sábado, 7 de mayo de 2022

CARTA ABIERTA DE UN SACERDOTE

(Hallada en un baño público de una ciudad de Sudamérica)

 

Por razones de seguridad personal no puedo firmar esta carta. Solo haré saber que soy sacerdote por convicción, soy latinoamericano, hispanohablante y heterosexual. (Aclaro esto último porque, si bien hay voto de castidad en nuestro “gremio”, el mismo no siempre se cumple; por tanto, hay hetero, homo y bisexualidad. Pues bien: yo soy de los primeros).

 

¿Por qué decir todo esto? ¿Por qué hacer circular un anónimo como el presente? Simplemente porque tengo necesidad de decirlo, de sacarlo de mis profundidades. Dicho esto, alguien se preguntará si estoy mal psicológicamente, si me encuentro angustiado. Más aún: alguien se inquietará con lo que pueda decir. Pero…: ¡tengo que sacarlo! Sí, estoy angustiado, por eso escribo y manifiesto lo que pienso, lo que siento. ¿O acaso un pastor de almas no puede estarlo?

 

Me hice sacerdote por convicción. Provengo de un hogar católico muy pobre; mi padre era albañil, mi madre lavaba ropa ajena, éramos ocho hijos. Me crié en medio de un barrio precario, rodeado de violencia y carencias. De joven entré al seminario, y si bien siempre me cuestioné aquello del voto de castidad, lo terminé aceptando. Pero veo que hay allí un tema no resuelto dentro de la institución. Por lo que sé, comenzó a regir en el siglo XVI, a partir del Concilio de Trento; con anterioridad, los sacerdotes tenían vida sexual. ¿Por qué a partir de ese magno evento se fijó la castidad como condición para ejercer el sacerdocio? ¡Pamplinas! ¡¡Puras pamplinas!! (por decirlo suavemente). Los curas seguimos teniendo sexo, pese a la pretendida santidad que profesamos. Si eso se hizo en su momento por razones económicas (porque eran demasiado los hijos de sacerdotes que reclamaban herencias), ya es hora de cuestionárselo.

 

Yo, de hecho, he tenido sexo genital. Como hacían otrora los monjes en Irlanda, que se acostaban con las monjas –las sub introductae– para probar su autodominio (no consiguiéndolo en la mayoría de los casos, por lo que hubo de prohibirse la práctica), yo también me acosté con hembra apenas ordenado sacerdote para probar mi juramento. Y no aguanté. El canonista seglar Torrubiano Ripoll ya lo dijo en 1930 en su obra “Beatería y religión”: “el 90% de los clérigos son fornicarios”. Estoy dentro de ese porcentaje, no lo niego.

 

Una vez más: ¿por qué decir todo esto? Porque, hermanos, estamos manteniendo una mentira. El papa actual, este seguidor del San Lorenzo de Almagro y amante del tango, hombre prudente y recto que en su momento supo oponerse a la dictadura que enlutó su país, ya lo entrevé: esto del celibato no tiene futuro. Así, lo único que logramos es tener cada vez menos sacerdotes… ¡y tener millones y millones que pagar por indemnizaciones por las violaciones de menores!

 

Una vez, en algún país del istmo centroamericano, tuve ocasión de ver una publicidad de preservativos que decía “¡Qué rico escoger! (entre la vida y la muerte)”. Propaganda que me pareció atinadísima (por el juego de palabras que contiene, por supuesto… ¡y por la verdad que encierra. Porque… es rico, ¿no?). Pero la falsa moral que aún tenemos –de la que nosotros, los prelados, somos hacedores en muy buena medida– hizo que la quitaran rápidamente.

