miércoles, 31 de mayo de 2023

CARTA DE UNA INDÍGENA LATINOAMERICANA (DOCUFICCIÓN)

Ustedes perdonen si mi español es muy malo. Tengo claro lo que quiero decir, pero me faltan las herramientas para expresarme. Yo, a duras penas pude aprender la castilla ya de grande, a los doce años. Apenas si lo puedo hablar, mucho menos escribir con corrección. Como autodidacta, leyendo lo poco que podía, fui entendiendo algunas cosas.

 

La cuestión es que me armé de valor y me atreví a garabatear esta carta. Pensaba hacerla llegar a algún medio de comunicación para el 12 de octubre, llamado el día “de la raza”, para algunos, o de “la Hispanidad”. Yo, como todos mis hermanos y hermanas de estas tierras, diría más bien: el día del oprobio, el día que comenzó nuestra caída como pueblos libres. Llamarlo el “Día de la Dignidad”, como muchas personas dicen ahora, a mí no muy me parece, porque tendría que ser el “Día del perdón obligado”, el perdón que nos siguen debiendo los que nos masacraron hace más de cinco siglos. O que nos siguen masacrando hoy, de otra manera, ya no con espadas o arcabuces, sino con su prepotencia y su explotación. Siempre blanquitos y rubios, pasándonos por encima, siempre, siempre. ¿Hasta cuándo?

 

Como decía: pensaba llevar esta carta a algún programa radial o televisivo, para que la difundieran por allí, pero después deseché la idea. ¿Quién le va a prestar atención a una mujer indígena, empleada doméstica u obrera de maquila, pobre, que viene del campo, heredera de una ancestral humillación? ¡Nadie! Felizmente me ayudaron a hacerla llegar a este medio electrónico, y buena gente solidaria se comprometió a difundirla. Yo, la verdad, no le atino mucho a esto del internet y todas estas cosas -“tecnología de hombre blanco”, como dicen en mi aldea-. Más bien, me dan miedo, porque ni sé cómo se usan. Pero no importa: si alguien la puede leer e informarse de lo que quiero decirles, me alegraría mucho. Y si la pudieran circular por allí a más gente, tanto mejor aún.

 

Aclaro desde un principio que no quiero hacer una queja personal. Se podría decir, quizá con malicia, que yo, dolida por lo que me pasó, me descargo y lloro un poco escribiendo estas líneas, criticando a diestra y siniestra. No, en modo alguno. Hablo en nombre de mi pueblo, de las mujeres de mi pueblo, de la gente pobre, de todos los explotados que existimos. O, más aún, de todes, como se dice ahora, por aquello del lenguaje inclusivo. Si guardo cólera…, tiene causas muy pero muy justificadas. Además… ¿por qué no debería tener cólera, una profunda cólera, un malestar que me viene de adentro, después de todo lo sufrido? No sufro solo por mi gente de hace cinco siglos: hablo del sufrimiento provocado hoy día, el que yo siento en mi persona, en mi cuerpo, del que me producen todas las cosas de las que ahora quiero hablarles. Acaso ¿me debería sentir feliz con lo padecido? ¿No se vale tener rabia por los ultrajes sufridos?

 

Pertenezco a un grupo indígena, o raza, o etnia -no sé bien cómo es que hay que decir- que habitó estas tierras que ahora llamamos América Latina desde tiempos inmemoriales. Mi gente, según dicen los que saben de estas cosas, los antropólogos, vive aquí desde hace varios miles de años. Con la llegada de los invasores españoles, nuestra vida cambió. Quiero aclarar rápidamente que no soy de la idea, como sí lo es más de alguien entre mis hermanos y hermanas indígenas, que antes de la llegada de esta invasión nuestras sociedades eran un paraíso. No, eso no es así, porque en ningún lado, nunca ha habido paraísos. Y la verdad, viendo cómo son las cosas, dudo que lo pueda haber. Pero, en fin… eso es otro cantar.

 

No quiero extraviarme en mi charlatanería. Lo que quería dejar expresado en estas líneas es que ni con todo el oro del mundo podrán pagar la indemnización de lo que nos hicieron los conquistadores a nosotras y nosotros, a quienes hoy nos llamamos latinoamericanos. Nos hicieron, y lo peor de todo: ¡nos siguen haciendo día a día!

 

Sabrán ustedes que toda Latinoamérica, desde México hasta Tierra del Fuego, incluyendo el Mar Caribe, es una de las regiones más ricas en recursos naturales de toda la Tierra. Aquí hay de todo: tierras fértiles, agua dulce en cantidades industriales, petróleo, interminables praderas para criar todo tipo de ganado, todo tipo de minerales, selvas tropicales. Y si eso no alcanza, ahí están los lugares turísticos más hermosos, desde cataratas impresionantes a cordilleras nevadas, desde desiertos sobrecogedores a los lagos más lindos del mundo, playas paradisíacas y parajes increíbles. Hay todos los climas: tropical, templado, frío con un metro de nieve. Todo lo que usted busque. Como dijo alguien por ahí: Latinoamérica, además de tener una gran reserva de recursos naturales, tiene una gran reserva de hijos de puta. ¿Por qué digo esto? Porque junto a esa riqueza inigualable, tenemos también una pobreza inigualable, y eso no es natural. Me parece que para explicar todos nuestros sufrimientos, hay que pensar que en todo esto hay algo de hijos de puta. Hay que ser maloso para venir a masacrarnos hace años atrás, y robarnos, y violarnos, o para seguir masacrándonos hoy de otro modo. Y hoy también nos roban, nos matan, nos violan. Eso no cambia. ¿Por qué sufriríamos tanto si no fuera por la maldad de quienes nos dominan, no importa si son gringos o lo ricachones de aquí, que por supuesto también los hay? No creo que ningún dios, que se supone que es puro amor, quiso que estuviéramos tan mal. Latinoamérica es la zona del mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son más irritantes. Aquí hay lugares en las grandes ciudades con tanto o más lujo despampanante que en los centros imperiales que nos conquistaron y nos siguen dominando. Y junto a eso, se ven los barrios más pobres, más tremendos, donde la gente come de los basureros, los niños de la calle mueren inhalando sus solventes y la violencia callejera es cosa de todos los días, donde te pueden robar, o matar, para quitarte un anillo o un teléfono celular.

 

Yo, como humilde mujer indígena, llegué a una de esas megápolis cuando era una niñita de doce años. Vine medio engañada a trabajar en casa de unos ricachones; me pintaron un paraíso, pero me encontré con que no era así. Doce o catorce horas por día me hacían trabajar. No tenía horario, pues muchas veces me agarraba la madrugada haciendo oficio, planchando, dándole de comer a las mascotas. Que, por cierto, comían más y mejor que yo. Cuando me enteré por allí que las empleadas domésticas podíamos -o debíamos, mejor dicho- exigir todas nuestras prestaciones de ley, vacaciones, seguro de salud, aguinaldo, los patrones se rieron. Me trataron de india comunista, y me echaron.

