miércoles, 22 de julio de 2020

PAPA: ¿INFALIBLE?


El representante del dios cristiano (Jehová, también llamado Yahvéh, o Tetragrámaton en griego clásico, uno de los más de 3,000 dioses registrados en la historia), tiene como su representante en la Tierra al Santo Padre, o Sumo Pontífice, o más comúnmente: Papa (del latín Petri Apostoli Potestatem Accipiens, “el que recibe la potestad del apóstol Pedro”), con domicilio legal en El Vaticano, Roma, Italia. Según la encíclica “Sobre el Magisterio infalible del Romano Pontífice" (Quaestio de magisterio infallibili Romani pontificis), Concilio Vaticano I, 1870, capítulo IV, ese representante es INFALIBLE.

 

Pero, ¿cómo? ¿No es que no hay nada infalible, ni siquiera las más supremas verdades científicas?

 

http://mcolussi.blogspot.com/2018/02/juana-la-papisa.html



 


domingo, 19 de julio de 2020

CORRUPCIÓN PARA RATO

Durante el 2015 se dieron acontecimientos novedosos: apareció un despertar ciudadano que ponía en jaque la corrupción. Esa movilización fue una conmoción para la estructura político-social del país. Infinitas explicaciones surgieron en ese momento tratando de entender/analizar el fenómeno. Se llegó a decir, por ejemplo, que Guatemala “daba un ejemplo al mundo en el combate a la corrupción”.

 

Era lindo creérselo marchando a la plaza a protestar. La valoración de lo que allí pasó dio lugar a interpretaciones diversas. En su momento pudo verse como una auténtica reacción cívica a un estado calamitoso en orden a la corrupción. Así, se formaron diversos grupos con proyectos políticos que comenzaban a proponer una nueva ética ciudadana. Cosa insólita: estudiantes de universidades históricamente opuestas en términos ideológicos marchaban unidos con consignas anticorrupción. En la universidad pública, ese estado de movilización sirvió para remover una delincuencial mafia instalada en la histórica Asociación de Estudiantes Universitarios.

 

Analizado ahora fríamente, puede verse que esas movilizaciones -urbanas y sabatinas- tuvieron mucho de preparado, de plan urdido. ¿Por quién? Todo indicaría que, montándose en un real descontento de la población, se fabricaron esas protestas. Si bien no hay documentos que, al día de hoy, puedan exhibirse claramente como prueba, parece que se trató de otro “laboratorio” de manejo social de masas, similar a las revoluciones de colores que implementó Washington estos últimos años en diversos puntos del planeta.

 

Por sus características, todo pareciera un ensayo en relación al tema de la corrupción, probado aquí para luego desarrollarlo en países de mayor importancia geoestrategia para la política continental de Estados Unidos: Argentina y Brasil. Definitivamente, sin tocar las estructuras de base (propiedad privada de los medios de producción, explotación del trabajo asalariado, trabajo doméstico no remunerado), el tema de la corrupción, con un marcado contenido moral, es siempre algo bochornoso que lleva a golpearse el pecho (aunque la misma no está solo en los funcionarios públicos: está extendida en la sociedad). De esa cuenta, se pudo movilizar a parte de la ciudadanía (clase media urbana en lo fundamental) con actos “cívicos” -no protestas obreras ni campesinas-, pidiendo la destitución de los administradores de turno: un binomio tan corrupto como todos (¡¡todos!!). El resultado fue la salida del gobierno de los por entonces presidente y vice. La sensación fue de triunfo ciudadano.

 

Curiosamente, nunca se habló de “triunfo popular”, sino “ciudadano”, acto cívico, ciudadanía responsable. La ilusión transmitida hasta el hartazgo por aquel entonces fue de “triunfo” ante la corrupción. Se lo pudo creer, un poco al menos. Pero rápidamente, al ver cómo siguieron las cosas, comenzó a entenderse que, aprovechando un real descontento de la población, no había ninguna lucha real contra ese flagelo social. Fue una bien urdida maniobra de la administración demócrata estadounidense, con Obama en la presidencia, para intentar fortalecer los Estados nacionales del área centroamericana, evitando así la llegada masiva de migrantes irregulares a territorio norteamericano. Salido Obama, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, las cosas cambiaron.

