viernes, 18 de septiembre de 2020

UN RECUERDO PERTURBADOR

 

Remedando a un sabio chino, esos maestros que hablan poco, con elípticas parábolas, inescrutables las más de las veces, así vivía Salomón en su destartalado cuartucho. Eran frecuentes las visitas de gente que se le acercaba pidiendo la luz de su sabiduría. No solo de la comunidad judía, a la que pertenecía, sino de todos los rincones de la diversidad humana. Ávidos de sus consejos, muchas veces quienes lo buscaban debían esperar semanas, meses incluso, antes de ser recibidos por el hermético sabio.

 

Mi primo H. y su hijo J., que por aquel entonces estaban pasando indecibles penurias, fueron a verlo. Con mucho tiempo de antelación habían gestionado la cita, y finalmente, un gélido miércoles que nevaba mucho, llegaron a su morada. Los dejó estupefactos su presencia: de una edad indescifrable, larga barba hasta el abdomen y aspecto desaliñado, los atendió sin mirarles nunca a los ojos.

 

Maestro, no sabe la emoción que nos embarga de poder llegar a usted”.

 

¿Qué quieren de mí?”, respondió con voz áspera, cortante.

 

Mi esposa, es decir: la madre él” -señalando a su hijo- “está sumamente afectada y nadie le encuentra solución”.

 

¿Qué le sucede?”, preguntó enterneciéndose algo.

 

Ella es hija de una señora que estuvo en Buchenwald, y continuamente tiene pesadillas donde grita, en idish: «¡a los gitanos, a los gitanos!»”.

 

El silencio se hizo sepulcral. Por varios minutos el tiempo pareció detenerse. De pronto, de los ojos del Maestro comenzaron a caer unas lágrimas. Preguntó luego, con voz pausada:

 

¿A los gitanos?

 

Sí, Maestro. Y casi todas las noches sueña eso. Incluso se levanta sonámbula, sigue gritando eso, y destruye la vajilla. ¡Usted no sabe todos los platos y vasos que ya ha quebrado!”.

 

¿Qué color de ojos tiene?”, preguntó desconcertando a los consultantes, que quedaron sorprendidos.

 

Celestes como el cielo”. El silencio nuevamente ganó la escena. Luego de una tensa espera, mi primo prosiguió:

 

La hemos llevado con los mejores médicos y psicólogos, pero nadie le encuentra cura… ¿Qué debemos hacer, Maestro?

 

Una noche de luna llena, sin nieve pero con mucho frío, hacerla cantar «O Tannenbaum» mientras el universo se mueve sin destino fijo, y arreciar en la macroscopía secular”.

 

Padre e hijo se miraron estupefactos; no sabían cómo reaccionar. Si la respuesta había sido una alegoría, una profunda metáfora, era absolutamente incomprensible. Salomón quedó mudo, mirando el infinito. Los consultantes, mirándose entre sí con gesto despavorido, también quedaron mudos.

 

Luego de un momento, el Maestro agregó:

 

Y no reparar en gastos…”, frase que se hizo más enigmática aún.

 

Como el silencio se prolongaba tenso, mi primo y mi sobrino -según me contaron luego- optaron por retirarse. Lentamente se incorporaron, y esbozando un tímido saludo que no fue respondido por Salomón -que seguía en trance- salieron de la habitación.

 

Días después se supo que el presunto adivino y sabio iluminado, al escuchar hablar de la Shoah, el Holocausto -que él había sufrido en sus mocedades como judío oriundo de la ciudad de Leipzig siendo destinado a Auschwitz-, entró en crisis psicótica. Sus orientaciones, siempre ofrecidas en ese tono hermético que los consultantes aceptaban como sesudas elucubraciones, insondables y crípticas formulaciones que daban para pensar, eran en realidad floridos delirios. Ahora, en el Hospital Psiquiátrico de U., recuerda con obstinada meticulosidad cada día pasado en el campo de concentración.




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