 

Me costó volver a encontrar trabajo. Mientras lo conseguía, me tocó dormir en la calle varias noches. ¡Qué experiencia horrible! En mi aldea, aunque pasábamos pobreza -muchas veces nos íbamos a dormir con la panza vacía, no teníamos agua potable, lavábamos la ropa en el río y hacíamos popó en una letrina apestosa- antes nunca había sufrido esos atropellos. Quería llorar por todas esas desgracias, por las actuales, quiero decir, por las que empezaba a sufrir en la gran ciudad, pero no me salían las lágrimas. La vida, en corto tiempo, ya me había sacado callo.

 

En la nueva casa -otra casona de ricachones, donde yo era la segunda empleada, y donde había un chofer fijo para la familia- yo ya era señorita. Quiero decir, tenía ya “mis días”, ustedes entienden. O sea: podía salir embarazada. La verdad que eso me empezó a asustar. Miren, con toda sinceridad: no era el chofer, don Pedro, un tipo excelente a quien veía como un padre, sino el patrón -creo que era militar retirado- y su hijo mayor, los que más molestaban. Esos dos eran unas hienas. Nunca faltaba oportunidad para que me tocaran las asentaderas. El señorón una vez me metió a su cuarto y a la fuerza me estaba queriendo desnudar. Digan que justo llegó la esposa, que había salido a hacer compras. Eso me salvó. No me atreví a decir nada por la experiencia anterior. Si una protesta, la echan. Y encima la tratan de lo peor. Varias amigas que fui conociendo, todas empleadas domésticas igual que yo, sufrieron lo mismo: toqueteos, abusos, en algún caso violación. A una buena amiga con la que trabé una genuina amistad le pasó algo horrible: quedó panzona luego que un hombre de la casa donde trabajaba la agarró a la fuerza. Y ¿saben cuál fue la respuesta de la patrona? La echó, porque eso arruinaba el buen nombre de la familia, según le dijo, y la trató de puta, de haber provocado al “pobre” marido, que se vio forzado a tener relaciones carnales por sus insinuaciones.

 

Así como les digo: el mundo para nosotras, mujeres pobres -si somos indígenas: mucho peor- es un calvario. Los días que tenía libre, algún que otro domingo, paseaba un poco por la ciudad, y veía cosas que me hacían vomitar. Miren que yo, de pequeña, me acostumbré a cosas duras. Con diez años trabajaba a la par de mi tata y rajaba leña con total tranquilidad, o faenaba cerdos, le retorcía el cuello a una gallina cuando nos la íbamos a comer, o ayudé en algún parto a mi madre, que era comadrona empírica. Pero las cosas que veía en la ciudad, me daban escalofríos. De verdad, me daban miedo.

 

Por ejemplo, cómo trataban a las empleadas en las casas. O lo que me pasaba cuando entraba en algún restaurante, las pocas veces que entraba. Más bien: no me dejaban entrar, por “india”. La pobreza que veía por ahí me conmovía. Varias veces acompañé a la Dorotea, que se había hecho muy amiga mía, a su casa, en uno de esos lugares que llamaban barrios marginales. ¡Uy, qué terrible! Las cosas que había allí no tenían nombre. Su casa estaba a dos cuadras del basurero municipal, y créanme que me dio asco lo que vi: en la calle vendían comida recuperada de la basura. Había numerosos puestecitos donde ofrecían pizza, la que sobraba en algunas casas y echaban con los desperdicios. Las porciones que estaban buenas, las recogían y las vendían. Y mucha gente las compraba. Mi amiga me quiso ofrecer una, pero no me atreví. Me dio un poco de asco.

 

Como toda joven, tuve mi noviecito. Tuve varios, lo confieso, y a los dieciséis ya empecé a tener relaciones. No me da vergüenza decirlo, porque eso es natural ¿verdad? Lo feo es que muchos muchachos solo se acercan para eso, y después te dejan plantada. Pero yo me conseguí uno que era fabuloso. Fue él quien me hizo entrar en la maquila. Ahí empezó otra vida para mí.

 

El sueldo era mejor que como sirvienta, por supuesto. Pero ¡a qué costo! Los dueños eran unos gringos, unos rubios enormes, de cabello amarillo que parecía pintado, y grandotes, como de dos metros. Yo nunca había visto gente así. Hablaban en inglés. Bueno, eran los verdaderos patrones, que venían muy poco a la fábrica, pero los que nos mandaban a nosotras y nosotros -había hombres y mujeres trabajando- eran unos capataces nacionales. Eran unos tipos igual que nosotras, bajitos y morenitos, de pelo tan negro como el mío, o como el del Tobías, mi novio. Pero se sentían rubios de alma. Nos trataban mal, a los gritos, a veces insultándonos. Nos hacían trabajar a toda velocidad, y si no cumplíamos con la metas que nos imponían, hasta nos descontaban del sueldo.

 

Solo teníamos derecho a ir dos veces por día al baño, aunque una se estuviera haciendo encima. Nos controlaban al milímetro. Yo era muy pilas con la máquina de costurar; creo que era la más productiva de toda la maquila, por eso un capataz, don Alfonso se llamaba, se me paraba al lado y me decía que yo era muy buena, y si quería, me podía conseguir un mejor sueldo, pero le tenía que pagar el “favor”. Por supuesto, lo mandé a la mierda, y le dije al Tobías. Y luego vino la tragedia.

 

Como nos explotaban sin piedad, varios de los y las operarias decidimos formar un sindicato para protestar. Yo no muy sabía lo que era eso, pero gente con más experiencia que yo me lo explicó. Teníamos derecho a ocho horas de trabajo, y si trabajábamos más, debían pagarnos horas extras. Pero eso no pasaba. Incluso varias veces cerraban el portón de entrada con cadenas y candados. Eso nos preocupaba mucho, nos asustaba, porque si había un accidente, un incendio o un terremoto, estábamos encerrados. La cuestión es que eso me indignó, y me empecé a mover con todo el personal para protestar. Conclusión: a mí me echaron, y al Tobías le dieron una paliza que lo llevó al hospital. Además de echarlo, por supuesto. La paliza se la dio un grupo, seguramente contratado por la empresa. El día que le pegaron, a la mañana yo había visto a uno de esos gringos que llegó en su autazo de lujo, siempre con su risita burlona. Seguramente algo habrá tenido que ver. Siempre, en nuestras desgracias, hay algún gringo con risita burlona. O, como dije, algún morenito como nosotras, con alma de gringo, con el amarillo del pelo pintado en su alma. Siempre esa risita burlona, pareciera que mofándose de nuestras desgracias.

