miércoles, 25 de marzo de 2026

SÍNDROME DE ESTOCOLMO

 

En algún país de Latinoamérica cuyo nombre no viene al caso en este momento -llamémoslo Feudalia- los movimientos guerrilleros estaban en ascenso. Tanto en zonas rurales como en la ciudad capital, la insurrección iba ganando espacio a pasos agigantados. Eso encendió las alarmas en la clase dominante.

 

Terratenientes, banqueros y empresarios hablaron muy seriamente con el ejército: era imprescindible terminar con ese cáncer que, según decían los encumbrados propietarios, “destruía la paz de las buenas familias”. Por eso, fue necesario emprender una furiosa campaña de exterminio de esa “plaga”. La embajada de Estados Unidos, por supuesto, no era ajena a esas decisiones.

 

Un viernes por la noche, en casa de uno de los hacendados más conspicuos de Feudalia, don Eugenio M., con abundante whisky en el vaso de cada uno de los participantes de la reunión -todos hombres, la única mujer era Patricia, la hija del rico terrateniente-, el embajador norteamericano fue quien tomó la palabra en un determinado momento para dirigirse al general J., comandante en jefe del ejército. El comentario, que era una directiva presentada con relativa elegancia diplomática, fue terminante: había que acabar con esa “pústula maligna de los comunistas alzados en armas que asolaban la patria”. Ya con un aire de complicidad, hasta incluso guiñando un ojo, el funcionario estadounidense agregó: “ustedes, los militares, sabrán cómo hacer su trabajo. Para eso los preparamos ¿verdad?

 

Patricia se horrorizó al escuchar esto. Ella, en total clandestinidad, apoyaba al movimiento revolucionario como colaboradora periférica. Si bien asistía a la más cara y reputada de las universidades privadas, donde buena parte de las clases se impartían en inglés, su novio la había ido sensibilizando con ideas sociales, progresistas. Él, a escondidas de su padre, no era un estudiante universitario sino un obrero de una de las industrias de don Eugenio: una procesadora de lácteos.

 

La distancia que se iba dando entre el millonario y su hija se asentaba en el odio que ella acumulaba contra su padre. Hija única, en realidad su historia comportaba una complejísima trama que la tenía atrapada. Precisamente, ella era hija solo de su padre. Su madre real era una empleada doméstica de la casa, que había sido embarazada por don Eugenio en alguna de sus numerosas correrías. La que hubiera debido ser su madre, la esposa del hacendado, había fallecido en un parto, junto con el bebé, unos meses antes del nacimiento de Patricia. Por tanto ella era producto de una transgresión paterna.

 

La muchacha se crió sin madre, al cuidado de un par de nodrizas y varias empleadas domésticas y, siempre distante, con su padre. Nunca le faltó nada material; por el contrario, estuvo abarrotada de cosas: comida, ropa, juguetes, distracciones. Pero faltó el calor familiar. Supo de su procedencia a los 15 años, por infidencias que fue recabando con el personal de la casa. Su padre, interrogado al respecto por Patricia, respondió con un enredado galimatías que nunca la dejó conforme. Ahí arrancó el odio.

 

Don Eugenio nunca supo que su hija estaba al tanto de todo. Quiso quedarse con la idea que la muchacha le agradecía el haberla adoptado. Para Patricia las cosas eran distintas: albergaba una cólera mayúscula. Eso fue, sin dudas, lo que la fue llevando a abrazar ideas contestatarias, contrarias a la pompa con que vivía, a su posición social de heredera de una de las fortunas más grandes del país. Para ella todo eso vinculado a su padre era despreciable, ese lujo, esa demostración de poder y de boato con que vivía, constituía una banalidad sin ningún valor real. Fue así que, paulatinamente, fue acercándose más al movimiento revolucionario.

 

Al escuchar lo dicho en esa reunión, tomó la decisión: se involucraría de lleno en la guerrilla. Habló con su pareja, a quien le transmitió lo ocurrido en esa reunión en su casa, y quien le facilitó el contacto con los respectivos cuadros del movimiento que la incorporarían.

