jueves, 7 de octubre de 2021
miércoles, 6 de octubre de 2021
LA TECNOLOGÍA NOS SACARÁ DE LA POBREZA…
I
"El día en que
cada indio [sic] tenga un celular, Guatemala habrá entrado en el desarrollo",
dijo alguna vez el intelectual y empresario Manuel Ayau, fundador de la muy
neoliberal Universidad Francisco Marroquín, centro de estudios superiores de
alta calificación, donde se enseñan "tecnologías de punta". Hoy existe
en el país un promedio de 1.4 teléfonos por persona, y eso no significa que se
haya entrado en el desarrollo. ¿O sí? Según la medición de desarrollo humano que
hace cada año Naciones Unidas, esa nación centroamericana –aunque disponga de
más aparatos de telefonía inalámbrica que de habitantes– no posee un alto grado
de desarrollo: 70% de su población permanece bajo el nivel de pobreza (2
dólares diarios de ingreso), la mitad de su niñez sufre desnutrición crónica, cada
huracán o lluvia fuerte que llega constituye una tremenda tragedia nacional, no
tiene ningún Premio Nobel en ciencias y es uno de los países latinoamericanos
más golpeados por la pandemia de Covid-19, lo cual denota su falta de
desarrollo en el sistema sanitario.
¿Por qué habitualmente se asocia desarrollo con tecnología?
¿Qué mito hay con esta última? Aclárese rápidamente que tecnología no es sinónimo de disponer de aparatos novedosos.
Hoy el término "tecnología" ha pasado a ser
mágico. Incluso mutó su carga semántica: ya no es el conjunto de prácticas que
posibilita la fabricación de un producto (etimológicamente, del griego techné, significa "tarea",
"realización"). Por el contrario, pasó a ser sinónimo de ciencia, de saber. Por cuestiones histórico-sociales determinadas el mundo
capitalista moderno la ha entronizado, pudiendo decirse que vivimos una cultura
de veneración de la tecnología. El instrumento, la máquina, la herramienta
con que trabajamos y nos movemos en nuestra cotidianeidad, tiene un valor de
divinidad. "El ser humano creó a Dios y luego se
arrodilló frente a él. Quién sabe si también se inclinará en breve frente a la
máquina, frente al «robot»", dijo el anarquista ruso Mijaíl Bakunin a
fines del siglo XIX. Desarrollo
técnico pasó a ser sinónimo de progreso en el conocimiento. Casi como
respuesta condicionada a un estímulo, decir tecnología evoca avance triunfal de
la ciencia. Pero ciencia no es lo mismo
que tecnología.
La
definición de manual de "ciencia" nos habla de un conocimiento científico
riguroso en la medida que hay objeto y método. Definición algo
precaria, por cierto, que escamotea lo principal: siguiendo una visión
epistemológica crítica, más profunda que una mirada positivista y descriptiva
(por ejemplo: Bachelard y "La formación del espíritu científico" o
Heidegger en su seminario "La pregunta por la cosa"), podemos decir
que hay ciencia en la medida en que hay concepto fundante, pregunta
teórica que abre un nuevo campo del saber. "La
grandeza y la superioridad de la ciencia natural en los siglos XVI y XVII
depende de que aquellos investigadores [Galileo
Galilei, Nicolás Copérnico, Isaac Newton] eran todos filósofos; entendían
que no hay meros hechos, sino que un hecho lo es sólo a la luz de un concepto
fundado y, en cada caso, según el alcance de una tal fundamentación. La
característica del positivismo en el que estamos insertos desde hace decenios
–y ahora más que nunca– es pensar, en cambio, que puede arreglárselas sólo con
hechos y más hechos, mientras que los conceptos son únicamente un recurso de
emergencia que de algún modo se hacen necesarios, pero con los cuales uno no
debe entretenerse demasiado, pues eso sería filosofía."
(Heidegger).
