martes, 7 de septiembre de 2021

CHINA, ¿CADA VEZ MÁS SOCIALISTA Y MENOS CAPITALISTA?

La multinacional financiera estadounidense Morgan Stanley, una de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos, con ingresos anuales de alrededor de 40,000 millones de dólares, acérrima defensora del sistema capitalista, dijo:

 

"Se está produciendo un profundo cambio de política en China. Para lograr los objetivos de garantizar la estabilidad social y hacer que el crecimiento económico sea más sostenible, los responsables de la formulación de políticas han iniciado un ciclo de endurecimiento regulatorio de gran y amplio alcance. Este nuevo curso dará forma a la evolución de la economía y los mercados de capitales de China en los próximos años". En otros términos, se lamenta que haya menos capitalismo y más control del Estado comunista.

 

La consigna actual, surgida en varias universidades y tomada por el gobierno central de Pekín es: “MÁS MARX, MENOS OCCIDENTE”.




 

lunes, 6 de septiembre de 2021

¿BICENTENARIO?

Septiembre. Entramos en el mes del Bicentenario de la Independencia (¿independencia?) de Guatemala. En medio de la brutal crisis sanitaria que se vive, ¿habrá algo que festejar?

 

Y si no hubiera esta crisis, con miles y miles de muertos y hospitales colapsados, si las cosas siguieran normales, sin pandemia de coronavirus, ¿habría algo que festejar como Bicentenario de la Independencia? ¿Independencia de qué?




 

domingo, 5 de septiembre de 2021

¿CÁNCER DE COLON?

Estamos en la era de la post verdad. ¡Increíble! Ya no se sabe qué es qué. Estamos absolutamente a merced de quien nos engaña con total tranquilidad, le creemos y permanecemos muy felices.

 

Se dice que el Sr. Presidente tiene cáncer de colon. ¿Fake new para preparar su salida? ¿Los que realmente mandan le bajaron el dedo? Según dicen los que saben de esto, en los que toman las decisiones reales del país hay preocupación por posibles estallidos sociales. ¿Le llegó la hora al administrador de turno? Lo cierto es que la corrupción se enseñorea cada vez más. ¿Preocupación por la reacción popular?

 

El manejo de la pandemia llama a mucho malestar social; puede haber demasiadas protestas. ¿Habrá que cambiar al gerente entonces? Una enfermedad puede ser buena salida. ¿A quién creerle?

 



sábado, 4 de septiembre de 2021

EL MUNDO POST PANDEMIA

Tal como va el mundo, todo indica que la normalidad a la que volveremos luego de la pandemia podrá ser distinta a lo ya conocido: habrá que usar mascarillas, lavarse continuamente las manos con gel antibacterial, distanciarse del prójimo, no darse un beso en la mejilla ni un apretón de manos, desinfectar la suela de los zapatos. Pero además de eso, los elementos más profundos, lo que decide nuestras vidas (es decir: esos resortes que “la plebe” no maneja): ¿más de lo mismo o lo mismo con más?

 

Es probable que en este nuevo escenario que se pueda abrir se modifiquen relaciones de poder entre las grandes potencias. En este momento todo indica que Estados Unidos está perdiendo -bastante aceleradamente- su papel de centro hegemónico global. Con un producto bruto de más del 50% de la economía planetaria después de la Segunda Guerra Mundial, ahora aporta solo un 18%. El hiperconsumo desenfrenado y su voraz avidez le han pasado factura: su moneda, anteriormente sostenida a punto de invasiones militares, hoy día va perdiendo valor. La República Popular China lo está destronando como potencia económica y científico-tecnológica. En el plano puramente militar, Rusia lo ha dejado atrás, tomándole varios años de delantera en el desarrollo de armas estratégicas (misilística hipersónica). Todo eso, de todos modos, no necesariamente es una buena noticia para el campo popular. Está abierto el debate sobre el actual modelo de “socialismo de mercado” impulsado por China; en principio, sin embargo, ese no es el espejo donde puede mirarse la clase trabajadora internacional y los empobrecidos pueblos del mundo. ¿Post pandemia con una China hegemónica y dominante en tecnología 5G? (y 6G ya en camino).