 

Luego de un par de meses de preparación, ideológica y militar, un día abandonó su hogar, dejándole al padre una misiva donde muy escuetamente explicaba el motivo de su decisión. Y donde también le hacía saber que conocía toda la historia de su nacimiento. Su madre biológica, valga recordar, salió totalmente de la escena de don Eugenio, pues una vez que nació la niña, fue despachada a su aldea de origen con una fuerte suma de dinero, con la amenaza que no debía volver a hablar de ese asunto con nadie, nunca jamás en su vida. La pobre joven -17 años tenía en ese entonces- acató sin chistar, entre el miedo y la vergüenza por lo hecho. Patricia nunca pudo ubicar dónde vivía su progenitora.

 

La guerra arreció. La desaparición forzada de personas, las masacres en zonas rurales y el asesinato selectivo de personas consideradas “peligrosas” por las fuerzas armadas, se hicieron moneda corriente. Don Eugenio quedó consternado con esa partida. A su modo, si bien con esa distancia afectiva imposible de borrar, quería mucho a Patricia, En realidad, sentía que era lo único que amaba en su vida. Su esposa había fallecido, y todas las mujeres que pasaban eran solo eso: mujeres pasajeras, divertimentos. Había depositado muchas ilusiones en su hija que, pese a esta circunstancia que ahora lo agobiaba, seguía siendo su pasión.

 

Patricia, desde el primer momento de su incorporación a las filas del movimiento armado, demostró un compromiso total con la causa, al mismo tiempo que una valentía inusitada. Tomó parte en un par de operativos en zona urbana, habiendo destacado por su coraje. El odio contra la riqueza de donde provenía la hacía una feroz atacante de esas diferencias sociales. Criticaba acremente, y disparaba balas reales, contra todo eso. Los dos policías que había matado -pobres trabajadores asalariados, en definitiva, ganados cruelmente por la ideología de quienes defendían sin saberlo- los tenía como un logro, como un trofeo.

 

La represión también arreció, en forma monumental. Estado de sitio, en algunas zonas toques de queda, patrullajes continuos de policía y ejército, militarización total de la vida cotidiana, puestos de control a cada paso, fueron marcando la vida cotidiana de Feudalia. Don Eugenio se movía siempre, día y noche, con varios guardaespaldas. De distintos modos y por distintos medios había hecho saber a su hija que la esperaba de regreso, perdonándola en todo. Patricia, al saberlo, enfureció. Lo maldijo, asegurándose que ese padre abusador -seguramente violador de su madre, aquella pobre empleada doméstica- en algún momento debería recibir su castigo. Por lo pronto, ya era un fuerte castigo el abandono al que se había visto sometido.

 

El millonario había preferido mantener con un perfil muy bajo la partida de su hija. Con mucha discreción hizo saber al alto mando de las fuerzas armadas el “equivocado” camino que la jovencita había tomado, ofreciendo una gran suma de dinero por cualquier información que se le pudiera brindar al respecto, y pidiendo que, de caer detenida, se le perdonara la vida, permitiéndosele salir al extranjero. Él, afirmó categórico, correría con todos los gastos, y bonificaría muy generosamente a quien o quienes facilitaran ese destino.

 

Pero las cosas no fueron así, tal como él había concebido. Patricia fue detenida en una compleja operación en un poblado más o menos cercano a la capital, en una casa de seguridad que los servicios de inteligencia pudieron detectar. Hubo resistencia por parte de la guerrilla, abriendo fuego. En la refriega cayeron cuatro miembros del movimiento, por lo que Patricia y su acompañante, habiéndose quedado sin municiones, no tuvieron más alternativa que entregarse.

 

Dado que eran muchas las fuerzas operativas encargadas de la represión, en muchos casos sin mayor coordinación entre sí -escuadrones de la muerte del ejército, de la policía, grupos de tarea de las distintas fuerzas de seguridad del Estado, todas con un mismo fin, pero a veces superponiéndose en su accionar- la noticia de esta detención no llegó a oídos de la cúpula militar. Patricia había cambiado su identidad; ahora tenía un documento falso con otro nombre, y había modificado mucho su aspecto físico. Por lo pronto, se había cortado su cabello con estilo casi varonil, pintándoselo de otro color. Igualmente, dado el duro entrenamiento físico al que se había sometido, había perdido considerable peso. Su anterior aspecto de “gordita” había cambiado a una mujer delgada, enjuta. Estaba casi irreconocible. Nadie supo que era la hija de uno de los hombres más ricos del país.