II
La simplista idea de ciencia
que se difunde acríticamente la equipara con tecnología: sería ciencia,
según esa noción, lo que se hace en un laboratorio, la medición estricta, la
prueba que controla todas las variables. En otros términos: la observación de
"hechos". Pero en realidad hay saber científico solo en la medida que
aparece un concepto que "organiza" el mundo. Los "hechos"
no existen si no es en una dimensión humana que los instaura como tales,
dándoles una determinada significación. Los conceptos científicos, es decir,
alguna de las numerosas construcciones que nos permiten movernos en el mundo y
transformarlo en beneficio de la especie humana: inercia, números primos,
gravitación, átomo, plusvalía, inconsciente, masa, isótopo, lucha de clases,
enlace químico, son justamente eso, construcciones, elaboraciones
que permiten actuar sobre la realidad corpórea, sobre la dimensión humana. El
laboratorio viene después del concepto fundante. O no viene.
Las ciencias llamadas duras
(física, química, matemáticas, biología) aportan conceptos que no se discuten.
El laboratorio luego permite comprobarlos, y aplicarlos: he ahí la ciencia aplicada o tecnología. ¿Se puede
negar que el materialismo histórico (con el concepto de plusvalía o de lucha de
clases) o el psicoanálisis (con el concepto de inconsciente) den en el blanco?
Seguramente, dado que sí dan, y de un modo certero, se los vive declarando
muertos. Los conceptos de las "ciencias exactas", que permiten el
desarrollo de tecnologías determinadas, no se ponen en tela de juicio, pues los
poderes fácticos los aprovechan a su conveniencia. Las ciencias sociales
–parientes pobres en el ámbito epistemológico, y mucho más aún el materialismo
histórico y el psicoanálisis– no gozan de buena reputación. Pero todos los
conceptos científicos, si son tales, dan en el blanco, las ciencias duras y las
otras (¿serán "blandas" esas otras?).
Cada época histórica tiene su correspondiente tecnología;
dicho en otros términos, cada pueblo en su correspondiente etapa civilizatoria desarrolla
una determinada capacidad para asegurar su subsistencia a través del trabajo.
En definitiva, la tecnología es la forma en que se organiza ese trabajo, que
puede ir desde la primera piedra afilada del Homo habilis hace dos millones y medio de años atrás a la más
refinadísima computadora cuántica actual. Lo cierto es que el mundo moderno ha
producido un salto cuantitativo y cualitativo sin precedentes en la historia.
En el último siglo y medio la capacidad de producción, la tecnología, ha
avanzado tanto –producto del desarrollo de novedosos conceptos científicos– como
seguramente la humanidad no lo había hecho en toda su historia. Como
consecuencia de esta fabulosa aceleración, el instrumental técnico que posibilitó
ese salto pasó a ser la vedette de todo el proceso. Así, se desarrolló
una mística de la máquina, de la herramienta. Hoy, la máquina que sirve al ser
humano, pasó a ser a veces más importante que el humano mismo, más importante y
apreciada que aquello para lo que nos ayuda. No son pocos los casos en que los
poderes prefieren salvaguardar la maquinaria en detrimento de los humanos de
carne y hueso. Por lo pronto, el avance fenomenal de la robótica, que debería
ser una buena noticia para la humanidad, pues simplifica trabajos mejorando
nuestra calidad de vida, deja innumerables desocupados.
III
¿Qué tiene este
desarrollo tecnológico de importante, de bueno o de malo en términos éticos?, podría preguntarse. Esa no es
una simple pregunta inocente. Su respuesta nos confronta con el proyecto mismo
que define el curso de las cosas, el horizonte sobre el que se construye el
mundo, las relaciones de poder. Hoy la tecnología, como un ente casi con vida
propia, ha ido abandonando su valor instrumental para terminar siendo eje
central del proyecto global en curso. Se habla, se vivencia, se venera la
tecnología como si fuera una entidad en sí misma, autónoma y omnipotente. Pensemos,
por ejemplo, con lo dicho por Manuel Ayau, cita con la que abrimos el presente
escrito: ¿por qué tener muchos teléfonos celulares sería desarrollo?
