viernes, 7 de junio de 2019

MUNDO DIGITAL…. ¿NOS ACERCA O NOS ALEJA?






La comunicación es una arista definitoria de lo humano. Aunque en el reino animal hay comunicación, en lo humano hay características propias tan peculiares. El sujeto humano se constituye sólo a partir de la interacción con otros, comunicándose. Con los fenómenos ocurridos en la modernidad surge la comunicación de masas, es decir: el proceso donde lo distintivo es la cantidad enorme de receptores que recibe mensajes de un emisor único.

Primeramente la imprenta, luego el telégrafo, el teléfono, ya en pleno siglo XX “maravillas” tecnológicas como la radio, el fonógrafo, el cine, la televisión. Hacia fines del siglo XX las tecnologías comunicacionales marcan el ritmo de la sociedad global. Cada vez más rápidas y eficientes, borran distancias y acercan a inmensas cantidades planetarias de población.

Las actuales tecnologías digitales sirven para, literalmente, inundar el mundo de comunicación, entronizándola. Ello asienta en nuevas formas de conocimiento sofisticadas y complejas. Ese proceso de ampliación de las fronteras comunicacionales y del conocimiento técnico en el que asientan hizo pensar en una sociedad de la “información y el conocimiento”.

La clave de esa sociedad reside en una acumulación fabulosa de información. La “aldea global” se construye sobre estos cimientos. El principal recurso es el manejo de información, el “capital humano” capacitado, conocido como know how.

La nueva sociedad que se perfila con la globalización y sus herramientas por excelencia, las llamadas TICs -telefonía celular, computadora, internet-, abren preguntas: ¿más información disponible produce por fuerza una mejor calidad de vida y un mejor desarrollo personal y social? Esas tecnologías, ¿ayudan a la inclusión social, o refuerzan la exclusión? O, por el contrario ¿sólo generan beneficios a las multinacionales que se dedican a su comercialización, contribuyendo a un mayor y más sofisticado control social por parte de los grandes poderes globales?

La respuesta no está en las tecnologías. Éstas, como siempre, no dejan de tener un valor puramente instrumental. Lo importante es el proyecto humano en que se inscriben, el objetivo al servicio del que actúan. Por eso no hay técnicas “buenas” y técnicas “malas” éticamente.

Por supuesto que el acceso a tecnologías que permiten el manejo de información de un modo como nunca antes en la historia, brinda la posibilidad de un salto cualitativo para el desarrollo. Ocurre, sin embargo, que esas tecnologías, más allá de una cierta ilusión de absoluta democratización, no producen por sí mismas los cambios necesarios para terminar con los problemas crónicos de asimetrías que recorren el mundo.

Las tecnologías, si bien pueden mejorar las condiciones de vida haciéndolas más cómodas y confortables, no modifican las relaciones político-sociales a partir de las que se decide su uso.

Hoy días estas nuevas tecnologías las encontramos cada vez más omnipresentes en todas las facetas de la vida: sirven para la comercialización de bienes y servicios, para la banca en línea, para la administración pública (pago de impuestos, gestión de documentación, presentación de denuncias), para la búsqueda de la más variada información (académica, periodística, de solaz), para el ocio y esparcimiento (los videojuegos son una de las instancias que más crece en el mundo de las TICs), para la práctica de deportes, el desarrollo del arte, en la gestión pública (algunos gobiernos están incorporando oficialmente el uso de redes sociales como Twitter, Facebook, Youtube y otras cuando las autoridades dan a conocer su posición sobre acontecimientos relevantes), se usan en la guerra y en la paz, o desde las profundidades de la selva Lacandona. De hecho, hay un sexo cibernético muy desarrollado.

Por ejemplo, un movimiento armado lleva adelante su lucha con un personaje mediático que es más conocido por el uso de estos medios electrónicos que por su fusil. En definitiva: estas tecnologías sirven para todo, absolutamente: para todo lo que se nos ocurra: estudiar, para salvar una vida, para extorsionar.

Definitivamente, comienzan a ser omnímodas. Están en todos lados, y la tendencia es que seguirán estándolo cada vez más. Como un dato muy instructivo en ese sentido puede mencionarse que hoy día las TICs ya constituyen un medio de prueba en los procesos judiciales. Aún no están ampliamente difundidas y todavía encuentran muchas restricciones, pero sin dudas dentro de un futuro nada lejano serán pruebas contundentes.