 

Trabajar por un mundo post pandemia donde “quepamos todos”, tal como se ha dicho, es algo que va más allá de la crisis sanitaria. ¿Solo una enfermedad esparcida globalmente nos puede movilizar en tal sentido? Suena raro. Quizá ante el trauma de un evento con algo de catastrófico por lo ahora vivido (en muy buena medida, exagerado convenientemente por los medios comerciales de comunicación), puedan surgir estas aspiraciones “bondadosas”, de llamados a un nuevo modo de relacionamiento, de “sentirnos hermanos todos”, como pide el Vaticano con la reciente invocación del Papa Francisco “Fratelli tutti” (Hermanos todos). Siendo crudamente realistas todo indica que quienes marcan el rumbo no son precisamente los “trabajadores asalariados” sino sus jefes: Hay mucha gente que ya le encontró el gusto por trabajar desde la casa, y las empresas ya se encontraron el gusto de que la totalidad de la gente no vaya a las oficinas”, dijo Franco Uccelli, alto directivo del JPMorgan Chase & Co, uno de los bancos más grandes del mundo (estadounidense), de esos que sí, efectivamente, marcan lo que es “normal”. Seguramente por allí va a ir esta “nueva normalidad”.

 

De ningún modo podemos aceptar la actual normalidad donde mueren diariamente 24,000 personas por hambre o por causas ligadas a la desnutrición mientras sobra comida en el mundo. Pero la supuesta “nueva normalidad” no augura nada nuevo en verdad. Más allá de buenas intenciones, queda por verse cómo lograr efectivamente ese cambio. ¿Es un acto de corazón? ¿Se “abuenarán” los “malos” que nos matan de hambre? Obviamente no se trata de bondades o maldades en juego: son luchas de clases, relaciones sociales trans-individuales. Todo indica que lo dicho por este funcionario de uno de los bancos más poderosos del mundo marca la “nueva normalidad”. El mundo digital que ya se abrió, de momento no parece favorecer a las grandes mayorías. Trabajar desde casa ¿es un triunfo popular? ¿Cómo se formarán los sindicatos entonces? ¿O en la “nueva normalidad” eso ya no cabe? Las tecnologías digitales, fabulosas sin dudas, pueden servir para dar saltos en la historia; o también, como pareciera perfilarse de momento, para controlarnos más y mejor.

 

Según la UNESCO, órgano especializado del Sistema de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, lo que vendrá cuando se haya aplanado completamente la curva epidemiológica del COVID-19 (la de los muertos por inanición no se aplana nunca, ¡no olvidarlo!), invita a reflexionar sobre lo que es normal, sugiriendo que hemos aceptado lo inaceptable durante demasiado tiempo. Nuestra realidad anterior ya no puede ser aceptada como normal. Ahora es el momento de cambiar.

 

Pero, ¿la “hemos aceptado”, o se nos ha impuesto? Luego de la pandemia de coronavirus viene la vacunación masiva. Bill Gates, uno de los mayores magnates actuales del planeta -propietario de una de esas megaempresas que se ha beneficiado exponencialmente con los encierros causados por la pandemia, es uno de los más grandes filántropos en el mundo y promotor de esa vacunación. “Las próximas guerras serán con microbios, no misiles”, dijo repetidamente. De hecho, él y su ahora ex cónyuge Belinda constituyen uno de los principales sostenes financieros de la Organización Mundial de la Salud -OMS-, mecenas preocupado por la salud de la humanidad. ¿Seremos paranoicos si nos abrimos preguntas al respecto, si desconfiamos de tanta bondad?

 

Va quedando claro que el principal perjudicado con esta crisis sanitaria global es la gran masa trabajadora de todos los países. La oligarquía internacional que maneja el mundo capitalista -que no tiene nacionalidad, en definitiva: “El capital no tiene patria” decía Marx- puede hoy hacer algunas mínimas concesiones para que no estalle la olla de presión. De esa cuenta, ha comenzado a hablar de la posibilidad de establecer una renta básica universal. Probablemente el “Gran Reinicio” del que se habla, por ejemplo en el Foro de Davos, consista en un intento de reingeniería social a escala planetaria para seguir manteniendo inalterables sus privilegios. En esa lógica, con planes neoliberales que no terminan -¿quién dijo que el neoliberalismo está acabado?- los Estados van quedando crecientemente debilitados, siendo reemplazados por el asistencialismo de mecenas (fundaciones como la de Bill Gates, o Soros, o cualquiera por el estilo), o por ese engendro impresentable llamado “cooperación internacional”. La cada vez mayor precarización en las condiciones laborales constituye un mecanismo para aumentar las tasas de ganancia del capital, fragmentando la organización, y por tanto las luchas populares. El proceso de “oenegización” hoy día tan extendido, no es sino una forma de seguir implementando el “divide y reinarás”.