 

Definitivamente, nunca hubo una intención real en los círculos de poder (ni en Washington ni en Guatemala) de atacar de raíz corrupción e impunidad. Por eso, en nuestro país, la corrupción siguió su curso “normal”. Es decir: continuó siendo la forma cotidiana de hacer política y de hacer negocios. Ya fuera de la presidencia Pérez Molina de la presidencia, lo que siguió, más allá de la mascarada en juego, fue exactamente igual. Con Jimmy Morales o con Alejandro Giammattei las cosas no cambiaron… ¡ni podrían cambiar! El Pacto de Corruptos que tiene secuestrado el Estado es una inextricable fusión de políticos, empresarios, militares y crimen organizado que maneja los hilos del poder de manera impune. Solo para un ejemplo actual: la ejecución del presupuesto (https://draft.blogger.com/blog/post/edit/8331066382103162907/345507595600291482?pli=1) para atender la pandemia. Pero ejemplos sobran, en todos los campos. En otros términos: la corrupción, y junto a ella la impunidad, siguen siendo el pan nuestro de cada día en la forma de hacer negocios y hacer política.

 

Ese Pacto de corrupción respiró tranquilo cuando se fue la CICIG, que había terminado siendo su principal molestia. La actual lucha de poderes palaciegos, con el Ministerio Público en total silencio (con Thelma Aldana, impulsado por la mano gringa, era más agresivo en sus investigaciones), evidencia que las mafias siguen tan enseñoreadas como siempre, intentando quitar del camino a los pocos escollos que encuentran, como la Corte de Constitucionalidad, el Procurador de Derechos Humanos o algunos jueces no corruptos que siguen defendiendo con hidalguía el estado de derecho.

 

¿Habrá que ir más allá de las vuvuzelas entonces?

 


sábado, 18 de julio de 2020

DROGAS Y CORONAVIRUS

Uno de los pocos negocios que no se detuvieron durante la pandemia de COVID-19 fue el de las drogas ilegales. Así como se reparte pizza a domicilio, también se lo hace con los estupefacientes. ¿Buen negocio? ¿Cuántos viven de eso?

 


viernes, 17 de julio de 2020

GOBIERNOS ¿PREOCUPADOS POR LA SALUD DE LA POBLACIÓN?

¿No resulta llamativo que gobiernos de derecha en todas partes del mundo, antipopulares, absolutamente arrodillados ante los verdaderos mandamases del mundo: ¡los grandes capitales!, neofascistas en algunos casos, conservadores, visceralmente anticomunistas, se preocupen ahora tanto, pero tanto tanto tanto por la salud de sus poblaciones? Algo huele mal ahí…


¿Por qué no se ocupan con la misma fuerza del hambre, de la falta de agua potable, de otras enfermedades crónicas más letales que el COVID-19, de la ignorancia y analfabetismo de las grandes masas, de mejorar las condiciones de vida, del desastre medioambiental, del patriarcado, del racismo, de la corrupción, elementos todos que NUNCA APLANAN SUS CURVAS EPIDEMIOLÓGICAS?

 


jueves, 16 de julio de 2020

¿MANDAN LOS PRESIDENTES?


Es una creencia repetida hasta el cansancio que los presidentes, los mandatarios en sentido amplio, en este engendro confuso y perverso que se nos muestra como “democracia” en el marco de los sistemas capitalistas (pretendidamente gobierno del pueblo), son los que mandan. Eso es lo que machaconamente nos reitera la ideología dominante, repetida hasta la saciedad a través de todos sus mecanismos de aculturación: escuela, medios masivos de difusión, iglesias, sentido común.

 

Esta idea, absolutamente cargada de una ideología antipopular, mezquina y entronizadora del individualismo, ve la historia como producto de los llamados “grandes hombres”. Vale la pena, al respecto, repasar esa maravillosa poesía del dramaturgo alemán Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”. Allí, mofándose de esa creencia centrada en los “grandes” personajes, entre otras cosas, se pregunta: “César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera cocinero?”

 

La historia es una muy compleja concatenación de hechos, siempre en movimiento, donde el conflicto, el choque de elementos contrarios es lo que la dinamiza. De ahí que un pensador decimonónico -hoy tratado (infructuosamente) como “pasado de moda” y en realidad más vivo que nunca, Carlos Marx, pudo decir: “la lucha de clases es el motor de la historia”.

 

Aunque cierto pensamiento conservador, de derecha, pueda horrorizarse ante esa formulación y pretenda seguir viendo en esos “grandes hombres” (¿no hay grandes mujeres también?) los factores que mueven la humanidad, el financista estadounidense Warren Buffet (alrededor de 100,000 millones de dólares de patrimonio), dijo sin tapujos:

 

“Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando.” Y que no anide la más mínima duda: ¡Warren Buffet es de derecha! Pregunta complementaria, que se debe articular con el título de este escrito: ¿son los millonarios quienes producen sus millones, o son las grandes masas trabajadoras quienes lo hacen?

 

Debe quedar claro, de una buena vez por todas, que la historia no la hacen los personajes, no depende de “una persona” en particular; la historia la hacen las grandes mayorías en su dinámica social. Los personajes, como diría Hegel, son parte de un infinito teatro de marionetas. Los personajes pueden contar: no es lo mismo un pusilánime pelele como George Bush hijo (marioneta de otros poderes), que un estadista como Vladimir Putin (con el que se podrá coincidir o no, no importa, pero que tiene un peso decisivo en la Rusia post soviética; o que Fidel Castro, por ejemplo, o un líder carismático como Mahatma Ghandi.