“Las tecnologías de la información y la comunicación no son ninguna panacea ni fórmula mágica, pero pueden mejorar la vida de todos los habitantes del planeta. Se disponen de herramientas para llegar a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de instrumentos que harán avanzar la causa de la libertad y la democracia, y de los medios necesarios para propagar los conocimientos y facilitar la comprensión mutua”, dijo alguna vez Kofi Annan, ex Secretario general de la Organización de Naciones Unidas refiriéndose a estos temas.

Pero cuidado, puede haber allí un espejismo. Las TIC’s, por sí mismas, no solucionan los problemas de la humanidad. Las acuciantes deudas históricas que llenan de penurias a los pueblos, no se terminan con tecnologías; para ello son necesarios cambios profundos y reales en la estructura económico-social. Bienvenidas las TIC’s, por supuesto, pero sin un cambio estructural real, no hay solución.




jueves, 6 de junio de 2019

NUESTRO FUTURO


SI SIGUE LA LOCA, DEMENCIAL FORMA DE PRODUCIR Y CONSUMIR QUE IMPONE EL CAPITALISMO, ¿CÓMO ESTAREMOS EN EL 2035?



miércoles, 5 de junio de 2019

PSICOLOGÍA. NO TODO ESTÁ PERDIDO…




Los estudiantes de Psicología casi no leen (hay quien se gradúa sin haber leído NUNCA un libro completo en su carrera). No estudian Freud, ni filosofía, ni semiótica. ¡Solo neurociencias! (mal estudiadas, a base de fotocopias y Wikipedia). Y básicamente, un manual de Psiquiatría de Estados Unidos (DSM, según su V Edición). Por eso las “apapachoterapias” son la “técnica” más frecuente (¿y por eso será que 7 de cada 10 psicólogos NO viven de su profesión por su escasa preparación, porque la profesión no está dignificada, porque se les sigue tomando por “auxiliares”, “brujos”?). No está de más mencionar que muchas/os jóvenes eligen esta carrera porque ahí “no hay que leer y mucho y no hay matemáticas” (SIC). ¿El gremio psicológico está destinado a… hacer dinámicas, a ser “auxiliares” de los médicos y pasar tests? O, más patético aún, ¿a ser jefe de personal, de recursos humanos, y convertir a los trabajadores en colaboradores, para hacer de la empresa una gran familia? Recuérdese que si alguna importancia tuvo Jacques Lacan es que COMENZÓ A TRABAJAR LAS PSICOSIS DESDE EL PSICOANÁLISIS (Léase su seminario Las Psicosis, 1955/56). ¿O ante “caso graves” un psicólogo debe apelar al médico psiquiatra, que sí, verdaderamente, sabe? Mmmm…. abre dudas todo esto. O más bien, hondas preocupaciones.

A partir de esta situación, con carácter crítico, un docente hizo algunas preguntas. Y hay estudiantes que respondieron a la altura de esas interrogaciones (véase abajo). ¡Por supuesto que no todo está perdido! Hay gente que sigue pensando críticamente… y leyendo, no solo la pantalla de un celular.


PREGUNTA:
¿Por qué a los estudiantes se les hace estudiar un manual de psiquiatría durante su formación y se ignora sistemáticamente cualquier estudio profundo de la psicología en tanto que ciencia independiente de la medicina? ¿Cuántos libros de Freud leen durante la carrera? ¿Qué conocen más al graduarse: psiquiatría o teoría del inconsciente?