 

La sociedad global cada vez más se encamina hacia tecnologías de vanguardia, revolucionarias (en las que China ya le está tomando la delantera a Estados Unidos). Las fortunas más grandes se van acumulando ahora en las empresas ligadas a esas tecnologías. Llama la atención que un mecenas como Gates (que no parece tan “trigo limpio”, si es un gran evasor fiscal como se ha denunciado y destructor de los Estados nacionales -la beneficencia no puede suplir al Estado-) se preocupe tanto de las vacunaciones. No mucho tiempo atrás, el fundador de Microsoft advertía al mundo que la gran amenaza global en este momento no era la guerra nuclear sino las pandemias. “Microbios y no misiles” indicaba. Quizá deba incluirse también en los negocios de futuro, de esos que no decrecen con la pandemia (como parece estar sucediendo con el petróleo, por ejemplo) a la gran corporación farmacéutica, la Big Pharma (que durante el 2020 produjo y vendió en cantidades mayúsculas mascarillas, respiradores, gel antibacteriano, pruebas de detección de COVID-19, fármacos como Remdesivir -del fármaco cubano Interferón: ni una palabra- o las vacunas, todo lo cual está generando ganancias astronómicas). Según datos que llegan dispersos, representantes de la GAVI, la Global Alliance for Vaccines and Immunization, y su fundador y principal financista, Bill Gates con su benemérita Fundación, insisten cada vez más en la necesidad de una inmunización universal.

 

Acertadamente dice Mara Luz Polanco: La lógica mercantil de la industria farmacéutica también ha provocado que sus inversiones se destinen principalmente a la búsqueda de aquellos medicamentos que podrían redituar más ganancias, descuidando los necesarios para el tratamiento de otras enfermedades. Se sabe por ejemplo que las farmacéuticas desatienden la investigación para el tratamiento de enfermedades raras, infecciosas, o la producción de vacunas porque pueden ser menos rentables que otros productos, y en general, la industria privada orientada por criterios de rentabilidad no está interesada en proyectos que requieren mayor inversión, suponen más riesgos o son de baja demanda.

 

La insistencia en esa vacunación universal, exigida casi como un obligado pasaporte que permitirá moverse por el mundo y seguir integrado a la “nueva normalidad”, obliga a formularse preguntas. Una vez más, parafraseando al jesuita Xabier Gorostiaga, quien dijo que “No somos estúpidos quienes seguimos teniendo esperanza [en un mundo más justo luego de la caída del Muro de Berlín]”, podemos decir: “No somos paranoicos quienes nos planteamos preguntas ante tanta confusión con la pandemia”. ¿Por qué esta apresurada, casi desesperada necesidad de vacunación global?

 

Esta autorización de super emergencia que recibieron las distintas vacunas anti COVID-19 que fueron apareciendo, abrió dudas. Decisiones de excepcionalidad para el uso de medicamentos que no han sido debidamente probados -una vacuna debería pasar no menos de diez años de observación antes de ser ofrecida públicamente- se dan solo en casos de una muy grave situación de alarma, que podría permitir correr riesgos excepcionales, saltando los protocolos y controles exigidos normalmente. El pánico generado al inicio de la pandemia, básicamente inducido por los medios comerciales de comunicación a escala planetaria, preparó el terreno para la posterior aceptación de las vacunas.

 

El capitalismo es el capitalismo. Es decir: solo piensa en lucro empresarial, basado en un individualismo hedonista fundante. La salud pública, por tanto, es concebida de la misma manera. En otros términos: es un valor de cambio más, una mercancía que puede generar ganancias. La solidaridad no existe (la beneficencia y la cooperación internacional no tienen nada que ver con la solidaridad). En esa lógica, los grandes oligopolios farmacéuticos utilizaron fondos públicos para la investigación de estas nuevas vacunas, y sin que se hubiera demostrado la validez, eficacia y seguridad de las mismas, comenzaron a utilizarse. Curioso que esas empresas (estadounidenses y europeo-occidentales) lograron que sus respectivos Estados sean quienes pagarían las indemnizaciones por posibles efectos secundarios derivados de estos productos experimentales, mientras continúan negociaciones para lograr quedar exentas de toda responsabilidad civil por las eventuales secuelas producidas por sus medicamentos.