 

Bueno, no quiere aburrirles con todo esto. Solo hacerles saber cómo es la vida por aquí. Una mi amiga que viajó al Norte, a los Iunáitid, se comunicó vez pasada y me dijo que allá las cosas son diferentes. Todo está bien organizado, no te roban por la calle ni se ve tanta gente pidiendo limosna. Que la hay, la hay, pero no tanta como aquí. Y los rascacielos son impresionantes, no se ven cables colgando por todas partes como en nuestras ciudades, y las calles están más limpias. Pero ¡cuidado! Tampoco allá es un paraíso: a la gente de Latinoamérica, como nosotras, las discriminan, las persigue todo el tiempo la Migra, las tratan como basura. Como me enseñó mi novio: si aquellos están tan bien es porque nos roban a nosotros aquí.

 

Yo siempre me pregunto: ¿tiene arreglo esto? No creo que sea nuestro destino, que estemos condenadas a sufrir de esta manera. ¿Por qué sería eso así? No sé bien cómo cambiar estas cosas, pero seguro que tiene que haber forma.




jueves, 6 de abril de 2023

HERENCIA MALDITA

En algún país latinoamericano donde la hombría se mide, entre otras cosas, por la cantidad de alcohol que alguien puede resistir sin emborracharse y, quizá esto es lo más importante, por el número de hijos que puede procrear, independientemente de las mujeres que sirvan para tal fin, un hombre no tan viril como la cultura dominante marcaba, de pronto se encontró con una enorme herencia.


Terencio, quien realmente hacía honor a su nombre –“Tierno”, en latín– llevaba ese nombre porque su padre, un buen católico, tomó del santoral el onomástico: 10 de abril, como aquel mártir de la iglesia del siglo III. El muchacho, heterosexual sin dudas, siempre había sido el tierno de la familia, el “suavecito”, a decir de su padre. Criado en la austera opulencia de un rudo terrateniente de provincia, nunca le faltó nada de niño. Al morir su madre cuando apenas contaba con ocho años, debió compartir la vida familiar con su padre, ocho hermanos y cuatro criadas. Lo que le llamaba poderosamente la atención era que, de continuo, aparecían nuevos hermanos en la lista, y otros salían de la casa para no volver a verlos. Preguntado por esa rareza que Terencio no lograba descifrar, el padre –autoritario, siempre alisándose los ceremoniales bigotes con aire de suficiencia– solo respondió, con su típica voz atronadora: “cuando crezcas lo entenderás”.

Terencio había contado un total de veintitrés niñas y niños que habían pasado por la casona. Él, junto con dos mujeres, eran los únicos que permanecían, mientras los otros estaban un tiempo y se iban. Había una profesora que llegaba cada dos o tres días a impartir clases a la prole, pero eran solo esas dos mujeres y él quienes las recibían en la enorme sala de aquella sólida vivienda. A decir de la enseñante, el jovencito mostraba grandes aptitudes para aprender todas las materias, por lo que la recomendación al padre, repetida infinidad de veces, era que marchara a la ciudad a continuar allá su formación.

Ante tanta insistencia, el muchacho por fin fue enviado a un instituto como pupilo, donde cursó varios años que lo prepararon para su ingreso a la universidad. La relación con su padre fue haciéndose más esporádica, y el continuo contacto con los sacerdotes que atendían el internado le confirió ese aspecto de tierno, casi asexuado, posible santo sin preocupaciones terrenales.

Andando el tiempo, por distintos canales fue llegando a sus oídos un comentario sobre su progenitor que le alteró su pasar: este señorón, muy al estilo feudal haciendo honor al derecho de pernada, tal como se daba en aquellas tierras, herencia de un sufrido pasado colonial que recordaba el medioevo español –ius primae noctis– había procreado una cantidad incontable de hijos. Se decía que alrededor de cincuenta (había quien decía que ochenta). Terencio no terminaba de entender por qué él había sido el único de todos ellos y ellas –al menos, de quienes conocía– que había recibido ese trato especial. Años después, ya graduado de abogado, pudo entreverlo.

Luego de la muerte de su progenitor, la carta que le entregó el notario en aquella pomposa ceremonia, escrita de puño y letra por su padre –no exenta de muchas faltas de ortografía– era corta pero precisa: le dejaba toda su fortuna, una hacienda de más de 50 caballerías, “con todo lo clavado y plantado, indios incluidos”. Terencio no lo podía creer: ¿por qué él? Siempre había pensado que su padre, quien había opacado la figura de su madre de la que casi jamás le había hablado, lo tenía por un bobalicón. El nombre que le había dado, pensaba, lo ratificaba. Él no era ese “macho” poderoso, viril, que andaba haciendo hijos por todos lados, siempre pistola en la cintura y listo para liarse a golpes con quien osara contradecirlo. No, en absoluto: Terencio era todo ternura, suavidad. Le gustaban las mujeres, pero nunca había andado tras de ellas como si fuesen trofeos de caza, tal como hacía su padre. Ni tampoco competía para ver cuántas copas tomaba antes de caer borracho. Él era distinto, y estaba muy orgulloso de eso.

Había tenido noviazgos ocasionales, pasajeros. De momento, ninguna relación seria. Como abogado joven, su situación económica no era precisamente brillante: sobrevivía en forma bastante magra, sin recibir nada de su padre, a quien veía cada vez menos. Él, por lo pronto, era un estoico, muy sobrio en sus gastos. Casi no bebía, jamás había utilizado drogas, nunca visitó un lupanar. Al encontrarse con esta inesperada herencia, su vida se alteró. Un considerable hato ganadero, numerosos cultivos tropicales (azúcar y hule en especial), árboles frutales, más todas las instalaciones de una hacienda hecha a la alta escuela, proporcionaban una renta anual envidiable. Terencio cambió su estilo de vida.

Fue un cambio moderado. Mantuvo a los mismos administradores que habían manejado la heredad durante la vida de su padre. Después de la muerte de él, solo en una ocasión visitó el terreno; la vieja casona, donde se había criado en parte y visto pasar tantos hermanos y hermanas, le traía recuerdos agridulces, más amargos que nada. Por eso prefirió dejar el manejo contable en mano de terceros. Ser un hacendado no era para él; menos ahora, ya hecho a la vida urbana por completo. La renta que mensualmente le llegaba era mucho más que suficiente para cubrir sus gastos. Vivir en la hacienda se le hacía espantoso; el recuerdo de tantos hermanos, o hermanastros más precisamente, que veía desfilar se le tornaba sobrecogedor. Prefería no pensar en eso.

Como parte del cambio que se comenzaba a registrar, decidió darse algunas gustos. O, más precisamente, hacer ciertas cosas que, hasta el momento, no se había permitido. Le resultaban casi chocantes, esnobismos que se le antojaban casi absurdos en algunos casos, pero que debía conocer para saber de qué se trataba. Así, por vez primera en su vida, asistió a una corrida de toros, se hizo lustrar los zapatos por un lustrabotas, viajó en avión y pensó en recibir masajes.