RESPUESTA:
Hay varias respuestas sobre este asunto. 1ero: El “nivel cultural” del guatemalteco promedio —poco importa que haya ido o no a la universidad— es preocupantemente bajo. Entender la psicología como un proceso del devenir del ser, como un fenómeno histórico fundando en el lenguaje y en los profundos problemas del saber, del conocimiento en cuanto tal, requiere de cierta cultura, entiéndase en su acepción de conocer y saber. En mi experiencia personal, he notado que las personas que no conocen ni siquiera un poquito de filosofía, no pueden comprender el psicoanálisis. Además, la “falta de cultura” o, en otras palabras, la carencia de un criterio propio desarrollado gracias al profundo estudio del saber de la civilización (en nuestro caso la occidental, aunque a algunos les pese), de una posición crítica respecto a ese saber, resulta en una obediencia ciega al establishment, y a los intereses de quienes lo pregonan, aunque esas ideas estén archipodridas y por demás refutadas. Ese es el caso de los profesores universitarios. Sólo leen lo que obligatoriamente deben leer ¿Se puede saber algo así, leyendo lo que dicen que debo leer y solo eso? ¿No se aprende también —y, sobre todo, agregaría— de la filosofía, de la literatura, la poesía? ¿Acaso las ciencias son mundos autocráticos e independientes y no sectores del saber cuya interdisciplinariedad es constitutiva, es decir, se podrá ser un buen psicólogo sin saber nada de historia, antropología, sociología, semiótica, lingüística, política, pedagogía, etc. y no solo de psicobiología? Ante el nivel académico de los profesores, no cabe más que esperar que obedezcan lo preestablecido y lo más fácil, además. Es decir, el estéril positivismo. Ni hablar de los alumnos, que no tienen interés alguno en el saber, sino solo el vano anhelo de tener un título que les de estatus social y económico: “Yo soy un psicólogo, puedo ayudar a los médicos pasando test”. 2do: El psicoanálisis es complejo, requiere de una sincera dedicación y de largas lecturas. Pero no es lo principal, como Lacan indica, el psicoanálisis, al igual que el marxismo, son ciencias que van en busca de la verdad. Una verdad siempre incomoda y para nada conveniente para la ideología dominante. Un hombre analizado es, grosso modo, un hombre libre. El sistema no necesita hombres libres sino consumidores y emprendedores que sigan empujando el neoliberalismo actual. En lugar de un honesto cuestionamiento, se prefiere relegar al sujeto a la adaptación al medio, conminándolo a ser feliz y positivo, ayudándolo a ser saludable deseando el american way of life. De este modo, creando auxiliares médicos, se evita el despertar de una subversión popular, se inculca desde dentro la ideología dominante, se controla a los desadaptados, se embrutece al profesional, se aseguran de mantener el poder en los mismos agentes y, de paso, se hace una gran fortuna vendiendo medicamentos. ¿Por qué estudiamos un manual psiquiátrico en lugar de psicoanálisis o al menos psicología? No por cuestiones científicas, sino políticas. 3ro: El sujeto que se desarrolla alienado en la cultura de masas actual, el sujeto tercermundista con mentalidad colonizada, no busca saber, sino ser instruido. Si los profesores no dejan ningún libro de Freud —por las razones anteriores— el estudiante jamás los leerá. Esta mentalidad de esclavo le hace creer que escuchando las clases aprenderá. Con esa forma de pensar es fácil comprender porque se lee poco y nada a Freud en la carrera, no digamos a Lacan. 4to: De todo esto se desprende, obviamente, que, si se sabe algo, si acaso se sabe un poco al estudiar psicología, se conoce, más bien, se conoce sobre psiquiatría, no sobre teoría del inconsciente. Lo poco que saben de Freud lo saben mal. Creo que estas palabras de Lacan ilustran bien mi punto de vista: «Es verdad que, en el estudio de las psicosis, cada día parece aportar alguna correlación orgánica nueva; si se presta atención, se verá que estas correlaciones, que no pensamos discutir, tienen sólo un alcance parcial, y el interés que ofrecen les viene únicamente del punto de vista doctrinal que pretenden reforzar. No bastan, sin embargo, para constituirlo. No se hagan ilusiones quienes acumulan esa clase de materiales: los hechos de nuestra ciencia no permiten hacer a un lado la preocupación por el hombre.»


PREGUNTA:
Se le pregunta a una estudiante de último año qué hace en su práctica: ¿con qué teoría trabajás? Responde: «Con lo que escuché en clase… y con lo que uno se fuma». ¿Será por eso que 7 de cada 10 profesionales no viven de su profesión?