 

Alvaro Arzú, hombre fuerte de la política guatemalteca durante varias décadas y conspicuo exponente de la oligarquía nacional, no es lo mismo que el ex presidente, Jimmy Morales, comediante de segunda devenido presidente por avatares del destino. Pero esos “hombres” no deciden todo, en absoluto. Los mandatarios, en las democracias capitalistas, son una expresión de los verdaderos factores de poder, quienes detentan la propiedad de los medios de producción: tierras, empresas, banca. ¿Quién da las órdenes a quién? Si nos quedamos con la idea -falsa y equivocada- de “grandes hombres”, o de que los presidentes son, efectivamente quienes mandan no entendemos lo que es la marcha de la historia.

 

Veamos un par de ejemplos para graficarlo: un país pobre como Guatemala, una potencia económico-político-militar como Estados Unidos, o un país socialista como Cuba.

 

En Guatemala regresó, luego de años de sangrientas dictaduras militares, esto que se llama democracia en el año 1986. Ya han pasado numerosos gobernantes desde entonces, “elegidos democráticamente”: Vinicio Cerezo, Jorge Serrano Elías, Álvaro Arzú, Alfonso Portillo, Oscar Berger, Álvaro Colom, Otto Pérez Molina, Jimmy Morales, más dos que llegaron por mecanismos administrativos: Ramiro de León Carpio y Alejandro Maldonado. ¿Algún cambio para las grandes mayorías populares? ¡Ninguno!

 

Ahora llegó uno nuevo, encontrándose con la pandemia al poco tiempo de asumir: Alejandro Giammattei; ¿puede esperarse algo nuevo con él? Más allá de la esperanza, sana y razonable, que se puede tener ante cualquier cambio de cara, la realidad lo indica: siguió la pobreza, la exclusión de los pueblos originarios, el patriarcado, la corrupción y la impunidad. El manejo que está haciendo de la actual crisis sanitaria lo deja ver: los que se beneficinan, como siempre, son los grandes capitales (no se pagará Bono 14); los que reciben los golpes, como siempre también, son los más humildes, la clase trabajadora, las amas de casa, las capas populares. El 60% de población está en situación de pobreza; el 50% de niñez desnutrida o el 20% de analfabetismo no lo corrige “una” persona, más allá de la buena voluntad que pueda tener (y parece que no la tienen).

 

Son los detentadores de otros poderes, que no necesitan sentarse en la silla presidencial, quienes deciden: la rancia oligarquía “de linaje”, heredera de los privilegios coloniales, más un empresariado moderno surgido en el siglo XX y, sobre ellos, el representante del gobierno imperial de Estados Unidos, que hace del subcontinente latinoamericano su zona de influencia “natural”.

 

Veamos otro ejemplo: Estados Unidos. Tomemos a los últimos presidentes de estas décadas: John Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, James Carter, Ronald Reagan, George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo, Barack Obama, Donald Trump. ¿Qué cambió en lo sustancial para el ciudadano estadounidense medio (Homero Simpson), o para nosotros en Latinoamérica, su virtual patio trasero? Nada.

 

Estados Unidos, no importa con qué gerente, siguió siendo una potencia rapaz, belicista, imperialista. Quien toma las decisiones finales -en general, en las sombras- sin que el gran público lo sepa, y mucho menos pudiendo incidir en ello. Son las grandes corporaciones ligadas a los principales rubros económicos: el complejo militar-industrial (que inventa guerras a su conveniencia: 2,000 dólares por minuto de ganancia), las compañías petroleras, los megabancos, la industria química, la narcoactividad (que no es cierto que sea un negocio solo de narcotraficantes latinoamericanos: ¿quién la distribuye y lava los activos en el Norte?) Y ahora, en forma creciente, la industria ligada a tecnologías digitales.

 

Cuba socialista: murió el dirigente histórico de la revolución, el Comandante Fidel Castro, y ya consolidado el proceso socialista, es el pueblo cubano, defensor de su revolución, quien mantiene altivo el proceso.

 

Conclusión: pese a lo que la ideología individualista presenta, debe quedar claro que la historia la hacen las masas, las grandes mayorías, los pueblos en su movimiento. Los conductores son una expresión de ese movimiento. En el capitalismo, el presidente de turno (¿gerente?, ¿administrador?, ¿capataz?) no es sino un mandatario de los grandes poderes económicos. Si lo olvidamos, olvidamos que la historia es la dinámica de luchas de clases sociales enfrentadas y chocando continuamente.