Todo esto tiene su historia. El mundo de la producción
industrial, de la ganancia económica como meta última, el horizonte de la
mercadería en tanto deidad suprema, termina no necesitando del ser humano. Eso,
finalmente, es el sistema capitalista: "fetiche de la mercancía" decía Marx. Todo deviene cosa. Importa el aparato físico en sí
mismo, e importa no solo por lo que vale, por su valor de cambio en tanto
mercancía, sino también por lo que significa como símbolo de poder. El azadón, el arado de madera, la vasija de
cerámica o el reloj de arena claramente eran instrumentos que significaron
pasos importantísimos en la historia universal, en tanto mejoraron –cada uno a
su modo– las condiciones de vida. El ser humano es el único ser vivo que puede
producirlos, alterando el medio natural. Todas esas eran cosas que favorecían la calidad de vida. Y si esta calidad no
satisfacía, ahí estaban las deidades esperando, para ayudar a mejor sobrevivir.
Por si fuera poco, 3,000 dioses en la historia de la humanidad, cada uno
ayudando a su modo.
Hoy esos dioses son de plástico, de acero, de fibra óptica
o de cuarzo líquido. Las cosas materiales han pasado a tener un valor central,
no solo instrumental.
Sería absurdo oponerse a la tecnología en nombre de un
principismo inconducente, de una "vuelta a lo natural", de una renuncia
al confort moderno. La tecnología, en tanto el arsenal de medios técnicos de
que dispone una sociedad en un momento dado, no es sino eso: el conjunto de los
instrumentos con que asegurar la mejor calidad de vida posible.
Obviamente entonces: ¡bienvenido sea su desarrollo! Lo que debe cuestionarse, y
no en nombre de una moralina hipócrita sino desde una actitud crítica positiva
que tiende al enriquecimiento humano, es este aprisionamiento de que
somos víctimas por la cultura de la fascinación ante las máquinas. Si la
tecnología nos vuelve esclavos y daña nuestro medio natural, nuestra casa común
que es el planeta Tierra, algo anda mal.
IV
Si la tecnología no sirve para un genuino desarrollo humano integral, concepto que
se ha acuñado recientemente, ¿para qué está entonces? ¿Por qué es más
importante tener cosas –cambiándolas cada vez más rápidamente,
obsolescencia programada mediante– que su aprovechamiento? No podemos estar
fatalmente condenados a valorar la vida en función de las cosas que, en todo
caso, deben servir para ayudarnos a vivir. El hacha de piedra, la bicicleta, el
avión o el teléfono inalámbrico son simplemente instrumentos que nos facilitan
la vida; olvidarlo implica generar un mito, reduciendo la vida a una frenética
carrera por su posesión, para no saber qué hacer una vez se los ha obtenido. El
consumismo capitalista ahí hunde sus raíces: el mandato es ¡consumir y
consumir! Y, por tanto, no dejan de aparecer aparatos nuevos. Si es de última
generación, tecnología de avanzada, algo novedoso, eso pareciera que ya es
garantía de bondad, de beneficio asegurado. "Lo que hace grande a este
país [Estados
Unidos] es la creación de necesidades y deseos, la creación de la
insatisfacción por lo viejo y fuera de moda", manifestó el gerente de la
agencia publicitaria estadounidense BBDO, una de las más grandes del mundo. La
"tecnología" pareciera ser la promesa de esa provisión interminable
de "nuevas y mejores" cosas.
Pero "El ser humano ha llegado a ser, por así decirlo,
un dios con prótesis; bastante magnífico cuando se coloca todos sus aparatos,
pero éstos no crecen de su cuerpo, y a veces le procuran muchos sinsabores", decía con razón Sigmund
Freud. Si lo olvidamos, no hay real desarrollo del ser humano. En vez de
venerar imágenes religiosas, tótems o espíritus, glorificamos pedazos de
plástico o cromo-vanadio. ¿Será ese nuestro destino? Las herramientas, en
definitiva, si no están para satisfacer a la humanidad, no sirven. Lo
importante es el proyecto humano en el que se inscriben. Por lo que se ha visto
hasta ahora, el capitalismo no pasa de traer penurias. El socialismo, con todas
las lacras que puedan achacársele, sigue siendo una genuina esperanza.
martes, 5 de octubre de 2021
IMPUESTOS
El pobrerío, en todas partes del mundo, en proporción a sus ingresos, siempre termina pagando muchos más impuestos que los grandes millonarios. ¿De qué viven los Estados? Del cobro de impuestos. ¿Quiénes son los grandes evasores? Los que deberían pagar más, y no pagan.