Esto último lo asociaba con algo sibarítico, un lujo extravagante, bizantino, reservado solo para gente ociosa. Esa era su visión, cargada de una férrea moral que trataba de distanciarse de las conductas de su papá, a quien cada vez más consideraba un procaz libertino repulsivo. No podía procesar que alguien engendrara tamaña cantidad de hijos y luego no se hiciera cargo de ellos.

La casa de masajes que visitó no era, como tantas otras, un prostíbulo escondido; era, simplemente, un centro de relajación y terapia quiropráctica. La masajista que lo atendió era una hermosa mujer de más o menos su edad. A Terencio le dio mucha vergüenza quitarse la ropa, pero entendió que no había otra alternativa. En realidad, a eso había ido, a recibir esos masajes para desprenderse de toda contractura.

La sesión le resultó altamente relajante. Le gustó mucho, tanto como la masajista que lo atendió. Por todo ello decidió volver. No solo lo hizo una vez; terminó convirtiéndose en un cliente frecuente. Por fin un día, tomando valor, invitó a salir a la muchacha.

Lo que continuó fue un romance profundo, donde ambos fueron adentrándose cada vez más en la vida del otro. El enamoramiento fue mutuo, muy hondo, y el sexo no tardó mucho en llegar, apasionado, fogoso. Después de unos pocos meses, comenzaron a pensar en casamiento.

La primera duda se le despertó a Terencio cuando le preguntó a Yahaira por su origen, dónde se había criado, quiénes eran sus padres. La joven respondió con total soltura que pasó algún tiempo en la hacienda L., en el departamento de M. Allí vivía con varias empleadas domésticas y varios hermanos y hermanas. De su madre no recordaba nada. Prefirió no preguntar más, y el noviazgo siguió adelante. Si bien ninguno de los dos lo buscó en forma explícita, llegó el embarazo. El amor que se profesaban disipó cualquier duda en Terencio, y la boda se planificó con premura. El joven, aún teniendo la posibilidad de una fiesta fastuosa, prefirió algo mucho más modesto, más íntimo. Yahaira casi no tenía familia, unas hermanas con las que casi no mantenía relación, y él, solo algunos amigos abogados.

Cuando el muchacho, en forma casi casual, llegó a saber el nombre del padre de su prometida, quedó estupefacto. Era la misma persona que su progenitor, el tristemente famoso hacendado don Tiburcio J., ese “promiscuo deleznable” célebre por la cantidad de descendencia que había traído al mundo.

La muchacha tenía un vago recuerdo de aquella época de su vida rural; recordaba, entre una niebla que no dejaba ver bien el pasado, que su mamá nunca había vivido con ella en la hacienda. Solo un tiempo en una aldea cercana, antes de ser instalada de niña con quien le decían que era su padre. Después de su paso por la hacienda Yahaira había ido a parar a una familia de la capital, donde se crió hasta los dieciocho años. A esa edad se independizó y comenzó una suerte de martirio con un casamiento fallido, un rápido paso por un club nocturno donde trabajó como camarera –“¡nunca con clientes!”, se apresuró a aclarar– y luego el curso de masajista, que nunca terminó formalmente, pero que le permitió entrar al spa actual, donde ya hacía un buen tiempo prestaba servicios.

Terencio, muy poco tiempo antes del casamiento, no resistió la duda angustiante que lo taladraba día y noche le preguntó abiertamente a la joven: “¿no había un niño en la casa patronal, siempre con semblante triste, a quien don Tiburcio trataba con especial cuidado?”

“Sí, muy a lo lejos, recuerdo que sí”.

“¿Qué más recuerdas de él?”, inquirió Terencio con fuerza.

“Nada, nada más… Creo que nunca llegué a hablar con él. Se mantenía en la casona, casi no hablaba con nosotras, las niñas”. Yahaira comenzó a sentir que allí había algo grande, pesado. El tono que iba tomando su novio lo dejaba entrever.

Terencio sentía que no podía continuar hablando. El peso de una historia incontable lo paralizaba. Las lágrimas asomaron a sus ojos. Yahaira trataba de entender qué pasaba, pero el silencio y la distancia del muchacho lo impedían. Finalmente, con un rostro trastocado por la emoción, enrojecido, desencajado, el novio pudo balbucear:

“No creo que sea posible casarnos. Y menos aún, tener ese hijo”.

“¡¿Qué?!”, respondió alterada Yahaira, casi fuera de sí.

“Es que… no podemos. Sería un pecado. Nos iríamos al infierno”. Guardó un silencio sepulcral por algunos instantes. “Ambos somos producto de un pecador irredento, un monstruo sin alma que nos orilló a cometer este acto blasfemo. Pero, por gracia de dios, pudimos descubrir lo injurioso, la mácula imperdonable a la que nos acercamos sin saberlo, y estamos a tiempo de detener todo”.

La muchacha, totalmente desconcertada por estas palabras, no atinaba a saber si estaba escuchando un chiste de mal gusto o un afiebrado delirio de su amado. Detener el casamiento le parecía descabellado, pero más aún le parecía no seguir adelante con el embarazo. No encontraba respuesta a toda esa declaración, fogosa sin dudas, que parecía honesta, pero que no guardaba la más mínima lógica.

Interrogado con vehemencia por Yahaira, en medio de un llanto que se había tornado incontenible, Terencio pudo pronunciar casi tartamudeando:

“Es que somos hermanos”.

El muchacho nunca contó cómo se operó el cambio. Hubo quien dijo que eso era brujería hecha, o mandada a hacer, por Yahaira. Lo cierto es que el niño nació –un varón de siete libras de peso, sano, robusto– y fue bautizado como Fidel, y el matrimonio se consumó. Nunca más Terencio volvió a hablar de ese lazo sanguíneo. La vez que su esposa, andando los años, le comentó sobre la posibilidad de hacer una prueba de ADN para establecer con exactitud si había algún grado de parentesco, el joven la desestimó con fuerza. Tampoco nunca quedó claro cómo fue, quién lo hizo ni el propósito perseguido con esa acción, pero la tumba de don Tiburcio fue profanada y sus restos mortales jamás aparecieron. Terencio hoy encabeza un movimiento por las nuevas masculinidades. La segunda hija se llama Rosa. El devenido hacendado se practicó una vasectomía.


 

miércoles, 22 de marzo de 2023

LIBRO SOBRE COVID

Acaba de aparecer el libro “El Antropoceno en Crisis y otras tantas Pandemias y Misceláneas”, dedicado al estudio del Covid-19. Participan allí numerosos autores de varios países: Atilio Borón, Irma Alicia Velásquez, Alicia Castellanos, Baljit Banga, Isabel Hernández, Sabatino Palma, etc.