 

El reputado neurocirujano estadounidense Russell Blaylock afirmó que “Dado que no se han realizado estudios sobre lo que sucede con las proteínas de pico una vez que se han inyectado y, lo que es más importante, cuánto tiempo seguirá produciendo el ARNm las proteínas de pico, no tenemos idea sobre la seguridad de estas vacunas. Moderna y Johnson & Johnson nunca antes habían hecho una vacuna. (…) Para permitir que la población use estos productos biológicos completamente experimentales, el gobierno tuvo que declarar esta “pandemia” una emergencia médica y utilizar la Autorización de uso de emergencia (EUA), que enfatiza que los agentes no están aprobados y son completamente experimentales. El proceso de aprobación de una vacuna experimental normalmente requiere un período de hasta diez años de estudio intensivo antes de que se apruebe una vacuna”.

 

Más allá de la efectividad o no de estas vacunas -curiosamente, las de fabricación rusa, china o cubana no ocupan la cartelera de la prensa como sucede con las de las multinacionales capitalistas-, de sus efectos secundarios nocivos a mediano y largo plazo, de las razonables dudas que todo esto pueda abrir, la ideología capitalista (individualista y hedonista) evidencia una vez más que no está en condiciones de aportar nada para una humanidad igualitaria. Vergonzosamente los países llamados desarrollados han acaparado la casi totalidad de la producción, dejando migajas para el Sur.

 

El Director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, no ahorró palabras para denunciar las asimetrías en el manejo de las vacunas y la voracidad de los más acaudalados. Consideró “moralmente indefendible, epidemiológicamente negativo y clínicamente contraproducente” el panorama actual. Atacando la mercantilización de la salud y la falta de solidaridad evidenciada en el manejo de la distribución de las vacunas, se refirió a los mecanismos de mercado enfatizando que son “insuficientes para conseguir la meta de detener la pandemia logrando inmunidad de rebaño con vacunas”, defendiendo la necesidad de planteos de políticas públicas para afrontar la crisis sanitaria. “Tengo que ser franco: el mundo está al borde de un catastrófico fracaso moral, y el precio de este fracaso se pagará con vidas y medios de subsistencia en los países más pobres”.

 

Como una medida paliativa ante esta desproporción impresentable, en el Foro Mundial de Davos en 2017 se presentó el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19, más conocido por su sigla COVAX. Es preciso puntualizar que el mismo fue fundado por la ya mencionada GAVI y por la Coalition for Epidemic Preparedness Innovations -CEPI-, ambas instancias concebidas y financiadas por la Fundación Gates. El COVAX se presenta como institución público-privada, utilizando fondos públicos (las investigaciones para generar las vacunas de los oligopolios capitalistas de allí provienen) para beneficio privado. Es un sutil mecanismo que emplea el disfraz de lo público para actuar como institución bancaria comercial, comprando las vacunas a las grandes empresas farmacéuticas (Pfizer/BioNTech, AstraZeneca, Moderna, Johnson & Johnson, Janssen). Supuestamente su objetivo es garantizar el acceso igualitario a las vacunas para todos los países, pero en realidad se trata de un instrumento de los grandes capitales para defender a la Big Pharma. Todo indica que su cometido real no es, precisamente, la solidaridad con los más humildes sino la protección de las patentes de los oligopolios capitalistas, impidiendo en todo lo posible la distribución de vacunas producidas por instancias públicas de Rusia, China o Cuba, bloqueando al mismo tiempo la posibilidad de producción de países que tienen la capacidad tecnológica de hacerlo, como India, Brasil, Argentina o Sudáfrica,

 

Como todo esto de la pandemia está aún muy confuso, nadie puede asegurar categóricamente nada. ¿Por qué, por ejemplo, Bill Gates, este mecenas multimillonario también evasor fiscal, está tan preocupado por la salud mundial? A toda esta parafernalia de la pandemia debe continuar una vacunación universal obligatoria con insumos que habrá que pagar y que, tal como están las cosas, no garantizan el fin de la crisis (la OMS y las mismas farmacéuticas están hablando de la necesidad de dosis de refuerzo). Además, la inmunidad que otorgan estas vacunas es temporal, por lo que se está entrando en un ciclo de obligadas vacunaciones periódicas. Todo indica que hay un muy buen negocio a la vista. Según se nos dice, podrán venir nuevas pandemias, a partir de nuevos agentes patógenos. “Microbios y no misiles” se apuntaba; ¿habrá un guión escrito? Vacunas de uso mundial casi obligado surgidas en un santiamén, saltando todos los protocolos. Son más las dudas que las respuestas, las sombras que las luces.