 

Como sucedía siempre en estos casos, las personas detenidas desaparecían del ámbito legal. Eran pasadas a centros clandestinos, donde podía ocurrir cualquier cosa; como mínimo, esto ya era norma obligada, se les sometía a terribles tormentos. Había protocolos de intervención que se seguían al pie de la letra. Los militares, desde la más alta cúpula hasta los torturadores de oficio -en general suboficiales- sabían exactamente lo que debían hacer, como siguiendo un manual. “Para eso los preparamos”, habían sido las palabras del embajador. Efectivamente, dicha preparación había sido muy eficiente, pues todas las fuerzas, incluidos los paramilitares y parapoliciales, actuaban con precisión profesional. A cada mujer nuncdetenida, como mínimo, la violaban varios hombres. Luego venía la segunda fase, que consistía, torturas mediante, en intentar quebrar psicológicamente la resistencia de cada persona detenida. De ser posible, se buscaba realizarle un profundo “lavado de cerebro”, buscando convertirles en colaboradores de las fuerzas represivas. Si se podía -cosa que muy pocas veces se lograba- se apuntaba a hacerles pasar de bando, de la izquierda radical a una derecha visceralmente anticomunista. Ese era uno de los dos objetivos perseguidos: inducirles una profunda transformación por medio de esa infame guerra psicológica y, si ello no resultaba, abandonarles en algún descampado, muertos, con evidentes señas de crueles torturas, con lo que se enviaba un claro mensaje: así le iba a los que tomaban ese camino.

 

Patricia, que hasta el momento de incorporarse a las fuerzas revolucionarias oscilaba dudosa entre este nuevo ideario político y su tradicionalista formación católica, a los veinte años aún era virgen. Con su novio se había planteado atreverse a tener relaciones sexuales, pero sus temores y prejuicios morales -pertenecía a grupos juveniles de la iglesia-, esas relaciones nunca se habían consumado. Perder la virginidad en esas condiciones, para ella fue catastrófico. El primer hombre en someterla fue quien luego sería su torturador habitual. Lo apodaban “Monstruo”.

 

Sobrenombre más que apropiado, porque el sargento de ejército Rubén S. era un verdadero monstruo en su trabajo. Depravado psicópata, entre alguna de las cosas que gustaba hacer era beber la sangre de sus prisioneros. La sangre, claro está, que fluía producto de las torturas. Con las mujeres se ensañaba particularmente. La violación era solo el inicio.

 

Patricia, que moría de miedo al ver lo que se venía, orinándose por el terror sufrido, tuvo una experiencia tremendamente traumática con esa violación: tuvo un profundo orgasmo. El “Monstruo” lo advirtió, lo cual -muy en secreto- lo llenó de orgullo. Eso lo hizo sentir el “macho más macho”, porque hasta las prisioneras gozaban sexualmente con él. En su alocada fantasía, eso era motivo de jactancia, de vanidosa vanagloria. “Era el mejor en todo”, elucubraba. “¡Hasta para coger!

 

Luego de la violación vinieron los golpes. No contento con eso, el torturador volvió a violarla. Y nuevamente hubo orgasmo. Pensó que podía ser fingido, pero algo le decía que no, que era totalmente real. Acercándose al oído de Patricia, preguntó, no sin expresión sarcástica: “¿te gustó?”, a lo que la muchacha asintió con la cabeza.

 

Eso era raro, porque todas las mujeres violadas respondían, entre llanto e indignación, con insultos, con gestos de repudio, de profundo desprecio. Con Patricia no había sido así. El Monstruo, en esta ocasión, no golpeó tanto; de hecho, no le provocó ninguna herida sangrante, solo cachetadas en la cara.

 

Al día siguiente se repitió otra sesión de tortura. La misma, de todos modos, consistió esta vez solo en violaciones. Amarrada de pies y manos, tres veces alcanzó el orgasmo la joven, por lo que el verdugo se dio por satisfecho con eso, sin golpes. Cuando otro torturador se disponía a violarla también, el Monstruo intervino, diciéndole que ya no era necesario, que esa “puta guerrillera de mierda” iba a colaborar.