lunes, 4 de octubre de 2021
domingo, 3 de octubre de 2021
SALARIOS JUSTOS
La Comuna de París, primer experimento socialista de la historia, en 1871, o los primeros decretos de la Revolución Socialista en Rusia, en 1917, establecían que el sueldo de un funcionario público, de un director de alguna entidad de gobierno, debía ser, a lo sumo, el doble del de un trabajador asalariado. Hoy día los directores ejecutivos de las grandes multinacionales (los llamados CEO’s -Chief Executive Officer-) ganan hasta 320 veces lo que gana el trabajador promedio de su empresa. Cuanta mayor sea la distancia entre patronal y “chusma”, al menos para esta forma de pensar, mejor. ¿Será muy cristiano eso? ¿O será que cuanto más se sufra en este mar de lágrimas más grande será la recompensa en el paraíso?
sábado, 2 de octubre de 2021
viernes, 1 de octubre de 2021
EL FUTURO QUE NOS ESPERA
¿Hacia un capitalismo verde? Lo único verde en el panorama parecen… los billetes de dólar.
“Hay mucha gente que ya le encontró el
gusto por trabajar desde la casa, y las empresas ya le encontraron el gusto de
que la totalidad de la gente no vaya a las oficinas”.
Franco Uccelli, Banco Morgan Chase
“El futuro que nos espera” es el título de un trabajo
recientemente aparecido en la publicación británica “The Economist”, que resume
en 20 puntos el análisis realizado por una cincuentena de economistas y
politólogos en relación al futuro que sobrevendría a la actual pandemia de
Covid-19.
Su último punto parece un manifiesto
esperanzador: “El
mundo está viendo este año un nuevo inicio. Un renacimiento. La gente
replanteará sus metas personales, de trabajo, de salud, de dinero y
espirituales. Vienen grandes oportunidades para satisfacer todos esos
requerimientos y cambios de pensamiento. Un nuevo inicio anclado en valores
fortalecidos. Muchos comportamientos se transformarán y nunca regresarán”.
Algo no muy distinto se dijo en el Foro Económico Mundial, habitualmente
llamado Foro de Davos, en mayo de 2020, cuando iniciaba la crisis sanitaria
global.
Vale la pena atender a esta publicación de The Economist,
pues sus supuestas predicciones son,
en realidad, una expresión velada de líneas trazadas por los grandes poderes
capitalistas que manejan buena parte del mundo (habrá que excluir allí a China,
Rusia y algún espacio socialista que perdura pese a los embates: Cuba, Corea
del Norte). Por supuesto, esto no significa que esos vaticinios sean verdades reveladas, ni que forzosamente
habrán de cumplirse tal como se formulan. Pero sí marcan los escenarios que los
grandes megacapitales establecen a futuro; el semanario inglés, de este modo,
oficia de vocero oficioso de los mismos. Sin dudas, vale la pena leerlo, tal
como hacía Marx en su momento –el periódico fue fundado en 1843– pues allí se
trasunta el espíritu de la elite global y da una información más que preciosa
sobre qué se “cocina” en las alturas.
Valga decir, como un dato no poco importante, que The
Economist hace parte del The Economist Group, una empresa editorial que
tiene como sus principales accionistas nada más y nada menos que a las familias
Rothschild y Agnelli, de los más acaudalados grupos económicos del capitalismo.
Se respira en la publicación el más rancio neoliberalismo, la más acendrada
defensa de la ideología capitalista. Puede decirse entonces que lo que propone
como “futuro” este trabajo es lo que el capitalismo occidental dominante
propone; es decir: el futuro que esa elite anhela, y para lo cual trabaja sin
descanso día y noche.
¿Cuál es el futuro que nos espera entonces, según esta “planificación”?
Veamos algunos de los puntos:
·
Los
humanos deseamos volver a socializar, pero el trabajo a distancia básicamente
se quedará igual.
·
Las
casas se vuelven más tecnológicas y adaptadas al trabajo diario. Muchas
empresas se dedicarán a solucionar las necesidades de trabajar desde casa.
·
La
productividad ya no depende de un jefe que te revise, ahora una plataforma
medirá tus resultados. (…) No habrá diferencia entre contratar personal local y extranjero. Hoy
todos somos globales.