 

El modelo de producción y consumo que trajo el capitalismo no es viable a largo plazo: las pandemias serían, entre otras, una de sus ingratas consecuencias. Las respuestas técnicas -la vacunación universal- no alcanzan, porque la evidencia muestra que las mismas no llegan por igual a todos los habitantes del planeta. Se trata entonces de buscar otros caminos, establecer las relaciones humanas y los esquemas sociales sobre otros modelos sociopolíticos. Hay que pensar en alternativas, por lo que, como dijera Rosa Luxemburgo entonces: “socialismo o barbarie”.

 

El sistema capitalista, que sin ningún lugar a dudas no puede solucionar todos los problemas humanos que hoy día ya son solucionables gracias al desarrollo científico-técnico, no está agotado. Con varios siglos de existencia, sabe arreglárselas muy bien para permanecer de pie. En la guerra contra el socialismo, hoy por hoy va ganando. Pero eso no es una buena noticia para la humanidad, porque la prosperidad de unos pocos asienta en las penurias de las grandes mayorías planetarias. La situación de la salud lo evidencia de modo patético, y la actual crisis sanitaria muestra que la mercantilización de un bien tan preciado como ese lo único que trae es ganancias para unos pocos a costa de sacrificios de los más. Después de la pandemia no se ve, al menos en principio, un horizonte post capitalista. Al contrario, todo augura más capitalismo, con una super potencia en declive disputando la hegemonía mundial con otras dos super potencias (con capitalismo de Estado y capitalismo mafioso una, con socialismo de mercado la otra). Las guerras no han desaparecido de la historia, sino que siguen siendo una cruda realidad, y la posibilidad de un holocausto termonuclear está siempre abierta. Ante este mundo y la nueva normalidad que se avecina, con este “Gran Reinicio” que los capitales occidentales propician, la masa trabajadora mundial no puede sentir ninguna alegría. Si nuevas pandemias podrán venir, y la salud seguirá siendo un bien comercializable, el camino capitalista es un callejón sin salida. Por tanto, como gran tarea pendiente, estamos llamados a construir algo distinto, una alternativa a este modo de producción basado solo en el lucro, que prescinde tanto del ser humano -a quien transforma en esclavo asalariado, o lo desecha producto de la robotización- o se lleva por delante la naturaleza, olvidando que hay un solo planeta, que nuestra casa común no es una infinita cantera para explotar.

 

Con esperanza, pero también con realismo -y cabe aquí el llamado de Antonio Gramsci a “actuar con el pesimismo de la razón y el optimismo del corazón”- recordemos que “El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, como dijo certeramente Vladimir Lenin.

 


viernes, 3 de septiembre de 2021

SI QUIERE, PUEDE…. ¿ES CIERTO?

En alguna reunión sobre la obra de Milton Friedman en la Universidad Francisco Marroquín (baluarte guatemalteco del neoliberalismo) con docentes y estudiantes marroquinianos más catedráticos invitados de otras universidades, los expositores mostraban cómo “si uno quiere, puede”, que todo es “cuestión de actitud”. La idea a resaltar era que, “con trabajo fecundo, si alguien se lo propone, puede salir de pobre… Y no solo eso: ¡puede hacerse millonario!”

 

Ante eso, insistentemente repetido, una joven estudiante pidió la palabra:

 

Señores catedráticos, con todo el respeto, permítanme dar mi modesta opinión. O más que opinión: mi pregunta, porque la verdad es que no entiendo bien esto que ustedes dicen. Yo soy estudiante becada, y como parte de mi trabajo de campo, estuve toda la quincena pasada haciendo una investigación en una remota aldea de Quiché. Ahí la gente sobrevive en condiciones increíbles: no hay luz eléctrica, no hay agua potable, las mujeres lavan la ropa en el río, todas las familias tienen cinco, siete, diez hijos. Hay una escuelita donde el maestro falta la mayor parte del tiempo, y la población apenas si come. La desnutrición es lo común. Mucha de esa gente no conoce la capital. Entonces, yo me pregunto: aunque esa población quiera, ¿cómo hace para salir de pobre? ¿Trabajando duro? Pero…, si pasa toda la vida trabajando, y no hay modo…

 

La reacción de los profesores fue una sarta de estupideces que no pudieron desdecir lo expresado por la joven.

 

SI UNO QUIERE, ¿ES CIERTO QUE PUEDE? O ¿HABRÁ QUE MATIZAR ESO?