 

Contra toda lógica, contrariando todo lo que se había visto hasta ese entonces en estas cárceles clandestinas y en la relación de torturador y torturada, se estableció una secreta relación entre ambos. Con miradas cómplices, sin decirse una palabra, se comenzaron a entender. Los compañeros de tarea de el Monstruo notaron, como cosa insólita, que no había golpes, sangre, insultos aberrantes, dolor insoportable. Solo sexo, reiteradamente. En algún momento en que quedaron solos en la cámara de tormentos Patricia y el sargento, éste, con voz muy tenue y acercándose al oído de la muchacha, sin que nadie pudiera oírlos, le propuso: “¿nos fugamos?” Una vez más la joven dijo que sí con un gesto, esbozando una tímida sonrisa. Para sorpresa de ambos, el Monstruo selló el pacto con un tímido beso en los labios de quien yacía amarrada en esa cama.

 

Patricia tenía una infinidad de sentimientos cruzados en ese momento. Lo único que quería, era salir de ese suplicio en que se encontraba. Verse privada de libertad, amarrada y en manos de gente a la que odiaba, que le provocaba repugnancia, se le hacía tremendamente traumático. Si este siniestro personaje que lo único que hacía era violarla -pero, curiosamente, también satisfacerla, aunque fuera en esas patéticas circunstancias-, si este monstruoso “Monstruo”, como lo apodaban, podía ser el salvoconducto para salir de allí, lo aceptaba.

 

En el verdugo también se daba una multitud de pensamientos y emociones que él mismo no entendía. Sabía que su trabajo consistía en “ablandar” a las personas detenidas que se recibían en ese centro de detención, y que para eso era imprescindible doblegarlos físicamente. Las violaciones, los golpes, las más repulsivas humillaciones, gritos e insultos, eran el instrumento idóneo para lograrlo. Si se “quebraban”, si pedían clemencia -no todos lo hacían, por supuesto-, era fácil manejarlos. Pero con Patricia no sabía que le había sucedido. Era una joven más de tantas que habían pasado por ese lugar de martirios, una más que le había sido encargada para que se aterrorizara y diera nombres, lugares, información relevante, para lograr hacerle desistir de esas “locas ideas que se le habían metido en la cabeza” y que se pasara al bando contrario.

 

Patricia, claramente, no se había pasado a ningún nuevo bando; lo único que quería era escapar de esa horrible, espantosa situación. Al día siguiente el Monstruo volvió a musitarle al oído con aire cómplice: “Me llamo Rubén, y mañana nos vamos”.

 

No viene a cuento relatar los detalles precisos de cómo fue esa fuga, pero lo cierto es que de pronto, al amanecer del día siguiente, Patricia se vio caminando por la calle,nug de la mano de el Monstruo, ahora Rubén, con una ropa harapienta, sucia, manchada de sangre y heces fecales, dolorida por los vejámenes sufridos, pero con una rarísima sensación de alegría.

 

Iban de la mano, sin cadenas, sin ataduras, en silencio. Podría haber huido, salir corriendo, gritar. Pero no lo hizo. Caminaron así por un buen tiempo, una hora quizá, hasta que llegaron a una modesta casa en los suburbios de la ciudad. Recién allí el hombre habló.

 

Aquí vamos a vivir por ahora, unos días. Después nos marchamos del país. Ni en sueños intentes escapar, porque te lleno de plomazos”. La voz estentórea era terminante. Patricia, cada vez más confundida, lo único que atinó a hacer fue pedirle que la bese. El beso terminó en una nueva relación sexual, esta vez sin ligaduras, mucho más prolongada que en las ocasiones anteriores. Luego de una larga tanda amorosa con varios orgasmos, sin las prisas oprimentes de la situación anterior, con otras personas alrededor que gritaban enardecidos, con poderosos reflectores que iluminaban la patética escena, y con olores nauseabundos que provenían de celdas contiguas, por primera vez el Monstruo pareció ser un ser humano, no una máquina.

 

Rubén tenía una edad indeterminada, que la joven no podía calcular. Quizá entre treinta y cuarenta. Era primera vez que lo podía mirar a los ojos sin sentir terror. Sin entender por qué lo hacía, acarició el pelo del sargento. La respuesta de él fue acariciarla también, en un gesto que denotaba ternura. Con voz entrecortada el sargento, con lágrimas que querían asomar a sus ojos pero que fueron rápidamente disipadas, le dijo que ella no era “como todas las demás”.