·
Los
empleos se reducirán dramáticamente, pues muchas funciones y operaciones
simples las resolverá la Inteligencia Artificial.
·
La
educación nunca volverá a ser igual. Será presencial pero tecnológicamente
adaptativa. Cada quien lo que necesita. Estudiar Offline y On-line será lo
normal.
·
El
sistema médico se adaptó a lo digital con tecnología a distancia para siempre.
·
El
comercio sigue creciendo, pero en línea; entran jugadores como Facebook,
Tik-Tok y YouTube que competirán con Amazon. Cierra un porcentaje cercano a 50%
de tiendas físicas globales.
·
El
cambio climático será un tema muy hablado y apoyado. Grandes industrias seguirán
transformándose y se generalizará el uso de la Inteligencia Artificial para
hacer mejor y sostenible ambientalmente la producción de bienes y servicios.
·
La
salud mental se vuelve un tema recurrente y grandes plataformas ayudarán a la
gente a sobrellevar las situaciones de agresividad, soledad y angustia que han
vivido al estar aisladas.
·
Todo
se va a lo natural y saludable. (…) La permacultura y los sistemas de producción personales eficientes
crecerán exponencialmente.
La escritora británica Helga Zepp-LaRouche expresó
sobre ese preconizado futuro: “La
City de Londres, Wall Street y varios bancos centrales importantes [buscan] consolidar
un control total sobre todas las inversiones financieras en beneficio de los superricos
a expensas de las clases medias y los pobres de todo el mundo. La “transición
ecológica” que venden significa una destructiva absorción financiera de las
economías, siendo el color “verde” sólo el estandarte de su propósito de
saqueo. Lo llaman el “Gran Reseteo, Gran Reajuste o Gran Reinicio. Con el pretexto de
reconstruir la economía mundial después de la pandemia de COVID-19, los
principales banqueros privados y multimillonarios pretenden llevar a cabo un
“cambio de régimen”, por el cual la política monetaria y fiscal ya no será
decidida por los gobiernos elegidos, sino por los bancos centrales privados y
los principales actores financieros directamente”.
Puede apreciarse que quienes fijan en muy buena
medida la arquitectura del mundo están tomando este momento histórico como algo
de gran importancia. Si hablan de “Gran Reseteo”, de un gran reinicio, la
pregunta es ¿qué es lo que se va a reiniciar? Esta expresión, metáfora de lo
que vendrá, fue propuesta en mayo del 2020, en Davos, por Carlos, príncipe de
Gales y heredero al trono de Gran Bretaña, junto al fundador y coordinador de
ese Foro, el empresario y economista alemán Klaus
Schwab. “La pandemia representa una rara
ventana de oportunidad para reflexionar, reimaginar y reiniciar el mundo”,
dice este acaudalado europeo, junto a Terry Malleret en su libro “Covid-19:
“El gran reinicio””. Ahora
bien: ¿qué será ese tal “reinicio”? ¿Cuál es ese futuro que nos espera?
Para estos megacapitales occidentales, definitivamente ¡más
capitalismo! Presentar esos vaticinios en una revista que es portavoz de los
grandes grupos económicos significa, de alguna manera, bregar porque así sean
las cosas. Un horizonte socialista ni siquiera se menciona. Es obvio que el
“pobrerío” no dueño de los capitales es el enemigo de clase, por tanto, es
impensable perder esa lucha. Lo que se transmite en esa publicación es el deseo
de lo que se ansía para el futuro. Es decir: el mundo según el diseño de la
gran banca, de la gran empresa multinacional, la sociedad planetaria a la que
aspira la elite global, lo cual será un esquema hecho a su entera conveniencia,
donde los sectores populares quedarían totalmente subsumidos.