 

La feligresía en su conjunto, y nosotros sus pastores, nos golpeamos el pecho por ciertos hechos como el aborto, o la infidelidad conyugal, o el matrimonio homosexual…, pero las clínicas ginecológicas están siempre abarrotadas por “procedimientos quirúrgicos de emergencia” (¿qué serán?), los moteles están continuamente llenos, sin cuartos disponibles, y cada vez hay más travestis en las calles siendo contratados por los llamados “machos” heterosexuales, que los denigran de día pero los contratan de noche (haciendo igual que con las prostitutas: prohibidas por la “buena moral” pero utilizadas en secreto). ¿En nombre de qué unos cuantos ancianos (la jerarquía vaticana me refiero), en general misóginos, que supuestamente no saben nada de sexo dado su voto de castidad, pueden decretar lo que las mujeres deben hacer con sus cuerpos? ¿En nombre de qué fijamos que ser “puta” es un pecado?, si los más altos dignatarios de todas las instituciones –siempre varones– las contratan? (habiéndolas de lujo para quien pueda pagarlas, y viejas arrugadas y llenas de várices para el pobrerío). ¿Cómo es posible que todavía hoy, en medio de una brutal pandemia de VIH-SIDA, sea posición oficial del Vaticano llamar al no-uso del condón, que es el método que puede salvar de los contagios? ¿No es eso un homicidio preterintencional?

¡Cuántas cosas deben revisarse! O mejor: ¡modificarse de una vez!

 

Soy creyente, y no dejaré de serlo. Como dijo el teólogo brasileño Fray Betto: “El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio”. ¿Por qué digo esto? Porque los abusos, injusticias, inequidades y monstruosidades que se puedan haber cometido en nombre del Sumo Hacedor y de su hijo, Nuestro Señor Crucificado, no quitan en nada la esperanza de construir un reino de la equidad, de la felicidad, de la bonhomía. La institución religiosa, sabia en un sentido, terriblemente injusta y opresora en otro, no resta fuerza a nuestra creencia, a nuestra profunda convicción en la salvación, en el Reino de Dios en la Tierra, en la posibilidad de un mundo justo y armónico, más allá de las tremendas tropelías que pueda haber cometido (la Conquista de América, por ejemplo, donde en nombre de la evangelización se mató y torturó a millones de seres humanos; o la quema impiadosa de mujeres acusadas de brujas durante la Edad Media europea. O el haber apoyado en un inicio al régimen genocida de Hitler en la Alemania nazi).

 

El mundo actual, sin la más mínima sombra de duda, es injusto. No solo injusto: es monstruoso. Se gasta más dinero en fabricar armas y declarar guerras que en inversiones sociales para el bien de la humanidad. Se prefiere dejar perder alimentos para que no bajen de precio antes de alimentar al hambriento. ¡Eso es inmoral! Y en muchas ocasiones, hay que reconocerlo con altura, nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana lo avala. Así como avaló en su momento las monstruosidades del nazismo, o la caza de brujas, o la condena de los homosexuales. Junto a una iglesia de los pobres y sufridos, muchas veces la jerarquía de nuestra institución bendijo atrocidades, dictaduras, infamias, estando al lado de los poderosos olvidando a quienes realmente debe asistir: los más necesitados.

 

Pero todo eso no quita en nada nuestra fe. Creo en el Señor y en la posibilidad de una sociedad planetaria más buena. Creo profundamente en ello, aunque “sea absurdo”, como dijera Tertuliano en el siglo III: Credo quia absurdum est. Y estoy hondamente convencido que ¡no es absurdo!

 

Más allá de taras que aún nos amarran, más allá de prejuicios ancestrales y tabúes que nos condenan, más allá de un voto de castidad hipócrita que casi ningún religioso o religiosa cumple, tengo fe inconmensurable, inconmovible, monumental, que un mundo de mayor justicia sí es posible. En realidad, ese mundo nos espera, y depende de nosotros saber construirlo. El mensaje de Cristo fue ese: enseñarnos a construir un mundo de igualdad y amor, no de bochornosas diferencias, no de idolatría del dinero y del poder, no de justificaciones insostenibles de lo que no puede justificarse como buen cristiano. No de la guerra (22 guerras cursan actualmente en el mundo) sino de la paz.