 

Efectivamente, era así; Patricia no había aborrecido a su violador, llegando a escupirlo, por ejemplo, tal como habían hecho todas las anteriores. Ella, por el contrario, sentía otra cosa. No podía hacerse a la idea que lo amaba, porque eso le parecía aberrante, asqueroso. Pero algo le pasaba, por lo que no le surgía el deseo de insultarlo, maldecirlo, abominarlo. Quizá eso hubiera correspondido, pensaba ahora, mientras recibía caricias en su cabello, mugriento ahora, con días de no lavarlo.

 

Mientras se prolongaba esta escena rara, verdaderamente confusa, se escuchó que abrían la puerta. Patricia se sobresaltó, pero fue tranquilizada por el Monstruo -ahora Rubén-, quien con voz calma indicó que era su hermana.

 

Al entrar, la mujer presentaba un aspecto que podía decirse de bruja: toda despeinada, con un olor bastante pestilente, ropa desalineada y una risa aguda que hacía estremecer. “¿Quién es esta?”, inquirió con chispas en los ojos.

 

Tranquila hermana. Es mi novia, y mañana nos vamos para Y.

 

¿A Y.? Eso es otro país. ¿Y qué mierda vas a ir a hacer ahí? ¿Te vas a llevar a esta? Pero… ¿y el ejército?

 

Ya no pertenezco”, afirmó Rubén con resolución.

 

Ahí sabrás qué hacer”, agregó la recién llegada, dando por finalizada la conversación.

 

Patricia sentía que no podía reaccionar. Las cosas se iban sucediendo de un modo vertiginoso, con una fuerza que ella no podía controlar. Podía salir corriendo, pese a la amenaza de los “plomazos”, pero no deseaba hacerlo. Algo inexplicable la unía a su reciente torturador. No se sentía enamorada, precisamente; pero tampoco albergaba resentimiento, un odio profundo como pensaba que debía tener en ese momento. Su sensación, difusa, contradictoria, era de obnubilación. Solo se dejaba llevar, sin saber por qué.

 

Luego de desayunar, Rubén la dejó sola con su hermana, con la reiterada advertencia que no fuera a cometer la locura de intentar irse. Salió un momento, y al corto tiempo estaba de vuelta con alguna ropa limpia. No era nueva ni la más apropiada, pero al menos no se veía tan asquerosa como la que ahora llevaba Patricia.

 

Es mejor que te cambies de ropa, y que te bañes primero. Mañana, o quizá hoy mismo a la tarde, nos marchamos. Vamos a pasar por montaña para Y. Yo sé cómo hacerlo”. Patricia, sin poder reaccionar, sin salir de su estado de estupefacción, asentía en silencio. En algún momento, ambos se miraron y se sonrieron. “¿Me gusta todo esto?”, se preguntó en un momento la muchacha. No se lo pudo responder.

 

No le gustaba, pero tampoco le desagradaba. Sobrellevaba una situación extraña. Vivir con su padre se le había tornado insoportable. Con su novio la relación era algo tensa, por su negativa de mantener relaciones sexuales. El poco tiempo transcurrido en el movimiento guerrillero le había abierto los ojos sobre el mundo, sobre infinidad de cosas de cuya existencia ni siquiera sospechada; pero en todo momento que estuvo allí, un terror indecible la acompañaba. De todos modos, acostumbrada a una vida de lujos, extrañaba todas las comodidades que le reportaba ser hija de un magnate. Con Rubén, no sabía exactamente qué pensar.

 

Prontamente estuvieron instalados en un apartamento en P., la ciudad capital del nuevo país. Patricia no podía creer lo que estaba viviendo. La indicación de Rubén había sido estricta: por un par de meses no debía salir de la casa (vivían en una torre de apartamentos, en el octavo nivel). El lugar no era lujoso, pero tenía todo lo necesario para vivir. Sin embargo, la mezcla de sentimientos la tenía a maltraer. En este nuevo domicilio no había agua caliente para bañarse, y eso la exasperaba. Esos pequeños detalles, nimios en un sentido al lado de la traumática experiencia vivida apenas un tiempo antes, le abrían preguntas que no sabía cómo responderse. Rubén se esmeraba por hacerle la vida cómoda. Desde un par de días después de su llegada a esa nueva morada, había aparecido una mujer, algo anciana, que se ocupaba de buena parte de los quehaceres de la casa. Algunos los compartía con la muchacha. Ella, la señora, cocinaba, y no permitía que Patricia se entrometiera en la cocina. Terminada de preparar la comida, guardaba celosamente todos los cuchillos lejos del alcance de la muchacha.