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COMO MUESTRA, PRESENTAMOS UNO DE SUS CAPÍTULOS, DE MARCELO COLUSSI:

 

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lunes, 6 de marzo de 2023

LUZ, CÁMARA… ¡ACCIÓN!

Edson era un acaudalado empresario de San Pablo. Muy católico –de día– también se permitía sus “escapaditas” –en la oscuridad de la noche–. Su esposa lo tenía por un santo, y Edson no hacía nada que diera lugar a pensar lo contrario. Todos los domingos, puntualmente, asistían a misa. Solían tener bastantes reuniones sociales, y con mucha frecuencia recibían invitados en su casona de tres niveles, piscina y cancha de tenis en las afueras de la ciudad. La vida de ambos, al menos en apariencia, era envidiable.

 

Luego del nacimiento de Thiago, el único hijo que tenían –ahora de veintitrés años– la madre presentó complicaciones que le obligaron a una histerectomía. No pudiendo tener más descendencia, ambos padres pusieron todo el empeño de sus vidas en la crianza del único vástago.

 

Pero Edson, además de la adoración que sentía por Thiago, tenía otra cosa que lo movía, tan importante como su hijo, o quizá más. Años atrás –tendencia que con el paso del tiempo había decrecido un poco, pero sin desaparecer del todo– sus salidas “en las sombras” lo habían llevado a concebir otro ser. Una hija para el caso: Isabelinha. Ambos hermanastros tenían casi la misma edad; apenas un mes de diferencia. Con sus amantes, que se contaban por decenas, siempre fue muy precavido, no trayendo más hijos extramatrimoniales.

 

Para Edson lo de su hija “pecaminosa” constituía el secreto mejor guardado. Salvo la propia muchacha y su madre, nadie más sabía de su paternidad oculta. Eso funcionaba para él como una bomba de tiempo, algo que le quitaba el sueño cada día. En el transcurso de los años había considerado varias veces decirlo, fundamentalmente a su esposa y a su hijo. Pero un remordimiento hondo se lo impedía. Un buen católico no podía mostrar eso.

 

La madre de Isabelinha, una hermosa mujer mulata de extracción muy humilde, admiraba tanto como temía al empresario. El paso de los años no borraba su belleza, y aún mantenía un complicado, y al mismo tiempo fogoso amorío con Edson. Durante años, costumbre que había ido mermando con el tiempo, pero no desaparecido, una vez por semana o por quincena tenían un encuentro erótico, siempre en hoteles distintos. La obsesión del furtivo amante era no ser descubierto por nada del mundo. Cuidaba cada detalle a fin de no dejar ninguna pista, evitar toda posible sospecha.

 

A lo largo del tiempo había tenido innumerables encuentros clandestinos con numerosas mujeres; pero con ninguna se había establecido un vínculo tan fuerte como con la madre de Isabelinha. Ello debido, muy probablemente, a la existencia de un ser de por medio que les unía. Con las otras no pasaba de alguna temporada, que jamás iba más allá de unos meses. Luego se aburría y venía la siguiente.

 

Abrumado como se sentía por la carga de una hija extramatrimonial, buena parte de la energía de su vida, de cada día, de sus proyectos a futuro, tenía que ver con cómo guardar ese secreto. Isabelinha tenía que ser ocultada.

 

Desde el nacimiento de la niña había pensado distintas opciones para ocultarla: darle una buena cantidad de efectivo a la madre y hacer que ambas, progenitora y bebé, salieran de Brasil con el compromiso de no volver. Portugal en Europa, o Guinea-Bissau en África, ambos países de lengua portuguesa, fueron los propuestos. Pero la idea no prosperó.

 

Propuso entonces que, siempre dentro de Brasil, marcharan lejos de San Pablo; Manaos fue el destino pensado por Edson, en el corazón del Amazonas. Igualmente, la propuesta fue desechada. En su desesperación, el empresario pensó algo terrible, monstruoso: eliminar físicamente a madre e hija. Contratar un asesino a sueldo resultaba muy fácil; con sus conexiones, ni siquiera él en persona tendría que encargarse del “trabajo sucio” de buscarlo y hacerle el encargo. Pero eso podría dejar rastros, pensó, y un matón no se le antojaba una persona confiable. Por tanto, esa posibilidad también fue excluida. Optó por algo más sencillo: Isabelinha sería una muerta en vida. En otras palabras: debería llevar una existencia opaca, silenciosa, y por nada del mundo, nunca jamás, debería saber nada, y mucho menos, hablar de su padre.

 

Así fue en los primeros años. Luego, el mismo Edson se arrepintió y quiso tener contacto con su hija. De ese modo, a partir de los 7 años de la niña, el padre hizo entrada en su vida.

 

Sin embargo, resultó una entrada con características muy especiales. Desde el día del nacimiento de Isabelinha, su progenitor se hizo cargo de todos los gastos de madre e hija. Al aparecer personalmente, las atenciones y regalos se multiplicaron, pero con una condición: la niña no debía saber que “ese señor que la visitaba periódicamente” era su padre. La madre debió presentarlo como un amigo “que te ama mucho”.

 

De eso modo fueron pasando los años. Isabelinha llegó a tener mucha confianza con ese “señor” que con frecuencia visitaba a su madre. Las insistentes preguntas de la niña a su madre respecto a la presencia del padre fueron transmitidas a Edson; después de interminables cabildeos consigo mismo, de atreverse a consultarlo con su cura confesor y de largas horas de angustia vividas en soledad, Edson decidió presentarse ante su hija como lo que en realidad era.

 

La sorpresa de Isabelinha fue mayúscula, con una confusa mezcla de alegría y desconcierto. ¿Por qué recién a sus diez años de edad iba a conocer a su padre? ¿Por qué era tan distinta en eso a sus amiguitas? No faltó tampoco una dosis de tristeza en la niña, incluso la sensación de sentirse engañada: si todas las compañeras de juego, en la escuela, en el barrio hablaban siempre de papá y mamá, interactuaban con ellos, los hacían públicos, ¿por qué a ella no le sucedía eso?

 

Ahora la condición impuesta por el empresario trocó a algo aún mucho más perverso: la niña, pese a conocer sobre su historia familiar, a partir de ese momento no podría –no debería, ¡jamás de los jamases!– decir quién era su progenitor. La madre vio eso como descabellado, pero ante la posibilidad de perder todo el apoyo económico, apretando los dientes aceptó la propuesta. Isabelinha no terminaba de entender, pero un viaje a Disneylandia ayudó a “convencerla”.