 

jueves, 2 de septiembre de 2021

CANTORES

https://www.youtube.com/watch?v=D6iV3JXEXSI

 

Todos los martes y jueves, en horario estelar, salía al aire el programa que había llegado al tope de audiencia en la televisión nacional: “Venga y cante”.

 

Se daban cita ahí los personajes más extravagantes: cantores fracasados, amas de casa con ínfulas de artistas, pordioseros animados maliciosamente por algunos rodeantes para que se presentaran en televisión, fauna de la más exótica que pudiera concebirse. Entre tantos participantes, algunos cantaban decorosamente. Hasta había algunos afinados. La gran mayoría daba bastante pena.

 

El conductor del programa, Manuel Sonrisol, era un veterano y experimentado animador, famoso por su actitud siempre petulante, burlesca. Con delicadeza –si es que así puede llamársele– se mofaba sutilmente de los cantores aficionados que llegaban.

 

El programa se transmitía en directo y con público presente; de hecho, como se regalaban las entradas, había largas filas de asistentes, a tal punto que a veces se colmaba completamente el estudio, debiéndose cerrar el paso de gente, y muchos quedaban fuera. Por ser una emisión en vivo, llevaba toda la carga de lo que puede significar la improvisación: no faltaban los errores, siempre muy bien disimulados por el conductor y el equipo de producción, así como las simpáticas, a veces desopilantes, ocurrencias que implicaba un trabajo improvisado. Eso mismo confería a “Venga y cante” un atractivo que muy pocos, quizá ningún, programa alcanzaba.

 

La actitud burlesca de Sonrisol podía pasar desapercibida, y para muchos era, incluso, un dato simpático. Con un modo que siempre buscaba hacer quedar en ridículo a los participantes, pedía, o más bien exigía, que los aficionados dedicaran su intervención a una larga fila de personas (“a mi viejita que me está viendo ahora”, “a mi novio”, “a los muchachos del taller”, “a Fulanita, que quiero que sea mi más que amiga”, etc.), y finalmente –casi como obligación– “¡al público presente!”. Dichas estas palabras “mágicas”, el público presente reventaba en una ovación. El rito se repetía obstinadamente con cada uno de los concurrentes.

 

Cada aficionado elegía una canción a su entero gusto, del tipo que fuera; había de todo: canciones de moda, salsa, música pop, viejos temas del recuerdo, valses, no faltaba quien eligiera una ranchera, o un tango… Y había también de todo en la interpretación: gente que gesticulaba y actuaba remedando a su ídolo, cantores sin la menor gracia, algunas voces agraciadas. Pero lo que primaba era la mediocridad de aficionado.

 

Terminada la presentación de todos, el público decidía quién ganaba a través de sus aplausos. El “aplausómetro” –original invento diseñado por “la profunda inteligencia de los ingenieros del canal, que diseñaron algo similar también para la NASA”, según explicaba doctoral Sonrisol– medía la intensidad de los aplausos y vítores de los asistentes. Quien más reconocimiento obtenía, ganaba. Los premios eran simplezas: una camisa, un sombrero, con buena suerte una linterna, un inflador para bicicleta o un juego de toallas.

 

El programa, quizá por lo morboso, iba en continuo ascenso. Al público televidente, evidentemente le gustaba eso. ¿Qué lo hacía tan atractivo? Seguramente una combinación de cosas: lo hilarante de los cantores –había algunos que daban algo de lástima, por tanto movían a la ternura–, las provocaciones disfrazadas del conductor, el escuchar los temas musicales de moda, los chismes que se contaban entre canción y canción, las edecanes que acompañaban a los cantantes –todas jovencitas en atrevidas minifaldas que permitían ver hasta el páncreas–.

 

Aquel jueves de marzo, como a veces solía suceder, había un invitado de honor. Como siempre, se le pedía a esa persona que hiciera de jurado, y ella decidía, junto con lo registrado por el aplausómetro, quién era el ganador. Todo tenía algo de farsa, de broma bien montada, y con la adecuada dirección de Manuel Sonrisol pasaba por un ejercicio “serio”, que provocaba sonrisas –a veces arrancando profundas risotadas, por lo burdo de la escena–.