 

Esta mujer -Leticia se llamaba- prácticamente no hablaba con Patricia. Permanecía todo el día junto a ella, pero más que una ayuda doméstica parecía una cancerbera. Las pocas veces que se dirigía a la joven era en tono agrio, casi despectivo, recordándole siempre que Rubén se podría enojar por cualquier desatino que ella cometiera.

 

La joven fue entrando en una situación de miedo que no sabía cómo solventar. Lo curioso es que, junto a Rubén, se sentía cómoda. Pensó si eso era amor, o era un sentimiento loco, desquiciado. ¿Cómo iba a ser posible eso? ¿Cómo iba a guardar cariño, mucho menos amor, por quien la violó? Se sentía enloquecer.

 

Pese a ese estado de somnolencia en que vivía, empezó a hacer planes. Recobrando lentamente la calma, pudo comenzar a pensar, con cabeza fría, qué hacer. Lo cierto es que se encontraba como extranjera en un país en condición de migrante irregular. No tenía ningún documento de identidad, por lo que, legalmente, estaba en un limbo. No disponía de dinero, y estaba todo el día custodiaba por una mujer que aterrorizaba. Rubén salía por las mañanas y regresaba a la noche, sin dar ninguna explicación. Cuando Patricia preguntaba respecto a qué hacía durante todo el día, cómo era su vida, el hombre se limitaba a responder con evasivas.

 

Eso no te importa. Lo que sí es importante es que te sientas bien, y de eso me ocupo yo”.

 

Patricia iba estudiando cada detalle de la casa, de las rutinas, de cómo se manejaba Leticia, de los movimientos de Rubén. Era bastante evidente que esa casa era una prisión. No había torturas, y las relaciones sexuales, que seguían siendo numerosas y muy placenteras, ya no tenían el sabor amargo de una violación. No se lo quería confesar a sí misma, pero las esperaba cada noche, cuando el hombre regresaba.

 

Sintiendo que ya estaba repuesta del shock por lo vivido, juntando fuerzas le preguntó un día a su rara, confusa “pareja” -se preguntaba qué eran en realidad- qué harían. Rubén, curiosamente, se mostró muy cálido al responder. Le propuso que, por ahora, era mejor no regresar a su país, por la situación imperante. Le hizo saber que ella, por haber pertenecido a un movimiento ilegal, tenía captura recomendada. Por tanto, poniendo un pie en ese territorio, inmediatamente caería presa.

 

Con dulzura, con amabilidad -no quedaba claro si real o fingida- le hizo saber que su intención es que, quedándose en este país por ahora, ella pudiera terminar sus estudios universitarios. En su país, concurriendo a la universidad privada más cara, cursaba la carrera de Mercadotecnia. Eso le proponía Rubén que continuara. En cuanto a papeles legales, él afirmó categórico que podía arreglárselos.

 

Toda esa información, y la cuota de cariño que transmitía, la dejaron sorprendida. Era cierto: no podía regresar a su país. Además, ¿qué diría ante sus compañeros de la organización? O más aún: ¿qué diría ante su padre? Se encontraba perdida, llegando a la conclusión que lo mejor era seguir allí, con Rubén, a quien empezaba a verlo con cierta gentileza. Un día, sin darse cuenta por qué lo hizo, lo llamó “Monstri”. Rubén reaccionó airado, furioso: “¡Nunca más vuelvas a decirme así! Eso quedó en el pasado.

