían las ligazones con el demonio, cómo había tenido lugar el pacto, y se establecía al mismo tiempo las posibles soluciones. Se hablaba de exorcizar.
Llegó el día de la actuación: era un jueves 14 de febrero. El lleno era total. Pe-trouskas ocupaba un palco, junto a otras personalidades del mundillo cultural milanés. Sus asistentes –ocho en total– estaban esparcidos por todo el teatro. Los había en la platea, en los palcos, en las tertulias. El plan consistía en obstaculizar el concierto, molestar a Paga-nini durante la ejecución, lograr distraerlo (tosiendo fundamentalmente), para hacer fraca-sar la presentación. Si eso se repetía varias veces, en distintas salas, la reputación del de-monio podía descender. Ante el fracaso, Paganini se vería forzado a pedir auxilio, y allí entraría victoriosa la Santa Iglesia, pronta para brindar el requerido apoyo a cambio de una confesión sin condiciones y un arrepentimiento profundo.
Puntualmente a las ocho de la noche abrió la gala. A poco de empezar –abrió con el Moto perpetuo, ejecutado con una precisión tan extraordinaria que el propio Petrouskas no podía concebir– debían comenzar las toses. Pero no comenzaron. Pasaban los minutos, y ni una sola interrupción. El profesor no pudo soportar más la situación, y se dirigió a su asistente más cercano, estratégicamente ubicado a un par de palcos del suyo. Sonaba en ese momento el Capriccio N° 24 en la menor. Cuando lo vio, percibió inmediatamente el gesto de hipnotizado que lo tenía embobado. Le hizo alguna seña, pero fue inútil. El he-chizo de la música, de Paganini, de toda la escena, no tenía parangón. Con la boca abierta y los ojos semi cerrados, Alberto –así se llamaba el muchacho contratado– parecía vícti-ma de un maleficio. No respondió a los gestos de Petrouskas.
El profesor comenzó a desesperarse; no sólo el plan no estaba saliendo como se había concebido sino que los encargados de llevarlo a cabo parecían estar del lado del per-seguido. Esto era demasiado para él. No pudo contenerse, y comenzó a gritar en la sala, desesperado. En breves instantes los encargados de la seguridad del teatro lo arrastraban fuera. El concierto siguió adelante, y ese breve inconveniente no impidió que Paganini volviese a ser, una vez más, el ídolo del público.
De la suerte de Petrouskas poco se supo posteriormente. Según lo que pudo recons-truirse fragmentariamente, esa fatídica noche fue llevado a la estación de policía, y como luego su estado mental iba cada vez peor, posteriormente se lo trasladó al manicomio de Milán. Un mes después, en circunstancias más que misteriosas, apareció sin ojos y sin lengua en el pabellón de enfermos crónicos peligrosos .... muerto.
En sus manuscritos, del que no citaremos aquí más que una mínima parte, podía leerse entre las últimas anotaciones:
"Todo esto permite afirmar con absoluta certeza que Niccolò Paganini, contraria-mente a lo que se creía, no ha hecho ningún pacto con el demonio. Paganini es el demonio mismo".

miércoles, 7 de diciembre de 2022

HIPOCRESÍA MACHISTA

En el Mundial de Fútbol de Qatar las mujeres musulmanas solo pueden mostrarse tapadas de pies a cabeza, pero una extranjera -como la Miss Croacia, que está haciendo furor entre los varones qataríes- puede posar mostrando sus bellezas junto a los jeques. Algo no cuadra allí: machismo para adentro y apertura para afuera. ¿Hipocresía?







sábado, 3 de diciembre de 2022

LA CAÍDA DEL IMPERIO

No hay dudas que Estados Unidos es una gran potencia, en todo sentido. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial en 1945 pasó a ser la principal expresión del capitalismo, con un poder global. Su imperialismo se difundió por todo el planeta, y hoy mantiene su hegemonía con alrededor de 800 bases militares esparcidas por todo el globo.

 

Este país, que sin dudas tuvo un crecimiento fabuloso en un par de centurias desde los primeros cuáqueros que llegaban a esa “tierra de promisión” en el siglo XVII, robando territorios a México y explotando esclavos africanos pasó a ser la economía más grande del planeta, desbancando a Europa como “metrópoli”. Su arrogancia, que también creció sin par, lo hizo sentir portador de un supuesto “destino manifiesto”, nación encargada de llevar la “libertad” y la “democracia” hasta los últimos confines del planeta. Hipocresía descarada. ¿Qué hacen en cada región del mundo donde sientan sus reales? La clase dominante de esa potencia se sintió con la capacidad de operar en cualquier parte del mundo como si fuera su propia casa, robando, saqueando, masacrando, imponiendo su voluntad.