 

El invitado del caso era un renombradísimo tenor, quizá el más célebre del momento: el mexicano-italiano Roberto Teruggi. Dedicado por entero al bel canto, a la lírica más elaborada, llamaba la atención su presencia en un programa así. Pero en realidad la fama de “Venga y cante” era tal que no faltaban famosos que querían ir ahí, dado que el espacio se había convertido en una rutilante vidriera nacional. Actores, astros del fútbol, estrellas del rock, políticos y otros personajes por el estilo –fauna también exótica, pero algo distinta a los participantes en el concurso de canto aficionado– también aparecían junto a Sonrisol y a las bellas secretarias. Teruggi, un obeso de 150 kilos, canoso, con un tic en su ojo izquierdo y una voz prodigiosa –“una de las mejores de todos los tiempos”, decían los críticos– sonreía pletórico junto al conductor.

 

Como algo fuera de programa, de pronto Sonrisol pidió al tenor que entonara algo hermoso, para lucirse, algo para demostrar “lo que es cantar como los dioses”, según dijo no sin diabólica, y al mismo tiempo, angelical sonrisa. Teruggi eligió el aria “Ah, mes amis!”, de la ópera “La hija del regimiento”, de Gaetano Donizetti, de una complejidad lírica monumental, que muy pocos tenores del mundo llegan a cantar, menos aun dando varios do de pecho. A capella, y con una maestría espectacular, cantó el segmento final de la obra a la perfección, ejecutando varios do de pecho, manteniendo el sostenido final por espacio de cinco segundos. El público, quizá sin apreciar técnicamente la calidad, pero fascinado por esa voz maravillosa, por esa pirotecnia interpretativa tan cautivante, aplaudió a rabiar. Obviamente, no hay que ser un experto crítico en música para gustar de una preciosidad. “El aplausómetro”, dijo con su siempre plástica sonrisa Manuel Sonrisol, “se reventó con tanta efusión”.

 

Luego de ese “fuera de programa”, siguió el guión trazado. Como en cada emisión, el rito se repitió. Unos cuantos aficionados (dos amas de casa, un jovencito con algún retraso mental animado –morbosamente– por sus amigos para que se presentara, algunos muy desafinados rockeros, y gente representante de esa “exótica fauna” de los que no tienen miedo a hacer el ridículo –¡porque sin dudas lo hacían!–) hicieron su paso, cada uno con su canción, provocando sonrisas benévolas, y muy pocas veces aplausos genuinos. Muchos telespectadores estaban profundamente en desacuerdo con el programa, habiendo solicitado en reiteradas ocasiones que se suspendiera; la forma en que Sonrisol, y en definitiva todo quien mirara la emisión, se mofaba sarcásticamente de los improvisados cantores era bastante, cuando no muy, repugnante. En ningún caso debía faltar la dedicatoria “¡al público presente!”; eso provocaba estallidos de aplausos. Sin dudas, se jugaba con la gente.

 

El sexto participante fue un albañil de 58 años de edad: don Jacinto. No tenía nada de especial; era un representante arquetípico más de los que concurrían a “Venga y cante”. Humilde, tímido, vestido con lo que se advertía podía ser su mejor vestuario especialmente usado para la ocasión –una camisa cuyo botón del cuello no le cerraba, una corbata de cuando tomó la comunión, un saco raído, zapatos cuidadosamente lustrados– sonreía nervioso ante cada pregunta provocativa del conductor. Cuando llegó su turno de cantar, curiosamente pidió que quería hacerlo sin acompañamiento de la orquesta: a capella. Sonrisol se sorprendió ante esa extraña solicitud. Nunca ningún participante pedía algo así; por el contrario, la orquesta disimulaba un poco su desafinación.

 

Para completar la sorpresa –también la del tenor invitado, Roberto Teruggi– este tal don Jacinto dijo que iba a cantar la misma aria entonada un rato antes por el invitado de honor. Ese fragmento de la ópera de Donizetti era de una especial complejidad: implicaba una potencia de la voz espectacular, y el agudo a que forzaba al cantante tenía el peligro de hacer desafinar. O se hacía a la perfección, o era un fracaso absoluto. Conseguir un do de pecho ante tamaña dificultad era un reto que muy pero muy pocos tenores se atrevían a afrontar. Sonrisol sonrió, mirando sarcásticamente a Teruggi. “Maestro: parece que lo quieren imitar”, dijo irónico. El tenor asintió bonachonamente, invitando a que el aficionado probara. “Está bien: felicitaciones por atreverse a algo tan complicado, mi amigo”, dijo animándolo. “¿Piensa que podrá?