 

Estoy bastante mal, bastante angustiado por todo esto, por estas injusticias, por tanta mentira; tan angustiado, que llegué a pensar en el suicidio. Pero un buen católico no hace eso. No me atrevo a reconocer que tengo un hijo con una mujer casada, pero creo que es hora de ir sacándonos de encima tanta hipocresía. ¿Cómo es posible que en nombre del amor, la justicia, la democracia y no sé cuántas grandes y altisonantes palabras, la mitad de la población mundial siga aún famélica? ¿Cómo es posible que un vehículo humano llegue a Júpiter, pero no podamos resolver el problema del hambre en la Tierra? ¿Cómo es posible que aún se condene a alguien por su tendencia sexual? ¿Cómo es posible que en nombre del progreso se masacre a nuestra Madre Tierra, solo para seguir alimentando la voracidad del lucro económico de unos pocos privilegiados?

 

Me lo pregunto, y quiero compartir la pregunta, porque esto me angustia, me tortura: ¿Cómo es posible que aún alabemos ídolos insustanciales como el dinero?, si, como dijo un cacique norteamericano: “El día que se muera el último animal, se seque el último árbol y se evapore el último río, ahí veremos que el dinero no se come”. ¿Qué monstruo hemos construido y seguimos manteniendo? ¿Cómo es posible que matemos hermanos y hermanas, les torturemos, les opaquemos, solo para alabar a ese falso dios?

 

Por todo ello, porque creo que hay que terminar con los dobles discursos y la mentira, es que me atrevo a escribir esto, aunque aún no me den los c… cositos esos… para firmarlo.

 


viernes, 6 de mayo de 2022

LA GUERRA: BUEN NEGOCIO

La guerra entre Rusia y Ucrania no parece terminar. La Federación Rusa ya tomó lo que buscaba: el sur de Ucrania para separar esa región y, muy probablemente, anexarla a su territorio. Pero el gobierno de Washington busca afanosamente seguir adelante con el conflicto bélico. ¿Por qué?

 

1)   1) Porque no quiere rivales (Rusia y China) que le hagan sombra. Y

2)    2) Porque mantener viva la guerra le representa un fabuloso negocio.

 

De momento envió 3,000 millones de dólares en ayuda a Kiev: 1,400 sistemas de misiles antiaéreos Stinger; más de 4,600 misiles antitanque Javelin; cinco helicópteros Mi-17; tres lanchas patrulleras; cuatro radares contra artillería y contra drones; 2,000 armas ligeras antiblindaje; 300 lanzagranadas y municiones; 600 escopetas y 600 ametralladoras; 5,000 fusiles; 1,000 pistolas; 25,000 chalecos antibalas; 25,000 cascos; casi 40 millones de cartuchos de munición para armas pequeñas y más de un millón de cartuchos de granadas, morteros y artillería; 70 hummers y otros vehículos; 6,000 sistemas antiblindaje AT-4 y 100 drones Switchblade.

 

Alguien paga todas esas mercaderías al complejo militar-industrial. La guerra es negocio.

 

Ahora el presidente Joe Biden propuso al Congreso la aprobación de un paquete de 33,000 millones de dólares (¡33,000 millones!, más o menos el PBI de Uruguay, o de Bolivia, o de Uganda, o de Sudán) para armar a Ucrania en busca de la “democracia y la libertad”. ¿A dónde llegará ese dinero? A la caja registradora de las empresas del complejo militar-industrial, obviamente. ¿Quién lo paga? En definitiva: el mundo que está sujeto al dólar (casi la totalidad del planeta).