RESPUESTA:

Sin duda. El punto anterior, creo, responde bien también a éste. Sin olvidar los fundamentos del psicoanálisis y del marxismo que nos muestran la contingencia del sujeto y su falaz autocracia, podemos hacer aquí una crítica a este tipo de estudiantes. El sistema actual, por sus mismos intereses implícitos, pregona la supremacía del individualismo y, lo peor, el pragmatismo. Los estudiantes no quieren ser psicólogos, no les preocupa su quehacer, ni sus implicaciones éticas, mucho menos la persona que tienen enfrente. Su único y mezquino interés es su propio beneficio: Graduarse para tener ese papel y buscar un trabajo que les dé dinero, estatus social, etc. La carrera es el medio para su fin práctico: tener dinero. Si ese es el objetivo, qué importa lo que haga, para qué esforzarse tanto leyendo libros “incomprensibles”. Se hace lo que se puede, desde lo que tengo, y como no tienen más que los prejuicios adquiridos del sentido común, no hacen nada. Al menos nada digno, porque para el sistema son de muchísima ayuda. Lo divertido es que, al no prepararse, al ser simplemente unos inútiles para el campo laboral del país, no pueden trabajar como psicólogos, aunque pongan una clínica o den “terapia” gratis. Este fenómeno, aunque triste para nuestra ciencia, lo considero beneficioso. Mientras menos ineptos estén en el campo, menos se denostará nuestra ya tan despreciada profesión. La falta de esa «consciencia de clase» o consciencia social o responsabilidad científica en los estudiantes, es preocupante. Pero no es un asunto de ciencia, sino de ética, un asunto político que solo la reflexión crítica y filosófica puede ayudar a resolver.


martes, 4 de junio de 2019

ESTADOS UNIDOS Y SU LUCHA POR LA TECNOLOGÍA 5G DE CHINA




China aventajó a Estados Unidos en uno o dos años en la carrera tecnológica por el mundo 5G. ¿Qué es esa tecnología? Algo increíble, que permite tener una conexión total, todo el tiempo, y a quien la maneje, le permite acceder a toda la información global de todo. La fantasía de Orwell hecha realidad. ¿Con eso se puede controlar el mundo? ¡¡Sí!!

El general retirado James L. Jones advertía en febrero al Atlantic Council -uno de los grandes laboratorios de idea estadounidense- que “La tecnología 5G de Huawei es la versión siglo XXI del mitológico Caballo de Troya. Si China controla la infraestructura digital del siglo XXI explotará su posición para sus propósitos de seguridad nacional y tendrá una influencia coercitiva en EE UU y sus aliados, ya que estas redes procesarán todo tipo de datos, y China desde luego las usará para llevar a cabo espionaje”.

El gigante americano está siendo derrotado por el gigante chino. Así de simple.




domingo, 2 de junio de 2019

UNA DE FANTASMAS….





“El nuevo Marx” lo apodaban muchos. Con sus 28 años, al igual que Carlos Marx al publicar su “Manifiesto Comunista” en 1848, Maartje daba mucho que hablar. Su perspicacia era excepcionalmente profunda. Impresionaba no tanto por su formación (que no era poca, por cierto: aventajado estudiante de Filosofía de la Universidad de Lovaina, en Bélgica –él era holandés–) sino por su inteligencia.

Era evidente que lo dicho por Marx seguía siendo tan lapidario hoy como hace 150 años atrás. Pero sin dudas los tiempos habían cambiado considerablemente, y las formulaciones de mediados del siglo XIX, siempre válidas en su esencia, debían ser actualizadas, contextualizadas con los tiempos actuales. Hablar de una clase obrera industrial urbana desarrollada, con sindicatos combativos y una alta moral revolucionaria como postulado, entrado el siglo XXI debía revisarse. Del mismo modo, la visión del mundo después de las primeras revoluciones socialistas del siglo XX, era necesario repensarse: resultaba evidente que los grandes estallidos de cambio no habían venido desde la “metrópoli” industrialmente desarrollada sino desde la “periferia”, de países agrarios y pobres (como Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua). La posibilidad de la transformación revolucionaria de la sociedad, a inicio del tercer milenio, podía ponerse en duda. El socialismo no parecía en avanzada precisamente.