 

El modelo de vida que generó el capitalismo más desarrollado dio como resultado un sujeto y una ética insostenibles. El nuevo dios pasó a ser el consumo, la adoración de los oropeles, la veneración cuasi religiosa del “tener”. En su nombre se sacrificaron pueblos enteros –los originarios de América del Norte en principio, y de otras latitudes luego–, así como el planeta Tierra. Si toda la humanidad consumiera como lo hace la población estadounidense, en unos días se acabarían los recursos naturales del globo terráqueo. En Estados Unidos todo es consumir y botar a la basura, dejarse llevar por la novedad, buscar con voracidad el poseer cosas. “Lo que hace grande a este país es la creación de necesidades y deseos, la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda”, expresó el gerente de la agencia publicitaria estadounidense BBDO, una de las más grandes del mundo. Magistral pintura de cómo funciona el capitalismo en su punto máximo de desarrollo.

 

La realidad, de todos modos, no perdona, y está pasándole factura. Como cualquier imperio de la historia, Estados Unidos creció, llegó a su cenit y termina durmiéndose en los laureles. ¿Qué lo hará caer? Su deuda externa es técnicamente impagable, y población y gobierno viven siempre endeudados, consumiendo más y más en un ciclo interminable. Pero alguien paga ese desenfreno: la clase trabajadora estadounidense y nosotros, el resto del mundo. Su moneda, el dólar, ya no tiene respaldo real. Los circuitos financieros tomaron el control y su capitalismo va teniendo menos base real, porque no se asienta en una producción material. El resguardo son sus fuerzas armadas (con todas esas bases diseminadas por el mundo asegurando la “libertad” y la “democracia”), pero eso ahora comienza a ser puesto en entredicho. La Federación Rusa sacó pecho, y si bien su invasión a Ucrania es tan deplorable como cualquier intervención militar imperialista (de Estados Unidos o de Europa), lo que hoy está sucediendo puede abrir un mundo nuevo.

 

Seguramente el país americano no caerá por los misiles nucleares rusos o chinos. Eso es prácticamente inconcebible. La guerra entre titanes solo llevaría al final de todos, no habría ganadores dada la terrible letalidad de las armas de que hoy se dispone. Nadie quiere ese enfrentamiento, y los esfuerzos se encaminan decididamente a impedir un conflicto real entre tropas rusas y las de la OTAN. Serán otros los elementos que obran para su declive. Ese hiperconsumo desmedido, los problemas sociales acumulados que estallan como el racismo de supremacismo blanco contra la población no-blanca, polarización económica extrema como cualquier país tercermundista (ricos exageradamente ricos y asalariados en lenta caída), guerra civil, consumo infernal de estupefacientes: todo eso es el caldo de cultivo para lo que estamos viendo, el final del dominio occidental del mundo. Su cacareada “democracia” es un vil engaño, un maquillaje que oculta una realidad de explotación inmisericorde.

 

En los años 60 del pasado siglo apareció la Operación CHAOS, mecanismo encubierto de la CIA para neutralizar toda protesta juvenil (en aquel entonces, el movimiento hippie, que rehusaba el consumismo capitalista). De esa cuenta, la explosión masiva de consumo de drogas pasó a ser un hecho siempre creciente. “Es conveniente para las mismas estructuras de poder y riqueza que los jóvenes vivan presa de las adicciones y permanentemente drogados a que se despojen de su social-conformismo y muestren su inconformidad ciudadana por los cauces de la praxis política y la organización comunitaria.” (Isaac Enríquez Pérez). La cuestión es que ese consumo imparable evidencia un malestar de fondo. Shannon Monnat (Universidad de Siracusa, Nueva York) comentó que “el aumento de los trastornos por consumo de drogas en los últimos 20 a 30 años es un síntoma de problemas sociales y económicos mucho mayores (…) Las soluciones para combatir nuestra crisis de sobredosis de drogas solo serán efectivas si abordan los determinantes sociales y económicos a largo plazo que están en la base”.

 

El imperio comienza a resquebrajarse. El capitalismo tarde o temprano tiene que caer. El socialismo, que no fracasó, sigue siendo una esperanza.