sábado, 5 de mayo de 2018

DECEPCIÓN… “¡CUMPLÍ, MADRE!”





Lo escuchó por primera vez en la Catedral de M., teniendo apenas ocho años, cuando se casaba su prima mayor. Lo marcó para toda su vida.

Era costumbre relativamente frecuente en ese entonces acompañar las ceremonias nupciales con el Canon a 4 voces en re mayor de Johann Pachelbel. La que en aquella oportunidad se usó fue una versión a capella para un modesto coro de capilla. J. ya estudiaba piano en ese momento, pero no pensaba que podría llegar a ser destacado músico profesional algún día. El canon de Pachelbel era su obra favorita, que tarareaba a diario. “No pares hasta superar a Beethoven”, solía decirle su madre, un poco en broma, un poco en serio.

No había ningún músico en la familia; algunos habían chapuceado algún instrumento, no pasando de humildes aficionados. El primo C. supo cantar en alguna cantina cuando más joven, pero no pasó de ahí su interés musical. J. daba cada vez más muestras de tener altas condiciones para el arte sonoro.

A los dieciséis decidió que se dedicaría a la composición y a la dirección orquestal, no así a la interpretación del piano. No sin pocos esfuerzos familiares, viajó a la ciudad de E. para recibir clases con el afamado Maestro L. En poco tiempo alcanzó un notorio dominio del arte de la armonía y la composición. El canon de Pachelbel seguía siendo su obsesión.

No parar hasta superar a Beethoven”, le resonaba continuamente. Las palabras maternas lo marcaron tanto como la obra de Pachelbel.

A los veintidós años estrenó su primera obra: un trío para piano, violín y violonchelo. Tuvo un relativo éxito; no era desagradable en términos melódicos, pero le faltaba aún la contundencia de un consumado compositor, fuerza expresiva, genialidad. “Todavía no lo supero, por eso no puedo parar”, se repetía a diario.

Su trabajo era incesante, febril: componía, daba clases, dirigía coros. A los veintitrés sufrió la enfermedad. La medicina de ese entonces no estaba lo suficientemente desarrollada como para evitar la tragedia. La infección afectó su oído.

Bueno…, al menos puedo quedar sordo como él. En algo me le acerco”, comenzó a pensar con resignación. Pero no se dio por vencido.

Con la audición crecientemente disminuida acometió la obra, la que sería su única, pero espectacular, obra orquestal, sin dudas su fabulosa obra maestra: una versión del canon de Pachelbel increíblemente monumental: orquesta para 175 instrumentos, coro mixto de 200 voces, triple juego de timbales, vientos de metal con profusión de trompetas, órgano de tubos, campanas de iglesia y dos xilófonos.

El día anterior al estreno –que fue un éxito apoteósico– tuvo su primera experiencia sexual; fue con una alumna, encantadora jovencita quinceañera que venía provocándolo desde hacía tiempo. J., tímido a morir, ya completamente sordo, no pudo escuchar ni una palabra de las que profería la muchacha. No tuvo erección.

El día siguiente, durante el estreno –no dirigió la orquesta porque no podía escuchar absolutamente nada, haciéndolo el afamado director H., que también fuera su maestro otrora– lloró amargamente en silencio en el momento de los vítores. El público aplaudió encantado, enardecido, hipnotizado por interminables minutos y, como cosa inusual en los teatros, se debió repetir entera la ejecución tres veces debido a los imparables bis.

J., además de llorar en silencio, sonrió orgulloso, también en silencio. Nunca se supo si por el monumental éxito de la obra, o por las ininteligibles palabras que profirió al recibir la ovación: “Cumplí, madre. ¡No paré!





viernes, 4 de mayo de 2018

“SERÉ POBRE… PERO NO INDIO”



EL RACISMO EN GUATEMALA

“Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas. ¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo?”, decía en el siglo XVI el español Juan Ginés de Sepúlveda.

Más de cinco siglos después, esa ideología sigue presente. “SERÉ POBRE… PERO NO INDIO”



jueves, 3 de mayo de 2018

miércoles, 2 de mayo de 2018

MARCHA POR EL DÍA DE LOS TRABAJADORES: PREGUNTAS CRÍTICAS



Ayer, en la ciudad de Guatemala, unas 20,000 personas marcharon para celebrar el Día de los Trabajadores, alzando su voz por la situación calamitosa de la clase trabajadora, y de todo el pobrerío guatemalteco en general.

Pero saltan inmediatamente algunas preguntas, al ver la dificultad tan grande de cambiar la situación imperante (60% de la población en pobreza, 30% desocupada, 50% en la ciudad y 90% en el campo trabajando sin salario mínimo, planes neoliberales dominando la escena):

  • ¿Conviene a la clase trabajadora tal dispersión de sindicatos? (más de 800)
  • ¿No es eso un triunfo del “Divide y reinarás”? ¿Quién se beneficia de eso?
  • ¿Existe en este momento un plan sistemático, orgánico, de toda la masa trabajadora y empobrecida en general, para enfrentar la situación?
  • ¿Por qué la izquierda está tan fragmentada, desunida, peleada entre sí?
  • ¿Quién lidera esa lucha: 800 sindicatos e infinidad de grupos de izquierda dispersos?
  • ¿Cómo hace la clase dominante (terratenientes, empresarios, banqueros) para unirse y defender sus intereses, más allá de sus diferencias puntuales, más aparentes que reales? (“Pacto de corruptos” encabezado por el ahora fallecido Arzú versus Frente Ciudadano contra la Corrupción)
  • ¿No habrá que unir esfuerzos entre tooooodos los sectores populares (sindicatos urbanos, movimientos campesinos, movimientos de protesta social, estudiantado crítico) para generar un plan de acción único con posibilidades reales de cambiar algo?