Todo eso, a la luz de la forma que había ido tomando el mundo hipertecnologizado con controles sociales inimaginables, llevaba a profundos cuestionamientos. Mucha gente de izquierda ya había renunciado a la revolución, y la experiencia de movimientos guerrilleros que se desarmaban llamaba a la reflexión. Una buena cuota de desesperanza había ido ganando las filas de quienes aún luchaban por otro mundo de justicia e igualdad. La idea de un capitalismo humanizado parecía lo máximo a que podía aspirarse. El que parecía un triunfo omnímodo del capital sobre la clase trabajadora había dejado sin aliento al espíritu contestatario. O, al menos, al de una buena parte de luchadores, de soñadores que iban resignándose y aceptando con amargura que la historia, efectivamente, parecía ya haber llegado a su fin.  

¡Pero ahí estaba Maartje! Su fuerza expositiva era volcánica, tanto como la profundidad de sus planteamientos. Tenía una enorme, realmente enorme cantidad de seguidores (no solo en las redes sociales). Con su corta edad había publicado ya varios textos, y todo indicaba que allí nacía un referente obligado de las luchas revolucionarias. Transmitía pasión, energía, compromiso. Pero su fuerza no estaba solo en la emotividad –que sin dudas la había en grado sumo– sino también en lo articulado del mensaje, en el análisis minucioso. Mucha gente, no sólo en Holanda, no solo en Europa, ya lo leía con hondo respeto. Parecía estarse ante un nuevo pilar teórico, de esos que aparecen muy de tanto en tanto y sientan bases imperecederas. Era uno de esos “imprescindibles”, según dijera Bertolt Brecht. Lo de “nuevo Marx” no parecía desatinado. Por supuesto, él sonreía con benevolencia ante la lisonja.

Las fuerzas conservadoras lo sabían. Y en especial la CIA, que estaba minuto a minuto, segundo a segundo controlando con imbatible voluntad cancerbera cada mínima posibilidad de cambio que alterara el paisaje global. Un joven revolucionario de tamaño peso intelectual, profundamente serio y con tanta clarividencia, constituía un problema. Las alarmas se encendieron rápidamente.

En el cuartel general de la Agencia se comenzaron a barajar opciones. Asesinarlo brutalmente no era lo aconsejable; en Holanda, o en Bélgica donde ahora residía durante sus estudios de doctorado, esas cosas no eran “políticamente correctas”. Ello quedaba reservado al Sur del mundo, donde la brutalidad insolente es lo dominante. Para Europa había que buscar algo más sutil, más “civilizado”.

La búsqueda dio sus resultados. Maartje fue muy minuciosamente estudiado durante varios meses, y se descubrió un flanco que podía permitir el ataque: era amante de las aventuras esotéricas. Junto a su iracundo materialismo (era un marxista con mayúscula, dialéctico, ateo), gustaba del cine fantasioso así como de la visita a lugares particularmente exóticos. Por ejemplo, no eran infrecuentes sus llegadas a algún cementerio en horas de la noche, o el gozar de literatura fantasiosa, ciencia ficción de la buena, obras de suspenso. Muchas de sus búsquedas de internet –que mantenía en secreto– tenían que ver con sitios “encantados”, misteriosos. Despreciaba el turismo comercial; jamás había hecho un viaje con esos criterios. Por el contrario, lugares donde se daban hechos inexplicables, enigmáticos, llamaban poderosamente su atención. Así, por ejemplo, era un gran conocedor de recónditos sitios “embrujados” (o donde era posible creer en embrujos), como cuevas místicas, campos con propiedades electromagnéticas, desolados parajes que contravienen las explicaciones lógicas, enigmas no descifrados por las ciencias. De hecho, con su corta edad, había viajado bastante a algunos de esos “lugares embrujados”. En general en solitario, gozando muy íntimamente esas particulares experiencias.

No le daba ninguna explicación milagrosa; no tenía ideas esotéricas ni creía en fuerzas sobrenaturales. Simplemente amaba, se deleitaba, se extasiaba con lugares como el Machu Picchu en el Perú, los megalitos de Stonehenge en Gran Bretaña, los ídolos de la Isla de Pascua, la ciudad india de Vaithiswarankoil, las catacumbas de París, las insondables líneas de Nazca o las cambiantes arenas del desierto de Gobi, en la China. Todo eso le parecía fascinante, y el reto de lo incomprensible le abría el apetito de la aventura. De todos modos, eso lo guardaba en un relativo secreto; eran muy pocos los que sabían de su afición a esos “raros placeres”, como solía llamarlos. Visitar un edificio abandonado, por ejemplo, no atraía a la mayoría de mortales; ni pasar una noche en una alcantarilla. Para Maartje, sin embargo, esas eran experiencias singulares, oceánicas.