 

Para la niña todo esto resultó un cataclismo de emociones: en un mismo acto conocer a su padre, y sin terminar de entender el porqué de esa súbita aparición, no poder tratarlo como tal. ¡Era demasiado! Entre las condiciones impuestas figuraba que nunca le podría decir, ni en público ni en privado: “papá”. El trato, como siempre, debería seguir siendo muy cordial, pero solo mencionando el nombre “Edson”. Como las atenciones materiales se redoblaron, la sensación de desconsuelo fue extinguiéndose con el tiempo. Entrada la adolescencia, la costumbre se había incorporado de tal modo que Isabelinha prefería ni pensar en eso. Muy en secreto, a veces, bastante raramente, reflexionaba sobre esa “cosa incomprensible”. Al no encontrarle ninguna explicación lógica, abandonaba la congoja con celeridad. El amor de la madre le resultaba suficiente.

 

Con sus quince años comenzaron a llegar otros amores. La belleza heredada de su progenitora atraía largas filas de pretendientes. Si le preguntaban por su padre, tenía bien estudiada la respuesta: “nos abandonó cuando yo era una bebé”.

 

Para Edson todo esto tenía un valor confuso: adoraba a sus dos hijos, el legal y la clandestina. Pero con esta última había siempre un temor latente. Debía mantener como secreto total esa paternidad. Thiago, por su parte, con la misma edad de su desconocida hermanastra, fue creciendo con todas las atenciones de hijo de millonario, más de las que recibía Isabelinha. La diferencia básica estribaba en el lugar en el mundo que ambos ocupaban: saberse hijo de tal padre, aprovechar ese nombre para el caso, ese apellido abría puertas–, tener el respaldo oficial de una encumbrada familia con vínculos políticos, daba una sensación de comodidad que la joven no podía tener.

 

El muchacho no sabía nada de la joven, mientras que ella sí sabía de la existencia de Thiago. Aunque nunca lo vio –el padre se cuidaba muchísimo de enseñarle alguna foto, así fuera por distracción– el secreto se mantenía con el mayor hermetismo. Isabelinha solo sabía que había un joven de su misma edad, “muy guapo”, según manifestaba su padre (que, para ella, era solo “Edson”), excelente alumno –igual que ella– y que llegado el momento de escoger carrera universitaria había optado por la cinematografía, mientras ella prefirió el Derecho.

 

Ya peinando canas, el empresario paulista decidió mantener económicamente a su hija secreta hasta que ella se graduara como abogada. Luego debería buscar por sí misma su vida; ya era “más que suficiente” el apoyo brindado, consideraba. Por el contrario, para con su hijo tenía otra perspectiva: él sería el encargado de mantener el apellido familiar y, muy probablemente, podría continuar sus negocios, aunque el hecho de optar por dedicarse al cine en modo profesional lo alejaba del ámbito inmobiliario y financiero en que Edson se movía. “Pero por último”, razonaba, “si deseaba utilizar la fortuna para invertirla en la producción de películas, ¡adelante!” Sin decirlo nunca en voz alta ante la muchacha ni ante su madre, Thiago era su “verdadero descendiente”. Isabelinha, claramente, no.

 

La estudiante de Derecho se había convertido en una bellísima mujer con largas filas de interesados que se babeaban al verla. Igual que su madre, su porte era provocador: alta, de largos cabellos negros y exuberante cuerpo muy bien formado, con unos enormes y cautivantes ojazos verdes, resultaba la sensación de la universidad. Tanto le insistían para que participara, que finalmente aceptó: fue reina de belleza de su Facultad, lo cual tomaba con displicencia, sonriendo. No avanzaba mucho en los estudios, pero sí en su vida amorosa: no tenía un novio formal, fijo, pero sí interminables amoríos, lo que le valió una fama especialísima en la carrera de Derecho. Según el mito que se fue construyendo, Isabelinha podía tener sexo con distintas personas hasta tres veces al día. En su larga lista de encuentros había de todo un poco, desde profesores hasta jovencitos ingresantes, no faltando también alguna muchacha.

 

Cuando ambos, Isabelinha y Thiago, tenían doce años, fue la única ocasión en que se vieron. Un encuentro muy rápido, con Edson presentándolos –obviamente no como familiares– dejó un recuerdo vago del otro en cada uno de los hermanastros. Pasando los años, ahora con veintitrés, con los cambios que naturalmente se habían dado, era imposible reconocerse. La joven sabía algo sobre su medio hermano, fundamentalmente por las historias que le relataba su madre; a veces su padre, en alguna ocasional visita, le había hablado de Thiago, pero sin dar mayores detalles, sin siquiera mencionar su nombre. Por el contrario, el muchacho prefería no saber que había una hija extra matrimonial. Tan distante de eso estaba que ni sabía el nombre. Su padre alguna vez, entre líneas, le había hablado de su existencia, pero sin poner mayores detalles. Ese comentario ocasional, sin ningún peso, había desaparecido ya por completo de la memoria del muchacho.

 

Thiago comenzaba su carrera como cineasta. Como travesura, pero también como una posible fuente de ingresos, empezó a considerar el cine porno como una opción. Asesorado debidamente, se lanzó a producir un primer video. El éxito obtenido no fue poco. Escenas muy “picantes”, con mucha originalidad, dejaron ver que el joven tenía madera para el oficio de la video-realización. “El cine porno tiene que ser artístico y no una grosería machista”, expresaba con aire doctoral. Efectivamente, su objetivo era crear una visión novedosa del tema, “creativa e ingeniosa” decía. “¿Por qué no mostrar artísticamente, con calidad, algo que es tan bello como el sexo y que la pornografía barata convirtió en algo vulgar?”

 

Edson conoció esta producción de su hijo. Moralista como era –al menos en su discurso oficial, en lo que debía presentarse en público como correcto– no estaba muy de acuerdo con ese tipo de películas. Sin embargo, dado que todo lo que hacía Thiago lo veía como “fuera de serie”, aplaudió el primer video que produjo el muchacho. El joven, envalentonado por sus primeros pasos bastante exitosos, decidió largarse a hacer una gran producción. Quería emplear como actores a gente de la calle, no profesionales.

 

Eso llegó a oídos de Isabelinha quien, después de pensarlo un poco, decidió presentarse al llamado. Se pautó una entrevista para conocerse, así como se hacía con todos los candidatos, hombres y mujeres. En el encuentro entre director y posible actriz ambos quedaron fascinados con el otro. Thiago sintió estar eligiendo a la actriz principal; la muchacha, por su parte, quedó encantada con la posible nueva profesión que se le abría. El Derecho podía esperar un poco más; el hechizo de las luminarias y el ambiente cinematográfico la cautivó, así como también el realizador audiovisual que la entrevistó. Sin reconocerse como hermanastros –¿por qué habrían de hacerlo?, si no se conocían– el encanto fue mutuo. La joven tenía un algo que capturaba; incluso muchas mujeres heterosexuales quedaban sorprendidas con su belleza, admirándola, pero más aún, con su desenvoltura, con su femineidad tan avasalladora, tan segura de sí. Concitaba admiración. Eso fue lo que movió a Thiago. Tanto y a tal punto, que modificó el guion original. Él mismo participaría ahora como actor para tener contacto con la joven. Isabelinha se entusiasmó mucho con esta nueva perspectiva que se le ofrecía.