 

La interpretación dejó estupefactos a todos, absolutamente a todos. Si la ejecución de Roberto Teruggi fue muy buena, la del modesto albañil había resultado infinitamente superior. Alcanzó nueve do de pecho, y el sostenido final –como algo insólito, que nadie pudo explicarse, ni siquiera los más encumbrados maestros de canto lírico cuando después se les presentara la grabación– lo mantuvo por espacio de 22 segundos. Jamás nadie en la historia, ningún tenor que se conociera, pudo lograr una cosa así. Digno de los más rarísimos récords que registraba Guinness, la ejecución dio que hablar por muchos días a todo el mundo. En el momento, y saliendo al aire en vivo, Teruggi no lo soportó. Terminada que fuera la obra por don Jacinto, a capella tal como había solicitado, corrió hacia el aficionado con cara de indignación. Las cámaras lo captaron todo; no había nada preparado. A los gritos increpó al humilde cantor: “Vaffanculo, mascalzone!! ¡Esto es un truco! ¡Usted no es un aficionado! ¿Cómo es posible que cante así? Le tomé el tiempo, mierda: ¡¡22 segundos!! ¿Cuál es el truco?

 

Don Jacinto permaneció mudo, asombrado, aterrorizado por la reacción del tenor. Mientras eso pasaba, los aplausos del público no cesaban. Sonrisol, por primera vez en su vida, quedó descolocado sin saber qué hacer. Teruggi pidió –mejor dicho; exigió a viva voz– que se le permitiera interpretar de nuevo un tema. Ante la sorpresa de todo el equipo del canal, con producción y conductor todavía atontados, el director de cámaras dijo que sí. Entonces el cantante lírico volvió a interpretar la misma canción. Lo hizo ahora con una potencia inusual, tratando de demostrar que podía alcanzar más energía que don Jacinto. Llegado al sostenido final, intentó mantener la voz por espacio de varios segundos, buscando llegar –sabiendo que era casi imposible– a los 22 del albañil.

 

No pudo. El esfuerzo sobrehumano le costó caro: se le reventó una arteriola de la cara, y el principio de paro respiratorio que sufrió lo hizo salir corriendo del escenario. Nadie sabía qué hacer. Sonrisol perdió la sonrisa; las secretarias, ni saben por qué, fueron a saludar a don Jacinto, y éste, con la mayor soltura, reemplazando al shockeado Sonrisol dio por terminado el programa, dedicando su triunfo a los compañeros de la obra en construcción de la Avenida Simón Bolívar.

 

Dos días después, Teruggi fallecía de un paro cardíaco. Don Jacinto, contento porque “había salido en televisión” por primera vez en su vida y por poder exhibir el par de pantuflas con que lo habían premiado en el programa –ganó esa ronda de participantes, por supuesto–, sigue cantando en el edificio, mientras termina con delicadeza algún repello fino. Lo que más suele entonar, además de algunas arias operísticas, es “La cucaracha”. Los otros días, con un sobreagudo potentísimo, quebró un vidrio que estaban instalando, como dicen que hacía Enrico Caruso.




 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

GRETA THUNBERG HOY YA NO ES NOTICIA. ¿TERMINÓ LA CATÁSTROFE ECOLÓGICA?

La gran corporación mediática comercial nos tiene acostumbrados al sensacionalismo simplista. Es decir: no informa verazmente.

 

El tremendo problema ecológico derivado de la super-producción y el super-consumo impuestos por el capitalismo, se disfraza como “cambio climático”. Y ahí aparece una jovencita –en cualquier momento candidata al Premio Nobel de la Paz– recordando al mundo que tenemos que reciclar la basura y usar bicicleta en vez de automóvil (o catamarán para cruzar el Océano Atlántico en vez de aviones).

 

Ahora, con el furor de la pandemia de COVID-19, Greta Thunberg salió de la cartelera. ¿Ya no se habla más del ecocidio entonces?

 

Japón acaba de realizar sus Juegos Olímpicos con materiales reciclados (¡hasta las medallas eran reciclables!). Pero sigue exterminando ballenas (ya casi no quedan, y para cazarlas mata colateralmente otras especies).

 

POR FAVOR, TERMINEMOS CON SHOWS MEDIÁTICOS. NO NOS SIGAN ENGAÑANDO. ¡¡¡NO HAY CALENTAMIENTO GLOBAL!!! HAY CATÁSTROFE PRODUCIDA POR LA FORMA EN QUE SE PRODUCE Y SE OBLIGA A CONSUMIR.