La CIA encontró en todo ello una forma de abordarlo. Con una rigurosa metodología se preparó el plan. Jimmy Tartaglia, un estudiante ítalo-estadounidense, fue el encargado. Apareció como cursante del mismo doctorado que seguía Maartje en Lovaina. Con una cuidada estratagema que tenía pensado cada uno de los posibles escenarios a abrirse, la CIA puso en marcha la iniciativa, siempre con un riguroso control de cada paso.

Jimmy se comenzó a acercar, estableció primero una proximidad amable, para estrechar luego una profunda amistad con Maartje. Al haber elementos en común –el materialismo dialéctico, la filosofía en general, las muchachas guapas– no fue difícil amarrar una muy estrecha ligazón. El compartir ese raro gusto por los lugares extraños terminó de sellar la amistad. O más aún: la complicidad. Maartje en ningún momento sospechó una agenda oculta.

La amistad creció rápidamente, y al cabo de unos meses Jimmy propuso a su amigo holandés un viaje a un lugar especialmente fascinante, que sin dudas desarmaría por completo a Maartje: la visita a la isla de Poveglia, en Italia.

Por supuesto, Maartje no pudo resistirse. Sabía algo de la siniestra historia asociada a la isla, situada entre la ciudad de Venecia y la barra de Lido. A partir de la invitación de su amigo, profundizó particularmente. Eso hasta lo motivó a tomar un curso rápido de italiano.

Es sabido que esa pequeña isla albergó durante el siglo XIV a personas afectadas por la peste bubónica. En realidad, era el lugar donde iban a morir, no existiendo medios técnicos apropiados para curar esa monstruosa epidemia que mató millones de europeos por aquel entonces. Quienes llegaban allí, supuestamente para mantenerse en cuarentena a la espera del paso de la peste, casi irremediablemente morían. Según registra la historia, nadie se salvaba, pues iban a perecer a Poveglia desde desarrapados y menesterosos varios hasta nobles y altos dignatarios de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Las historias que se tejieron a partir de esos lúgubres años, aún hoy persisten. En general, ningún veneciano quiere hablar de ello; pero en secreto, las leyendas perduran.

Allí no termina la historia, pues en el siglo XIX en el sitio se instaló un asilo psiquiátrico. Y según se cuenta, el malvado director del hospicio realizaba crueles e inhumanos experimentos con sus pacientes, como años más tarde harían los nazis en sus campos de concentración con judíos. Se hablaba de un nuevo doctor Frankenstein y una criatura armada por pedazos, producto de la insania mental del tal director. En realidad, nada de ello se podía comprobar, pero estimulaba los mitos y leyendas en torno a Poveglia. 

De hecho, la isla no está abierta al público en este momento, y según los rumores de los lugareños “las almas en pena de los muertos por la peste bubónica y de los torturadas del manicomio rondan por el sector”. En realidad, todo no pasa de habladurías, pero por distintas razones el edificio que fuera sede del hospital psiquiátrico, hoy abandonado, está cerrado y se prohíben las visitas turísticas. Ello alimenta el mito del lugar encantado. “En ningún lugar del mundo”, decía un pescador artesanal de la región, “hay tantos fantasmas como aquí”. En alguna medida para acallar esa tradición algo vergonzante, y también para evitar males mayores (la región es sumamente turística en la actualidad, y las leyendas lúgubres no atraen a muchos), las autoridades venecianas, cortando por lo sano, no permiten fácilmente el acceso a Poveglia. De todos modos, si alguien desea llegar, puede tramitar un permiso, lo cual implica un largo y penoso proceso de trámites, nunca facilitado. Como es obvio, no se promueven las visitas. Más bien se las desestimula.