 

Su madre, siempre interesada en lo material, no vio con malos ojos esta nueva actividad. “Si te gusta y eso te satisface, ¡adelante! Además, supongo que eso se paga bien, ¿verdad?”, fueron sus palabras. Con esa venia otorgada, Isabelinha se sintió totalmente lista para acometer el nuevo trabajo.

 

Thiago funcionó bien como director y también como actor. La escena filmada con su hermanastra fue la más atrevida de toda la producción. Algo los unía con fuerza volcánica, los atrapaba. Lo que hicieron ante las cámaras ya no era mera actuación: era verdadera pasión. Se atrajeron profundamente. El joven, más allá de la filmación, buscó estrechar el contacto. La muchacha lo aceptó, y así comenzó un romance que, con total sentido, podría decirse “de película”.

 

La película –“La pecadora” llevaría por título– estuvo terminada en dos meses. Entró a los circuitos comerciales obteniendo un éxito rotundo, más de lo esperado por quienes la produjeron. Thiago no lo podía creer. Edson tampoco. Cuando la vio, casi cae de espaldas. No solo porque allí actuara su hija, sino porque se la veía en atrevidas escenas sexuales ¡con su hermano!

 

Pensó que era hora de decirle a su hijo lo de su media hermana, contarle claramente cómo era esa historia. Aunque, luego de un primer momento de arrebato, pensándolo bien se dijo que mejor no. Si habían pasado ya más de veinte años sin saber nada de ella, ¿qué le podría reportar saberlo ahora?, pensaba el atribulado padre. De todos modos, apelando a lo que le quedaba de moral, estimaba que era tremendo que dos hermanos, o hermanastros para el caso, cometieran tamaña aberración como un incesto. Y peor aún: haciéndolo público a través de una película.

 

No le preocupaba que su hijo fuera el director de un audiovisual machista, tal como éste lo era en grado sumo, poniendo a las mujeres en un descalificador lugar de meros objetos sexuales pasivos. La intención del joven director de hacer algo alternativo no prosperó mucho; quienes pagaban la producción exigieron más de lo mismo. Tampoco le preocupaba que Thiago apareciera desnudo haciendo de sultán con un harem de ocho mujeres a su cargo –así era el bastante disparatado argumento de la película–. Sabía que el cine porno estaba en auge creciente y daba mucho dinero. “Negocios son negocios”, se justificaba. Pero sí lo consternaba la relación incestuosa. “¿Y si trascendía que ambos actores eran hijos suyos, una de ellas ilegítima?” Su tormento fue en aumento.

 

Ganado por la angustia que no lo dejaba vivir, consultó a un sacerdote de su confianza. Por supuesto, a este pastor de almas jamás le había contado –ni lo haría– de sus correrías amorosas, de una hija extramatrimonial, ni que había mandado a matar a dos sindicalistas que lo denunciaban por sus manejos financieros nada transparentes con los que había defraudado a más de cien inversionistas. El sacerdote le recomendó no decir nada a Thiago de su hermanastra, pero al mismo tiempo sugerirle al joven que se le aleje de esa mujer, porque eso “era pecado”. Además, como para entender bien la situación, pidió copia de la película.

 

Como todas las actrices porno, Isabelinha fue instruida de tomar todos los recaudos necesarios para evitar un embarazo, así como cualquier enfermedad de transmisión sexual. Algo pasó, sin embargo, que eso no funcionó como tenía que funcionar: la próxima menstruación de la joven no llegaba.

 

Y no llegó.

 

Thiago, fascinado como había quedado con la actriz –“excelente, muy abierta y desembozada” se repetía–, buscó mantener la relación. Esa desenvoltura, además de su particular belleza física, lo cautivaba. Si bien casi no la conocía, el corto tiempo que pasaron juntos durante el rodaje del film le bastó para sentirse enamorado. Isabelinha tenía algo que producía ese encanto, exhalaba siempre un hechizo que hipnotizaba. La muchacha igualmente se sintió atraída por el director-actor. Llegó a decir que nunca había tenido un sexo tan placentero como con él. El final de la carrera de Derecho podía demorarse un poco: ahora su nueva profesión y el incipiente noviazgo –más el embarazo en puerta– le abrían un nuevo escenario, una nueva vida. “No necesito de padre que me apoye. Ojalá se enterara de todo esto ese viejo de mierda que me abandonó”, mascullaba con todo el odio del mundo, muy en secreto.

 

Sin poder dar razones –en realidad, ni siquiera las necesitaban, ¿para qué?– ambos se sintieron profundamente unidos casi de inmediato, como si se hubieran conocido desde largo tiempo atrás. Ninguno de los dos esperaba un niño en ese momento; sin embargo, ambos al unísono sintieron una unión especial para con el otro. El niño en camino, en vez de haber sido tomado como un drama que les alteraba sus vidas, fue algo que los comenzó a estrechar más. Ninguno de los dos, como cosa curiosa, reaccionó espantado ante la novedad. Algo debían hacer con eso: no estaba claro si dejarlo proseguir o rechazarlo, pero como fuere, el embarazo tenía la misión de unir, y no de promover la salida huyendo.

 

Isabelinha lo consultó con su madre quien, interesada como siempre, preguntó sobre la identidad del progenitor. O, siendo más específica –y pérfida–, quiso saber si esa persona estaría en condiciones de hacerse cargo de la criatura. Incluso, si no sería posible proponerle interrumpir el embarazo, pero a cambio de una buena suma de dinero. Rápidamente calculó qué cosa sería más conveniente en términos económicos. La muchacha, no pensando igual que su madre, en absoluto buscaba dinero. La idea de un niño la enterneció. Además, la aparición de Thiago la había dejado profundamente tocada. Ser actriz porno presentándose como mujer embarazada, pensaba, daba un toque de fascinación. Se le ocurrían increíbles escenas que llamarían la atención. “La gente quiere morbo”, sonreía maliciosa. “Pues… ¡démoselo!”

 

Su madre no conocía mucho acerca de Thiago. Solo sabía que existía otro ser, contemporáneo de su hija, del mismo padre que Isabelinha. Edson, por precaución, con una meticulosidad rayana en lo paranoico, casi nunca hablaba con su amante de su hijo varón. Había llegado al extremo de no nombrarlo nunca con su verdadero nombre: Jair lo había bautizado idealmente para estas circunstancias. La madre de Isabelinha nunca lo había visto personalmente; solo una vez, en forma ocasional, una foto muchos años atrás. Su hija, al referirse escuetamente al causante de su embarazo, lo nombraba como “el director”. Con el correr de los días pasó a ser “mi novio”.