 

Ya un par de meses transcurridos después de la detención y del funesto centro clandestino, la regla no venía. Patricia pensó sin dudarlo: “estoy embarazada”. Ante la duda, hicieron una prueba, y sí, efectivamente, había un niño en camino. Después de muchos ruegos de la joven, Rubén finalmente accedió y consultaron con un obstetra. Patricia pensaba que allí, sorprendiendo a todos, podía contar su historia y pedir auxilio. Pero reflexionándolo más tranquilamente, vio que eso era quimérico. Si entraba a la consulta junto con su forzado esposo y se atrevía a hablar, las consecuencias serían inmediatas y terribles. Por otro lado, metería al médico en un problema, porque para él sería muy difícil reaccionar. ¿Llamaría a la policía? ¿Y qué podría decir ella en ese caso, dado lo vulnerable de su situación?

 

Pensándolo con frialdad en sus largos momentos de soledad, llegó a la conclusión que, si bien no era esto lo que quería en su vida, las circunstancias la habían llevado a este escenario que, visto objetivamente, era lo mejor. Podría seguir siendo una detenida ilegal en su país, lo cual era casi sinónimo de muerte, pasando previamente por indecibles sufrimientos, torturas y vejámenes. O, si se sobrevivía a todo ello, la forzarían al abandono completo de sus ideales para pasar a ser parte de lo que consideraba el enemigo: una informante, una colaboradora. Lo cual, para ella, tenía un sabor inaceptable: por nada del mundo quería ser una traidora. La otra opción: pasaría a ser un cadáver, quizá descuartizado y esparcido por allí, para que la gente viera ese macabro espectáculo con lo que se enviaba un mensaje político.

 

Ahora estaba, sin haberlo buscado, con alguien que era, o había sido, miembro de ese enemigo. Pero que, al mismo tiempo, siempre con un carácter hondamente enigmático, plagado de confusiones, en un clima tan raro que no sabía si era un sueño o pasaba en la realidad, hacía sentirle que lo actual no era lo peor que le estaba sucediendo. Hecho el balance, llegó a pensar que, a su modo, amaba a Rubén. ¿Su salvador quizá? Sin dudas, aunque con él había transitado los momentos más desgarradores de su vida, también -eso era innegable, no obstante doliera reconocerlo- había pasado los más placenteros. Ahora, la próxima llegada de un hijo, le alegraba sobremanera la vida. En algún momento pensó que sí, efectivamente, se podía entender la reacción de los rehenes suecos en ese infausto 1973. “¿Será eso lo que me pasa?

 

El embarazo avanzó sin dificultades. Rubén, con dulzura, pero sin que lo que expresara dejara de ser una orden, le había indicado a Patricia que no saliera del apartamento, para así cuidar bien al niño que venía. La joven lo acató.

 

En todos los meses de espera, la relación de la pareja no presentó mayores altibajos. En un par de ocasiones visitaron al ginecólogo que atendería el parto, y Patricia pasó la mayor parte del tiempo en la casa. Las pocas veces que salía lo hacía en compañía de Rubén. La “vieja bruja”, como la muchacha había bautizado a su supervisora, siguió siempre ahí. Parecía no cansarse nunca, no dormir, estar las 24 horas del día controlando sus movimientos.

 

El parto transcurrió con normalidad; así nació un robusto niño al que llamaron Juan José. Para inscribirlo debidamente en el Registro Civil de ese país, sería necesarios los papeles de la madre. Para ese momento, Patricia ya los tenía. Rubén nunca le explicó claramente cómo los había conseguido, pero era evidente que eran falsos. Ella tenía otro nombre y se indicaba otro lugar de nacimiento. La joven estaba muy confundida con eso, porque ya no era quien creía ser. En realidad, seguía siendo Patricia M., hija de don Eugenio M. y de una madre biológica de quien nunca supo nada. Esa era, y desde algún tiempo atrás, Cecilia, como pseudónimo desde que entrara en las filas del movimiento revolucionario armado. Pero ahora ya no sabía quién era.

 

Solo sabía a ciencia cierta que era madre a los veinte años, en un país extraño, conviviendo con alguien que la había violado, sin saber qué iba a ser de su vida. Pero teniendo al mismo tiempo la confusa sensación, o dudosa certeza, que ese monstruo violador la había salvado de una situación infinitamente más terrible. De momento, en lo único que pensaba era en hacer crecer a su bebé.