Los dos amigos, envalentonados por la promesa de una aventura espectacular, decidieron llegar a la isla. Jimmy facilitó las cosas, dada su condición de italiano. No les costó tanto obtener el permiso (en realidad la CIA fue quien se movió como parte de la urdimbre), y una mañana de abril pusieron pie en el encantado lugar. Fueron ellos dos solos. Su equipo era mínimo: carpa, bolsa de dormir, comida y agua para una semana, linterna. No llevaron cámaras fotográficas especiales ni filmadoras. Aparatos para medir campos electromagnéticos o presencias extrasensoriales, aquellos que utilizan los “cazadores de fantasmas”, mucho menos. Ninguno de los dos –en realidad, Maartje no lo sentía así; para Jimmy era todo simplemente una actuación– se inclinaba por el lado místico del fenómeno. Solo lo disfrutaban, se dejaban envolver por lo misterioso, por las tinieblas de lo incomprensible, de lo llamativo. Y más aún el holandés; el agente encubierto actuaba su papel, simplemente.

El lugar, sin la menor duda, tenía algo de lúgubre, de sombrío. Casi no se escuchaban pájaros, lo cual agregaba un aspecto fantasmagórico. Un edificio en ruinas del que salían extraños sonidos, y más aún con todo el clima de leyenda que rodeaba el entorno, se mostraba algo –o bastante– “llamativo”, por decir lo mínimo. Si uno se quería dejar llevar por las ensoñaciones –cosa que en realidad solo a medias hacía Maartje, quien  mantenía siempre su posición estrictamente materialista– era fácil encontrar “espíritus” y “almas en pena” por doquier. La realidad, sin embargo, mostraba sitios cargados de algo indescriptible, donde la muerte –y las mundanas asociaciones al respecto que hacemos los vivos– constituían lo dominante, abriendo una puerta a la fascinación. La sensación de todo este tipo de lugares era algo sobrecogedor. ¿Qué tenían de especial ámbitos donde hubo mucha muerte, mucho sufrimiento, mucha desesperación? Difícil decirlo, pero todo eso dejaba marcas. No espíritus, sino energías, o algo por el estilo razonaba Maartje. Lo cierto es que un punto como esta isla de Poveglia permitía el sobrecogimiento, al igual que cualquier sitio con algo de tenebroso: una cárcel, un campo de concentración, una iglesia abandonada. En definitiva, eso era lo que buscaba nuestro amigo holandés: llevar al máximo la sensación de finitud, de temor, de respeto hacia lo que se evidencia como enorme y desconocido. La cercanía con la muerte no podía menos que evocar esas sensaciones. El miedo (¿el terror?) no era ajeno a todo ello. Los límites siempre crean eso.

La primera noche en la isla no trajo nada de especial. Pero en la segunda comenzaron las “cosas raras”. “Increíblemente raras”, quizá “excesivamente raras” para Maartje. Primero fueron unos extraños sonidos que provenían de las ruinas del hospital. Luego, unas sensaciones lumínicas. Jimmy comenzó a sentir miedo, y se lo hizo saber al nuevo “joven Marx”. Los fenómenos fueron en aumento.

Durante el día, cuando los amigos se limitaban a caminar por las playas y compartir elucubraciones filosóficas, no sucedía nada especial. Pero al caer las primeras sombras comenzaban los fenómenos inexplicables. Las “cosas raras” fueron paulatinamente en aumento. La misteriosa desaparición de los víveres en el tercer día los comenzó a inquietar. Eso no encajaba. Por lo pronto, les creó un problema práctico enorme que no sabían cómo resolver. Apenas les quedaban algunas barras de chocolate en sus bolsillos, y con eso deberían sobrevivir los restantes días. Por supuesto no podían regresar, dado que el lanchero que les había transportado había arreglado que solo llegaría a recogerlos tres días después de la desaparición de los alimentos. Solo había quedado el agua. La situación comenzaba a ser muy preocupante. Si la isla estaba abandonada y nadie llegaba allí si no era con alguna pequeña embarcación, de la que no se veía ninguna ahora, con un estricto permiso de las autoridades locales, ¿quién estaba haciendo esa macabra broma de quitar la comida?

Los sonidos y las luminiscencias inquietaban. No encontraban explicación lógica a eso. Gritos desesperados en italiano, insultos a veces, llantos prolongados rompían el silencio de la noche. Cuando los jóvenes se acercaban al punto de donde aparecían esas extrañas luminosidades, no encontraban absolutamente nada. De las ruinas del hospital partía un hedor ácido muy singular. Pero solo con la oscuridad nocturna.