 

Por su parte Thiago, dada la cercanía que lo unía a su padre, con mucha vergüenza y preocupación decidió contarle la situación. Edson quiso morir. Lo primero que pensó fue no decirle una palabra a su hijo de la historia secreta, no revelarle la verdadera identidad de la mujer que había dejado encinta, que era su hermana, y hablar con Isabelinha para obligarla a abortar, diciéndole que sabía de su embarazo “porque un pajarito se lo había contado”. Con Thiago, tragando saliva, prefirió no reaccionar mal; por el contrario, mostrándose comprensivo, lo apoyó, brindándole toda la solidaridad que necesitara. Eso fue sorprendente para el joven, quien se derritió en expresiones de admiración para con la muchacha. Ésta no le había mencionado nunca su verdadero nombre, sino que prefirió seguir utilizando el pseudónimo artístico que había escogido para la película: Adriana. Para ella era ya costumbre inveterada ocultar su identidad; toda su vida la había pasado haciéndolo. El tiempo, calculaba, decidiría si le relataba toda su historia, de la que cada vez prefería hablar menos, el abandono de su padre, su ambiente tan singular de orfandad con un progenitor al que debía tratarlo por su nombre de pila y no como “papá”. En caso que se sintiera animada y Thiago abriera convenientemente la puerta, revelaría que se llamaba Isabelinha. De todos modos, para el muchacho eso no significaba nada, pues desconocía la trama oculta.

 

Al día siguiente de recibir la noticia, Edson se comunicó por teléfono con Isabelinha. Con voz enérgica la conminó a que interrumpiera el embarazo; la joven, con voz más enérgica aún, dejó salir una lista de insultos de tan alto calibre que hicieron palidecer al padre al otro lado de la línea. Tratándolo de descarado y con una andanada de improperios increíblemente ofensivos y descalificadores, muy furiosa cortó la comunicación, advirtiéndole que no volviera a llamarla nunca más en su vida, pues si no, contaría en forma pública esa paternidad ocultada durante años. 

 

Las visitas de Edson se habían hecho mucho menos frecuente a su amante; eran ocasionales, muy esporádicas. Para con su hija eran infinitamente menos, si bien seguía cumpliendo a cabalidad con su compromiso de financiarle los estudios universitarios hasta su graduación, tal como había prometido. Jamás había faltado un solo mes al depósito bancario; ahora, sin embargo, luego de saber lo del embarazo, pensó en que podría ser la ocasión para suspenderlos. De todos modos, se veía en una encrucijada: si actuaba contra Isabelinha, podía encontrarse con la infausta sorpresa de ser descubierto. Eso significaba inmediato divorcio, como mínimo, más todo el escarnio de su círculo de amistades, de la gente de la iglesia. Eso no podía permitirse.

 

Los años no le habían quitado el encanto a su querida, pero para un picaflor como el empresario, eran preferibles jovencitas más tiernas. No obstante, en alguna de sus visitas, Edson, para darle un tono crecidamente erótico al encuentro, llevó una película a fin de verla juntos. Eligió una al azar en algún cine-club. “Son todas iguales”, se dijo. “Para el caso, llevó una que le sugirieron, un clásico de la pornografía”. Quiso el destino que, al preparase para su cita, confundió los VHS, y llevó la producción de su hijo en lugar de la que había alquilado. Dijo no ser amante de ese tipo de cine, lo cual era cierto –nunca las usaba en sus citas amorosas “pecaminosas”, y mucho menos con su esposa–. De todos modos, para esta ocasión le pareció interesante probar con una.

 

Cuando se pudo apreciar el film, llegados a una de las escenas donde estaban juntos los hermanastros, ambos padres quedaron mudos, estupefactos. Luego de algunos instantes de silencio sepulcral, en donde lo que menos podía suceder era el despertar de un voluptuoso deseo sensual movido por la pornografía, cada quien reaccionó como pudo. “¡Esa es Isabelinha!”, vociferó Edson. “¡No puede ser!”

 

“Sí, ¿no lo sabías?”, respondió con desparpajo la madre. Edson quedó galvanizado. Con voz trémula, entrecortada, pudo agregar: “Pero…, ¿no sabías que Isabelinha está embarazada de ese tipo, el actor y director?”

 

“Sí, me lo dijo. Yo no lo podía creer, pero si ella lo quiere y desea tener el niño, ¿cuál es el problema?”

 

“Es que ese muchacho… ese no se llama Jair. Jair no existe. ¡Es Thiago, mi hijo!”, dijo con lágrimas en los ojos.

 

“Entonces… mi hija y tu hijo…, esos que actúan en la película, ¿son hermanos?”, pronunció asombrada la amante.

 

“¡Terrible!, ¡monstruoso! ¿¡No te das cuenta!?”, espetó Edson con furia.

 

“¡Fabuloso!”, murmuró ella con risa triunfal.

 

Pasado un corto tiempo, el empresario comenzó a concebir su maquiavélico plan. Si transcendía que tenía una hija extramatrimonial a la que prácticamente había mantenido invisibilizada toda la vida, su reputación podía verse manchada. Eso lo tenía desesperado. Aunque también lo desesperaba que su hijo mantuviera una relación incestuosa con su medio hermana. Además de arruinar su imagen el saberse de amoríos ocultos, esta relación “enfermiza” se le hacía insoportable. Calculaba que, de saberse eso, quedaría en muy mala situación.

 

Pero el peor elemento lo constituía el dilema que se le había abierto: si se deshacía de Isabelinha, su hijo Thiago lo sentiría mucho. Y si se enteraba que su mismo padre había mandado a matar a su compañera, la madre de su futuro hijo, eso no se lo podría perdonar. Convencerlo a Thiago de dejar a la muchacha y abandonar la responsabilidad paterna se le antojaba casi imposible, tan enamorado como veía a su Tiaghinho. La opción extrema de matar también a su hijo para terminar así con todas las evidencias, le era absolutamente monstruosa. Aunque lo pensó.

 

La presión fue tanta que no pudo aguantar. Apenas transcurrido un mes del momento de descubrir la relación “pecaminosa”, Edson desapareció de Brasil. Nunca quedó claro qué fue de su vida. Su esposa oficial quedó atónita sin poder reponerse del golpe. Unos meses después de la desaparición sufrió un accidente cerebro-vascular que la dejó postrada en silla de ruedas. Según algunas versiones, el empresario se hizo hermano marista y ahora vive en Timor Oriental, donde se habla portugués, entregado a una vida de santidad. Otras voces dicen que se suicidó en el más absoluto silencio, por eso su cadáver nunca fue encontrado. Aunque según pudo saberse de buena fuente, quizá la más confiable, Thiago quedó al frente de los negocios, y de acuerdo a filtraciones le pasa una pensión mensual a su padre, quien vive de incógnito en Portugal con nombre falso. Ahora, siempre según esas filtraciones, pese a su edad parece que está intentando hacerse actor porno.