Si algo resalta en ese posible diseño, ese “gran reinicio” en
ciernes, es un énfasis creciente en el individualismo, en la solución personal
a cada problema, un mundo interconectado donde el Estado no juega mayor papel, mundo
manejado en buena medida por inteligencia artificial (en manos de pocas
potencias, de pocas megaempresas) y donde el distanciamiento social es la norma
(¿ya no habrá organización sindical?). Aparentemente, según esas predicciones,
todo se irá haciendo en forma distanciada: trabajo, estudio, salud, compras,
diversión. El contacto humano pasará a ser algo raro (¿sexo cibernético?). Si
habrá cada vez más gente “sobrante”, no está allí la preocupación. En todo
caso, para esa elite global los desocupados, hambrientos, migrantes irregulares
y marginados –que no se preanuncia vayan a terminar– son un problema, solo porque
constituyen un peligro potencial, una bomba de tiempo que puede estallar en
cualquier momento. Para eso están los hipercontroles, y el mundo absolutamente
digitalizado lo permite. Por supuesto, ni remotamente se pone en tela de juicio
la continuidad del orden capitalista. Hay una visión liberal del mundo, donde
cada quien pareciera decidir su destino (¿será por eso que interesa la “salud
mental”?, entendida siempre como adaptación, como mansedumbre).
La preocupación por un capitalismo “verde” no es sino el
ocultamiento de la contradicción del capital depredador con la naturaleza. Siempre,
en forma inexorable, la acción humana depreda algo la naturaleza. Nuestra
especie, si bien es natural, tomó
independencia de ese mundo natural e interactúa con él de un modo totalmente
distinto a como lo hace cualquier especie animal o vegetal. El trabajo –“esencia probatoria del ser humano”,
dirán Hegel y Marx– por fuerza rompe el ciclo natural, transforma, depreda. Pero
el capitalismo llevó esa depredación a niveles insostenibles. La salida que se
avizora a eso no es ninguna salida: poner un rostro amable y plantar árboles en
los jardines de las empresas no es cuidar la ecología. Ni tampoco lo es llamar
a una autoconsciencia no depredadora de los “ciudadanos responsables” para que
no usen bolsas plásticas y dejen bien cerrados los grifos. El problema está en
la raíz del modo de producción. Las supuestas salidas verdes no son salidas.
Por ejemplo: se necesitan 1.700 galones de
agua para producir uno de biocombustible: ¿dónde está la solución? Expresó
Michael Klare: aunque “el sol y el
viento son efectivamente renovables hasta el infinito, los materiales
necesarios para convertir estos recursos en electricidad –minerales como el
cobalto, el cobre, el litio, el níquel y los elementos de tierras raras– son
todo menos renovables. Algunos de ellos, de hecho, son mucho más raros que el
petróleo, lo que nos hace pensar que los conflictos mundiales en torno a
recursos vitales bien podrían no desaparecer en la era de las energías
renovables”.
Entonces: ¿a trabajar desde la casa, a no protestar y a pensar en “salvarse individualmente”
comiendo vegetales sanos recogidos de los propios huertos hidropónicos
hogareños?, reciclando la basura, claro…, como “buenos ciudadanos
responsables”.
Está
claro que el documento, casi un “manifiesto” de lo que el capitalismo dominante
pretende, está concebido pensando en ciudadanos del Norte, consumidores
(¿blanquitos habría que agregar?) con aceptables niveles de ingreso, con casa
munida de todos los adelantos tecnológicos que el mundo actual puede proveer. Los
“pobres” del Sur (ni se menciona qué pasará con aquellos que, por la
inteligencia artificial, perderán sus empleos) no aparecen en el vaticinio. Es,
en definitiva, una expresión altanera, petulante y racista de la elite global,
la misma que para mantener sus privilegios mata de hambre a 20,000 personas
diarias, decreta guerras de exterminio y puede destruir el planeta
irresponsablemente. Si canta loas al “gran reinicio” que pretende, el solo
hecho de ver quién puede presentar esa idea en el encuentro de los
supermillonarios de Davos lo dice todo: un parásito como Carlos de Inglaterra,
representante del depredador imperio británico. Los que no poseen casa con
internet ni huerto hidropónico, no tienen acceso a tarjeta de crédito y no
saben si comerán al día siguiente, los que no viajan en avión ni conocen nada
de inteligencia artificial (la enorme mayoría de la
población planetaria), ¿no entran en esta prospectiva de The Economist?
No
significa que estas “predicciones” se vayan a cumplir exactamente así, pero eso
es –pareciera– lo que desean los megacapitales que condicionan el futuro. ¿Qué
podemos oponer? Porque el futuro, definitivamente, ¡no está escrito!