 

Poco tiempo después del alumbramiento, Rubén cambió. Fue un cambio bastante repentino; de una actitud más o menos cariñosa fue pasando muy rápidamente a un desprecio hacia la madre, y un amor muy marcado para con el niño. Después de las escenas de tortura, no había vuelto a insultarla. Ahora sí: habían vuelto los insultos. No había golpes como en aquel entonces, con tremendas humillaciones, como orinarle encima, o hacerla gatear sobre sus propios vómitos producto de los vejámenes. Ahora solo eran gritos e improperios. Claramente le decía que lo único que le importaba era Juan José, “mi angelito”, como solía llamarlo.

 

El menaje era claro, brutal: Patricia sobraba. Eso la terminó de enloquecer, de ponerla en total cortocircuito con ella misma, con la vida, con todo lo que estaba pasando. Si hasta ese momento, durante el embarazo, había podido llegar a pensar que Rubén era un salvoconducto para evitarle indecibles sufrimientos, ahora veía que no era así. Ahora empezaba otro tipo de padecimiento, de pesares, tal vez mucho más profundos. Antes, cuando guerrillera, tenía claro dónde estaba. Sus sufrimientos por la tortura se debían a su posición, de la que no se arrepentía. Ahora era otra cosa: desaparecía como ser humano.

 

El desprecio de Rubén fue haciéndose más evidente. Muchas noches no regresaba a la casa por la noche. Además de la carcelera que la cuidaba, otras veces llegaba una mujer, que decía ser la esposa del torturador. Se instalaba en la casa cuando Rubén no estaba, y se manejaba como si, efectivamente, ella fuese la dueña del hogar. Con voz de mando, solía darle órdenes a Patricia, y en ocasiones la amenazaba diciéndole que podía perder a su hijo si “no se portaba bien”.

 

¿Qué significaba ese “portarse bien”?, se preguntaba Patricia. La experiencia le fue demostrando, rápidamente y a los golpes, que era seguir al pie de la letra lo que le imponía toda esa gente, que había pasado a ser prácticamente sus únicos contactos. Sin forzarla en forma explícita con el uso de la fuerza, todo ese grupo, incluido Rubén, por supuesto, le tenía prohibido salir sola de la vivienda. Las pocas veces que lo hacía, era acompañada del que había creído era su “pareja”. Fue cayendo en un estado depresivo profundo. A duras penas amamantaba a su bebé.

 

La vida sexual con Rubén se había vuelto escasa. Incluso en eso el hombre la despreciaba; ahora las relaciones se tornaron violentas, sin la más mínima consideración para con la joven, ahora Cecilia. En más de una oportunidad Rubén le había hecho saber, en forma cruel, muy rústica, que no sabía cómo una “mierda” como ella había podido concebir un “príncipe tan hermoso” como Juan José.

 

El odio de la joven fue creciendo cada vez más. Vivía ahora una confusa mezcla de cólera, impotencia, sed de venganza, desprecio por la vida. Secretamente fue pergeñando el plan. En un descuido de su cuidadora se agenció de un cuchillo de la cocina, que escondió convenientemente. Ese mismo día pensó que no valía la pena dilatarlo más: cuando la “bruja” fue al baño, de numerosas puñaladas mató al niño. Alertada por los llantos del pobre bebé cuando era sacrificado, la cuidadora salió urgente para constatar qué pasaba. También ella, no sin oponer resistencia, pero cayendo sucumbida ante alguien más joven, con más fuerza y, fundamentalmente, con un rencor acumulado que tenía que explotar por algún lado, recibió infinitas heridas mortales. Luego la policía, cuando contó las incisiones, contabilizó más de treinta.

 

Cuando esa tarde llegó Rubén a la casa, le resultó extraño que la puerta estuviera sin llave. Su orden terminante había sido que la misma debía mantenerse siempre cerrada. Los dos charcos de sangre lo pusieron frenético. Ante el cadáver de su hijo lloró desconsoladamente. Lo único que atinó a hacer fue maldecir a Patricia, y jurar venganza.

 

La muchacha, con papeles falsos y temblando del miedo, pudo regresar a su país. Ya en Feudalia descartó terminantemente volver con su padre. Intentó recontactar a los compañeros de la organización, pero le fue imposible. Su existencia prometía ser un martirio, por lo que, luego de pensarlo infinitas veces, optó por lo que le parecía la mejor, la única salida posible: entró en un convento de monjas.



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