 

¿POR QUÉ SIGUE LA GUERRA EN UCRANIA?



jueves, 5 de mayo de 2022

DESARROLLO: PREGUNTA ABIERTA

El tema del “desarrollo” da para muchísimo. Excede enteramente el ámbito económico. La idea de “desarrollo humano”, que se viene usando ya desde hace algunas décadas, pretende ir más allá de un economicismo ramplón, centrado en el acceso al consumo. De hecho, esa noción de desarrollo humano fue introducida en el discurso de Naciones Unidas por gente de la izquierda italiana, con Luciano Carrino como su cabeza visible. El concepto trata de “medir” –o entrever, mejor dicho– el desarrollo como una compleja sumatoria donde se articulan elementos de acceso a satisfactores materiales (alimentación, vivienda, salud, educación, infraestructura básica) con respeto a las libertades individuales, atacando todo tipo de discriminación, considerando también el imprescindible cuidado del medio ambiente para lograr la sostenibilidad en el tiempo. Las asimetrías (cada vez más marcadas en el capitalismo) entre quienes poseen y los desposeídos no es un tema meramente económico: es producto de cómo está armada la sociedad. Se dice que Cuba no está desarrollada, por ejemplo: ¿por qué no tiene centros comerciales abarrotados de productos? Guatemala los tiene: ¿está desarrollada?



martes, 3 de mayo de 2022

EL PACTO DE CORRUPTOS TAMBIÉN VA POR LA USAC

Primero la CICIG, luego la SAT, coparon el Ministerio Público, desarmaron la FECI, el Congreso y muchas municipalidades desde hace tiempo ya están dominados, cooptaron la Corte de Constitucionalidad, desarticularon la reforma que estaba llevando a cabo la PNC, manejan el Tribunal Supremo Electoral, están neutralizando a jueces y juezas no corruptibles, el Procurador de Derechos Humanos está cada vez más debilitado, y en la USAC todo indica que ahora se puede correr la misma suerte.

SU VORACIDAD PARECE NO TENER LÍMITES….



lunes, 2 de mayo de 2022

¿QUIÉN DECIDE LO QUE HACEMOS?

“La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importantes en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar”.

 

Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, pionero en el estudio de la psicología de masas. “Propaganda” (1928). Libro publicado en Estados Unidos.



 

domingo, 1 de mayo de 2022

1° DE MAYO: DÍA DE LOS TRABAJADORES

EL PAPEL DEL TRABAJO EN LA TRANSFORMACIÓN DEL HOMBRE EN MONO

 

En el año 1876 Federico Engels presentaba su ensayo “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Explicaba ahí cómo el trabajo cumple la histórica misión de ir creando un ser cualitativamente nuevo a partir de una especie anterior. Es decir: cómo el trabajo, en tanto actividad creadora, comenzaba a transformar la naturaleza y abría un capítulo novedoso en la historia. Nunca hasta ese entonces -dos millones y medio de años atrás- un animal había modificado consciente y productivamente su entorno. La actividad de las hormigas, de las abejas o de los castores, grandes “ingenieros” por cierto, no puede ser considerada una acción laboral en sentido estricto. Todas estas especies repiten desde tiempos inmemoriales su carga genética, no inventan nada nuevo, no se “desarrollan” y jamás, desde hace millones de años, evolucionaron en la forma de realizar su producción.

 

Fue cuando nuestros ancestros descendieron de los árboles y comenzaron a tallar la primera piedra cuando puede decirse que hay “trabajo” en sentido humano, como actividad creadora, como práctica (praxis) que transforma el mundo natural y va transformando al mismo tiempo a quien la lleva a cabo. Desde que arrancó esa primera actividad con el primer Homo habilis -en África, en lo que hoy es el norte de Tanzania- la evolución ha sido continua y a velocidades cada vez más aceleradas. En esa perspectiva, entonces, el papel del trabajo -como lo afirmara Engels- ha sido fundamental: fue la instancia que “creó” al ser humano. Pasamos de monos a seres humanos por el trabajo. 