La cuarta noche fue la fatal. De las profundidades de uno de los pabellones del asilo apareció una espectral figura, horrible, funesta. No se podía determinar si era varón o mujer; sus ropas estaban raídas, y sangraba por la garganta. Se movía muy lentamente, arrastrado ambos pies. Hablando en holandés, cosa que sorprendió fuertemente a Maartje, se comenzó a acercar a los dos jóvenes. En su deshilvanado mensaje decía algo así como “¡Fuera, intrusos! ¡Fuera!”.

La escena era siniestra, digna de asustar a cualquiera. Pero quien más se asustó –en verdad, el único que se asustó– fue Jimmy. Tanta fue su impresión que, primero, se orinó encima. Y cuando la aparición se acercó más y comenzó a vomitar sangre, cayó fulminado por un paro cardíaco.

Tiempo después, cuando en su grupo de amigos íntimos Maartje explicó lo sucedido, dejó atónitos a todos. La CIA había urdido muy bien su plan, y era de esperarse que casi cualquier persona sucumbiera ante lo visto. Un fantasma que aparece de las profundidades de las tinieblas puede aterrorizar. Eso fue lo que le pasó al ítalo-estadounidense. Pero algo salió mal en la jugada. El terror –y quizá el paro cardíaco– estaban destinados al joven holandés. Tartaglia debía soportar estoicamente lo que apareciera. El problema estuvo dado en que él mismo no sabía los efectos especiales con que se saldría la Agencia, y nunca había ensayado su contacto con un holograma de la más reciente tecnología, tan impresionantemente real que hasta parecía expedir sangre en su vómito.

El truco estuvo realizado a la más alta escuela; el mayor desarrollo técnico se puso en juego, con la idea de impresionar tanto a Maartje de dejarlo boquiabierto, golpeado, dañado psicológicamente. La idea fundamental era no tanto matarlo físicamente sino neutralizarlo, dejándolo vivo. En otros términos: hacerlo pasar por loco, mostrar ese lado enfermo de su credulidad presentándolo como un enigmático chiflado. Un par de declaraciones suyas en relación a fantasmas y aparecidos bastarían para desacreditar toda su obra. Un materialista, un revolucionario no podía andar viendo ánimas en pena. Eso no encajaba. O permitía mostrar que “estos bolcheviques son todos unos chiflados”. El mensaje era claro: los revolucionarios, indefectiblemente, no son de confiar. Deliran, fantasean, ven fantasmas. El escarnio sería total, y el naufragio de un teórico de fuste sería una estocada mortal para el pensamiento crítico. Ridiculizarlo serviría más que asesinarlo.

Pero el tiro salió por la culata: quien sucumbió al artificio fue el propio agente encubierto de la Agencia. El holandés finalmente rió ante la maniobra.

“Tengo que reconocer que un poco de miedo sentí al principio”, explicó con sus íntimos cuando relataba lo sucedido. “Pero rápidamente me di cuenta que no podía ser: hasta donde se sabe…¡ningún fantasma, nunca jamás, habló en holandés!”.



sábado, 1 de junio de 2019

ESTADOS UNIDOS ATACÓ A VENEZUELA Y LA DEJÓ SIN LUZ. ESO ES UN DELITO DE LESA HUMANIDAD





¿QUIÉN LE HARÁ JUICIO POR ESE ABUSO?


«Las recientes medidas dispuestas por las agencias federales de Washington, de considerar el conjunto de la web como un dispositivo asociado a la lógica de la inteligencia militar, con la creación en noviembre último de la Cybersecurity and Infrastructure Security Agency (CISA), dependencia del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), una de cuyas primeras acciones fue la implementación, con la Agencia Nacional de Inteligencia-Geoespacial (NGA), del SABOTAJE CONTRA LA INFRAESTRUCTURA ENERGÉTICA DE VENEZUELA.

Los analistas de inteligencia señalan que la operación sobre la red eléctrica se llevó a cabo mediante la combinación del virus Duqu 2.0, (variante del Struxnet, utilizado en 2010 contra la central nuclear de Natanz, cercana a Teherán) y la utilización de Pulsos Electromagnéticos (EMP), ofensiva asumida tácitamente por el propio Trump al firmar la Orden Ejecutiva del 26 de marzo, en la que establece la incorporación de aparatología de EMP, “como un factor en la planificación de escenarios de defensa”.»

Ricardo Carnevali