 

La historia del ser humano, en definitiva, es la historia en torno a cómo fue organizándose ese acto tan especial, tan fundamental y definitorio que es el trabajo. Desde que nuestra especie pudo producir más de lo que necesitaba para sobrevivir, desde que hubo excedente, empezaron los problemas: nacieron las sociedades de clases (modo de producción despótico-tributario, esclavista, feudal, capitalista).

 

El mundo moderno basado en la industria que inaugura el capitalismo hace ya más de dos siglos dio lugar a una numerosa clase obrera urbana. Ya a mediados del siglo XIX surgen y se afianzan los sindicatos, logrando una cantidad de conquistas que hoy, desde hace décadas, son patrimonio del avance civilizatorio de todos los pueblos: jornadas de trabajo de ocho horas diarias, salario mínimo, vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, regímenes de pensiones, seguros de desempleo, derecho de huelga. Pero las cosas cambiaron últimamente. Cambiaron en forma demasiado drástica, a gran velocidad. Y cambiaron a favor de las pequeñas minorías que manejan el mundo perjudicando a la mayoría de la población mundial, al amplio campo de los trabajadores. ¡Eso es el neoliberalismo!: capitalismo salvaje.

 

Con la caída del bloque soviético hacia fines del siglo XX el gran capital se vio triunfador. En realidad no fue que terminó la historia ni las ideologías: ganaron las fuerzas del capital sobre las de los trabajadores, lo cual no es lo mismo. Ganaron, y a partir de ese triunfo comenzaron a establecer las nuevas reglas de juego. Reglas, por lo demás, que significan un enorme retroceso en los avances sociales que mencionábamos. Los ganadores del histórico y estructural conflicto -las luchas de clases no han desaparecido, aunque nos lo quieran hacer creer- imponen hoy más que nunca las condiciones, las cuales se establecen en términos de mayor explotación, de pérdidas de conquistas por parte del mundo de los trabajadores. En otros términos, a fines del siglo XX y comienzos del XXI se llegó a condiciones de vida como en el XIX. La manifestación más evidente de este retroceso es la precariedad laboral que vivimos, la que se presenta disfrazadamente con el oprobioso eufemismo de “flexibilización” laboral.

 

Todos los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico, todos y todas atraviesan hoy el calvario de la precariedad laboral (“flexibilización”, para usar el término de moda). Aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales), incremento de empresas de trabajo temporal, abaratamiento del despido, crecimiento de la siniestralidad laboral, sobreexplotación de la mano de obra, son algunas de las consecuencias más visibles del retroceso sufrido en el campo popular. El fantasma de la desocupación campea continuamente; la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, pareciera ser “conservar el puesto de trabajo”. A tal grado de retroceso hemos llegado, que tener un trabajo, aunque sea en estas infames condiciones precarias, es vivido ya como ganancia. Y por supuesto, ante la precariedad, hay interminables filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas.

 

En definitiva: en las condiciones en que el gran capital (en todos los países capitalistas por igual, Guatemala entre ellos) ha comenzado este siglo con un triunfo a escala planetaria que lo hace sentir imbatible, el trabajo, en todo caso, más bien nos transforma en monos, nos torna más animales. Y ante ello se ofrece como una salida infinitamente más atractiva para cualquier trabajador el negocio del narcotráfico: se gana mucho más trabajando muchísimo menos.

 

Estas últimas décadas fueron de retroceso para la clase trabajadora mundial, ello es evidente. Pero la lucha sigue. Nadie dijo que la lucha fuera fácil. Si miramos la historia queda claro que sólo con enormes combates político-sociales se van cambiando las cosas. Y sin dudas, aunque hoy pareciera que nos acercamos más al mono debido a estos retrocesos sufridos, de nosotras y nosotros, de nuestras luchas depende recuperar el terreno perdido y seguir avanzando más aún como clase trabajadora, y como especie en definitiva. Recordemos las palabras de Neruda: “podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.